Selección de poemas

Damaris Calderón • La Habana, Cuba

Dos girasoles sobre el asfalto
 

En el terminal de ferrocarriles

sentada con mi madre

dos girasoles sobre el asfalto.

Su mano borra todo sucio paisaje.

Nunca he comido sino de esa mano

nunca

sino de ese fruto macerado.

Me enseñabas un sendero

para que no me extraviara.

Y siempre regreso, pequeño afluente,

buscando un poco de sosiego

como se le da al enfermo

una cucharada de sopa

Y la cuchara hace frías,

metálicas promesas

hasta que la cabeza se queda

recostada contra el velador.

Una oruga cantándole a un gusano

-la canción de la morfinala

cabeza roída por dentro,

el tallo esplendente conectado al tubo de oxígeno.

El mar, como un patrullero

pisándome los talones.

Thalassa thalassa

he intentado vivir siete veces.


El Queltehue

 

El pájaro que entró no saldrá

ni por el hueco de la sien.

Perdió las alas.

No saldrá.

 

No metamorfosis.

No Ovidio.

 

El pensamiento de lo que América sería

si los clásicos tuvieran una vasta circulación

no turba mi sueño.

 

El queltehue

cuyos huevos empollan en la cabeza del hombre.

La cabeza se inclina con frondosidad.

Toda la podredumbre alcanza su cocción.

 

El frailecillo susurró:

"No os dejéis tentar por la letra".

 

Un insecto devorando un clásico

no turba mi sueño, oh no,

ni el pensamiento de lo que América sería.
 


El banquete (rodajas)

 

La mujer inclinada hacia delante

(La fruta a medio morder, sobre la mesa)

Tú: la cabeza ida

pensando en símbolos.
 

Lo peor no es que las cosas sean finitas,

lo peor es que las cosas sean.

Lo peor es saber

que tu cuerpo, tu pelo, aquella boca

serán definitivamente del olvido y el polvo

mucho más

de lo que alguna vez fueron míos.

 

Este es el fuego.

Crece con arañazos

ramas

carne sudada

y piernas piernas piernas

que se abren.

Es crudamente tibio.

 

En esta habitación mínima pieza

puedo por fin tumbarme sobre ti:

una mujer brutalmente desnuda,

no un pájaro ni una gacela.
 


La habana, tinte mediterráneo al fondo

 

Comprábamos el goce

en una habitación

alquilada.

Colocábamos una frazada

que se quemó

-¿te acuerdas?-

sobre la lámpara sucia.

Demasiado mezquinas

las paredes

apenas soportaban

nuestros cuerpos

jóvenes.

Tus piernas se encendían

como neón .. como astros.

Yo me inclinaba

lamía tu resplandor

esa pequeña

luz votiva.


Los cuerpos

 

Después de 19 siglos

sus gestos, sus posturas,

los pliegues de sus ropas,

son claramente visibles.

-¿Dónde están los ojos

y las visiones de los ojos?_

¿Qué envolvieron

los pliegues

en estéril sudario?

Un hombre

(arriba)

un niño

(abajo)

dos mujeres abrazadas

(al centro)

yacen engañosamente

pacíficos

en la muerte.

 

Tomado de Arte Poética

 

Damaris Calderón: Poeta, narradora, profesora y filóloga cubana. Nació en La Habana, Cuba (1967). Reside en Chile. Egresada de magíster en lenguas y Culturas clásicas por la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación, (UMCE), Santiago de Chile, Chile. Ha publicado los poemarios: Con el terror del equilibrista, (Cuba, 1987); Duras aguas del trópico, (Cuba, 1992), Guijarros (1ra. Edición: La Habana, 1994, 2d. Edición: Santiago de Chile, 1997); Babosas: dejando mi propio rastro, ediciones Las Dos Fridas, Santiago de Chile, 1998, Duro de roer, (Santiago de Chile, 1999 2da edición, Ediciones Unión, La Habana, Cuba, 2005); Se adivina un país, (La Habana, Cuba, 1999); Sílabas. Ecce Homo,   (Santiago de Chile, 2000, 2da. Edición, Letras Cubanas, Cuba, 2001) y Parloteo de Sombra, Ediciones Vigía, Matanzas, Cuba, 2004). Ha obtenido, entre otros, los premios: “El Joven Poeta”, Cuba, 1987 (compartido), UNEAC (de escritores y artistas de Cuba) (1998), Revolución y Cultura, (Cuba, 1994); en Chile obtiene con su libro Sílabas. Ecce Homo el premio de la Revista de Libros de El Mercurio, en 1999. Ejerce como profesora  en la Universidad Finis Terrae y realiza talleres de creación literaria. Es miembro de la Sociedad de Escritores de Chile y de la Sociedad de Estudios Clásicos de Chile.

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