Apenas algunas ideas sobre la relación
migración-cultura en el caso cubano

Ileana Sorolla • La Habana, Cuba
Ilustración: Nelson Ponce

Queremos reiterar nuestro agradecimiento a los colegas de La Jiribilla por la confianza depositada en el Centro de Estudios de Migraciones Internacionales de la Universidad de La Habana al permitirnos compartir algunas ideas sobre uno de los temas más complejos en este ámbito, por la trascendencia social y la multidimencionalidad que caracteriza la relación entre migración y cultura.

Imagen: La Jiribilla

Foto: R. A. Hdez.
 

La dinámica migratoria cubana contemporánea se inserta en un entorno global, cuyas características no pueden ser obviadas para entender su naturaleza. Sin embargo, quisiera comentarles brevemente algunos factores que consideramos son medulares para entender qué particulariza a Cuba en ese contexto migratorio global.

El primer elemento que consideramos vital para comprender la historia reciente del proceso migratorio cubano es que la migración está en la raíz misma de la conformación de la nación cubana. Lo que es hoy el pueblo y la cultura cubana, son el resultado de múltiples, complejos, contradictorios y muchas veces convulsos movimientos migratorios; entradas, salidas, tránsitos y asentamientos en la Isla de grupos de migrantes de la más disímil procedencia étnico-cultural. Esos migrantes han ido construyendo durante cinco centurias una historia y una tradición migratoria cuyas huellas se descubren hoy —y se pueden avizorar en un futuro— en la evolución de nuestro proceso migratorio externo.

Ese proceso tiene una significación socioeconómica, política y demográfica nada despreciable para el país, que se evidencia no solo en los datos estadísticos o en los hechos lógicos, sino también en el valor simbólico que ha ido adquiriendo en sí mismo el fenómeno migratorio dentro del sistema de opiniones, actitudes, creencias y representaciones de la población cubana contemporánea con respecto a la migración.

También hay que considerar el papel que ha desempeñado la propia migración cubana del último siglo, como factor reproductor de sí misma, en la medida en que las transformaciones que han ido generando los constantes flujos emigratorios, han dejado una huella importante que atraviesa hoy, como un eje transversal, toda la estructura de la sociedad cubana contemporánea.

Su valor simbólico atraviesa también la cultura nacional. Comienza con el propio carácter de emigrante de La Habana, la capital del país, migrante ella misma en tanto fue fundada, en 1514, a orillas del Golfo de Batabanó, y luego trasladada a su ubicación actual. Desde entonces, bajo la imagen de San Cristóbal, coincidentemente Santo Patrón de los Viajeros y de nuestra Ciudad,  ha sido el pivote de eternos movimientos de entradas y salidas; ha sido testigo secular de historias de vidas cruzadas por la migración, que durante cinco siglos han ido conformando lo que es hoy el patrón migratorio cubano.

¿Qué caracteriza, además, hoy al patrón migratorio externo cubano? Si seguimos avanzando en la historia migratoria del país —por cierto, aún por escribir y mucho por estudiar—, habría que detenerse a finales del siglo XIX y mirar hacia atrás, para descubrir cómo las modalidades que caracterizan hoy el comportamiento de la realidad migratoria de nuestro país también tienen raíces históricas y culturales.

Lo más ilustrado de la cultura, la ciencia, la técnica y la filosofía, lo más iluminado del pensamiento cubano, tuvo una experiencia migratoria de un tipo u otro. Se caracteriza, además, la migración en esos años por muchos de los rasgos que observamos hoy: hay tráfico con migrantes, hay migraciones forzadas, hay desplazamientos por razones eminentemente económicas y laborales. Es una migración de asentamiento, que tiene al mismo tiempo un carácter de tránsito y  de emigración, compulsada por el sistema de flotas y la expansión colonizadora del imperio español; de modo que las características que hoy son los grandes problemas de la emigración contemporánea cubana, también tienen su historia.

Igual responden a la historia y la tradición las redes profesionales y familiares, que hoy constituyen uno de los factores fundamentales de compulsión a la migración en sus diferentes fases —desde la forja de un proyecto de vida con la migración incluida, hasta el asentamiento de los migrantes en los países de destino— ¿Cómo es el asentamiento de los migrantes cubanos hoy en el extranjero? En mucho depende de redes familiares, de una cultura y de un capital cultural, que se ha venido acumulando durante largos años de historia migratoria.

Imagen: La Jiribilla

No podemos dejar de mirar al siglo XIX, sin recordar un hecho trascendental que, desde nuestro punto de vista, marcó un parte aguas en la historia migratoria de nuestro país: la intervención militar de EE.UU. en la guerra por la independencia, en 1898, que inició un periodo que marca las claves de la posición que ocupa hoy la temática migratoria en el contexto del conflicto bilateral Cuba-EE.UU.

Si recordamos no solo el momento de la intervención, sino la ocupación militar norteamericana —con el permiso de los historiadores que se encuentran en el auditorio—, por la Orden militar 155 del gobernador Leonardo Wood se implantó en Cuba el modelo de política y regulaciones migratorias que tenía EE.UU., ya entonces altamente selectivo, con el propósito de que Cuba se convirtiera en un filtro para proteger las fronteras de EE.UU. de la inmigración indeseada. A partir de ese momento, el modelo de dominación neocolonial que se impone en todas las esferas de la vida económica, política y social del país, también marca el curso del proceso migratorio externo cubano de los primeros 50 años del siglo XX.

De modo que si miramos la historia migratoria de Cuba que precede el triunfo de la Revolución, pudiéramos decir que a partir de 1898 y con la República de 1902, se inicia un periodo de dependencia de EE.UU.también en lo migratorio. Esto explica, según nuestra visión e interpretación del fenómeno, los rasgos que se exacerban al máximo el 1ro. de enero de 1959, cuando no solo se rompe una estructura de dependencia en lo económico y en lo político, bajo un paradigma de independencia nacional también decimonónico, con un importante signo antimperialista, sino también la dependencia en términos migratorios.

¿Por qué? Esto explica la migración que se produce en los primeros años, que se caracteriza por su composición socio-clasista y también por el compromiso ideológico con el anticomunismo, que influía desde EE.UU., entronizado a partir de la década del 50 en el pensamiento de las clases más empoderadas y también en los sectores más populares de la sociedad cubana. Por demás, a partir de ese momento, la posición que ocupa el tema migratorio en las relaciones, o no relaciones Cuba-EE.UU., rompe—expresado en términos académicos— el marco teórico para el análisis del problema, pues lo desplaza de una relación de dependencia de carácter eminentemente neocolonial hacia el centro de uno de los fenómenos que es típico en las relaciones migratorias entre muchos de los países del llamado Norte y Sur geopolítico: la relación migración-conflicto.

A partir del 1ro. de enero de 1959 se empiezan a construir las claves de las relaciones migratorias Cuba-EE.UU. actuales, aunque pudiéramos pensar, quizá con un poco de inocencia o romanticismo, que se ha hiperbolizado el papel que ha desempeñado el conflicto bilateral en la historia migratoria del país en los últimos años. Sin embargo, si se analiza con mayor profundidad —aunque no es el caso, no nos vamos a expandir en la parte más sórdida y ríspida de la historia migratoria de nuestro país—, si pensamos en el tema, vemos que el impacto en lo cultural, en lo humano, pasa por el hecho de que la migración, el migrante, y la familia cubana, se convirtieron a partir de ese momento en objeto de política exterior.

Si recordamos una canción de Carlos Varela, “Foto de familia”, observamos que a todos los que se fueron y los que están, nos une una foto de familia, donde lloramos al final. O sea, la primera lectura de la cuestión migratoria, que cambia su carácter esencialmente a partir de 1959, de su manipulación, dicho así en términos más políticos, es que EE.UU. ha implementado una política, que ha usado al migrante y al potencial migrante cubano —que llevan dentro de sí, en su historia, en su cultura, una larga tradición migratoria como pueblo—, como un objeto de política.

Así se descubren instrumentos políticos, instrumentos legales, que juegan con lo más humano de este proceso que por lo común se analiza desde lo político, lo económico o lo demográfico, dimensiones que si bien tienen un matiz humanista, pierden en muchos casos la visión o el foco en el ser humano, que es el que está en el centro de esta cuestión. De ahí la importancia de los aportes que puedan hacer la mirada y los estudios de la dinámica migratoria y la historia migratoria de nuestro país desde la cultura.

La mirada desde la cultura y el estudio de los fenómenos de la cultura y el lenguaje pueden, en gran medida, ayudar a desmitificar, a normalizar las relaciones del país con su emigración, a pasarlas por un prisma de futuro, de proyección, de participación en la construcción de la vida de la sociedad cubana contemporánea, sobre todo en el contexto que nos encontramos hoy. Después de una profunda, y pienso que muy revolucionaria y valiente transformación de la política y las regulaciones migratorias del país, la cultura es paradigma del cómo y del qué pueden aportar juntos los cubanos, los residentes y los emigrados.

Debo señalar, a propósito, que otro rasgo de los estudios sobre las migraciones internacionales cubanas de los últimos años —sobre todo los que se han producido desde el exterior—, es que se han focalizado en la imagen del emigrado y en la actitud de la emigración con respecto al proceso de conformación de la política de EE.UU. hacia Cuba, que forma parte también de ese capital simbólico que tiene la emigración, apegado al compromiso con los sectores más reaccionarios en determinados momentos de la historia revolucionaria. Se ha omitido con frecuencia a los cubanos que viven en la Isla, que a su manera también han escrito, muchas veces con sudor y sacrificio —con lágrimas también— la bitácora migratoria de la Cuba posterior a 1959.

De este modo, próximamente y dentro de este nuevo contexto, espero tengamos la posibilidad de ver nuevos estudios sobre la migración cubana, su  presente y futuro, con una utilización más objetiva del lenguaje, de la terminología académica y política, adecuada a las condiciones que nos abren las nuevas regulaciones migratorias en términos de no emigración, no retorno; con una creciente y cada vez más fructífera para el país migración circular, de acuerdo a la historia y la tradición migratoria nacional.

Estamos así en el momento de un tercer “parte aguas”, en este caso por iniciativa del Gobierno cubano, que probablemente —pues estamos solo en la fase de formulación de hipótesis—, cambie sustancialmente el comportamiento del proceso migratorio cubano, la movilidad de la población, y existan condiciones más objetivas, menos románticas, para descubrir que también en la emigración hay un cambio de actitud hacia un mayor acercamiento, una mayor participación para bien, en la vida nacional.
 

Este texto fue escrito a propósito del panel “Cultura y emigración”, convocado como parte de los Ciclos de debates de la Revista de cultura cubana La Jiribilla. Casa del ALBA cultural, La Habana 6 de febrero de 2013.

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