Luis Toledo Sande: “Martí es un asunto muy serio para tomarlo a la ligera”

Paquita Armas Fonseca • La Habana, Cuba

Tiempo atrás leí Cesto de llamas, de Luis Toledo Sande, de un tirón. Luego, con calma, fui paladeando este acercamiento biográfico a José Martí. En ambos casos mi disfrute fue inmenso, tal vez porque amo las biografías —las bien escritas, por supuesto—. Por eso, me alegró mucho la noticia de que la Editorial Ciencias Sociales re-editara Cesto de llamas, que se presentó como parte de la programación de la Feria del Libro en el Centro de Estudios Martianos el 15 de febrero, junto con Ensayos sencillos sobre José Martí, volumen formado por textos del mismo autor; algunos de ellos anteriores a Cesto de llamas, otros posteriores, y los hay que se publican, por primera vez.

El autor, un fino espadachín con la ironía, confiesa padecer un “síndrome de Monk editorial”, y por eso ambos libros son y no son iguales a sus escrituras originales, porque Toledo Sande, cual orfebre de la palabra, les ha pasado la mano buscando la palabra justa y el lugar exacto que debe ocupar. Sin embargo, es mejor que este ensayista, poeta y narrador cuente sus peripecias como escritor:

Casi diez años atrás, en una entrevista me comentaste que Cesto de llamas tendría otra edición. ¿Esta que se presentó en la Feria, cuál sería? ¿Qué ha pasado con ese libro en la última década?

Ese libro sigue dándome alegrías, y lectoras y lectores movilizan mi gratitud cuando menos lo espero. La gratitud puede responder a muy diversos resortes. Imagínate que la entusiasta Patricia Rojas, a quien le dediqué un ejemplar en la Casa Natal de José Martí cuando en enero de 1997 se presentó allí la primera edición —con una concurrencia que me emocionó a fondo—, ha dicho en público que un nieto suyo, entonces niño de unos ocho años, estaba disgustado con el autor de Cesto de llamas porque, siendo amigo de Martí —en vida del Héroe, suponía el niño, por el texto—, no lo había ayudado a librarse de la cárcel y las canteras. ¿Qué puedo decirte? Si hace una década de la entrevista que citas —la recuerdo en lo esencial, pero no en sus detalles—, entonces no se habían hecho dos de sus ediciones en español que vinieron luego (una en La Habana, otra en Caracas) ni las publicadas en inglés y en chino. Ahora suman, en las tres lenguas, nueve ediciones, algo que no se me habría ocurrido imaginar en medio de la prisa febril con que tuve que escribir el texto entre el 28 de diciembre de 1994 y el 28 de enero de 1995, ¡un mes! Tal vez deba aclarar que en ello me ayudaron los años, más de 20, que llevaba leyendo a Martí, durante los cuales se formó dentro de mí la imagen de él que pasé al papel. Después de todo, lo esencial de una biografía es dar lo más fielmente posible la imagen de un ser humano. Ya vendrán otras biografías, de miles de páginas y centenares de notas quizá; pero esa no fue la que se me pidió, ni lo que más urgente me parecía ofrecerle al público. A esas cuestiones, y a otras, me refiero en el “Pórtico”.

¿Has ampliado, o modificado, algún capítulo de esta propuesta sobre nuestro Apóstol?

Ninguna edición de esa biografía es exactamente igual a las anteriores. Me parece que todas conservan —y no me gustaría que el libro lo perdiera— el aliento de un texto escrito en un rapto, como de veras fue. Pero soy obsesivo con los textos, como me parece que debo ser, aunque el torero cordobés Guerrita dijo que “ca uno es ca uno y hace su cauná”. Padezco lo que en broma y en serio he llamado “síndrome de Monk editorial”, y Martí es un asunto muy serio como para desentenderse de él o tomarlo a la ligera. Todas las ediciones anteriores, una tras otra, tuvieron modificaciones, y al cabo de casi 20 años de escrito el original la nueva edición incluye, además, algunas actualizaciones reclamadas por el estado de las investigaciones, que no cesan, ni deben cesar.

Conozco por experiencia propia lo que es navegar en la vida de un hombre excepcional, ¿estará Martí siempre en ti? ¿Por qué esa suerte de fantasma hasta que cierres los ojos?

Bueno, la imagen del fantasma tiene su prestigio, sobre todo desde que Carlos Marx y Federico Engels, erguidos entre la ciencia y la sabia ironía, dictaminaron que entonces, cuando ellos escribieron El manifiesto comunista, el fantasma del comunismo recorría el mundo. Por cierto, el riguroso catedrático y ensayista español Julio Rodríguez Puértolas ha visto una relación directa entre esa máxima —esa realidad— y el crecimiento de la literatura fantástica, o de misterio, o de horror, en la Europa donde la burguesía sentía que su poder peligraba. Pero en el caso de Martí prefiero hablar de espectro de luz: “Vengo del sol, y al sol voy”, dijo de sí mismo, y con razón. Escogió para su frente “la estrella que ilumina y mata”, y se sabía “soldado de la luz”. Seres como él, ¿han abundado mucho? Y si nuestro país ha dado uno de esa talla, de esa sobrecogedora integralidad, ¿por qué no tratar de convivir con él, como quería la niña de quien hablo en el “Pórtico” de la biografía? Eso no supone ni querer reducirlo a patrimonio local, cuando estamos ante un universo, ni convertirlo en un breviario de citas. Sería empobrecerlo, y mucho tiene que enseñarnos todavía, y tendrá, y mucho tenemos que aprender de él. Su grandeza apenas empieza a sospecharse en el mundo, y entre nosotros mismos está lejos de conocerse como él merece y nosotros necesitamos.

Ensayos sencillos sobre José Martí, ¿es una antología de tus textos sobre el Héroe Nacional cubano o incluye tus otros acercamientos a ese hombre de quien quieres absorber toda la luz?

¡Eso está mucho mejor! Es con la luz con lo que debemos asociarlo: la llevaba dentro y la prodigaba, sin que menguara en él, como lo vio el Rubén Darío de Los raros. Hoy sigue ofreciéndola. Pero Ensayos sencillos contiene solamente algo más de 20 de los textos que había escrito cuando hice la selección, y que no aparecen en ninguno de mis libros anteriores. Después de organizar el volumen he escrito otras páginas acerca del más universal de nuestros pensadores, del mayor de nuestros poetas, de nuestro mejor maestro de ética. Pero no siempre él es el tema directamente: a menudo es —volvamos al vocablo que lo representa— la luz para ver nuestra realidad y reflexionar sobre nuestro presente y nuestro futuro, sin excluir preocupaciones, desvelos, angustias. Ese es el camino de una serie de artículos como “Detalles en el órgano”, publicados originalmente en Cubarte y no pocas veces reproducidos en otros sitios. Van por 15, y cada uno tiene su título propio; pero llevan, además de su número, el subtítulo citado, que remite a una afirmación estampada por Martí en un cuaderno de apuntes, en España, cuando contaba solo 18 años: “Un detalle en el órgano es a veces una revolución en el sistema”.

En este volumen “caminas” de la poesía a la prosa martiana y te adentras en observaciones polémicas sobre el autor de los Versos sencillos, ¿cuánto contribuyen estos debates a desentrañar ese “misterio que nos acompaña”?

¿Qué hacer con un océano de sabiduría sin fondo, como él, que encarna, en la mejor estela renacentista —bueno, él fue nacimiento permanente, incluso, si no sobre todo, al morir en combate—, una actitud abarcadora inapresable en los lindes tramposos del positivismo y del pragmatismo, que no por gusto nació, como sistema de pensamiento, al servicio orgánico del sistema capitalista? Alguien que ha tenido tanta suerte como Enrique José Varona, a quien se le recuerda especial, o solamente, por su maravillosa ancianidad, dijo algo así como que en Martí el patriotismo era el núcleo, el centro, y todo lo demás eran detalles. El positivista que vio en calma, a la sombra de la sociología que él abrazaba (otras se sabe que habrá, hay), la expansión del imperialismo —un mal que Martí quiso impedir a tiempo a la luz de la política y la moral revolucionarias, a la luz de la justicia—, no entendió la capacidad abarcadora del fundador del Partido Revolucionario Cubano y autor de “Nuestra América” y de Versos libres. No, no la entendió, aunque lo que él vio en Martí no fue poco, lo cual no significó que lo siguiera. Y a quien quiera entenderla se le presenta la necesidad de entrarle por tantos caminos como pueda. Eso sí: con mesura y respeto, procurando hacerlo bien, sin incurrir en la “todología”, que, frente a las estrecheces de ciertas nociones de especialización, parece ser uno de los desafueros de nuestro tiempo. Martí, no se habrá repetido lo bastante, era un universo. No nos asombremos de que José Lezama Lima, católico y afanado en hallarle salvación a la Patria por los caminos de la poesía, viera en Martí “ese misterio que nos acompaña”. No pueden leerse esas conmovedoras palabras del autor de Fragmentos a su imán sin recordar al joven marxista y peleador Julio Antonio Mella, quien, mucho antes de que Lezama expresara ese juicio, se percató de que en Cuba la justicia social entraría por el pensamiento de Martí, y consideraba necesario “desentrañar el misterio del programa ultrademocrático” del Partido fundado por ese hombre extraordinario, ante quien él confesaba sentir “la misma emoción, el mismo temor que se siente ante las cosas sobrenaturales”.  ¡Qué manera de ver, de adentrarse en lo hondo!

Comentaste en una entrevista que existe la posibilidad de publicar tus crónicas sobre diversos temas con una editorial extranjera. ¿Es cierto esto?

Sí, lo dije, y no mentí. Pero en el camino se han atravesado los “recursos de la crisis”, esos ardides que tanto y tan gananciosamente han manipulado los capitalistas, y parece que la edición anunciada demorará. ¿Llegará a hacerse? De momento, me contentaría con publicar, en Cuba, no fuera, un tomo titulado Detalles en el órgano. Reuniría los artículos de la serie mencionada, y algunos otros, comenzando por el que titulé “O socialismo ‘utópico’ o capitalismo ‘científico’”. (Tú y yo sabemos cuál es nuestra opción.) Entre esos textos intercalaría algunos centrados directamente en el legado martiano, como “Textos y vida en el pensamiento de José Martí”, “José Martí: lealtad reflexiva”, “José Martí: democracia sincera” y “Luces de José Martí para el socialismo”, que acaba de publicarse.

La cuentística fue el primer género que cultivaste, ¿has seguido trabajando en ese sentido? ¿Dijiste adiós a la poesía?

¡Ah!, los cuentos. Sí, estoy en deuda con ellos: les he sido infiel, aunque va y los retomo cuando ni yo mismo lo espere. En cualquier caso, parece que no me siento muy inclinado a “vivir del cuento”. Pero ese género, asumido con la seriedad que merece (y el talento, si se tiene), es una joya de la literatura. Sobran los ejemplos. ¿Le he dicho adiós a la poesía? Me parece que no. Antes que publicar un libro de cuentos escribí poemas, y varios he publicado. Leo poesía, y la disfruto. No me imagino sin ella, y me gustaría que se me sintiera relacionado con ella, incluso cuando braceo en temas que parecen poco afines a sus ondas. No es, desde luego, el caso de Martí: él era poesía, y contamina con ella. Pero ya sabemos cuántas cosas pueden designarse con el calificativo de poético. ¿Será verdad que, cuando alguien lo llamaba poeta y él percibía ciertos tonitos y retintines, Nicolás Guillén —que merece ser bien recordado, por encima de modas y moderos— respondía: “Más poeta es Ud., por si acaso”? Pero no, no me siento capaz, ni deseoso, de decirle adiós a la poesía. Va y lectoras y lectores de mis ensayos se percatan de eso. Se lo agradecería de veras.

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