Pintura y otros lugares, Espacio Teatral Aldaba

Memoria y olvido en trazos

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Asistir a la representación de Pintura y otros lugares, del Espacio Teatral Aldaba, es, sin duda, una gratificante experiencia de teatro en estos días. Su directora, la actriz y dramaturga Irene Borges, líder del colectivo desde hace un lustro, ha sabido tejer, en algunos casos, simbólica y literalmente, una hermosa y útil condensación de imágenes que reconstruyen una memoria colectiva, atravesada por los lienzos del pintor francés Alain Kleinmann.

La obra, resultado de una creación colectiva,  no pierde de vista su pertenencia al aquí y ahora. De manera que “otros lugares”, como indica su título, son también espacios superpuestos de historias íntimas y colectivas del cubano de estos días. Ahí es donde las biografías personales de los actores y del resto del equipo completan las secuencias referidas a los campos de concentración, obviamente recuerdos del pintor y de una generación de postguerra que ha debido reconstruir más de una vez nidos afectivos vacíos, truncados y fragmentados. Esa matriz europea no entorpece, sin embargo, un relato común de lazos de afecto y frustración, tanto personal como general, que atan al ciudadano contemporáneo.

Es interesante, además, el tono, sin efectistas ni sobresalientes exaltaciones, que vertebra la pieza de principio a fin. Desde el comienzo, al penetrar en la sala Tito Junco, desconocida por su recolocación ante las exigencias de la obra, transitamos por esos “nidos” personales donde cada personaje/actor dialoga y susurra con sus pertenencias más queridas: fotos, álbumes, objetos, artículos, etc. Esa “invasión o complicidad” – en dependencia del sentimiento que despierte para ambas partes, espectadores y actores – agradecería un tiempo más demorado. Al menos yo no quiero estar de paso en ese momento de intimidad. Es un instante en el que nos comprometemos con esas historias, estamos allí no solo como espectadores, sino a la escucha de confesiones abiertas y limpias ante nuestros ojos. Por esa razón quizá una marcha más pausada por esas vitrinas de la memoria, nos acomodaría mejor en la luneta a la espera de lo que luego compartiremos.

Se abre entonces ante nuestros ojos un mundo de imágenes contrapuestas, plenas de símbolos, de silencios, de fragmentos que abrazan los cuerpos de los actores. Instantáneas sepias, maltratadas, a punto de desvanecerse por el tiempo y los hombres. Sobre el tapiz, vamos armando nuestra propia historia personal, nuestro imaginario de deseos y de una realidad que no nos tocó vivir, al menos, en nuestro relato nacional. Sin embargo, sus ecos no han dejado de llegar a nosotros y de conmovernos. Es lícito, entonces, que desde aquí, a través de las bellísimas composiciones de Kleinmann, reclamemos con igual derecho el rescate de esas reminiscencias que son parte de un patrimonio colectivo.

El montaje, bordado en sus desplazamientos, entradas y salidas de los actores, tira el ancla, como mencionaba arriba, en la Cuba de hoy y coloca en las voces de los personajes demandas, deseos, anhelos que van más allá de una postura burdamente política para colocarse en un reclamo ciudadano y humano. Sin embargo, es justamente ese momento de integración entre pasado, presente y futuro nuestros, en que, por el formato y la manera de enunciación, el espectáculo voltea el tono y raya por un instante, con una foto del malecón y el mar habaneros de fondo, en una imagen más habitual, nada sorprendente.

La emoción carga su peso al final, quizá algo dilatado, cuando cierra el ciclo de lo que habíamos visto durante nuestra entrada a la sala. Auténticas narraciones, todas dolorosas sobre seres queridos ya fallecidos, que acentúan, por otra parte, la soledad del individuo ante la muerte, pero también ante la vida. En ese angustiante final, se vislumbra, al mismo tiempo, un canto a la vida. En ese coro último, una apelación llega de golpe con las imágenes de Kleinmann en tropel, con la palabra de los actores entrecortada junto a los rostros lejanos de mujeres, ancianos, niños, valijas, equipajes congelados en el tiempo.

Comentarios

Indiscutiblemente una experiencia única, digna de ser apreciada, disfrutada. Un momento para recordar a nuestros seres queridos, los que ya no están...

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