Don Quijote sin Sancho,
un breve periódico habanero

Cira Romero • La Habana, Cuba

Aunque es un lugar común expresarlo a estas alturas, la novela Don Quijote de la Mancha (1605, primera parte y 1615, la segunda) generó, y aún sigue generando una zaga que abarca las más variadas manifestaciones: cine, teatro, cómics, artes plásticas, apropiaciones literarias intertextuales, etc. Sobre la llegada exacta de la novela a la América española se ha conjeturado bastante, pues la férrea censura establecida por España en sus colonias, vetaba la entrada de muchos libros de la naturaleza de este, en tanto privilegiaba los dedicados a expandir la fe católica. Sermones, libros de rezos, oraciones eran los materiales de libre acceso. Incluso, a la altura de los años 1841-42, para solo hablar de Cuba, dos novelas de la camagüeyana Gertrudis Gómez de Avellaneda publicadas en España, Sab y Dos mujeres,  fueron devueltas a España en los mismos bultos por los que entraron en el puerto de Santiago de Cuba porque contenían ideas opuestas a la fe católica y transgredían las buenas costumbres. Sin embargo, existían hombres cultos criollos, como aquellos que formaron el famoso círculo que se reunía en la lectura del Quijote y, además, la discutieron en sus habituales reuniones. En el propio siglo xix Cuba dio cervantistas notables como Enrique Piñeyro, Ramón Meza, Enrique José Varona y José de Armas y Cárdenas, más conocido por su seudónimo Justo de Lara. En el siglo xx  el cervantismo brilló con figuras como Medardo Vitier, José María Chacón y Calvo, Camila Henríquez Ureña, Mirta Agirre, Fina García Marruz, Severo Sarduy, Elina Miranda, Luisa Campuzano, Roberto Méndez. Uno de los poetas fundadores de la poesía cubana, Manuel de Zequeira (1764-1846) le dedicó unas décimas y un soneto, titulado este último “El fanfarrón”, donde leemos:

Cierto preciado fanfarrón un día

De estos que andan a caza de aventuras,

Instigado por simples conjeturas,

Desfacer un entuerto discurría:

 

Para dar a la acción más energía

Fatigaba su mente con lecturas,

Y el héroe de la Mancha y sus locuras,

Era el norte y la estrella que le influía.

 

El broquel requirió, la daga afianza,

Registró sus espadas una a una,

Calóse el morrión, tomó la lanza;

 

Y después provocando a la fortuna

Intrépido salió a buscar venganza,

Y al fin, ¿qué sucedió? Cosa ninguna.

Un poeta romántico, José Jacinto Milanés (1814-1863), escribió un proverbio dramático titulado “A buen hambre no hay pan duro”, donde uno de los tres personajes es el célebre autor de Don Quijote de la Mancha. Un novelista, José Lezama Lima (1910- 1976) dice en su novela Paradiso (1966): “En esas arenas era donde los esperaba Ricardo Fronesis. Don Quijote había salido del aula cargado de escudetes contingentes: la obra empezaba de esa manera porque Cervantes había estado en prisiones, argumento y desarrollo tomados de un romance carolingio. Le daban la explicación de una obra finista, Don Quijote era el fin de la escolástica, del Amadís y la novela medieval”. Mirta Aguirre (1912-1980), en “Estampa”, aludía a:

El caballero,

alto, y delgado,

va acompañado

por su escudero.

 

El de la lanza,

es Don Quijote

el gordizote

es Sancho Panza.

 

El caballero,

mundo adelante,

con rocinante

con su escudero.

Y para terminar este rápido repaso, donde dejo fuera importantes y reveladores textos del cervantismo cubano, Jesús Orta Ruiz, Indio Naborí (1922-2005), decía en “A dúo con Miguel de Cervantes”:

¡Oh, tú que estás en tu lecho

entre sábanas de holanda!

Piensa en el helado pecho

de quien entre nieves anda.

Míralo en un corto trecho

temblar, mientras te demanda

un abrigo, una bufanda,

un rincón bajo tu pecho...

¡Oh, tú que estás en tu lecho

entre sábanas de holanda!

Remito al lector interesado al volumen (voluminoso, tanto que tiene 1411 páginas) titulado Del donoso y grande escrutinio del cervantismo en Cuba (2005),  editado por Letras Cubanas, la Academia Cubana de la Lengua y la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, donde se reúne el cervantismo cubano en sus más variadas manifestaciones, en favor de Cervantes, su novela magna, inauguradora de la literatura moderna, y otras de sus obras.

Hablemos entonces de un “Periódico económico, literario y de crítica jocosa, con caricaturas” titulado Don Quijote, que apareció en La Habana el 4 de septiembre de 1864 y finalizó en mayo del año siguiente. Estuvo bajo la dirección de José Muñoz García, español avecindado en La Habana y propietario, al parecer, de un pequeño taller tipográfico en la calle Muralla, donde se imprimía la publicación. Su formato era pequeño, 24 por 16 centímetros, y se vendía en el propio local donde salía a la luz y “en las farmacias de las calles Muralla, Obispo y Obrapía”, según se lee en un ejemplar.

Don Quijote colocó su mirada, siempre crítica y satírica, en los espectáculos y acontecimientos culturales de la época. De ese modo, en sus páginas pueden leerse notas que reprochaban puestas teatrales, que lo mismo atacaban el desempeño de una actriz que el mal acople de la orquesta. Valga un ejemplo. A Cuba llegó a finales de 1864 una compañía de cómicos italianos nombrada Los Apenini, que colocó en escena una obra nada menos que de Moliére, su reconocidísimo Tartufo. Al parecer, la actuación, el vestuario, la escenografía fueron desastrosos, lo que conduce a Maese Pedro, seudónimo utilizado por quien escribe, a expresarse de esta manera en una crónica titulada “Reivindiquemos a Moliére”: “Anoche asistí a la segunda función de los cómicos que se hacen llamar Los Apeninis. Cuesta creer que, a pesar de la lluvia caída horas antes, el espacio para la representación, sucio, enfangado, estuviera lleno [debe suponerse que la puesta no era en un teatro, sino en una carpa]. La función empezó pasadas las nueve de la noche y era de ver aquel grupo de metiches  dándoselas de artistas de profesión, ejecutando sus acciones. Fue tan lamentable todo, que el público, casi enterradas las sillas donde se sentaban en el fango, comenzó a dispersarse, con lentitud primero, apresurado después. Le oí decir a un joven: ‘Voy a reclamar mi dinero. Esto es un embuste’. ¡Cuán lejos está La Habana de aquellas funciones en el teatro Tacón, donde brillaban artistas y público. Ojalá las autoridades tomen carta en el asunto y así como hay censores para la prensa, lo haya también para el arte de la escena. Fue una noche lamentable. Créanme”.

De este cariz son más o menos todos los comentarios y hasta los elogiosos llevan cierto tono burlesco, como aquel donde Dalmiro, otro colaborador escondido tras seudónimo, hace un chiste a propósito de la peluca que se le cayó a la mezzosoprano  Madame Clochard en medio de una representación de la Aida de Verdi.

Dos poetas, con sus respectivos nombres no embozados en crípticos sobrenombres, colaboraron en sus páginas: José Socorro de León y Joaquín Lorenzo Luaces, también dramaturgo. El primero fue un personaje muy curioso. Era bedel de la Universidad de La Habana, ya secularizada y entonces situada en el antiguo convento de Santo Domingo. Era asiduo visitante de los teatros y fundó en 1854 la revista La Danza, además de editar la antología Cuba poética, que dirigían sus amigos Lorenzo Luaces y José Fornaris. Escribió y publicó, además de libros de poesías, varias obras teatrales, como la zarzuela No más cuartos de alquiler (1853?), la comedia de costumbres cubanas en un acto y en verso que tituló Garrotazo y tente t