Fotografía, música, o sencillamente
el patio de mi casa

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba

El Patio de Baldovina es un espacio que se reinventa cada vez; y es una estrategia de La Jiribilla que persigue no obviar la contundencia de los desconectados y articular las voces también en una dimensión off line, pero con música incluida. En esta nueva ocasión, el festejo —acaso producto de una voluntad que no se doblega ni ante la inminencia de la 22 Feria Internacional del Libro de La Habana— propició un encuentro entre las imágenes de Kaloian Santos y las canciones de Diego Gutiérrez, dos viejos aunque no envejecidos amigos de la casona amarilla.

Imagen: La Jiribilla

Kalo, como se le conoce, fue presentado por los organizadores del espacio como un “jiribillo de los buenos”. La lealtad a una revista que no se concibe hoy sin su aporte detrás de la cámara es condición sin contrapunteo con su omnipresencia, seña mayor de una capacidad de trabajo que le ha permitido una obra como Merchandising, la muestra de 15 instantáneas que inauguró en este espacio el 12 de febrero.

Imagen: La Jiribilla

La presentación de Jorge R. Bermúdez no dejó lugar a dudas. Fue el tutor de su tesis, el primero que publicó una foto de Kaloian en un libro (nada menos que en la Antología Visual del Che Guevara) y es, también, el profesor que hoy llama Maestro al alumno. Será porque la K, según dijo, tiene su historia en lo mejor de la fotografía cubana.

La exposición tiene como motivo fundamental los contrastes del mundo en que habitamos. No tiene país ni fronteras, porque, aunque las imágenes fueron tomadas en Argentina, donde Kalo vive hace algún tiempo, esta es una denuncia a la inequidad, la injusticia y la hipocresía del mercado mundial.

Imagen: La Jiribilla

El fotógrafo se confiesa hijo y fruto de La Jiribilla; parte de la generación save for web, un código conocido por aquellos que alguna vez compartieron ciertos sueños, una docena de “tertulias”, como mínimo, y unas cuantas tardes de cierre; y también un legítimo afortunado, por llegar a tiempo para la revolución visual que en el campo del diseño ocurría cuando entró en la revista. En el lugar que hoy le brindan sus Paredes sin nombre, incluso antes de que estas fungieran como galería, se graduó, defendió su tesis y, según sus padres, terminó de formarse.

El cierre de la tarde llegó de la mano del trovador villaclareño Diego Gutiérrez, acompañado por Jorge Iván Martín en el bajo y Merlin Lorenzo en la percusión. Diego, quien es un claro exponente de la generación “intermedia” de trovadores cubanos (por aquello de lo viejo y lo novísimo), asume los riesgos de incorporar instrumentos como el bajo, los cajones españoles y otros ingeniosos sonidos a los cimientos de una larga y fértil tradición guitarrística.

Imagen: La Jiribilla

Canciones como “Pa´lante el mambo”, “Todas las noches de un año”, “Felicidad” o “Como antes”, cargaron la tarde de sabrosura, pero además rozaron conversaciones sobre el amor, la familia, la amistad y la emigración, temas que no solo definen un poco de cada ser humano, sino también de cada cubano, e incluso forman parte de un arsenal de contenido que por generaciones ha definido al trovador.

Aunque algo hubo también, claro está, de bares y cantinas, y hasta de citar a Vallejo, como hacen entre sí los poetas (con sus debidas distancias). El colofón del concierto ocurrió con un estreno, “40 T