Pepe Camejo, un nombre
de dimensión extraordinaria

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Para René Fernández Santana, mi maestro
 

El Concurso de Teatro para Niños de la UNEAC que se incluye en los Premios Caricato de actuación y puesta en escena anual, ostenta desde hace algunos años el nombre imprescindible de Pepe Camejo, maestro titiritero cubano con una vida ejemplar en el cuerpo histórico y conceptual de lo que fue, es y será nuestra manera de hacer teatro para niños y de títeres. Esta designación del popular evento competitivo, entraña además de mostrar en sus bronces un nombre de dimensión extraordinaria, el conocimiento de la vida y obra de quien junto a sus hermanos de sangre Carucha, Berta y Perucho, más su hermano de batallas artísticas Pepe Carril, formó una familia a la cual, por herencia, pertenecemos todos los que en la Isla hacemos teatro de títeres para infantes y adultos.

Imagen: La Jiribilla

Un muchacho inquieto

José (Pepe) Ramón Camejo González, nació el 21 de marzo, de 1929, en La Habana, una ciudad inundada de vendedores, edificios, música y algún que otro titiritero popular, circos ambulantes, magos y comecandelas. El jovencito con habilidades para la pintura estudia dibujo comercial. Luego uniría ese entusiasmo pictórico con estudios de actuación, en 1947, en la Academia Municipal de Artes Dramáticas (ADAD). Antes, en 1943, la Academia de Arte Dramático de La Habana (ADADEL) había presentado La caperucita roja, de Modesto Centeno  —la primera obra que hicieron los hermanos Camejo—  con diseños de muñecos de Liliam Mederos, retablo del decorador Oscar Hernández y dirección de Luis A Baralt. Esa misma Academia, presenta en 1945 su Retablillo de Don Cristóbal. El Grupo de Experimentación Libre (GEL), el que deslumbró a Carucha y Pepe, lo llevó al retablo en 1949, el mismo año en que Eduardo Manet dirige teatro de títeres en la Universidad, el selecto Lyceum y en la Sociedad Nuestro Tiempo. Diseñadores emblemáticos de la historia teatral nacional como Luis Márquez y Rubén Vigón pasaron también por ADAD. En 1948 crea Paco Alfonso su Retablo del Tío Polilla, con diseños del pintor Roberto Diago. De alguna manera el contacto de Pepe con los títeres, los diseñadores, actores y directores le aportan una perspectiva muy especial para su posterior creación artística en la televisión y la escena, perspectiva siempre renovadora, inquieta, imaginativa. Aquellos primeros muñecos de Pepe, realizados con la innegable influencia de los dibujos animados de los Estudios Disney (Blancanieves, 1937, Pinocho y Fantasía, 1940, Dumbo, 1941, Bambi, en 1942 y Cenicienta, de 1950) fueron variando sus líneas y texturas hasta alcanzar la estética Camejo: un sello de cubanía mezclado con acentos del teatro de muñecos de Europa socialista. Un momento especial en esa construcción de la poética camejiana, lo constituye la colaboración con el artista Tomás Oliva, destacado escultor que en los años 50 perteneció al conocido grupo Los once. Trabajó con Pepe en el retablo ambulante patrocinado por el Palacio de Bellas Artes de la capital. El Pelusín del Monte nacido en 1956, salido de la prolífica imaginación de Dora Alonso significa ese punto de arrancada en la cimentación de una estética nueva, en perenne transformación.

Pepe Camejo, un creador con las puertas abiertas

Pepe Camejo nunca le tuvo miedo a los intercambios con otros colegas, prueba de eso son los diálogos de trabajo establecidos con Carlos Pérez Peña y el propio Pepe Carril, con quienes compartió créditos de diseño en los diferentes montajes para la pantalla chica y las tablas, a través de títulos como Guillermo Tell, El cartero del Rey, El maleficio de la mariposa o el Amor de Don Perlimplin con Belisa en su jardín. Es su viaje en 1962, a Varsovia, con motivo del Congreso Internacional de UNIMA, y luego a Praga, lo que proporciona un giro de 180 grados a su concepto de imagen y mecánicas titeriles. Estar atento al pulso creativo de su tiempo en cualquiera de las artes, fue una marca de agua en su oficio de diseñador, actor titiritero y director artístico. No todas las críticas alabaron los riesgos plásticos de los montajes del Teatro Nacional de Guiñol que tuvieron trazos lo mismo de Paul Klee, que de Mondrian; ni sus osadas propuestas musicales con autores como Roberto Valera, María Álvarez Ríos, Antonio Balboa, Marta Valdés, Toni Taño, Olga de Blanck, Rogelio Martínez Furé, Leo Brower y Héctor Angulo, entre otros, además de contar con la asesoría vocal de grandes como la soprano Zoila Gálvez, el director de coro Serafín Pro y la profesora Lolita Torres.

Marottes mimados, varillas, guantes, luz negra, títeres planos, máscaras y la actuación en vivo, se combinan con autores y compositores como Aristófanes, Perrault, los hermanos Grimm, Valle Inclán, Jarry, Giradoux, Zorrilla, Saint-Exúpery, Willian Buttler Yeats Lidia Cabrera, José Ramón Brene, Estorino, Maria Clara Machado, Modesto Centeno, Dora Alonso, Maiakovski, Prokofiev, Debussy, Quintero-LLeó, en un abanico variopinto y vital que se aleja de la mimesis de lo cotidiano para enrumbar por un sendero plagado de aventuras, con un elenco joven que confiaba en el director general del Guiñol Nacional y en sus otros directores artísticos: Pepe Carril y Carucha Camejo. No olvidar tampoco el excepcional taller de la agrupación, con sus magos realizadores: Manolo González, Aracely Duany, Rogelio Franco, Ana Rodríguez, Rubén Uría, Orestes Mederos, Inés María Quintana, Emelia Benítez y José Galet.

Imagen: La Jiribilla

Color de Cuba, color del mundo

Un fuerte vínculo con la cultura popular tradicional afrocubana se encuentra en la obra de Camejo. Las mismas inquietudes del pintor Wifredo Lam, los coreógrafos Ramiro Guerra y Alberto Alonso o el investigador Fernando Ortíz, por el mundo de los yorubas, congos, bantús o ararás, aparece en los títulos de su repertorio. Un cosmos donde los animales, los dioses y la naturaleza, nos descubre una dimensión otra, demasiado amplia como para definirla con un par de plumazos superficiales. Hay una sensualidad contenida en los muñecos de Camejo, una elaboración de símbolos y metáforas, que esperan por un estudio concienzudo y paciente de su universo pictórico. Una botella, un porrón, una güira, plumas, fibras naturales o sintéticas, excitaban la imaginería prodigiosa de Pepe y le hacían parir figuras de manos estilizadas, perfiles en estructura, colores metálicos, tocados de asombrosa modernidad que todavía nos sugieren preguntas. Interrogantes sin respuestas que lo ubican en la vanguardia de la cultura nacional. Nombres prestigiosos como el de Raúl Martínez, Armando Morales, Ernesto Briel, Mario Martínez, José Luis Posada, Rafael Mirabal y José Manuel Villa, se suman al gran equipo de artistas plásticos que comanda Camejo, unas veces como diseñadores de vestuario o de escenografía, construyendo ese color de Cuba que no niega el cromatismo diverso del mundo.

En 1969, sale de gira por vez primera el Guiñol Nacional a Polonia, Checoslovaquia y Rumanía. Antes de partir Pepe comenta a la prensa nacional: “Este viaje es muy importante para nosotros, ya que nos hemos hecho de una profesión prácticamente aislados del mundo, sin orientación. Hoy en día tenemos calidad, la cual hemos logrado sin ayuda de nadie. Ahora confrontaremos nuestro trabajo y experiencias obtenidas. Hemos tenido que estar inventando siempre, no conocíamos la técnica. A veces hemos descubierto lo que ya estaba descubierto en otras partes. Tal vez haya sido una ventaja el permanecer aislados, porque hemos creado una forma especial de expresarnos.”

De sus trabajos como diseñador al regreso, antes de ser victima en 1971 de la llamada parametración, línea de acción extremista y castradora, nacida en el Quinquenio gris, me gustaría destacar su propuesta visual para la puesta en escena de su hermana Carucha Yo o Vladimiro Maiakovski, en 1970. Títeres planos de grandes dimensiones y máscaras futuristas concibe Pepe, como pedía el texto del poeta ruso. No quedó nada de esas últimas figuras, tan maravillosas como inusuales en el panorama titiritero de Cuba. He encontrado algunos dibujos en las gavetas de la casa familiar de Fontanar, bocetos de 1975 para una edición de El cochero azul, de Dora Alonso que nunca se publicó. Son ilustraciones de un teatro de títeres maniatado. Cabezas ovaladas, perfiles acusados, manos de cuatro dedos, formas geométricas. La familia Añil se ve de espaldas en lo que iba a ser la portada. Casualmente son tres, están frente al mar Caribe, lleno de luces y olas verdeazules, parecen títeres de varillas.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué significa Pepe Camejo en el concierto de los teatristas de la Isla? ¿Cuál es el verdadero alcance de su contribución espectacular a nivel plástico y escénico? El reino Camejo es todavía un misterio indescifrable. Utilizar su nombre para un concurso o una sala teatral (así se nombra la sede de Teatro de Las Estaciones, en Matanzas) implica un criterio, un concepción de trabajo de un amplio diapasón. La fuerza arrolladora de su legado no exhibe límites, ni mediocridades mentales, sino compromiso, verdad, sentido evolutivo, ya que posee  una vigencia insultante, un impulso que nos obliga a subir por  empinada escalera, de ascensión difícil y peligrosa, mas nunca imposible.

 

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