Entrevista con Víctor Casaus

Girón en la memoria: lo escrito, escrito está

Celia Medina • La Habana, Cuba

Dice Joan Manuel Serrat que los recuerdos suelen contarte mentiras, que se amoldan al viento, amañan la historia; por aquí se encogen, por allá se estiran, se tiñen de gloria, se bañan en lodo, se endulzan, se amargan a nuestro acomodo... Acaso consciente de esta realidad, con otros imperativos categóricos, el poeta y cineasta Víctor Casaus apuesta por relatar la historia desde esas miradas fragmentadas, se aboca a recoger el testimonio de una época, se empeña en re-construir un acontecimiento desde la perspectiva de sus protagonistas, permaneciendo fiel a la memoria y a la verdad histórica.

Si la labor del Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, institución a su cargo, se dirige por esos caminos, mucho antes comenzó este interés por entender los procesos que tributaron a la conformación de lo que somos en la actualidad: rememoremos Girón en la memoria, libro que propone un acercamiento a los sucesos de Playa Girón desde la voz de los combatientes de esa etapa, sin maquillajes o postizos, porque, como dijera el poeta que abrió estas líneas, los recuerdos desnudos de adornos, limpios de nostalgias, cuando solo queda la memoria pura, son el esqueleto sobre el que construimos todo lo que somos, aquello que fuimos. Así, con montaje casi cinematográfico, prosa ágil, acotaciones disímiles, enfoques múltiples, Casaus se propone reconstruir un suceso que el paso del tiempo desdibuja. Y la historia, cuando cuenta de la imperfección y la maravilla que nos habita, de las contradicciones y colores que nos rodean, ¿cómo podría dejar de revisitarse? Pero todo empezó del modo más inesperado…

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo surge la idea de hacer Girón en la memoria?

“La génesis de la idea del libro tiene un lugar preciso en el tiempo: una noche en la Isla de la Juventud en la que un grupo de jóvenes, en una velada improvisada después de los trabajos diurnos, comenzó a contar anécdotas y cuentos personales. Allí se reveló algo que me llamó la atención: algunas pequeñas historias mostraban que sus protagonistas habían coincidido alrededor de los mismos acontecimientos ocurridos durante los combates de Girón: vieron caer un mismo avión, avanzaron, con diferencia de horas, por los mismos terraplenes polvorientos, vieron los mismos autobuses que habían sido incendiados por los bombardeos.

Me propuse entonces seguir esos hilos de la memoria y así surgieron, en la investigación posterior, milicianos y soldados rebeldes, pilotos y combatientes improvisados de aquella guerra breve, terrible y hermosa que consolidó el camino y las vidas de la gente de la Isla”.

¿Cómo era tratado el tema en la época?

“Todavía no había pasado una década mientras investigaba y realizaba las entrevistas a los futuros personajes/testimoniantes, como les llamé. Cuando terminé el libro habían pasado nueve años de los combates de Girón y el tema estaba fresco, fresquísimo en las mentes de aquellos testimoniantes –y de mucha gente más que vivimos, de distinta manera, aquellos días.

Con el paso del tiempo, a veces la (mala) memoria conspira contra los recuerdos. A veces, como señalaba el Che en una carta de los 60, el testimoniante (o autor) se coloca en una posición demasiado complaciente consigo mismo y genera astigmatismos y otras aberraciones de la perspectiva (y de la ética). De ahí los testimonios que narran sucesos totalmente prístinos, donde no aparece la sombra de una pregunta o una duda en los hechos o en los personajes.

En el caso de mis libros –que es sobre lo que puedo hablar con más certeza– siempre he favorecido la complejidad sobre la simpleza, la autenticidad sobre la visión oportunista, la vida con sus contradicciones y colores sobre la chatura gris y prefabricada. Así (como lo eran en la vida misma) son los personajes de Girón en la memoria”.

¿Con qué expectativas se acercó a los entrevistados?

“Con la ilusión y el propósito de que fueran tan sinceros, auténticos y humanos como los que conversaban en la noche de la Isla: imperfectos y formidables: como somos”.

¿De qué manera entra en contacto con estos combatientes?

“Alguno salió de aquella tertulia improvisada a la luz de unos faroles después de un día de labor intensa, como decía aquí al principio. A partir de ahí comenzó ese recorrido fascinante en este tipo de investigaciones en el que una entrevista lleva a la siguiente y un personaje/testimoniante lleva a otro –que quién sabe dónde andará.

Por ahí aparecieron después los pilotos (Carreras, Fernández, Bourzac –a quien todos llamaban Bauzá–) y sus testimonios elevaron la visión de aquella historia que comenzaba a nacer de las cintas grabadas y las transcripciones urgentes. Literalmente: elevaron la mirada del que investigaba hacia aquella poca paz que quedaba en las alturas –según apuntaba un poema de la época–, para ver desde allí, en la imaginación y en la memoria, el escenario del combate, allá abajo: el mar con los barcos enemigos cercanos y los mangles y las precarias carreteras polvorientas.

Los personajes/testimoniantes aparecieron así: sin orden ni concierto, como sucede en la vida (y en la guerra misma, que es parte de la vida). Sus propias historias dieron sentido y desarrollo a la historia de aquellos días. Como debe ser”.

En el volumen se acude, además de las entrevistas, a fragmentos noticiosos, anuncios y documentos de otra clase…

“La estructura decidida para el libro fue la división de sus textos e historias entre los cinco días en que ocurrieron los acontecimientos, probablemente para ofrecer una visión más clara y precisa de aquellas acciones que fueron relampagueantes y plenas de sucesos intensos, formidables y terribles –como suele suceder en la vida– para sus protagonistas. Esa armazón cronológica inicial se nutrió de diversos elementos narrativos, como mencionabas: recortes y citas de la prensa de la Isla y de los enemigos, poemas, citas de libros ya publicados sobre el tema, fotos…

En el caso de las fotos se trataba de una presencia significativa e importante: las había tomado el primer reportero que llegó a la zona de operaciones, Ernesto Fernández, enviado por el periódico Revolución. Ernesto se convirtió entonces también en un personaje/testimoniante de Girón en la memoria: su narración incluye la imagen y la palabra. Su presencia en el libro es, de hecho, un homenaje a los corresponsales de guerra que en el mundo han sido –comenzando, si me lo permiten, por el puertorriqueño-cubano Pablo de la Torriente Brau, inspirador, en muchos  sentidos, de la obra testimonial que he realizado a lo largo de los años, tanto en la literatura como en el cine”.

¿Por qué se inclinó a realizar este libro desde el género testimonio?

“Por muchas razones, seguramente. Entre ellas estaría en primer término la pasión que he sentido desde siempre por ese género del que he sido –como le comentábamos, en broma y en serio, Eduardo Galeano y yo en cierta ocasión a Ernesto Cardenal– creyente y practicante.

Pocos años después de Girón en la memoria escribí también un libro de cuentos que se tituló Sobre la marcha, donde abordé, desde una narrativa cercana al testimonio, algunos de los temas y sub-temas que pueden encontrarse en aquel libro primigenio y girondino. En aquellas narraciones de ficción incorporé también la otra fuente vivencial, emotiva, que subyace de alguna manera en Girón…: mis propios recuerdos (entonces cercanos en el tiempo) de las experiencias milicianas que viví, con quince años de edad, como miles de jóvenes cubanos, en aquellos momentos iniciáticos y magníficos.

Pero Girón en la memoria tenía que ser un libro de testimonio. Creo que todo lo que escribí o filmé después confirma retrospectivamente aquella elección temprana y acertada”.

¿Cuáles son las ventajas del testimonio a la hora de contar una historia?, ¿cuáles serían las debilidades del género para reconstruir una etapa histórica?

“Entre las ventajas más importantes encuentro su capacidad para asumir el reto de los temas cercanos en el tiempo, para los cuales la narrativa de ficción en ocasiones exige una especie de distancia cronológica, para que se asienten los hechos o se decanten las opiniones del autor sobre los mismos. En ese sentido hay probablemente más riesgo –más aventura también– en las obras testimoniales que tratan de dialogar con su momento histórico.

Por otra parte, al menos en mi experiencia personal sobre el asunto, el testimonio me ha ofrecido una ductibilidad muy grande, una flexibilidad extremadamente útil para incorporar recursos, herramientas, incluso lenguajes tomados de otras formas literarias –y hasta de otras disciplinas artísticas.

Creo que el testimonio ha aportado mucho a esa voluntad de barrer fronteras entre los géneros literarios o los lenguajes creativos. No ha sido la única manifestación que lo ha hecho, por supuesto, pero quizás su propia juventud como género, el desenfado de sus métodos, la inmediatez de sus acercamientos, le ha permitido contribuir de manera muy efectiva a esa voluntad desacralizadora de los cánones agotados, de los linajes obsoletos con que otros géneros o lenguajes han cristalizado, en ocasiones, sus propósitos y alcances.

Entre las debilidades por las que preguntas habría seguramente algunas que mencionar. Trato de sintetizar dos. La falsa creencia de que copiar, sin mediaciones creativas, las opiniones, historias o hasta verdades de un testimoniante, garantiza la calidad literaria (y con ella, la comunicativa) del resultado final. De esos ejemplos está empedrado el camino que conduce al infierno de los malos testimonios. Otra debilidad mencionable tiene que ver con la ética del autor: sucumbir a la tentación (entre tantas) de construir una parahistoria falseada de la historia personal que narra en su testimonio. Volviendo (siempre) al Che: Creo que la verdad histórica hay que respetarla”.

¿Desde qué premisas éticas y estéticas debe enfrentarse el género?

“En alguna de las respuestas anteriores ya rozamos el tema. Pero me alegra que aparezca esta pregunta para responder con este fragmento de una carta escrita por Pablo de la Torriente Brau en su exilio neoyorquino en 1936, que me ha servido personalmente de brújula en los tiempos de calma chicha y en medio de esas  ráfagas huracanadas que, de vez en cuando, se desatan: Mis cartas son las actas oficiales de mi pensamiento. No tengo nunca miedo de escribir lo que pienso, con vistas al presente ni al futuro, porque mi pensamiento no tiene dos filos ni dos intenciones. Le basta  con tener un solo filo bien poderoso y tajante que le brinda la interna y firme convicción de mis actos”.

Usted ejerció como periodista en esta época, ¿determinaron las prácticas o los lenguajes periodísticos sus formas de construir Girón en la memoria, el proceso de estructuración del libro?

“En los resultados finales de Girón en la memoria seguramente confluyen e inciden diversos elementos. Además de los mencionados, estaría mi vocación por el cine que había nacido paralelamente a los senderos que se bifurcaban hacia la poesía (para encontrarse más adelante, en un saludable y útil proceso de alimentaciones recíprocas); la fuerza imprescindible de las vivencias personales de entonces (un joven entrando, al mismo tiempo, a las exigencias y misterios de la vida y a las interrogaciones de la creación artística); y, seguramente, la vocación testimonial que comenzó a expresarse, también, a través de la práctica periodística.

En ese punto habría que aclarar enseguida que me refiero a las experiencias creativas en el terreno del periodismo que tuve la suerte de vivir, junto a otros compañeros de oficio, en la revista Mella de inicios de los años 60 y en la revista Alma Mater, ya siendo estudiante de periodismo/letras en la Universidad de La Habana. Fueron talleres y escuelas (en el sentido alusivo del término), donde ensayábamos la creatividad frente a la rutina, el ejercicio de la imaginación frente al imperio del aburrimiento dogmático que después se apoderaría de una gran parte de la prensa (la escrita, la televisiva). Hoy existe una lucha creciente e importante para tratar de revertir esa situación hacia los territorios ahora imprescindibles de una mayor apertura comunicacional  y un necesario rigor profesional que la rutina, el facilismo, los temores (fundados o infundados) y el acomodamiento personal han terminado por sepultar en la mayoría de estos escenarios.

A falta de pan, casabe: algunos de los intentos actuales por reavivar y re-vivir una información que sea fiel, al mismo tiempo, a los principios, a la calidad profesional y a la asunción de los riesgos, se da en los escenarios virtuales –todavía demasiado insuficientes en su alcance y acotados en su posibilidad de desarrollo”.

Se ha hablado de la estructura cercana al lenguaje cinematográfico que propone la obra y justamente usted ejerce como guionista en esta etapa, ¿hubo préstamos de esta manifestación artística en su labor literaria?

“Más que préstamos, hubo seguramente confluencias. En cuanto al cine documental (que era el que más me interesaba e interesa), estaba en una fase de formación casi paralela, quizás incluso inferior, a la formación literaria que incluía, entonces, la práctica –horrible palabra en estos casos– de la poesía y del testimonio a través de su pariente: el periodismo que se proponía ser creativo.

Como sucede a veces en casos como este, no incorporé conscientemente las herramientas cinematográficas al libro. Fue un proceso natural. El primero que me reveló esa confluencia, esa presencia fue uno de los miembros de aquel jurado magnífico de Casa de las Américas, Rodolfo Walsh, quien me dijo, con la copia de Girón en la memoria debajo del brazo después de la premiación: “A mí no me jodés: eso es cine”.

El libro, o la historia del libro, tuvieron una presencia fílmica, que es prácticamente desconocida, cuando realicé, en los estudios del ICR de entonces, el documental Girón. El desconocimiento proviene de un hecho rotundo: el documental nunca fue exhibido (ni en la fecha de abril para la que habíamos trabajado ni en ninguna posterior) debido –según supe entonces– al lenguaje que usaban algunos testimoniantes, quienes llamaban hijos de putas a los adversarios y decían cojones en medio del combate, en vez de diantres o caramba. Quizás tampoco resultó aceptable para los decisores que los milicianos fueran gente de carne y hueso, complejos en su humanidad y –felizmente– lejanos de los arquetipos de cartón tabla que poblarían la literatura del quinquenio siguiente –que ya se anunciaba en peripecias como esta.

Pero hablando de cosas importantes a estas alturas de hoy: sí, Girón en la memoria era cine, como descubrió enseguida el hermanito Rodolfo Walsh”.

¿Cómo se acerca a este libro luego de cuatro reediciones?, ¿reescribiría el libro de tener oportunidad?

“Me acerco con la emoción y el agradecimiento por esta edición que ha reunido las visiones de los prólogos anteriores, además del que escribió para esta ocasión mi amigo Pedro Pablo Rodríguez,  junto a entrevistas, notas y un acercamiento a mi pasión testimonial realizado por Yamil Díaz, para compartir también con otras generaciones estos temas y visiones de la nuestra, que vivió (en la realidad real, como ahora se le llama) aquellos acontecimientos. Sin ser una edición crítica, he salvado y unificado, junto a Denia García Ronda, su editora, algún texto impreciso de ediciones anteriores en este nuevo Girón en la memoria, en el que además queremos homenajear la obra fotográfica de Ernesto Fernández, otro girondino de entonces y de siempre.

Sobre la segunda pregunta: como sucede en la vida con las experiencias irrepetibles, algunos libros, ciertos amores: lo escrito, escrito está. Y en este caso se llama Girón en la memoria”.

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