Exposición colectiva Reencuentros

Tiempo y memoria

David Mateo • La Habana, Cuba

La historia de las relaciones entre Angola y Cuba está cargada de memorias de sucesos intensos y definitorios, registrados, sobre todo, en los terrenos de la política y la ideología, pero ¿cuánto influyeron esos hechos en los procesos culturales de cada país?, ¿cómo impactaron en el desarrollo de una sensibilidad artística, en la conformación de concepciones y procedimientos creativos?

Imagen: La Jiribilla

La exposición colectiva Reencuentro pretende ofrecer algunas evidencias acerca de este tema. No es una actividad más en el espacio de homenaje que habitualmente la Feria Internacional del Libro de La Habana tributa a otro país dentro de su programa, en los que suelen involucrarse también manifestaciones de la música, el teatro y la danza; estamos ante un proyecto de complementación cultural. Esta muestra, cuya idea surgió del contacto renovado entre artistas conocidos de Angola y de Cuba, tiene la intención de reactivar un sentido de aproximación y diálogo, inducir un balance de evolución entre la producción artística de autores angolanos, algunos formados en las escuelas de arte cubanas, y un grupo de creadores de la Isla que cumplieron misión internacionalista en Angola durante los años 70, cuatro de ellos vinculados a labores de pedagogía y asesoramiento institucional: Eduardo Roca (Choco), Nelson Domínguez, Ernesto García Peña y Rafael Paneca, y uno, Rafael Zarza, como parte, exclusivamente, de la misión militar.

Hace tiempo que no se realizaba una exposición con este enfoque, apoyada en la documentación y la confrontación directa de obras y poéticas cuyas esencias o pretextos remiten —directa o indirectamente— al desenvolvimiento de una época, de un acontecimiento histórico; épocas y acontecimientos que comienzan a ser olvidados por las nuevas generaciones de investigadores y críticos de arte. Durante las primeras ediciones de la Bienal de La Habana se llevaron a cabo importantes proyectos expositivos para favorecer el intercambio promocional entre artistas de ambos países, y desde esa fecha hasta la actualidad, en cada una de las distintas versiones curatoriales del evento, ha prevalecido el interés por los artistas angolanos dentro de la representación africana. En el año 2005 la profesora norteamericana Judith Bettelheim curó una exposición colectiva que denominó AfroCuba: work on paper, 1968-2003. Aunque su propuesta no trabajaba de manera prioritaria los nexos culturales entre Angola y Cuba en el ámbito de las artes plásticas, en ella fueron incluidos artistas cubanos que habían cumplido misión internacionalista en aquel territorio y mostraban en sus obras claros testimonios del tránsito —algunos  de ellos aparecen en Reecuentro, como Choco, Nelson y Zarza—, pero se trataba de la verificación de una parte representativa del fenómeno, no incluía la contraparte angolana como ahora lo propicia esta exposición de la 22 Feria Internacional del Libro.

Imagen: La Jiribilla

Me atrevería a asegurar que todos, o casi todos los artistas cubanos que pasaron por Angola en la década del 70 (muchos más de los que incluye Reencuentro) recibieron un fuerte impacto en el aspecto humano y cultural. Desde el punto de vista humano, ese impacto puede haber tenido matices favorables o adversos, pero en lo que se refiere al orden cultural y artístico todos han ofrecido evidencias en sus obras de haber asumido la contingencia de viaje como proceso de aprendizaje excepcional: por un lado, la inmersión directa en los acervos culturales y, por el otro, la exploración en los contenidos activos de determinadas tradiciones artísticas.

Rafael Zarza, grabador y pintor, se desplazó por casi todo el territorio angolano e integró a su misión el estudio autodidacta de elementos de la cultura visual, como las máscaras, las calabazas pirograbadas, las flechas y las ceremonias. No hacía sus notas y apuntes de manera mimética, sino tratando de fusionar el componente hispano con el africano. El resultado de esas exploraciones e investigaciones personales se ha estado reflejando durante todos estos años en sus magníficos grabados, lienzos y dibujos.

Para Paneca fue muy importante el estudio de los esgrafiados, el tratamiento de la iluminación en la escultura angolana, sobre todo en las realizadas con marfil. Todo el trabajo de la figura humana en su obra ha estado influenciado por los procesos formales que pudo corroborar en las artes plásticas angolanas, en particular el uso del movimiento, la dinámica de las líneas, y el empleo de  las formas sintéticas, sugeridas.

La estancia de Ernesto García Peña no generó, como en el caso de Zarza y Paneca, una huella explícita en su obra en cuanto a la conformación de procedimientos y metodologías de creación. Sin embargo, le brindó la posibilidad del distanciamiento en relación con su obra anterior realizada en Cuba, la opción de un enriquecimiento informativo, y abrió su conciencia acerca de la necesidad de un cambio. El contacto con los creadores angolanos le permitió, además, comprobar cómo se entendía y asimilaba el acervo cultural europeo.

Quizá con un poco más de énfasis, estas influencias sociales y artísticas se manifestaron también en las obras de Choco y Nelson, quienes no solo han realizado pinturas y grabados en los que se abordan temas o acontecimientos desarrollados en tierras angolanas, sino que muestran en sus estrategias formales una interconexión con recursos y efectos devenidos de la perspectiva cromática, dibujística y compositiva de la visualidad africana. Podríamos poner varios ejemplos de esa inmersión, pero pienso de manera rápida, digamos, en esa excelente cabeza de mujer africana que Choco concibió en el año 1989, y en el lienzo de mediano formato de Nelson que lleva por título “La masacre de Kasinga”, de 1978.

Imagen: La Jiribilla

La exposición Reencuentro trasciende en sí misma ese espíritu de reunificación y remembranza para convertirse en documentación actualizada sobre los puntos de contactos formales y temáticos que pudieran reconocerse entre las artes plásticas angolanas y cubanas. En la muestra ha sido incluido un magnífico conjunto de obras escultóricas seleccionadas por los propios angolanos. Las piezas, realizadas por los artistas Amândio Vemba, António Toko, António Tomás Ana, Etona; João Mabuaka, Mayembe, y Ana Suzana David, Kiana, por momentos me recuerdan las esculturas del ya disuelto Grupo Antillano, el cual tuvo un fuerte protagonismo en la escena artística cubana durante los años 70 y 80, cuyas metodologías y aportaciones han sido poco reconocidas y documentadas, y corren el riesgo hoy día de ser desestimadas dentro de la tradición escultórica, específicamente las que conciernen al trabajo con la madera.

En las obras de estos cinco escultores angolanos se aprecia una recreación espontánea, imaginativa de la figura y el rostro humanos, hábil aplicación de las incisiones sobre el material seleccionado; una manipulación deliberada, racional, de los volúmenes y las texturas en aras de alcanzar la sugerencia y la síntesis compositiva. Hay sensualidad, hieratismo, jocosidad y fabulación en estas magníficas piezas, que sostienen con propiedad la bien ganada fama internacional de los escultores africanos.

La presencia pictórica de Angola en esta exposición, a cargo de los artistas Jorge Gumbe; Francisco Van-Dúnem, Van; Matondo Alberto, también tiene su fundamento representacional en la recreación de la figura humana, en la exaltación de la correspondencia entre el hombre africano y su entorno natural y social, en la sublimación de experiencias y escenas cotidianas. En casi todas las imágenes se reconoce, con mayor o menor grado, la testificación simbólica de costumbres o tradiciones, en algunas de ellas hasta parece notificarse la vigencia y readecuación de determinados códigos y nociones gráficas ancestrales. El desbordamiento de la luz y el color que se verifica en la generalidad de los cuadros, el despliegue en ellos de una línea expresionista en las que pugnan o armonizan los recursos figurativos y abstractos, constituyen elementos de identificación y analogía con los pintores cubanos incluidos en la muestra.

Partiendo de ambas perspectivas de aproximación y diálogo, tanto las que se sostienen desde una voluntad del reencuentro como de actualización, esta muestra puede resultar provechosa, funcional, para el contexto artístico cubano y angolano, y convertirse en una iniciativa modélica para facilitar el desarrollo de un intercambio ampliado, regular, de temas y enfoques, favorecer la interacción entre nuevos artistas y promociones… Siempre me ha resultado paradójico que en nuestro país continúen proliferando los proyectos de intercambio con galerías y museos de países occidentales y apenas contemos con iniciativas que estimulen, con el mismo entusiasmo y sistematicidad, el vínculo de trabajo con instituciones y artistas de países que han aportado un fuerte legado a nuestro patrimonio cultural.
 

Palabras en la inauguración de la exposición Reencuentros. Sala Cordeiro de Mata. La Habana, 15 de febrero de 2013.

 

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