Pedro Pablo Rodríguez, “el mejor compañero
que uno puede tener en los peores momentos”

Cira Romero • Cuba
Fotos: K & K

Me apropio de una elogiosa frase que el Dr. Eduardo Torres Cuevas le concedió a mi entrevistado para darle título a este diálogo. A Pedro Pablo Rodríguez, Premio Nacional de Historia y de Ciencias Sociales está dedicada, junto con el narrador Daniel Chavarría, la 22 Feria Internacional del Libro. Llegar a él fue fácil, es amigo de toda una vida, pero que respondiera el cuestionario elaborado se convirtió en una verdadera “persecución implacable”, no por una cuestión de pose —algo tan distante en este hombre sencillo, cordial al extremo y caballero que cualquier dama quisiera tener a su lado—, sino porque está acosado por compromisos y obligaciones emanados de este reconocimiento.

En Pedro Pablo, de piel color cobre pulido se unen, en una imbricación profesional inseparable, el investigador histórico, el periodista, el profesor universitario, el académico, ¿el futuro dramaturgo?; pero también el ser humano hijo de un momento histórico crucial que él ha sabido asumir con sus armas, expresadas en una amplia labor en las esferas antes citadas, que lo colocan en un lugar de merecido reconocimiento.

Como no formo fila entre los historiadores, le he formulado algunas preguntas tratando de “arrimar la sardina a mi sartén”, pero como, en definitiva, él también se ha acercado al aceite donde yo me cocino, ha respondido con el entusiasmo que lo distingue aunque, quizá sobre todo, para no defraudar a una dama, algo imposible en un hombre del encanto de Pedro Pablo Rodríguez.

Imagen: La Jiribilla

Literatura de ficción e historia han tenido en Cuba un largo, y creo que fructífero, vínculo. ¿Cómo valoras esa relación? ¿Las consideras esferas complementarias?

Quizá el término de complementarias no sea el más adecuado, pero sí creo que literatura de ficción e historia tienen intercambios y se interpenetran a menudo. Aunque el audiovisual crece en importancia por día y casi que caracteriza a nuestra época —creo, además, que es una vía excelente para divulgar la historia si entendemos esta como la disciplina dedicada al estudio de los procesos sociales—, la forma escrita aún sigue siendo la mejor manera de poner a circular los nuevos conocimientos que la historiografía aporta. Y aunque desde hace mucho está admitida su pretensión científica, esta disciplina sigue interesando a las grandes mayorías justamente porque trata sobre los sucesos y procesos de la humanidad, de las sociedades particulares y de las personas como individuos.

Por eso, porque el historiador sabe que tiene que atrapar a un número alto de lectores de su época y del futuro, la exposición del análisis histórico tiene que valerse de una enorme cantidad de recursos literarios, en tanto el relato de hechos y acontecimientos, de cualquier índole, implica una narración. Por ello, estimo que la clasificación que hacían los antiguos de la historia entre las artes nunca quedará del todo fuera de lugar, por más que el positivismo, en su cientificismo absolutizante, haya abominado del sentido artístico, literario, de la historia.

La literatura de ficción se vale sistemáticamente de la historia, quizá más frecuentemente de lo que se reconoce, porque en definitiva buena parte de lo que se narra tiene que ver con la historia, aunque haya salido en su totalidad de la mente y de las experiencias del escritor. No es casual que digamos que el narrador nos cuenta una historia. Esa polisemia de la palabra “historia” no es casual. Pero, a diferencia del historiador, el escritor no tiene la responsabilidad de contar la verdad de lo sucedido; él cuenta su verdad, la que él entiende o crea, no la que vivieron los otros, y su dilema esencial es quizá contar con verosimilitud, es decir, darle visos de verdad a su relato. El historiador, por el contrario, persigue la verdad, siempre escurridiza según los intereses sociales e individuales en juego y las expresiones de la cultura como modo de vida de cada época. El escritor de ficción es muy libre, hasta puede cambiar lo que la historia ha comprobado exhaustivamente; el historiador es esclavo de lo ocurrido, y tiene que poner freno constante a su imaginación, aunque esta le sea imprescindible en sus pesquisas.

No obstante, el escritor, a menudo se acerca a la verdad, a veces más que algunos historiadores sin vuelo, de horizontes estrechos y apegados rastreramente al hecho. Carpentier en El siglo de las luces entrega una época de Cuba, del Caribe, de la modernidad que, además de disfrute, nos enseña, nos hace comprender esa época. Padura nos sitúa magníficamente el drama humano de Heredia y de su generación intelectual cubana. Ambos nos convencen con sus relatos, repito, nos enseñan, mas no nos explican la historia, lo cual tampoco fue pretensión de ellos. Ambos han dicho que tuvieron que estudiar a los historiadores y hasta hacer muchas labores de rastreo informativo y de ejercicio analítico propias de los historiadores para conformar sus respectivas novelas, pero ninguno de los dos pretendió demostrar cómo era la época y se valieron del arte ficcional para entregarnos situaciones, diálogos, ideas que no están comprobadas en fuente alguna.

Por eso el historiador, a menudo utiliza al escritor como fuente, lo único que, como toda fuente, la tiene que someter a la crítica histórica. Sin embargo, ni sus objetivos ni sus procedimientos son similares al del escritor de ficción. Y me detengo aquí porque no tengo tiempo para escribir el ensayo comparativo que casi me estás pidiendo. 

Has ejercido el periodismo durante muchos años, ¿qué opinas acerca de la vieja polémica entre periodismo y literatura?

Tu pregunta merece un largo texto que, obviamente, no puedo hacer ahora. Te ofrezco una síntesis para argumentar un poco mi tajante apreciación: cada vez tiene menos sentido para mí esa polémica.

Al surgir el periodismo moderno, era lógico que los escritores, quienes fueron casi todos los primeros periodistas, se sintieran incómodos con las reglas que les imponían el espacio, la inmediatez y el control editorial por parte de los propietarios de los periódicos. No podían adaptarse fácilmente, desde luego, a la necesidad de vender sus habilidades para la escritura, y por eso casi todos denostaron esas labores, desde las que, sin embargo —como los modernistas de Hispanoamérica, Martí destacadamente entre ellos—, aportaron tanto al periodismo como a las letras. Cuando el periodismo se constituyó como disciplina organizada en estudios curriculares, se establecieron las normas que fijó en la práctica el periodismo mercantil de la época, y la distancia respecto a lo literario se hizo mayor. Pero la vida ha sido más rica que las normas, y cada vez más, ha traído como un rencuentro entre el periodismo bien escrito, inteligente, original  y aportador, y la literatura ficcional. Una buena crónica, un buen reportaje, una buena entrevista, un buen testimonio, ¿son o no son literatura? Habría, por tanto, que cuestionarse el propio concepto de lo literario, por cierto, cada vez más cuestionado y con clara tendencia a abrirse y ampliarse en sus horizontes, más allá de su identificación llana con lo ficcional.

Y nunca me he creído ese cuentecito tonto de que el periodismo es y tiene que ser objetivo y que la literatura es el reino de la subjetividad por definición. El periodismo pasa por la subjetividad del periodista y, más aún, por la de los que deciden la política editorial, subjetividad sometida plenamente a los intereses representados por quienes la ejercen, y, en el caso del capitalismo, a la necesidad de la rentabilidad y la ganancia en términos económicos.

¿Estimas que el llamado género testimonio enriquece los estudios históricos?

Muchísimo. No solo lo enriquece sino que le es una fuente insustituible. De eso he escrito hace tiempo en un texto que se incluye en mi libro Ensayos de mi mundo, que se presenta en esta Feria del Libro por el Centro Pablo de la Torriente Brau.

En Cuba, la crítica literaria actual dista mucho de satisfacer las expectativas de un lector medio o especializado. ¿Se manifiesta esta “indigencia”, para acudir a un término utilizado por Juan Marinello en 1969, en el campo de los estudios historiográficos?

Absolutamente, y aún más que en el terreno literario. Es verdad que el número de publicaciones de temática histórica se ha acrecentado en los últimos años, tanto las propiamente historiográficas como los testimonios y relatos de todo tipo. Pero ello, más que problema, debiera ser un acicate para que la crítica exista y cumpla su función enjuiciadora, analítica y hasta promocional. Es francamente raro hasta el sencillo comentario que da noticia de que ha aparecido un libro que trata algún asunto de la historia. No hay una revista especializada en la historia, y en aquellas que se dedican a las ciencias sociales y a las humanidades, y en las que le abren espacio a estos tópicos, muy pocas veces se ejerce la crítica historiográfica. Hay una publicación digital, Calibán —un notable esfuerzo de su editor, el historiador Félix Julio Alfonso—, que, además de las dificultades comunes en nuestro país para el acceso a ese tipo de materiales, no encuentra la respuesta sistemática y de quienes pueden ejercer su criterio.

El resultado es el mismo que en cualquier otro campo intelectual: la masa de lectores no recibe información ni juicio alguno que le oriente, los colegas también, a veces, desconocen que una obra ha aparecido, y lo peor, los autores se acostumbran a dormir sobre los laureles que creen merecen o reciben el silencio crítico como una aprobación tácita. En consecuencia no hay debate, ni se puede crear entonces una cultura del debate, ni la historiografía recibe el impulso imprescindible que provoca el ejercicio de la crítica.  

¿Dirigir y trabajar directamente en la edición crítica de las Obras completas de José Martí te ha permitido encontrar nuevas dimensiones en su vasta obra?

Muchísimas, desde luego. El solo hecho de tener que leer cada texto martiano muchas veces, más de siete u ocho, atendiendo a cuanto detalle haga necesaria una nota, me ha implicado tomar conciencia de numerosos asuntos que nunca antes había observado; además, trabajar los escritos de Martí de manera cronológica también ha contribuido a eso, puesto que me ha permitido darme cuenta de cuándo y cómo fueron apareciendo y desarrollándose sus ideas, sus juicios y hasta sus temas según transcurría  su vida. Como también la edición crítica ofrece informaciones en el índice de nombres y en el geográfico, ello ha sido decisivo para entender mejor el peso de esa personalidad en su obra, así como la intencionalidad de su mención por el Maestro.

Finalmente, parte decisiva de esta edición es localizar nuevos textos no compilados en las ediciones previas. Hay dos maneras: o aparece un manuscrito inédito, o se van revisando los periódicos para los que Martí escribió en busca de nuevos textos no recogidos por la posteridad, firmados o no. Y ya son más de un centenar los nuevos textos a disposición de los lectores.

Eres ensayista, editor, profesor universitario, investigador histórico... ¿crees que ejercer una gama tan variada de ejercicios profesionales te han ayudado en tu formación y consolidación, hasta el punto de ser hoy uno de los historiadores cubanos con una obra más sólida?

Tu enjuiciamiento de mi obra me parece francamente desmedido, aunque no dejo de agradecértelo. Soy conocido porque me dedico, entre otros, al tema martiano, de tanto interés para la casi totalidad de los cubanos, y por mi interés de periodista por los medios de difusión. Sin embargo, mi respuesta a tu pre afirmativa. Todos esos ejercicios diversos, emparentados por muchas vías, no solo han enriquecido mi personalidad y mis perspectivas, sino también mi tarea de historiador. Son prácticas que te llevan a vivir más intensamente y a comunicarte con muchas personas desde ángulos y procedimientos muy variados. Y, mientras más vives, mientras más contactas con tu época y la gente de tu tiempo, mejor puedes entender el pasado y a sus actores.

¿Has incursionado, pública o privadamente, en alguno de los llamados géneros de ficción?

No. Leo mucha ficción, quizá alguna vez acaricié la idea de escribir algo por ahí, pero nunca lo he hecho ni está en mis planes. Si tuviera tiempo, escribiría teatro, pues desde hace tiempo tengo más de una pieza en mi cabeza y me atrae la idea de escribir para que las palabras sean dichas por los actores y escuchadas por el público.

¿Qué representa para ti que se te dedique, junto con Daniel Chavarría, la 22 edición de la FIL?

Representa el reconocimiento de mi trabajo durante mi vida, el del equipo de investigadoras y editoras que me acompaña en la edición crítica y el del Centro de Estudios Martianos, donde laboro desde hace 23 años. Mas, como estamos conmemorando los 160 años del natalicio de Martí, asumo que es sobre todo una manera de homenajear a Martí. Compartir la Feria con un escritor del fuste de Chavarría, tan ampliamente admirado por sus lectores cubanos, convierte este encuentro, además, en algo especialmente agradable para mí. Por otra parte, ha sido la oportunidad para publicar en forma de libro una buena parte de mis escritos, muchos de ellos inéditos, y de escribir otros especialmente para estas ediciones. Y todo esto me hace sentir mayor responsabilidad en lo que compete a mi trabajo y a mis diversas actividades intelectuales.

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