De premios, jerarquías y disensos

Norge Espinosa • La Habana, Cuba

Voy a tratar, en esta breve nota, de pasar por encima de la anécdota, del incidente que la provoca, a fin de hacer preguntas mayores y que ojalá incidan de modo más nítido en el hecho que la origina. Voy a intentar, por esta vez, no quedarme en lo que la mayoría alienta o disfruta, que es el comentario vano y de vitrina a un acontecimiento que ha despertado cierta polémica, para que podamos repensar las aristas más incómodas del suceso extrayendo algo de provecho. Y no sumiéndonos en la lamentación, la queja barata, el goce mal disimulado de unos sobre los otros, en fin, no en la mediocridad con la cual nuestra vida cultural suele responder a procesos y noticias que debieran exigirnos y alentarnos en pos de mayores grados de reflexión y de obras más logradas. La reciente entrega de los Premios Caricato, que otorga la Asociación de Artistas Escénicos de la UNEAC desplazó de sus posibles galardones a varios artistas y producciones que a lo largo del 2012 obtuvieron, en Cuba y en algunos casos, incluso más allá de nuestras fronteras, elogios rotundos. Ello, sin desdorar el valor de los que finalmente resultaron laureados, ha levantado sospechas y resquemores. Porque esta vez, insisto que sin poner en duda los hallazgos que el jurado de teatro para adultos y teatro para niños debe haber encontrado en aquello que privilegió, las distancias entre el consenso de la crítica y el público fueron grandes con respecto a lo que se anunció en la pomposa gala de estos premios celebrada el 5 de febrero en el vasto escenario del Mella. Esa es la noticia. Dejo a cada cual expresar su criterio al respecto. Acá va el mío, que tal vez sirva de eco a muchos de los que han reaccionado con pasmo y tristeza, o tal vez provoque una discusión mayor a favor de lo seleccionado como ejemplo del mejor teatro cubano en esa ceremonia. Es lo que desearía, porque el teatro cubano, a falta de verdadera polémica, de cruce sostenido de argumentos y no de simples pareceres o caprichos, va perdiendo una jerarquía que debiera ser, al fin y al cabo, el premio de veras con el que deberíamos alegrarnos todos los que somos parte de esa manifestación.

Nada es tan volátil como la decisión de un premio. La mera idea de competir, teniendo en cuenta la real naturaleza del momento teatral cubano, parece poco seria. Muchos son los problemas de nuestra escena, y mucho es el silencio que evita traerlos a proscenio. Cuando sucede algo como lo que me mueve a estas líneas, y nuestro adormilado movimiento teatral se remueve, para bien o para mal, aparece un síntoma que nos confirma la necesidad de reajustes, de replanteos impostergables que atañen a lo que vemos, a lo que se produce, al impacto veraz de nuestros montajes en un público que cada vez parece peor entrenado para recepcionar un hecho estético, y en eso los premios, con todo y lo que de discutible siempre poseen, podrían servir de guía a ese mismo espectador. Son gestos que indican lo que debiera ser más apreciado, que tal vez funcionen como señales hacia lo que en verdad constituye una excepción, un punto de giro, una confirmación o un cambio en el ámbito de nuestra escena. Lamentablemente, y no me refiero solo a los galardones que provocan la escritura de estas líneas, no es tal cosa lo que sucede. Más bien, lo contrario.

El pasado Festival de Teatro celebrado en Camagüey apostó, cosa tan esperada, por la eliminación de sus premios. No pude estar presente en dicha cita, pero parece indudable que el cese de la competencia aceleró diálogos que faltaban en esa convocatoria, y limpió de recelos y rivalidades un espacio que debe ser, por encima de todo, el punto vital de encuentro que nuestra escena se concede cada dos años. El Festival de Pequeño Formato de Santa Clara anda por las mismas estrategias. Y si bien es triste saber que tales decisiones fueron tomadas tras los malestares causados por varias maniobras de borrado que en sus últimas ediciones competitivas provocaron allí los jurados de varias de sus categorías principales, al menos queda el aliento hoy de corroborar que la no entrega de esos lauros y trofeos no va a liquidar la necesidad del teatrista verdadero por estar ahí, junto con sus mejores colegas, en contacto con un público que debe ser su mayor estímulo. Organizador, en tanto presidente de la sección de Crítica e Investigación Teatral de la propia Asociación de Artistas Escénicos, del premio Villanueva que se concede a los mejores espectáculos cubanos y extranjeros vistos en la Isla, sé lo difícil que resulta lograr acuerdos. Pero al menos en esta oportunidad es el consenso de más de una decena de especialistas la que sostiene la decisión final, que subraya la necesidad de que el crítico tenga no solo una columna en un periódico para expresar su sentir, sino de hacerlo crecer como una voz en la dirección que antes apuntaba: la de aportar al espectador una clave de mayor certeza, equilibrando logros estéticos y técnicos, en pos de ese montaje que debe ser reconocido como un suceso a partir de sus hallazgos intrínsecos. Incluso eso es polémico, pero recordemos  también que ello es la misión del crítico, su oficio, no el paso fugaz por un tribunal que pone sus gustos simplemente por encima de otros códigos.

Para que el premio, cualquier premio, sea respetable, varias cosas no deben dejar de suceder. Debe tener como defensa un tribunal o jurado compuesto por figuras vivas, en términos activos, en la escena cubana. Justificar la ausencia de tal cosa con pretextos que solo dan ese espacio de lujo a quienes desde hace mucho no obran ni aportan demasiado al panorama real de nuestro teatro es una acción que rebaja la calidad de sus decisiones a priori. Debe tenerse en consideración también qué entidad otorga ese galardón, porque sin menospreciar, una cosa es el lauro decidido por un hipotético Club de Amigos del Teatro y otra muy distinta el conceder, a nombre del CNAE, la UNEAC o la AHS, un premio que de inmediato se añade a la historia y al prestigio de tales instituciones, al carácter de tales instituciones y a lo que nos dicen ellas que tienen como principal tarea: saludar y estimular lo mejor de la cultura cubana. Máxime si luego tal decisión aparece, como en el Caricato, promocionada desde una gala costosa que se trasmite por televisión y hace saber, de ese modo, al más lejano de los espectadores, quiénes y qué son “lo mejor de nuestra cultura”. Se trata de poner esas responsabilidades en un orden equilibrado, en el que no se confundan la conmiseración, el gesto de perdonavidas, el ir porque sí contra el consenso de los otros, ni anteponer falsamente a directores y artistas de distintas generaciones para conceder lauros que resultan trasnochados o poco defendidos por la obra real de cada cual. Aclaro que son costumbres que abundan en estos y otros galardones: mi nota viene provocada, en su razón más profunda, por la sobreabundancia de esos gestos, por la constante repetición de mucho de lo que aquí señalo, y que no es privativa de una sola entidad, de un solo trofeo, o de una sola clase de ceremonia. En el instante actual del teatro cubano contemporáneo, suelen repetirse, replicarse, multiplicarse, muchas acciones que poco ayudan a señalar el mejor perfil de un arte tan poco estimado, promovido y defendido como este. Y si nos quejamos del poco espacio promocional que se le concede al arte de la escena en nuestros medios (la televisión puede grabar y trasmitir en vivo un concierto o una función de ballet, pero no una obra teatral de impacto seguro durante su mejor temporada, digamos), también es bueno mirar hacia lo que los propios artistas de las tablas hacen por defender el respeto que a ratos ellos mismos parecen arrebatarse.

Para mí, el año 2012 será el de un Virgilio Piñera resucitado en un extraordinario Aire Frío por Carlos Celdrán y Argos Teatro, donde una Yuliet Cruz memorable era una Luz Marina Romaguera que podría ser mi propia hermana. Eso será lo que yo recuerdo. Por supuesto que otros podrán tener otras memorias, otras razones. Incluso, otros premios.

Imagen: La Jiribilla

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato