Presentación de Cuentos negros de Cuba

Lydia Cabrera, zahorí de la campiña

Cira Romero • La Habana, Cuba
Foto: K & K

Dedicar la 22 Feria Internacional del Libro a Angola nos ha dado la oportunidad, a quienes somos también hijos de esa patria grande que es África, de publicar o reimprimir algunos libros salidos de la mano de autores cubanos que ofrecen, en gran medida, el caudal artístico literario emanado de ese continente. Obras como La regla de Palo Monte, un acercamiento a la bantuidad cubana; el Diccionario de la regla de Osha o santería; la Biografía de un cimarrón y Contradanzas —son solo unos pocos ejemplos—ayudan a recomponer de diversas maneras un mundo desconocido depositado en nuestras manos y que los nacidos en esta orilla hemos sabido, generalmente con mucho acierto, restaurar, en ese fenómeno de mayúsculas proporciones que fue, utilizando un término de Fernando Ortiz, la transculturación. Uno de esos volúmenes, posiblemente uno de los más relevantes, es Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera, que la editorial Letras Cubanas vuelve a colocar en nuestras librerías, en este caso con una magnífica edición a cargo de Anet Rodríguez-Ojea, y la dirección artística de Alfredo Montoto, de lograda calidad.

Imagen: La Jiribilla

Siempre he defendido la idea de que hay libros de autores cubanos que no pueden faltar en nuestras librerías. Entre esos textos está el emblemático Cuentos negros de Cuba, aparecido en la Isla en 1940, aunque años antes (1936) había visto la luz en francés, con traducción a esa lengua de Francis de Miomandre y editado por Gallimard. Esa edición cubana, primer libro de su autoría publicado en Cuba, está prologada por Fernando Ortiz, quien, por cierto, estuvo casado y enviudó de una hermana de Lydia.

Al salir de Cuba en 1960 dejó, además de este libro, Por qué… cuentos negros de Cuba (1954), El monte, verdadero monumento de la cultura cubana, aparecido en 1954, seguido de Anagó. Vocabulario lucumí (1957), La sociedad secreta abakuá narrada por viejos adeptos (1959) y algunas recopilaciones de refranes provenientes de las religiones africanas. Asentada en Miami hasta su muerte, ocurrida en el año 1992, con 101 años de edad, continuó desarrollando una intensa actividad investigativa de carácter etnológico y su obra se acrecentó de manera notable. La Universidad de Denison le concedió el título de Doctor of Letters, Honoris Causa en 1977, y en 1981 la Universidad de Redlands le confirió el grado de Doctor of Human Letters. En la actualidad su biografía sobrepasa los 20 títulos, entre los que se destacan Otán lyebiyé, las piedras preciosas en la tradición afrocubana (1970); Ayapá: cuentos de jicotea (1971); Yemayá y Oshún (Las diosas del agua) (1974); Reglas de Congo: Palo Monte-Mayomb (1979); Cuentos para adultos, niños y retrasados mentales (1983); La medicina popular de Cuba: médicos de antaño, curanderos, santeros y paleros de hogaño (1984); La lengua sagrada de los ñáñigos (Vocabulario abakuá) (1988) y Vocabulario congo: El bantú que se habla en Cuba. Español-congo y Congo-español (2001).

Lydia Cabrera era hija de Raimundo Cabrera, sobre quien quiero recordar algunos datos que ayudan a entender el ambiente intelectual de donde surgió la autora. Su padre, luchador revolucionario durante la guerra de 1868, se desempeñó como abogado, periodista, novelista discreto y político. Fundó el Partido Liberal Autonomista, en el que desplegó amplia actividad hasta que lo abandonó en 1893. Al estallar la guerra del 95 se asentó en los EE.UU. como emigrado político. En Nueva York fundó en 1897 una de las revistas más relevantes de las tantas que ha habido entre nosotros: Cuba y América, trasladada a la Isla a partir de 1899, cuya vida se extendió hasta 1917. En ella colaboró Lydia hacia 1913, bajo el seudónimo Nena, en la sección “Nena en sociedad”. En 1922 marchó a París, donde realizó estudios de cultura africana, arte y pintura. En 1939 regresó a La Habana y continuó sus investigaciones sobre temas afrocubanos. Junto con María Teresa de Rojas creó en 1948 las Ediciones C & R, que poseían un carácter básicamente sociológico. Integró el consejo de redacción de la Revista Cubana y el consejo de dirección de la Revista del Instituto Nacional de Cultura. Colaboró en Orígenes, Diario de la Marina, Revista Bimestre Cubana, Bohemia, Social, Smart, Crónica, La Verónica, Estudios Afrocubanos, Grafos, Tiempo, Lyceum, Letras Güineras y las publicaciones francesas  Tropiques y Memoires de l´Institut Français de l´Afrique Noir. Después del triunfo revolucionario colaboró en Lunes de Revolución, fue reimpresa en La Habana una nueva edición de sus Cuentos negros de Cuba y varios grupos llevaron a la escena versiones de narraciones folclóricas recogidas por ella. Su alejamiento de la Isla no significó un distanciamiento de los temas que siempre trabajó, como mencioné antes.

Cuando aparecieron los Cuentos negros de Cuba en 1940, este género se encontraba en la Isla, al igual que otras manifestaciones como la poesía, en una búsqueda afanosa de la identidad nacional. La llamada tendencia negrista donde se le ubica estaba estimulada, de una parte, por los logros indiscutibles de la poesía negra y, por otra, por los estudios de Fernando Ortiz, vinculado, como vimos, a la familia de la autora. Junto al nombre, en la lírica, de Nicolás Guillén, prestigiaron esta corriente las figuras de Rómulo Lachatañeré, Ramón Guirao, Gerardo del Valle y la propia Lydia, quien está reconocida como la cuentista más sobresaliente en esta línea. La aparición en París, en 1936, de sus Cuentos negros de Cuba, la convirtió de inmediato en la primera mujer americana en estudiar con mayor sistematicidad las leyendas y los mitos afrocubanos.

Imagen: La Jiribilla

El libro que presento consta de 23 relatos y tiene como fuente principal los mitos y leyendas fabulosos de los viejos moradores de la Isla y de los negros descendientes de los esclavos africanos. Estos mitos y leyendas venían siendo trasmitidos oralmente de generación en generación, hasta convertirse en un producto folclórico altamente poético. Por esa razón, lo primero a destacar en ellos es el proceso lingüístico por el que atravesaron, toda vez que, de hecho, fueron objeto de traducciones sucesivas: de las lenguas africanas de Guinea —preferentemente del yoruba y del ewe— al idioma amestizado y dialectal de los negros criollos, de este al español de Cuba y de ahí al francés de los lectores cultos para los cuales se publicaron en París. Se trata, en esencia, como expresó en su momento Fernando Ortiz, de “una recopilación de cuentos afrocubanos preferentemente del tipo que pudiéramos decir laico y filosófico, como las famosísimas fábulas del clásico esclavo Esopo (de quien se ha dicho que fue mulato)”.

Son cuentos llenos de fantasías, y los más entran en la categoría de fábula de animales. Los personajes pueden ser un tigre, una jicotea, una liebre, un toro, un elefante, un mosquito, un cangrejo, un majá o un perro, entre los que figuran con mayor frecuencia, y de los que se subraya siempre su calidad esencial, por ejemplo, la jicotea, que representa la astucia y la sabiduría. Todos resuelven sus problemas de una manera muy original sobre la base de estas cualidades, que los hacen sobresalir entre animales más grandes y vigorosos. En otros relatos los personajes centrales son hombres y mujeres bien caracterizados, de acuerdo con la moral interna de cada uno. En estos cuentos se ofrecen, además, complejos animistas, conceptos de carácter abstracto-religioso de gran contenido poético en los que se intenta desentrañar determinados fenómenos, ya desenredados por el hombre.

Escritos con un lenguaje sencillo, directo y dentro de él vocablos deformados, como es el caso de la poesía, denotan la manera en que la autora asumió, a partir de sus investigaciones, la forma de hablar de los esclavos y sus descendientes. Hay también en el libro elementos didácticos que encierran una especia de moraleja, fácilmente discernibles para personas de las más variadas edades. Otro aspecto a destacar es la cubanía indiscutible de estos cuentos, la evocación de la vida campesina: la hamaca, el guateque, el sombrero de yarey…

Universalidad y cubanía se encierran en Cuentos negros de Cuba, que al decir de Fernando Ortiz en el prólogo que siempre ha estado presente en las ediciones anteriores, “es un rico aporte a la literatura folclórica de Cuba, que es blanquinegra, pese a las actitudes negativas que suelen adoptarse por ignorancia, no siempre censurable, o por vanidad tan prejuiciosa como ridícula. Son muchos en Cuba los negativistas, pero la verdadera cultura y el positivo progreso están en las afirmaciones de las realidades y no en los reniegos. Todo pueblo que se niega a sí mismo está en trance de suicidio, lo dice un proverbio afrocubano: chivo que rompe tambos con su pellejo paga”.

Muchas Gracias.
 

Palabras en la presentación de Cuentos negros de Cuba, de Lydia Cabrera. Sala Cordeiro de Mata, Fortaleza San Carlos de la Cabaña. La Habana, 15 de febrero de 2013.

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