Elogio de Leonardo Padura

Enrique Saínz • La Habana, Cuba

Cuando Leonardo Padura era estudiante de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, allá por la segunda mitad de la década de 1970, no imaginó que su obra novelística lo haría merecedor de tantos premios y reconocimientos. Hoy, después de haber ganado numerosas distinciones en diferentes países, recibe la más alta que otorga el suyo a los escritores: el Premio Nacional de Literatura. Estos galardones siempre generan cuchicheos y comentarios: que si primero a Juan que tiene más obra, que si a Pedro porque marcó una época, que si a este otro porque tiene mucha edad y está enfermo. En ocasiones las razones no son muy válidas, pero en otras sí. Se trata de la obra de toda la vida, aunque ese trayecto aún no sea muy dilatado, como en este caso, pues nuestro premiado de hoy cumplirá este año 58 de edad. Este reconocimiento no es un premio a la ancianidad ni a las virtudes ciudadanas, ni tampoco una ayuda para solucionar problemas financieros o familiares de un autor. Padura lo recibe porque ha sabido conformar una obra bien construida, sólida, fuerte, con personajes que han pasado al imaginario popular, mérito nada desdeñable. Pero no estamos, al considerar sus libros, ante un escritor complaciente que se puso a indagar qué querían leer sus conciudadanos para entonces sentarse él a tejer esas historias deseadas. No escribe para el mercado, pero sucede que el gran público de Cuba y del extranjero busca sus textos con verdadera avidez, llena grandes locales para escuchar sus conferencias o lecturas de sus narraciones, busca con persistencia sus más recientes títulos. ¿Por qué? Creo que eso se debe en primer lugar a la nitidez de su prosa y en no menor medida a su construcción de ambientes y acciones, al trazado de conductas y a la edificación de lo que podríamos llamar un destino argumental que va conduciendo la historia narrada hacia un final, culminación de la vida de hombres y mujeres que han venido nutriendo las escenas de sus relatos.

Imagen: La Jiribilla

En sus comienzos todavía no se podía prever que despertaría tal entusiasmo. Su primer libro: Con la espada y con la pluma. Comentarios al Inca gracilazo (1984), tesis para obtener su licenciatura en filología, se fue haciendo con una prosa reflexiva de la que no pensamos que derivaría hacia magníficas novelas y crónicas periodísticas de gran calidad. Aquel trabajo académico le afinó la capacidad de observación, le despertó la conciencia hacia los detalles y el afiló el estilo para que el texto dijese precisamente lo que demandaba la obra del autor tratado, pues estaba hablando acerca de una figura de la cultura latinoamericana que los estudiosos habían observado con más o menos acierto. No era cuestión de inventar o de ver las cosas de manera caprichosa, sino de interpretar desde los límites ya reconocidos y poner entonces algo de sí. Esa relación estrecha entre ensayo y relato ayudó a Padura a ver los distintos elementos de la realidad de sus novelas con un cuidado de mucha importancia para la integración de sus historias. Con ese acercamiento a la figura de Gracilazo aprendió a mirar a un personaje dentro de sus propios rasgos, detenimiento que más tarde volveremos a encontrar en sus personajes ficticios, en Heredia y en los que colmarán las páginas de El hombre que  a amaba los perros, su más rica y sustanciosa obra, una novela fuerte que no nos deja leerla con interrupciones prolongadas, pues nos absorbe de manera incontrolable, no obstante que ya sepamos de antemano qué va a suceder. Vemos a Trotsky y a Ramón Mercader de cuerpo entero, llegamos a conocerlos en su dimensión humana como si estuviésemos leyendo una crónica de un testigo que habló con ellos y participó de sus diálogos y sus miedos, de sus proyectos y frustraciones. En esta extensa narración, nos movemos además en un periodo histórico particularmente sombrío, experiencia íntima que cada lector asumirá desde sí mismo. Nos adentramos, a su vez, en las descripciones que el novelista nos entrega de los espacios y en las conversaciones, los matices de los hechos que las fuerzas represivas van elaborando para castigar la desobediencia y las discrepancias. El hombre acosado y perseguido, víctima al final de la violencia de un fanático, nos comunica sus miedos y el horror que experimenta mientras huye y se esconde, mientras convive con su familia y espera la aparición de la muerte a la que se sabe condenado sin remedio.

Imagen: La Jiribilla

En La novela de mi vida volvemos a hallar a un hombre singular, el poeta cubano José María Heredia, sumergido en la Historia como los jóvenes compatriotas suyos que en la década de 1970 vieron alterado el rumbo de sus vidas por intolerancias de las que ellos no podían escapar, fuerzas que estaban más allá de sus decisiones. La trama se va tejiendo en tres planos o épocas de una manera que no quedan zonas vacías ni momentos innecesarios en el relato. El suceder fluye con magnífica coherencia y se entrelazan los instantes para alcanzar una narración de los hechos hasta el cierre de la obra, colmada de pormenores de gran dinamismo, con personajes de perfiles y rasgos generales perfectamente conocidos, como una historia única que se va integrando en el transcurso de los decenios. Nos sentimos en esos espacios y en los conflictos de esos hombres y mujeres como en nuestra realidad cotidiana, aunque las circunstancias de hoy sean diferentes a aquellas. Toda una época de nuestra historia y más: una de las formas de nuestro destino nacional está en estas páginas trabajadas con sumo cuidado, construidas línea a línea, como se ha venido construyendo nuestra propia vida. Un personaje real como Heredia, de tan ricos matices y tanta importancia en el proceso de edificación de la nacionalidad cubana, de una existencia paradigmática en el secular conflicto entre el individuo, el Poder y los anhelos de Libertad y Justicia, es asumido por el narrador en toda su humanidad, con sus grandezas y sus debilidades, un ejercicio creador que da a esta novela un rango especialísimo dentro de la literatura cubana de los últimos cincuenta años. La calidad de sus entregas anteriores, con los personajes que llenan esos relatos, fueron antecedentes imprescindible de estas dos obras mayores de la novelística de Padura. Como antecedente decisivo esta taímen su lectura de la obra de Alejo Carpentier, narrador ejemplar, de quien aprendió nuestro mas reciente Premio Nacional, grandes lecciones en el tratamiento de ambientes, en las descripciones y en la concepción del tiempo de la acción. Su conocimiento de la obra de este maestro de las letras del idioma llegó bien hondo, como se aprecia en su libro Un camino de medio siglo: Carpentier y la narrativa de lo real maravilloso (1994), culminación de otros dos acercamientos suyos a su quehacer: Colón, Carpentier, la mano, el arpa y la sombra (1989) y Lo real maravilloso: creación y realidad (1989).

Imagen: La Jiribilla

¿Y la obra cuentística de Padura?,  ¿Y sus prosas periodísticas? En esos terrenos a edificado también una riquísima obra que los lectores buscan con persistencia para escuchar otra voz que les dice mucho de los que  quiere saber y conocer. La totalidad de este corpus de prosas disímiles realmente extraordinario nos dicen tres verdades incontestables: la primera, que estamos en presencia de  una escritura que todos agradecemos por sus precisión, su naturalidad, su poder de imantación; la segunda, que su autor está profundamente preocupado por su país y sus conciudadanos, por los problemas de la realidad nacional en esta obra y siempre; y tercero, que tenemos en sus textos no solo sus calidades, sino también los testimonios de sus valores éticos y de la laboriosidad este incansable trabajador de la cultura y para la cultura.  Esperamos ansiosos su próxima novela para sumergirnos en ella con un placer que habrá de gratificarnos grandemente. Así como el agradece la entrega de este reconocimiento que ahora se le otorga a su trayectoria literaria, nosotros agradecemos a él sus numerosos libros, artículos, entrevistas, premios, su trabajo todo a favor del país y del enriquecimiento de sus lectores, y le agradecemos así mismo su sencillez, su cubanía y su amistad.

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