Elogio de Pedro Pablo

Sempiterno teórico y batallador por las causas sociales

Norberto Codina • La Habana, Cuba

Hace más de 40 años conocí a Pedro Pablo Rodríguez, cuando era profesor de Historia en la Escuela de periodismo de la Universidad de La Habana y con él, conocí a algunos de sus alumnos. Hoy, el colombiano Armando Orozco, en la Colonia Kennedy de Bogotá; la venezolana Ilse Villarroel, en la Isla de Margarita; la camagüeyana Luisa Alejo, en la “suave comarca de pastores y sombreros”; la santiaguera Margarita Sánchez, a caballo entre Polanco y El Vedado; el cienfueguero Pedrito de la Hoz, trajinando por estos salones feriales; o el hijo de Tamarindo, Manolito González Bello, con su sonrisa cómplice en ese “más allá” que seguramente tenemos reservados los ateos: todos ellos le siguen agradeciendo a Pedro su cátedra y su amistad.

A propósito del oficio de historiador en Pedro Pablo, me gustaría decir —parafraseando a un filósofo de la Antigüedad—, que quien conoce la Historia, conoce también las cosas.

Evocando su volumen Ensayos de mi mundo, podríamos compartir que en ese mundo para nada “ancho y ajeno” del autor, se trazan los meridianos y paralelos de sus desvelos y esperanzas. Su escritura, entre la prosa periodística y la académica, bordea o se detiene en temas como la modernidad en el xix criollo, el testimonio y la literatura de campaña, el dilema cubano de la racialidad, la Guerra del 95, un prócer latinoamericano poco reconocido y lecturas muy actuales sobre cultura e historiografía, que implican los desafíos de la globalización, las utopías y las crisis develadas en este tercer milenio, en la confrontación Norte-Sur, cuando las desigualdades económicas son la peor de las pandemias.

Con una clara “conciencia del pasado”, el autor refiere asuntos de ayer que gravitan sobre el presente y el futuro para convertirse en imprescindibles temas de estudio.

Este escritor es uno de esos contados historiadores que saben colocar una palabra después de otra, y mucho ayudaron a esa escritura fluida y a la vez enjundiosa sus tantos años como periodista, editor y profesor de futuros comunicadores.

Protagonista en la vida intelectual cubana contemporánea, ya desde el ágora, los medios o el ejercicio investigativo, amén de jurados y eventos académicos, con un activismo natural y sabio para nada “ortopédico”, en el cual la memoria y el deber son consustanciales, Pedro Pablo tal vez sea más conocido por sus comparecencias televisivas o por su misión de continuar la tarea que heredara de Fina y Cintio: llevar a feliz término la edición crítica de las Obras Completas de Martí.

Pero él es, ante todo, historiador, ensayista y periodista de probada trayectoria, con varios volúmenes publicados, aunque la mayoría de sus textos han estado por años dando tumbos y vagando dispersos en sus gavetas y en la computadora, olvidados en alguna carpeta, esperando ser publicados. Quizá duermen en el tomo colectivo o en la revista donde vieron la luz por primera vez y tomarán cuerpo en los libros que aún debe a sus lectores y al panorama de los estudios cubanos, deuda que confiamos, se irá saldando en un futuro inmediato, como da fe el puñado de títulos que compartiremos en esta feria.

Pedro nos recuerda que “Es hora de que aprendamos a leer, a entender, a conocer más de la historia, las ideas y el imaginario de la gente sin historia, como escribió Juan Pérez de la Riva”, citando así al no siempre reconocido intelectual que fue Pérez de la Riva, uno de sus maestros imprescindibles, y de la historiografía cubana, cuyo centenario celebraremos este año.

Y estas ideas de reivindicar “el imaginario de la gente sin historia” ya las había abordado antes en “El testimonio y la historiografía”: “…Ojalá […] que nuestros historiadores alcancen con mayor frecuencia el nivel de expresión literaria de lo mejor de nuestra literatura de testimonio”.

Algunos de sus presupuestos como investigador y explorador de las zonas iluminadas o marginales de nuestra historiografía, los resume: “Por mi parte, solo quiero y puedo apuntar las líneas de una apreciación de historiador, que no quiere privilegiar ángulo alguno, sino que —todo lo contrario–, pretende atrapar aquel proceso como una totalidad, o, al menos, exponer sus líneas más significativas desde tal perspectiva”.

Contribuirán mejor, ya sea como investigador o comunicador, a esa construcción sistemática de la nación, la identidad y la cultura que se refleja en su obra, sus cualidades ciudadanas como hombre sensible, terrenal, apasionado, muy dado a valorar las pequeñas cosas de la cotidianidad, como lo puede descubrir cualquiera que lo conozca, pues para él no escapan los pequeños detalles del tránsito diario, junto con los episodios trascendentes de la sociedad.

En una entrevista que diera hace unos meses, declara las claves de su profesión: “[…] el historiador, más que cualquier estudioso de las ciencias sociales, tiene que ser un hombre de su tiempo, porque le permite entender también a los hombres de otros tiempos, las circunstancias, los errores, los fracasos y los aciertos. En eso radica el secreto de Martí para el historiador contemporáneo”.

De esos magisterios e influencias seminales, y refiriéndose a sus primeras y voraces lecturas, confiesa en otro momento lo que le abrió el interés por la historia, lo importante que fue para él leer desde Manuel Sanguily hasta Morell de Santa Cruz y El ingenio, que fue una revelación, así como conocer a los significativos historiadores que estaban vivos como Le Riverend, Fernando Portuondo, Juan Pérez de la Riva o al propio Moreno Fraginals.  Y agregaría yo, a un maestro de la literatura llamado