“Quedé atrapado por Clío”

César García del Pino • La Habana, Cuba

Para comenzar, quiero agradecer a mi amigo Rafael Acosta de Arriba sus generosas palabras. No voy a caer en la picúa falsa modestia de decir, en tono lastimero, que no lo merezco y demás frases gastadas. Cuando un selecto jurado me lo concedió, es por algo y no soy quien, para poner en duda lo acordado.

En segundo lugar, voy a responder aquí la pregunta con la cual, casi siempre, se han iniciado las entrevistas que me han hecho: ¿Qué me hizo interesarme en la Historia? Al responder a esta interrogante, creo que se lo debo a la biblioteca de mi padre, donde figuraban numerosas obras sobre nuestras guerras de independencia. No sé si fue el acontecer épico que deslumbró mi mente infantil, unido a los genes heredados, pero quedé apresado por Clío.

Imagen: La Jiribilla

Además de lo anterior, realicé mis estudios en el entonces afamado Instituto Cuba, de los hermanos Adolfo y Gerardo Castellanos —el acreditado historiador— hijos del comandante Gerardo Castellanos Leonard, primer emisario de José Martí a Cuba. Aquel colegio era un templo al patriotismo y a la memoria del Apóstol. Los viernes por la tarde, en el acto patriótico de rigor, escuchábamos anécdotas y relatos sobre nuestras contiendas libertadoras, para cerrar con los himnos Invasor y Nacional.

Todo aquello selló mi destino. Durante mis años en aquel colegio, los premios de historia fueron míos. Para completar el cuadro, allá por los años 30, en Cuba se publicó el libro de Harrington, Cuba antes de Colón y mi padre lo adquirió. Aquella obra me fascinó, fue toda una revelación, pues entonces nuestros libros de texto trasmitían una mescolanza extraordinaria, al tratar el tema aborigen. Por un lado, debido a la confusión creada por los cráneos deformados, los libros de Historia traían una lámina de un feroz Caribe, hacha en mano, y vagamente mencionaban a unos infelices siboneyes, víctimas de aquellos. De nuestros taínos ni una palabra. En mí, la revelación se transformó en curiosidad; sobre todo, al aparecer en la revista Carteles una serie de artículos del doctor Felipe Pichardo Moya y sus compañeros en las excavaciones realizadas en los “caneyes” del sur del Camagüey.

Años más tarde cabalgaba yo por Vuelta Abajo, bajo la protección de mi extensa parentela —eran los tiempos del sanguinario primer batistato— y, un día de 1943 me encontré en las lomas con un antiguo condiscípulo, Antonio Núñez Jiménez, quién tres años antes había fundado la Sociedad Espeleológica de Cuba con un trío de amigos. En esta ocasión marchaba junto con dos colegas.

Sin pensarlo dos veces los liberé de sus pesadas mochilas, las cuales amarré sobre las ancas de mi cabalgadura y los guié por atajos para cortar caminos. De esa forma sucedió mi ingreso en la Sociedad Espeleológica de Cuba; poco tiempo más tarde, por medio de mi padre, recibí el diploma que me convertía en el séptimo miembro de la gloriosa Sociedad, que tanto ha aportado a la ciencia nacional. Estas son las santas horas que no sé, si Núñez me reclutó o yo me enganché en la benemérita fraternidad “cuevera”.

Vuelto el país a la normalidad, regresé a La Habana e inicié mis estudios en Arqueología, en los cuales tuve dos magníficos profesores: Carlos García Robioú y René Herrera Fritot. Luego, participé en numerosas exploraciones y publiqué algunas cositas a las que no doy importancia.

Imagen: La Jiribilla

Considero que mi obra comienza a partir del Quinto Congreso Nacional de Historia —organizado por el doctor Emilio Roig de Leuchsenring— efectuado en La Habana en noviembre de 1946; en él presenté un trabajo titulado “Historia de la Arqueología de Vuelta Abajo” aprobado en su totalidad.

Los años posteriores los dediqué por entero a los trabajos de la Espeleológica, en la cual desempeñé varios cargos directivos y la dirección de su museo, establecido en las casamatas que superviven de la muralla habanera, situada frente al costado de la Estación Terminal de Trenes. En esos años trabajaba como publicitario.

Con el 10 de marzo de 1952, que inauguró el segundo batistato —más sangriento aún que el anterior— se restringieron los trabajos de campo de la Sociedad y me hizo tomar la decisión de reanudar mis estudios e ingresar en la Universidad de La Habana, por ser en ella donde se mantenían latentes los ideales truncados de la Revolución del 33. Al iniciarse el curso 1953-1954 matriculé en la Facultad de Filosofía y Letras. La dirección estudiantil de esta escuela, constituida en lo fundamental por féminas, estaba en poder de “bitonguitas” totalmente indiferentes a lo que sucedía en Cuba. Tan en así que organizaron en fin de año una fiesta de Christmas con un árbol de navidad cubierto por bombillitos de colores, sin contar con la sorpresa con la que le organizamos Mario Rodríguez Alemán, entonces en cuarto año; Carlos Lainé Collazo, Manolo Barreiro y otros. En medio de la mojiganga —a la cual solamente le faltaban Santa Claus con sus renos y trineos, que tenía lugar en el teatro de la escuela—  se incorporó Mario y pronunció una encendida arenga, recordando a los gloriosos mártires del 26 de julio de ese año y a los supervivientes encarcelados. El público, al desaprobar el acto, lo terminó con el llanto y la fuga de aquel grupito de inconscientes.

Desde la mencionada función, me tocó enfrentar, entonces, como Secretario de Cultura de nuestra Facultad, la Bienal Franquista que tuvo lugar en 1954 y —con la valiosa colaboración de varios compañeros— obtuvimos que el famoso pintor Mariano Rodríguez nos donase un cuadro, el cual fue entregado a la Universidad y con ese dinero pudimos editar el único número de una lujosa revista impresa en papel cromo, con valiosas colaboraciones. Por su parte, Lainé Collazo comprometió a Lezama Lima, quien ofreció una magnífica conferencia en nuestro teatro y, quien les habla proporcionó el documental en colores y musicalizado por Gonzalo Roig Esplendor Pinareño, producido por la Sociedad Espeleológica.

Todo aquello culminó con el apresamiento y tortura del presidente de la Escuela, a quién abandonaron, con las piernas quemadas, en un camino real, cerca de Ceiba Mocha. Como desconocía lo que aquel imberbe —que traicionó después del triunfo de la Revolución— había hablado, opté por abandonar la Universidad y pasar, de nuevo, unas “vacaciones de salud” en Vuelta Abajo.

Al producirse la amnistía general —impuesta a la dictadura por un vigoroso movimiento popular— que liberó a los moncadistas, regresé a La Habana, reanudé mis anteriores relaciones y di tiempo a que se esclareciese la confusa situación del momento.

La salida de Fidel para México, dando a conocer su propósito de retornar en pie de guerra, desvaneció todas las incertidumbres. Por esa época Lainé Collazo consiguió un ejemplar mimeografiado de La Historia me Absolverá y como él era maquinista de la imprenta Úcar García lo reprodujo y me dio varios ejemplares para que los repartiese entre personas de mi confianza.

La lectura de aquel documento me electrizó. En él se rescataba el ideario martiano y se denunciaban las máculas que nos impuso la intervención gringa en nuestra Guerra de Independencia.

Sin vacilar, me incorporé al pequeño grupo que dirigía Lainé, quien  buscaba contacto con el Movimiento 26 de julio, lo que se logró con el desembarco de los expedicionarios del Granma.

Para no hacer larga esta historia, diré que el 1ro. de enero de 1959 me sorprendió siendo capitán de milicias del 26 y algunos días más tarde se me designó como responsable de la jefatura de la Comandancia de la CTC (R), en la cual permanecí hasta que fui licenciado, a mediados de febrero. Retorné a mi antiguo trabajo como publicitario, sin dejar de trabajar para el Movimiento, que utilizó mis conocimientos profesionales en la organización del Fórum de la Reforma Agraria y en el de la Reforma Tributaria.

Imagen: La Jiribilla

A finales de 1960, el doctor Raúl Roa me llevó para el MINREX y a principios de marzo del año siguiente fui incorporado, como asesor histórico a la Delegación al XVI Periodo de Sesiones de la ONU, que coincidió con la invasión mercenaria por Playa Girón, por lo que me tocó ser partícipe en la Batalla de la ONU. Al reestructurarse el Ministerio, a fines de 1961, se me designó jefe del recién creado Departamento de China, perteneciente a la Dirección de Países Socialistas y, aunque parezca ridículo, no encontré un solo papel que se refiriese a esa nación en el archivo del Ministerio. Esto demuestra la desatención a las relaciones internacionales, por los gobiernos anteriores a la Revolución.

Poco tiempo más tarde, se dispuso que matriculase en la Universidad la carrera de Derecho Diplomático, con clases en el horario nocturno, lo cual me obligaba a dedicar el único tiempo libre, el fin de semana, al estudio.

Aquella intensa actividad, cuando navegaba por la peligrosa década de los 40 años de edad, me fue fatal y, en agosto de 1966, fui víctima de un infarto agudo del miocardio, por lo que el cardiólogo me recomendó un cambio de trabajo.

Como consecuencia, Roa y Lechuga acordaron que yo pasase a laborar en la Presidencia del Consejo Nacional de Cultura, para ocuparme de asuntos rutinarios. Un año después, ya completamente restablecido, me enteré de que en la Biblioteca Nacional habían plazas de investigador histórico vacantes y pedí traslado para allá, donde permanecí hasta el año 1971, cuando el Banco Nacional de Cuba —estimulado por los valiosos hallazgos submarinos realizados en distintas latitudes— resolvió organizar un Departamento de Recuperación de Valores y solicitó a la Biblioteca Nacional el préstamo de mi persona en comisión de servicios.

En agosto de ese año embarcamos hacia Europa, me acompañaba mi esposa con el propósito de realizar investigaciones en los archivos de Inglaterra, Francia y España, particularmente en el Archivo de Indias, relacionados con desastres marítimos en nuestras aguas. Regresamos a Cuba a finales de 1973, después de haber remitido millares de informes sobre combates navales y otras ocurrencias que habían ocasionado naufragios en nuestras aguas.

De vuelta en La Habana, y luego de haber disfrutado de unas bien merecidas vacaciones, me reincorporé a la Biblioteca Nacional, donde permanecí hasta 1976. Fundado el entonces Comité Estatal de Finanzas y en este, la Dirección de Valores a la cual se trasladó el Departamento existente en el Banco Nacional, también a mí se me trasladó a él.

Permanecimos en Finanzas hasta que se constituyó la Corporación CIMEX, a la cual se transfirió aquella nómada organización. Allí, fue creada la empresa titulada CARISUB, dotada con un equipamiento excelente, que permitía desarrollar trabajos de salvataje hasta los 60 metros de profundidad, con inapreciables resultados. Desafortunadamente, hacia el año 2000, CIMEX tomó la decisión de deshacerse de CARISUB, traspasándola a una organización dedicada a otro tipo de operaciones. Como consecuencia, todo el personal científico solicitó la baja. A partir de entonces, laboro en el Gabinete de Arqueología, perteneciente a la Oficina del Historiador de la Cuidad de La Habana.

Para concluir, patentizo el agradecido recuerdo a quienes, de una u otra manera, me han acompañado en este nonagenario camino, cuando desde aquellas nunca olvidadas páginas encuadernadas de la biblioteca paterna, logro aquí, hoy, estar con todos ustedes.

Muchas gracias.

Palabras de agradecimiento en la entrega del Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2012. Sala Nicolás Guillén, Fortaleza San Carlos de La Cabaña. La Habana, 18 de febrero de 2013.

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