Entrevista con Vicente Battista

Sobre las espaldas de su padre, escribe un novelista…

Rosa Elena Encinas Hurtado • La Habana, Cuba
Foto: K & K

Al principio, creí perder la suerte de entrevistar a Vicente Battista, tras buscarlo por todos los pabellones de La Cabaña, después de la presentación de su libro Cuaderno del ausente. Al encontrarlo y pedirle una entrevista, afirmó entusiasmado su disposición para contar, en 57 minutos, lo que más tarde le agradecería: la historia de un novelista que ama la literatura desde la visión de un narrador desprejuiciado y febril. Con la agudeza de su pensamiento crítico me remontó a los grandes clásicos, y en una suerte de risa permanente descubrió a un personaje de la literatura que contaba su propia novela de suspenso. Vicente Battista, escritor argentino y defensor de la novela policial, aun conserva la jovialidad en su escritura; aunque se empeñe en resaltar sus años de existencia. Minutos antes de escribir estas líneas, recibí una pequeña tarjeta suya con la aclaración del “último dato que faltaba”, —como él mismo me escribiera―, y sus saludos. Ahora, aprovecho esta ocasión, para responder mi gratitud al conocerlo; porque sé, no dejará de leer esta entrevista. 

Imagen: La Jiribilla

¿Qué lo lleva a la realización de Cuaderno del ausente?

Hubo un personaje en Argentina, que fue un comisario de la policía, Evaristo Meneses, un señor atípico, pues no se le conocieron hechos de corrupción a lo largo de su vida; un personaje muy duro, le gustaba pintar —no era buen pintor, más bien era un copista—, y nunca se casó, aunque se supone que tuvo un montón de mujeres que lo amaban. Meneses era un tipo muy fuerte, había sido boxeador y, sin duda, tenía todas las características de un personaje muy literario. Curiosamente, nunca se había llevado a la literatura, hubo alguna vez la intención de hacer una serie de películas de televisión, pero no fructificó.

Existió, además, una historieta ilustrada, Evaristo, realizada por Aníbal Sampayo, que se basaba en el personaje de Meneses. Con todos esos elementos se me ocurrió que podría escribir una novela. Como soy poco proclive a hacer novelas históricas y contar la vida de un personaje, pensé que para zafar de eso —que particularmente a mí no me interesa―, podía trabajar con el personaje muerto hace ya 20 o 25 años.

La historia se sucede con la presencia de un periodista, Raúl Benavides, que por circunstancias de puro periodismo tiene que escribir una nota acerca del aniversario de la muerte de Meneses y, prácticamente, no tiene idea de quién es este señor, por lo que se lanza a investigarlo. Eso me permitió contar la vida de Meneses a través de un periodista, pero el problema fue cómo hacerlo desde alguien que decía no conocerlo. Entonces, ahí entra en escena la vieja madame, antigua prostituta que se llama Erika, quien le cuenta al periodista la vida de Meneses. Se presenta una disyuntiva en el hecho de que si Erika cuenta la verdad, puede que todo sea una fantasía, pues ella no da ningún dato. Durante todo el tiempo, el periodista se desenvuelve en un relato que puede o no ser cierto. Cuando llegamos al final con el cuaderno que Erika le entrega al periodista ―que le había prometido permanentemente—, este se percata que el mismo estaba vacío, y es cuando su amigo Eugenio le dice: “Bueno, ahora escribe la novela”.

Como esta obra tiene las características de la novela policial, se mantiene ese suspenso sobre lo que pasa con el cuaderno, y es entonces el periodista quien se siente perseguido.

¿Cuál es la verdad que debe ser descubierta en Cuaderno del ausente?

Eso queda a criterio de cada lector. Habrá lectores que piensen que Erika era una falsaria, que nunca conoció a Meneses, o que simplemente se acostó con él y punto. Otros lectores pensarán que fue su amante durante toda su existencia. Muchos me preguntaron quién mandó el cuaderno, y yo siempre contesto con aquella respuesta que solía dar Bécquer cuando le preguntaban por Godo: “Si yo supiera cómo es, lo hubiera hecho entrar”. Yo no sé quién mandó ese cuaderno y para lograr el suspenso, necesito que ese misterio permanezca abierto. A lo mejor en la novela que escribe Benavides y no yo, se revela el misterio…

¿Existe una ausencia del suspenso en la narrativa actual?

Yo creo que sí; pero no ya en la narrativa policial. La narrativa en todas sus características, incluso en la poesía ―La Divina Comedia, por no hablar de la Ilíada o de la Odisea, son obras que tienen un suspenso, un devenir a la búsqueda de algo— es un camino, es un viaje, y repito es la búsqueda de algo. En los clásicos siempre vamos a encontrar un suspenso, aunque no sea un policial. Toda novela, a mi criterio, debe tener, además de la belleza de la escritura, aquello que te conecte, lo que te permite seguir leyendo, es decir, el autor te va llevando, como Virgilio llevaba al Dante por el Infierno y por el Paraíso. También el autor debe ser una suerte de Virgilio para todos esos lectores Dantes y llevarlos para contarles la historia, y es eso precisamente lo que requiere el suspenso. Lo que no impide que haya un montón de autores ―que uno respeta con toda sinceridad—, que reniegan de todo eso y proponen no narrar una historia, sino detenerse en formas de la escritura, y realmente lo que consiguen conmigo es un total aburrimiento.

¿Qué historia, dentro de la trama misma, Vicente intenta conectar con una posible realidad? 

Todas mis obras, de alguna manera están conectadas con la realidad, pues siempre me nutro de ella… 

Por muchos años ha trabajado como periodista y escritor, ¿cree que existan fronteras entre el periodismo y la literatura?

Yo me gané la vida durante muchos años como periodista, incluso en algún momento generoso me dieron la manzana de oro “Al maestro con cariño”, como distinción a mi profesión como periodista ―allá en la Argentina es muy común que la manzana se la regalen a la maestra—. Yo ejercí con mucha alegría el periodismo y de alguna manera lo sigo ejerciendo. Si bien hay quienes repudian al periodismo desde la literatura, creo que cuando uno hace un repaso general en el mundo, se percata de que el periodismo se asentó como un medio de comunicación masiva, y de alguna manera casi todos los grandes escritores fueron una vez periodistas. Se trabaja con el mismo elemento: la palabra; pero desde el periodismo se trabaja con la palabra que exige concisión y tiempo. En la literatura, yo me exijo el espacio y el tiempo.

Se pueden establecer fronteras entre ambos, pues son de alguna manera diferentes, dirigidos a públicos diferentes y con un abordaje de modos diferentes. En el mejor de los casos, ese libro o esa novela que se publica, posteriormente va a integrar la biblioteca del lector que la compró; sin embargo, una nota periodística al siguiente día de ser publicada, es utilizada como papel para “envolver huevos”, y nadie envuelve huevos en un libro. Ahora con el archivo infinito de Internet, hay un montón de elementos que pueden ser guardados, lo que no siempre sucede. Hasta hace no mucho tiempo, eso era el periodismo…

¿Cuáles son las temáticas que, en el ámbito de la literatura, le convidan a la reflexión?

Podemos encontrar una novela policial que te lleva al pensamiento crítico, filosófico. Toda la gran literatura ―dejando de un lado géneros y subgéneros— te lleva a la reflexión. Y, precisamente, lo que he conseguido de la literatura es la posibilidad de quedarme con lo que me aporta para siempre. Hace casi 50 años que leí las primeras novelas, y aún recuerdo escenas completas, porque me quedaron para siempre, y porque fueron maravillosamente escritas. Por ejemplo, lo que le pasaba y hacía Tom Sawyer, lo hacía yo también ―Tom las hacía en el Mississippi, y yo las hacía en el Barrio de la Boca; sin embargo, nos parecíamos en ese sentido—. Muchas veces, cuando mis padres me castigaban, yo decía: “Bueno, cuál podría ser el mayor castigo para esos miserables que me han castigado; ya sé, suicidarme.” Entonces, preparaba ese momento e imaginaba todo lo que iban a sufrir ante mi ataúd. De pronto, pensaba que eso estaría perfecto, y luego reflexionaba: “Pero bueno, yo no veré la venganza, solo me la imagino pues una vez muerto me perdería el espectáculo”. Y, como bien se nota, nunca llegué al suicidio… Cuando leo a Tom Sawyer, veo que hice lo mismo, por ello me identifiqué tanto con él.

Más allá de las culturas y de las lenguas, en los chicos, los jóvenes y los adultos hay similitudes. El sufrimiento de Emma Bovary, personaje de Flaubert es el mismo de cualquier muchacha que se siente seducida y abandonada por un chico en el que pone todas las esperanzas. Las tragedias griegas se pueden actualizar; ese mismo texto se puede desarrollar con ropa del siglo XXI, la palabra sigue siendo la misma.

¿Cuáles fueron las primeras influencias de Vicente Battista?

Como todo chico que se precie, leí las novelas de aventuras. Salgari era un autor que me enloquecía. Julio Verne me aburría un poco —debo confesarlo—. Cuando tenía 11 años comencé a ir a una biblioteca socialista, Sociedad Luz, cerca de la casa, y recuerdo que busqué en el fichero alguna obra de Shakespeare, porque sabía que era un autor importante. Por supuesto, me leí el libro que en ese momento escogí y me di cuenta que Shakespeare era uno de los míos. Así me adentré en el mundo de la lectura. Mi padre era carpintero, y recuerdo que una de las primeras cosas que le pedí fue un escritorio de cedro, el cual conservo y aún trabajo sobre él, porque de esa manera “escribo sobre las espaldas de mi padre”. También me hizo una pequeña biblioteca, y de ahí comencé a cargar con libros, lo que me ha acompañado hasta el momento y seguirá hasta el día que nos separemos ―los libros en la biblioteca y yo, en un ataúd metido en otra biblioteca, de esas que llaman nicho, y que lógicamente no tienen nada que ver—. 

En 1986, estrenó la pieza teatral Dos almas que en el mundo, ¿qué lazos le acercan al mundo teatral?

Soy cuentista, y dicen por ahí que no soy de los malos. Empecé escribiendo cuentos, y respeto muchísimo este género maravilloso, más cercano a la poesía como diría Poe. El cuento y el teatro están muy vinculados, la estructura es muy similar. El cuento empieza “empezado”, pues cuando comienza, ya los sucesos están transcurriendo, y con el teatro pasa lo mismo, cuando se abre el telón los hechos igualmente ya están pasando. Yo no había escrito nunca antes una obra de teatro; pero cuando vuelvo al país al terminarse la dictadura, estaba en el Centro Cultural San Martín un amigo escritor que me dijo: “Vicente, queremos estrenar una obra tuya”; y yo le respondí: “Te agradezco mucho tu gentileza; pero yo no tengo ninguna obra de teatro”, y a mi respuesta le siguió su precisa: “Bueno, a escribirla”. Acepté el desafío y comencé a indagar sobre las premisas de una obra de teatro. Primero, supe que debía durar una hora y diez minutos, luego averigüé con un amigo que escribía para teatro y me dijo la extensión de la obra de acuerdo con la duración de la misma. Ahí se me ocurrió la historia de la obra que finalmente se llamó Dos almas que en el mundo, y cuenta la vida de dos mujeres que aparentemente son madre e hija, pues el final lo cambia todo. La hija le anuncia a la madre que va a venir su pretendiente a conocer a la futura suegra, y a partir de ahí se cuenta una historia espantosa de familia. Una vez avanzada la escritura, le di a un hombre de teatro las primeras diez cuartillas y me dijo: “Mira, estoy muy impresionado porque cuando un autor escribe su primera obra generalmente pone a hablar mucho a los actores”. Yo puse dos mujeres en escena, y utilicé diálogos muy cortos, al punto que las dos actrices me odiaban. Finalmente, la obra se puso y tuvo un éxito tremendo. 

Con esta pieza me pasó algo divertidísimo. Yo le puse Dos almas que en el mundo, por un bolero “Dos almas”, firmado por Tom Fabian. Una semana después del estreno de la obra, me llaman y me dicen que no tenía el permiso para el título, porque no se podía utilizar el nombre de una obra musical. Y con el teatro lleno, no podía suspender la puesta. Ante mi posición me dijeron: “Bueno, si usted se hace cargo de los juicios que puedan haber, porque el autor de la obra musical le reclame…”; inmediatamente le respondí: “Pero yo me hago cargo, dónde hay que firmar”, pensando que con los años habría de estar muerto ese autor. Vuelvo de un viaje que hice a Córdova, paso por el teatro y me dice una de las directoras: “La otra noche terminó la puesta, vino un señor y me dijo que era una obra muy dura, y me preguntó por el escritor, pues era el autor del bolero “Dos almas”. Imagínate qué situación. Fui un miserable, porque me dejó el teléfono y nunca le contesté, me daba vergüenza, pues le había robado el título.

¿Qué cualidades resalta al escribir un texto o una obra?

La calidad de la escritura, sin duda. Todos los temas están escritos, desde las Antiguas escrituras, la Biblia, el teatro griego; solo que han de ser recreados de forma diferente, todo depende de cómo lo cuentes.

¿Cómo corrige la escritura de sus propios textos?    

Yo realmente creo que escribir es corregir. Admiro y envidio a autores, como George Simenon, que son capaces de escribir una novela policial en una semana o en 15 días. Yo tengo que corregir mucho mis obras.

El género policial tiene características específicas…

El género policial requiere de lectores específicos, que leen con sospecha, suspicacia, que no se creen todo lo que les están diciendo ―esto me parece algo maravilloso en la literatura—. Es un juego entre el lector y el autor. Es un género que se inicia con la solución del enigma. En las primeras décadas del siglo XX, se presenta sin un enigma para resolver; luego, estaba dado por la agudeza, por la lengua y se dirige al cuestionamiento de una sociedad, como no lo supo hacer el policial enigma, pues sabemos que las sociedades no son perfectas y existe corrupción. A partir de ese momento comienza la violencia, ya no interesa quién mata a quién, sino quién está matando y por qué lo hace.

¿Cómo conforma sus personajes?

A mí me resulta más sencillo conformar las historias desde el antihéroe, no desde el héroe. En mis obras policiales, Siroco y Sucesos argentinos, el personaje no tiene nombre ni atractivos, no es abogado. En Siroco, el personaje es un miserable; pero comparado con el resto de las malas personas que le rodearon podría decirse que era una especie de héroe. En Cuaderno del ausente, el periodista tampoco es un héroe, se ve envuelto en toda la historia; pero nada más. Esos son los personajes con los que más cómodo trabajo; porque al quitarle lo heroico lo desnudo mejor.

¿Continúa la obra de Vicente Battista?

Pues sí. Lamentablemente, el día en que me muera se terminará mi formación. Mientras tanto estoy aprendiendo permanentemente, cometiendo errores; pero sin dejar de aprender. Todo lo que sea incorporar, pese a mi mala memoria, digamos elementos y conocimientos, es bienvenido. Fíjate, que cuando me pierdo, estoy hablando con vos, estoy contestando y pensando lo que se me ha olvidado; la máquina continúa trabajando.  

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