Lina de Feria en su “golpe de planeta”

Jamila M. Ríos • La Habana, Cuba
Tiene el nimbado cielo una belleza apocada
pero yo retomo los lodazales
en las cosas más feas
que son las que no tienen nombres
y hago una suerte de punto y aparte
para salvar la noche de su propio envés.

 

De su premio David (en 1967) a su premio Nicolás Guillén, pasando por varios premios de la Crítica, Lina de Feria ha decantado, como alquimista, un estilo en que sobresalen el regusto por ciertos referentes (religiosos, artísticos) y el saboreo del lenguaje (que la inclina a la adjetivación y a la metáfora encadenada, al neologismo); la búsqueda sostenida de la intensidad y la belleza (aún en lo bajo cotidiano, en el dolor y el horror del mundo y del cuerpo que se ajan); el esfuerzo de comunicarse al otro, con el otro (observación, libación y mano atenta, quebradura perseverando ante la soledad).

En Los poemas de la alquimia1 esas marcas se entrelazan con una exploración (hacia dentro y hacia fuera) que va de la memoria propia y familiar (de la escarbadura “en los largos cajones suecos… apilados desde la infancia”), a otra aventura en que la escritora (alarmada por los bosques y las especies en extinción) propone una reflexión de visos éticos y ecológicos. Lina se dispone asaltar los porterones de su antigua casa, hacia el reino de lo natural y a cantarle inscrita en él, amoldada, des-bordada, engarzada a su fronda.

De ahí que se detenga, en un zoom nervioso de amplificaciones y detalles: en “la comba del cielo” que “como un pez de la noche… se acerca a la orilla a bebernos”; en el buque que zarpa “allá en el horizonte/ perseguido por los gritos de los pájaros”, en “una costa de almácigos” a “la pretendida hora de la puesta del sol”, y también en el “musgo/ donde cava la vida un loto sobreabundante”; de ahí que reúna las islas “como si armara un terraplén”, o repare en lontananza: “allá lejos donde calan los castorcillos/ haciendo puentes con juncos de resol” en “el zarpazo del río”; y suba también a los “pedregales de la loma” de la niñez lustrosa, en pos de “lo espejeante”, lo mínimo, a por el ónix y “el ágata listada”. De ahí que se ocupe de “la caracola despertándose” y del “fanguillo en los bordes de la cera, del dátil, la palmera y el muérdago, del cactus heridor, de la ardilla y el búfalo, de una “amalgama de abejines” y “una picadura de víbora”, lo mismo que de los aerolitos y de “la cáscara de la Muralla China”. De ahí que recorra, inagotable, los paisajes movibles, el bacherío de la comedia humana: desde “las legumbres/ reverdecidas por el agua y el estiércol” alineadas “como soldaditos de plomo en el cuadrante”, hasta “las calles que atestadas parecían viveros/ en los que todos recogían la rapidez” de vivir, buscando contaminarse de “cada cuerpo transeúnte”. Un gesto expansivo como el de ese “saco de naranjas/ de allá/ desde la finca/ abriéndose por la llanura/ en la carrera graciosa de la gallina de guinea/ y en las orquídeas de los troncos”. Movida por esos impulsos, su pecho “salta hacia el convite/ de la hierba húmeda y de los terrones”; se conmueve “como cuando renacen los nidos/ y se rompe la cáscara”; se troquela ella misma “a velocidades rápidas/ en una cascadilla simple”; se trasmuta en animal de estancia y se va deshuesando en los “ijares del mar”, junto al “concierto de los mástiles”; o pervive en lo arbóreo, entre “en el bosquejo de la selva intrincada”, disponiendo su “estado de ánimo a perpetuarse en las candelillas nocturnas/ en el sube y baja de las partículas de hojas”, queriendo olvidar la humillación “que como una astilla de árbol/ se encona entre los dedos”. Y de ahí, de esa cópula con lo natural, que a ratos se dibuje “pequeña como un ápice de luna”, o se halle “sola/ como el árbol de la acacia/ ahí en la carretera/ donde todo parece una arenisca”; o que se detenga “en la suave brisa de los cántaros”, y piense en echar “a volar el molino”, en estrenar sogas “para atraer los botes a la playa y en extraer agua del pozo: sumida en ciertos gestos antiguos, que no pierden su intensidad por mil veces repetidos, como el agudo grito del amolador de tijeras.

Los poemas de la alquimia invitan a entrar de nuevo al mundo con “los sentidos absortos y colmados”, como a la sala de un cine, como quien se sumerge en el mar sin careta y abre mucho los ojos para ver “las algas y los crustáceos”, afinando la respiración noche a noche, hasta volverla “la aguja de un pino”, aguzando el paladar para llevarnos todo, sacudida que nos lleve más allá de engordar “la fatiga de vivir”, visión que proteja, ante “la inmersión de la muerte”, piedra filosofal al fin hallada, azabachito, ojo de tigre, talismán.

 
* Publicado por Ediciones Matanzas, 2013.
 
Palabras en la presentación de Los poemas de la alquimia, de Lina de Feria. Sala José Lezama Lima, Fortaleza San Carlos de La Cabaña. La Habana, 20 de febrero de 2013.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato