Vuelven las Contradanzas y latigazos
de Reynaldo González

Alberto E. Sosa Cabanas • La Habana, Cuba
Foto: R. A. Hdez

Con motivo de la 22 Feria Internacional del Libro de La Habana el reconocido escritor e investigador Reynaldo González nos trae una novedosa entrega de su libro Contradanzas y latigazos. Cuando se publicó por primera vez en 1983 y ganó el Premio de la Crítica, llamó la atención de algunas de las figuras más importantes de la comunidad intelectual cubana. Moreno Fraginals dijo que el texto entregaba una visión de la cultura cubana “sin mixtificaciones”.1 En sus ediciones anteriores el volumen se erigía como una propuesta atrevida que, bajo la apariencia de un extenso ensayo, apostaba por una reflexión desprejuiciada y esclarecedora en torno a la realidad sociológica y cultural del periodo colonial cubano.  Hoy, el libro ha crecido y se presenta como una pieza única dentro del panorama editorial cubano.

Imagen: La Jiribilla

Fruto de un encomiable y riguroso proceso investigativo, Contradanzas y latigazos vuelve sobre los estudios de la Cuba colonial para desmitificar conceptos y colocar, tras el escrutinio de una aguda inteligencia y un conocimiento sólido de la época, conceptos esenciales de nuestra cultura. El mestizaje, la criollez, las contradicciones económicas y las limitaciones y aciertos de algunos de nuestros más ilustres intelectuales son repasados y re-pensados en relación indisoluble con Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, el producto literario más importante de nuestro siglo XIX. Aunque la mera calidad del texto y la información que supone para cualquier lector interesado en la época es suficiente para justificar una reedición, Reynaldo González y la Editorial Letras Cubanas proponen un libro “nuevo”, un texto revisitado y dotado, en esta edición, con un arsenal  que enriquece por mucho y contribuye a una lectura verdaderamente completa de una sociedad y una época.

La entrega  de esta obra bajo un nuevo formato representa para el autor la verdadera consumación de un trabajo titánico de recopilación de datos, testimonios, grabados impresionantes y fuentes documentarias de todo tipo que ahora, hábilmente reunidos, van mucho más allá de aquella reflexión atinada y desacralizadora, publicada en los años 80 y 90, para invitar al lector cubano a un viaje de lujo por un tiempo sin el cual no se puede comprender lo que hoy somos. Aunque  el libro Contradanzas y latigazos hablará por sí solo desde las múltiples sedes de la gran fiesta editorial, dejemos que el mismo Reynaldo nos hable de esta nueva entrega.

Se cumplen 30 años de la primera edición de su libro Contradanzas y latigazos,  y Ud. presenta una edición totalmente nueva en la 22 Feria del Libro. ¿Cómo surgió la idea de este abordaje al texto?

Debo aclarar que nunca hice mía la afirmación de “letra impresa letra sacra”, que se acerca peligrosamente al dogma, al esquematismo, e impide el enriquecimiento de las ideas. El ardid ha servido para no rectificar errores flagrantes dándolos como hechos consumados y punto. Esa actitud no puede aceptarla el analista inconforme con la simple factografía, menos tratándose de un ensayo basado en archivos, epistolarios y textos sobre los asuntos que trato. Mi lectura siempre fue cuestionadora y desacralizadora. En esta versión lo es más, dándole al lector elementos de juicios que podrá leer o desatender, según su interés y su rigor. Tratándose de una novela que no se resigna a contar un cuento, sino a una reconstrucción crítica de la realidad colonial, se requería una profundización más exigente. Preferí una lectura cruzada, con elementos por igual contrarios y complementarios, tamizada por razonamientos e imágenes de la época, aunque señalo sus vínculos con los intereses entonces predominantes. En la nueva edición de Contradanzas y latigazos no rectifiqué o desdije nada; el libro creció en argumentación, en ofrecimientos al lector, un contrapunteo entre mi texto y las opiniones de los llamados “patricios” cubanos, con gran respeto para ellos, pero usándolos como si comentaran mi  texto, o se le enfrentaran. Las páginas ofrecen un caleidoscopio donde la mirada panorámica alterna con el acercamiento incisivo. Recuérdese que se trata de un estudio de nuestro siglo xix desde la novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, de Cirilo Villaverde. Descarto la lectura tradicional, el sentimentalismo utilitario que resulta kitsch, incluso cuando se propone como “realista” e informado. Por muchos años predominó una lectura fácil que desatendió precisamente lo que Villaverde dijo. En mi trabajo señalo cuanto está en la novela y no vieron, empantanados en el romance interdicto de los hermanastros, la mulata cuarterona y el “galán” cachorro de millonario, como si se tratara de la gitana y el marqués, el torero y la cupletista que tanto se dosificó por los mass medias tratando al lector y al consumidor de mensajes como a un pasivo buscador de emociones, no de sabidurías.

Imagen: La Jiribilla

Por sus características resulta un libro de complicada definición. Tiene elementos de ensayo sociológico, crítica literaria, valoraciones históricas, entre otros muchos ¿Cómo lo define?

Es nomás un ensayo que estudia una novela, el tiempo en que vivió su escritor y los asuntos que intentó fijar en la mente de sus lectores. La complejidad y rareza radican en que burlo moldes que resultarían restrictivos en tiempos posmodernistas, y soslayo innecesarios alardes de lenguaje teórico que han contaminado el ensayismo hasta deformarlo. Mi lector se enfrentará a páginas complejas, con citas no sencillamente referenciales y grabados que las contextualizan. El conjunto no es un capricho. Nació de mi interés por conocer el pasado de nuestro país y se profundizó por la persistencia en ese propósito. Para mí, todo libro es exploración, posibilidad de conocimiento. Cierto que aquí se mezclan observaciones sociológicas, crítica literaria y valoraciones históricas, sin que le falten apelaciones a recursos narrativos. En inicios de los años 60 publiqué un artículo titulado “Los géneros estallan”, ya era una declaración, una voluntad que ha marcado mi trayectoria. Tanto me lo ha señalado la crítica que debo aceptarlo como un recurso espontáneo, donde quepa la espontaneidad en estos predios. Eso va del manuscrito a la puesta en páginas. En esta ocasión mucho debo al talento y la habilidad de Beatriz Pérez, con quien trabajé mi libro Caignet, el más humano de los autores; la ayuda inapreciable de Cira Romero, investigadora literaria y editora; las sugerencias del editor Tupac Pinilla; el cuidado de las imágenes de Sigfredo Ariel, confirmadas por mi viejo cómplice Francisco Masvidal. Certezas y deslices del texto observó el historiador Manuel Moreno Fraginals, quien tomó el libro como suyo. Ya se ve, la culpa es compartida.

En los extractos de otros autores convocados a un imaginario diálogo, Ud. pone al descubierto aciertos, desaciertos y hasta opiniones polémicas como la de José Lezama Lima sobre Domingo del Monte. A partir de este “enriquecimiento” deja que el lector polemice con Ud. y con importantes figuras de nuestra cultura ¿Qué criterio siguió al elegir textos y autores?

A quien tome el libro en sus manos lo invito a enfrentar el dilema de ser el “lector macho” de que habló Julio Cortázar, diferenciado del “lector hembra”, dominado por una pasividad simplemente consumidora. Por la complejidad del discurso, en verdad, lo invito a resultar machihembrado: penetrado y penetrador. Le acerco elementos diversos para que transcurra de las zonas subjetivas de la intelección a realidades descritas por Villaverde pero viciosamente desatendidas en una enfermiza sublimación del pasado colonial. Los fragmentos tomados de fuentes diversas convocan a compulsar las contradicciones del pensamiento esclavista, soslayadas por algunos historiadores, o dejadas solamente en los conflictos de la lucha anticolonial, los entreveros de peninsulares y criollos. Entre otras citas igualmente polémicas incluí la observación de Lezama Lima sobre Domingo del Monte, no solamente avisado y útil, como se repite, sino un individuo inserto en el conflicto de los esclavistas que comprendían la necesidad de acabar con la esclavitud pero se sabían incapacitados para ello. Por demás, hace tiempo que la historiografía cubana superó la sobrevaloración de Del Monte como mecenas y conductor intelectual. La dimensión del problema y sus motivaciones personales, sus compromisos como miembro de la clase dominante —del poderoso grupo económico del millonario Aldama, nada menos—, quedan explícitas en mi argumento y en otros textos colocados en los márgenes. Sin considerarme poseedor de la verdad, algo que tanto daño ha hecho, no dejo, exijo que el lector polemice, si no ¿qué lectura hace?

Como destaca en Contradanzas y latigazos, el mito Cecilia Valdés fue visitado por las más disímiles ramas de la cultura: para la pintura, la música, el cine y el teatro resultó materia de inspiración. ¿Cómo dialoga su visión con esos acercamientos al mito?

Aprendiendo a saltos pero con dedicación y exigencia en mi formación autodidacta, supe que nada vale anotar las características de un fenómeno si no lo vinculamos a sus orígenes y al entorno que lo alimenta y le da eco. Cecilia Valdés se tiene como la suma de cualidades de un tipo de mujer cubana, su belleza y sensualidad llevadas a valores únicos. La zarzuela de Gonzalo Roig fijó un mito ya existente: la mulata blanconaza (cuarterona) arrolladora, triunfadora y preferida. El mito, que ya venía, desarrolló una admiración irracional, desentendida de las circunstancias en que debió existir esa mujer de belleza extraordinaria. Villaverde, sin embargo, fija sus límites, sin más valor que su belleza, las razones de su fatalidad, el cerco que le tendía la sociedad porque en sus genes el barracón negrero quedaba demasiado cerca. Mi visión, apegada a los argumentos de Villaverde, quien incluye el destino de los individuos en el de sus congéneres, no estimula el embeleso de la tragedia como disfrute de los sentidos, sino su observación como motivo para el pensamiento. Intento aportar elementos a un aprovechamiento razonado de la lectura. En ese caso, para desmitificarlo me sirve el mito Cecilia Valdés.

En nuestros días, el tema de la racialidad y los componentes étnicos de nuestra cultura son revisitados desde disímiles perspectivas. Lo acreditan eventos recientes, premios e importantes publicaciones. Según su criterio, ¿cómo se inserta un libro como este en el debate contemporáneo y qué puede aportar a él?

El tema de la racialidad y de la discriminación no se inserta, sino que es parte central de mis observaciones, como lo fue en la novela de Cirilo Villaverde. En la antigüedad, el fenómeno de la diferencia racial entre siervos y señores no gravitó con tanta violencia como en nuestra llamada “economía de plantación”, donde a los africanos esclavizados se les negó hasta la condición de personas y a sus descendientes criollos se les sojuzgó con odio y ensañamiento. Es algo que se discute, se teoriza en la novela de Villaverde. Domingo del Monte supo verlo al comentar la primera versión, de 1839, cuando la consideró “lo mejor que en su clase ha producido el ingenio cubano” —comparada con narraciones de Ramón de Palma y Anselmo Suárez y Romero—, y subrayó su particularidad al “presentar un cuadro exacto y animado de las costumbres de gente suburbana y mulatesca de nuestra población”; en una simple pasada Del Monte vio el tema central, al que servía la anécdota. Describiendo a los amos, los esclavos, los pardos y morenos libres, Villaverde desnudaba el racismo enseñoreado en la sociedad colonial. Lo repitió, atenuado, nuestra sociedad republicana. De aquella siembra vienen los actuales resabios racistas. Conocer la realidad colonial en sus detalles, por ingratos que resulten, permite valorar la suma de ideas enquistadas en las mentalidades, que actúan de manera automática. Una valoración superficial justificaría lo que deseamos ver como simples “rezagos”, pero sería una culpa añadida. Más que un análisis académico, merecen acciones que partan de un conocimiento profundo y la observación del tránsito en sociedades de distintas características y objetivos. Villaverde no pretendió solazarse con una “novela de costumbres”, aunque así la llamó siguiendo coordenadas de su tiempo. Su principal interés queda indicado en la muy pensada introducción: “troqué mis gustos literarios por más altos pensamientos; pasé del mundo de las ilusiones al mundo de las realidades”. Alertaba a los literatos de su tiempo estancados en un lirismo ensimismado, los incitaba a retratar la tragedia y el horror de la sociedad esclavista. Él no buscaba, como los poetas de ocasión, a quién combatir o cantar para colgarse medallas en el pecho. Su novela, que debe leerse siguiendo sus proposiciones, combate por igual la grandilocuencia patriotera y la banalización utilitaria.

En su libro conecta temas de importancia neurálgica en el proceso de formación de la identidad como la esclavitud, la conformación del estado-nación y la creación artística del periodo colonial con el mito de la Cecilia, ¿en qué forma cree que este diálogo, que podría perderse en su complejidad, arroja nuevas luces sobre la visión que hoy tenemos del periodo colonial?

El diálogo que propongo ocurre en las circunstancias actuales de la cultura cubana porque invita a razonar, no a asumir pasivamente lo que la página ofrece. Esa sería una lectura rutinaria, la peor, colmada de reiteraciones. Si como indicas, el gran tema de las racialidad en Cuba ha ganado una presencia mayor, solamente inesperada para quienes no observaban contradicciones que a mi modo de ver eran insoslayables, el debate refleja una complejidad que impide la aquiescencia. En la vida de nuestra comunidad el asunto de los rezagos raciales, por no llamarlos racistas, punza el razonamiento, adquiere presencia, procura soluciones que no se deben pedir sino exigir. Es buen momento para releer sin gazmoñerías un texto que al fenecer el romanticismo puso sobre la mesa un cúmulo de realidades condicionadas por la esclavitud, nacidas de ella. A Villaverde le salieron al paso críticos que cuestionaron el calificativo de novela antiesclavista cuando nominalmente ya no existía la esclavitud, como si los cambios sociales fueran cortes al sesgo en la historia, ocurridos a voluntad. Debemos recordar que ningún problema es solamente semántico. Él sabía que las dramáticas huellas de la esclavitud operando en la sociedad, sembradas en los condicionamientos mentales, tardarían en desaparecer. Lo intuyeron los mambises que, como se ha demostrado, en sus mochilas de bisoños combatientes cargaron ejemplares de la edición prima de esta novela. Al tiempo que leían un relato de amor, enardecían los ánimos contra la injusticia social retratada en sus páginas; luchaban por la libertad y también por la equidad social.

Reynaldo, sé que está inmerso en la preparación de una nueva edición comentada de la novela de Villaverde, ¿qué me puede adelantar sobre esto?

Me he propuesto una edición anotada como no ha tenido la novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel, sin denostar las anteriores, sobre todo la de Esteban Rodríguez Herrera, que todavía merece encomios. Si reconocemos la novela de Villaverde como nuestro monumento literario del siglo xix, el lector actual debe contar con una edición que le permita entrar en sus detalles, disfrutar sus matices, las referencias históricas, epocales, las costumbres, las mentalidades que retrata, los conflictos que Villaverde favorece mucho más que el relato de un amor prohibido, señuelo para ganar la atención y una vez apresada, entregarle conocimientos que el lector de romances suele desconocer. He contado con la ayuda de la especialista Cira Romero, laboriosa y paciente ante mis exigencias. Cuento con la eficiencia de la editorial Boloña, de la Oficina del Historiador de La Habana, ciudad que la novela describe con una acuciosidad apasionada. Entre sus valores, Cecilia Valdés o La Loma del Ángel tiene el de ser la gran novela sobre La Habana colonial. Me he propuesto que llegue a los más, a todos, para amar mejor a nuestro país, no con alabanzas retóricas, sino desde los ingratos nudos de su historia.

La Habana, febrero de 2013.

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