Cecilia Valdés o La Loma del Ángel

Entre las contradanzas y los latigazos

Félix Julio Alfonso López • La Habana, Cuba
Fotos: R. A. Hdez

Cuando parecía que ya todo estaba dicho sobre el gran mito literario del siglo XIX cubano, la novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel de Cirilo Villaverde, se apareció Reynaldo González, un siglo y un año después de la publicación definitiva de la novela en Nueva York, con una relectura audaz de la obra, del contexto histórico y de las íntimas presunciones de su autor. He utilizado el adjetivo audaz con toda intención, porque hay que tener mucho atrevimiento para cuestionar ciertas realidades establecidas en las mitologías y arsenales simbólicos de las naciones, y está claro que la novela de Villaverde pertenece a esta clase de alegorías. Hay que tenerlo, además, cuando se trata de una ficción que ha sido examinada por la crítica en sus esencias más recónditas. Desde Enrique José Varona hasta Martín Morúa Delgado. Desde Ramón Meza hasta José Martí. Desde José Antonio Portuondo hasta Max Enríquez Ureña. Desde Salvador Bueno hasta Roberto Friol. Lista que está lejos de ser exhaustiva.

Imagen: La Jiribilla

Ya desde sus palabras liminares, Manuel Moreno Fraginals, en mi opinión el más brillante y original de los historiadores cubanos del siglo XX, señaló el carácter excepcionalmente eficaz del título de la obra: Contradanzas y latigazos, es decir, salones, bailes y figurantes de un lado; esclavos, tormentos y barracones del otro. Aunque ya sabemos que entre ambos medios coexistía un complejo universo de relaciones y sectores sociales, la antinomia no está mal para graficar los polos contradictorios del sistema esclavista. La contradanza, ese “baile burgués que no llegó a Versalles”, al decir de Alejo Carpentier1, y que mixturada con ritmos africanos en Cuba desde el siglo XVIII, alcanzó su éxtasis criollo en las finísimas piezas de Manuel Saumell, Tomás Buelta y Flores y Nicolás Ruiz Espadero2. Las “sentimentales y bulliciosas contradanzas cubanas”, como apunta Villaverde en su novela, “modificación tan especial y peregrina de la danza española, que apenas deja descubrir sus orígenes” 3. Otro criollo ilustrado, el polígrafo Esteban Pichardo, definió la contradanza en su Diccionario provincial casi razonado de vozes y frases cubanas como: “Baile favorito de toda esta Antilla y generalmente usado en la función más solemne de la capital, como en el más indecente Changüí del último rincón de la Isla (…) Su música a vezes es composición de los más agradables trozos de Óperas o de cantos vulgares (…) cuyos medidos sones compasea el imperturbable escobilleo de los hijos de esta zona, que ya incansables vienen serpenteando en los Ochos o Cadenas”, y acotó esta sutileza: “La Danza Cubana puede sentirse, no describirse”4.

Los latigazos eran cosa más sórdida y amarga, pero ¿podían describirse y no sentirse? Leamos nuevamente a Pichardo, quien ofrece al menos dos definiciones del instrumento usado para el azote; una es la de Chucho: “látigo o instrumento de azotar hecho de vergajo o cuero retorcido, que va adelgazando hacia la punta. Regularmente se venden pintados de colorado, verde, etc. y vienen de ultramar”5. Lo ha descrito, incluso estéticamente, pero no lo hemos sentido. Para sentirlo restallar y romper la piel del esclavo hay que retroceder en el prontuario hasta la palabra Cuero, el verdadero látigo usado por los mayorales en las fincas rurales: “el mango de madera duro y pendiente de un extremo de cuero largo, sencillo o tejido que remata en una cabuya o rabiza también tejida y anudada, a la cual llaman Pajuela”.

Este último aditamento, nos advierte Pichardo compasivo “abriendo las carnes facilita la efusión de la sangre, sin las contusiones peligrosas del Manatí, ya prohibido”6. Pero hay más, el sonido del látigo es muy persuasivo y su uso requiere de los mayorales destrezas especiales, pues “El estallido del Cuero manejado con impasible maestría por el atlético brazo de un Mayoral, se oye en el campo a larga distancia”7. El látigo, se infiere del texto, no necesita ser mostrado, basta con el cruel silbido que atraviesa el aire sobre los ingenios y cañaverales, para llevar a los siervos su mensaje inequívoco de terror.

Este mundo en que se baila con efusión en los salones de la Filarmónica bajo las lámparas de gas, el teatro Tacón acoge a los más famosos actores y cantantes de ópera del siglo XIX, en el Seminario de San Carlos se discuten ideas ilustradas y donde los diccionarios juzgan con benevolencia a los instrumentos de tortura, es el universo real de la esclavitud atroz de las plantaciones y de la vida menos violenta de los sectores urbanos negros y mulatos, que reproducen la dominación o se adecuan a ella, muy a su pesar, como le confiesa el sastre Uribe a José Dolores Pimienta en diálogo memorable de la novela:

Disimula, aguanta. Haz como el perro con las avispas, enseñar los dientes para que crean que te ríes. ¿No ves que ellos son el martillo y nosotros el yunque? Los blancos vinieron primero y se comen las mejores tajadas; nosotros, los de color, vinimos después y gracias que roemos los huesos. Deja correr, chinito, que alguna vez nos ha de tocar a nosotros. Esto no puede durar siempre así, haz lo que yo. ¿Tú no me ves besar muchas manos que desearía ver cortadas?

El gran novelista español Benito Pérez Galdós, correspondiendo al envío de la novela hecho por Villaverde en 1883 le dijo, con mal disimulado prurito colonialista: “He leído esta obra con tanto placer como sorpresa, porque, a la verdad (lo digo sinceramente esperando no lo interpretará V. mal) no creí que un cubano escribiese una cosa tan buena. Sin que pretenda yo pasar por competente en esta materia, debo manifestar a V. que aquel acabado cuadro de costumbres cubanas honra el idioma en que está escrito. Por lo que de su obra se desprende, enormes diferencias separan su pensar de V. del mío en cuestiones de nacionalidad”.

Imagen: La Jiribilla

La evolución de la ideología separatista de Cirilo Villaverde, desde un temprano reformismo anexionista —recordemos que fue el secretario particular de Narciso López—, hasta el independentismo de sus últimos años, es algo ya fuera de dudas, pero lo que a Reynaldo González le interesó al escribir su ensayo fue la desmitificación de la imagen seráfica de la mulata sensual, la “Virgencita de Bronce”, y poner de relieve su condición alienada de animal sexual y mujer discriminada y discriminadora. Villaverde no oculta sus prejuicios raciales combinados con desasosiegos sexistas cuando afirma que: “Nuestras mulatas, generalmente hablando, son frágiles por naturaleza, y por el deseo, ingénito en las criaturas humanas, de ascender o mejorar de condición. Y he aquí la clave para descifrar el porqué de su afición a los blancos, y de su esquivez para con los hombres de su propia raza”.

En una palabra, Reynaldo González busca iluminar los ángulos ciegos de la novela, donde el racismo aparece una y otra vez como parte del sentido común de las clases dominantes y también de los dominados. Como olvidar, por ejemplo, tantos diálogos racistas entre los oprimidos.

María de Regla (a Adela): Yo no quise decir amos, yo quise decir blancos. Los esclavos no deben pensar nada malo de los blancos.

Uribe (a José Dolores Pimienta): Mi padre fue un brigadier español. A mucha honra lo tengo, y mi madre no fue ninguna esclavona, ni ninguna mujer de nación.

Chepilla (a Cecilia): Tú (…) eres casi blanca y puedes aspirar a casarte con un blanco (…) Y has de saber que blanco, aunque pobre, sirve para marido; negro o mulato ni el Buey de Oro. Hablo por experiencia.

Cecilia (a Nemesia): No lo niego mucho que sí me gustan más los blancos que los pardos. Se me caería la cara de vergüenza si me casara con un pardo y tuviera un hijo salto atrás.

Pero también está en la novela, y Reynaldo se detiene en ello con buen tino, la hipocresía y el cinismo de la clase plantadora, la que no ve pecado  en la esclavitud mientras invoca el cristianismo en los nombres de sus ingenios, ni vacila en tener sexo con los seres a los que somete, pero se horroriza si sus hijos siguen los devaneos eróticos de los padres; el drama de la pequeña y media burguesía negra y mulata, ávida de escalar en la pirámide social y constreñida entre dos extremos antagónicos, y la de la intelectualidad criolla blanca, antiesclavista muchas veces en sus novelas realistas o románticas, pero atadas al mundo material y espiritual que la esclavitud forjó.

Las páginas dedicadas a pequeños universos cotidianos y de las mentalidades, como puede ser el caso de las crianderas y su papel mediador entre la cultura africana y la cultura blanca criolla a través de canciones y relatos, la transculturación de la servidumbre doméstica y sus expresiones en el baile y el idioma, o el papel jugado por los negros y mulatos libres muchos de ellos profesionales, en la función racial, son otros tantos temas que siguen todavía abiertos a nuevas y reveladoras investigaciones.

El ensayista además se aproxima a las calidades literarias del texto que analiza, y concluye que Cirilo Villaverde era un hombre de “poca imaginación”, “con escasa habilidad para fabular”. Esta afirmación la argumenta a partir del criterio de que el novelista: “orientó su esfuerzo a la reconstrucción de costumbres más que a la realización literaria”. Sin embargo, su propio carácter de documento etnográfico, y sus inequívocas críticas a la realidad colonial, permiten que prevalezca un discernimiento equilibrado sobre la obra, que “supera la desventaja de un argumento de ficción y sortea —aunque los padece— obstáculos propios del folletín por entregas, caracterizado por elementos melodramáticos, diálogos defectuosos y apoyos argumentales tremendistas”. Por cierto, el tratamiento de lo “folletinesco” en la novela es uno de los más sólidos aportes del libro. En tal sentido, la valoración final del ensayista asume más elogios que diatribas, pues “La novela Cecilia Valdés o La Loma del Ángel gana consideraciones que el tiempo no fatiga, valores etnológicos, un panorama histórico y económico, aparte de ofrecer una lectura sin tropiezos”.

La presente edición es en rigor, un libro diferente al que obtuvo el premio de la Crítica en 1983. Han pasado tres décadas, y en ellas se produjeron no pocos acercamientos novedosos y serios, tanto a la novela como al mundo de la esclavitud cubana, y Reynaldo ha querido que su ensayo sobre Villaverde, su obra y su tiempo sea un texto actualizado, más ambicioso en lo histórico y dotado de belleza que la primera versión. Por esa razón aparecen en el libro una riquísima iconografía de más de 300 imágenes, en su mayoría grabados de la época, que van acompañando y sirven de guía a otro discurso paralelo al del ensayo. Me refiero a la multitud de viñetas con fragmentos de obras de literatos y viajeros contemporáneos del autor de Cecilia, como José María Heredia, Domingo del Monte, Gaspar Betancourt Cisneros, Ramón de Palma, Anselmo Suárez y Romero, Félix Tanco, Abiel Abbot, Alejandro de Humboldt, Fanny Elsler, Francis Robert Jameson, y Walter Goodmann, quienes describen con gran realismo la vida cotidiana en la Isla, hábitos, costumbres, fiestas, bailes, modas, comidas, imaginarios, religiosidad y prácticas sociales de los más diversos sectores y estratos de la sociedad colonial.

También contribuyen a esta visión caleidoscópica y cinematográfica, los trabajos de historiadores de distintas formaciones y tendencias historiográficas, que van desde el positivismo hasta el marxismo, pero todos de indudable mérito, como son los casos de Ramiro Guerra, utilizado profusamente, Vidal Morales, Fernando Ortiz, Emilio Roig, Herminio Portell Vilá, Manuel Moreno Fraginals, Raúl Cepero Bonilla, Juan Pérez de la Riva, Pedro Deschamps Chapeux y María del Carmen Barcia, cuyas reflexiones y comentarios de contenido económico, político, social y cultural, van hilando como un gran tapiz, la época  histórica que abarca desde el siglo XVI al XIX. Cada texto o viñeta lleva un título, casi siempre irónico o sutil o juguetón, cuyo autor es Reynaldo González.

Imagen: La Jiribilla

Esta información adicional es útil, sobre todo en aquella parte final del libro donde el autor se aleja un tanto del texto de la novela y penetra en asuntos del devenir histórico social del siglo XIX cubano, por ejemplo, la brutal represión a los intentos de rebeldía de los esclavos, los diferentes proyectos de “blanqueamiento” de la Isla, la irrupción del abolicionismo contra la trata ilegal o el modo en que la esclavitud devino un freno para el desarrollo del capitalismo insular. No deja de sorprenderme gratamente que alguien que no es un historiador profesional, como Reynaldo, haya logrado discernir con agudeza en estas cuestiones tan debatidas en la historiografía cubana.

Por último, enriquecen el texto, si ello fuera posible, tres apéndices de gran valor testimonial. El primero, el prólogo de Villaverde a la edición definitiva de Cecilia Valdés, firmado en Nueva York en 1879, donde comenta pasajes autobiografiados y asuntos relacionados con los diferentes momentos de la escritura de la novela. Luego, una cronología bastante exhaustiva del autor y el más interesante de todos, los tres interrogatorios sobre la religión y la esclavitud en Cuba que le hizo Richard Madden, juez de la comisión mixta británica en 1838 a Domingo del Monte. Pero los que quieran enterarse de cómo pensaba este mecenas criollo, y otros de sus contemporáneos, tienen primero que leerse el primoroso libro de Reynaldo González, una verdadera y cabal enciclopedia ilustrada sobre las relaciones entre esclavitud, economía, sociedad y cultura en la Cuba del siglo XIX.

Palabras en la presentación de Contradanzas y latigazos, de Reynaldo González. Sala Cordeiro da Matta, Fortaleza San Carlos de La Cabaña. La Habana, 20 de febrero de 2013.

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