Aspersores, de Luis Yuseff

Un martillo, un violín

Rogelio Riverón • La Habana, Cuba

A partir de una idea que rebota de autor en autor, de Dostoyevski a Kafka, a Virginia Woolf, destacando lo adecuado de la pesadumbre como estímulo para hacer literatura, Luis Yuseff ofrece en Aspersores (Letras Cubanas, 2012) una especie de saga en trece movimientos sobre un hombre y su realidad. De hecho, "hacer literatura" parece una frase postiza para referirse al libro que obtuvo el premio Nicolás Guillén de poesía este propio año, pues esta voz da la impresión de "encontrarse en la obligación de decir".

Yuseff acierta con un tono sereno —en el léxico y en la cadencia— para moldear el discurso de un hombre que, aún contra su voluntad, aprendió a observar. Ya que sabemos que resulta ingenuo tomar a un poeta por aquel que simplemente se confiesa, reforzamos la idea del libro como una búsqueda más que como un recuento, pero es un alivio apreciar la tensión entre un autor y el efecto de sus búsquedas. Incluso para preguntarse más tarde si se trata de una vida concreta, o de una deformación autorizada por la individualidad y por el lenguaje. Para preguntarse si el que escribe:

“Serénate, no estés incómoda conmigo, yo soy Walt Whitman, generoso y lleno de vida como la naturaleza” es el ciudadano Whitman o el autor Whitman, y afirmar que es el autor y desear que sean ambos. En Aspersores se habla de la necesidad de percibir, incluso cuando las expectativas no sean demasiado nobles. Se lamenta el olvido por venir y se sugiere que el carácter efímero de las cosas concede persistencia. Hay una alegoría del deterioro como emblema de identidad y una recurrencia: la niebla.

Son trece momentos en círculo que hacen pensar en un libro meditado, en una ceremonia cuya ganancia es la aceptación de lo que pierde lustro, pero gana otra consistencia y merece ser puesto en el conocimiento de los demás. Lo he dicho con alguna presunción, aunque supongo que la mesura de estos versos lo compensa. Yuseff (1975) se arriesga, con esos mismos tonos serios, a ir dejando sus definiciones de la poesía: unas veces de manera evidente, otras por depuración de sensaciones. Me detengo en el poema "Sueño 4", en la página 73. Parece una condensación de todo el libro, un aspersor del sentido de sus trece movimientos.

Tal vez lo menos logrado de Aspersores sea el comienzo del poema de la página 77, oscilante, irresoluto al definir, con un ritmo como importado. Pero el contraste que consigue este poemario al proponer tanta intensidad con modulaciones —perdón por reiterar— sobrias, nos recuerda que a la altura de esas líneas ya el bien estaba hecho.

 

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