Mario Goloboff: “Para escribir, también hay que ser poeta”

Lisandra de la Paz • La Habana, Cuba

Cuando lo vi frente a mí, con esa sonrisa limpia que indicaba no estar enterado de nada, no podía creerlo. Habían acontecido ya demasiadas interrupciones. Confusiones con otros escritores, citas fijadas no celebradas por asuntos varios, teléfonos de pizarras de hotel nunca atendidos… Pensé que se esfumaría, que correría a la Argentina y se escaparía de mi papel y lápiz, de mi ilusión tremenda de realizar aquella entrevista.

Lo vi descender como paloma, y como si fuésemos amigos de toda una vida, Mario Goloboff me arrastró a unos asientos separados por una pequeña mesita que, a la vez, solo estaba aislada de las olas del malecón habanero por la inmensa pared de cristal del lobby de aquel hotel. Y así transcurrió todo, muy cerquita del mar impetuoso pero bello, muy próximo también a la literatura de ese hombre.

A propósito de esta Feria Internacional del Libro, la Editorial Arte y Literatura de nuestro país publicó su obra Criador de palomas, que, junto con los libros La luna que cae, El soñador de Smith y Comuna Verdad, completa hasta ahora La saga de Algarrobos.

Imagen: La Jiribilla

Podría buscar el libro Criador de palomas, la novela que hoy nos regala en esta 22 Feria Internacional del Libro, y colocar mi valoración al inicio de esta entrevista, pero preferiría que fuera Ud. quien me contara sobre esta historia.  

Criador de palomas es la historia de un niño que cría palomas en un pueblito de la zona pampliana, y se las van matando una a una misteriosamente; esa es la línea narrativa fundamental. Quise hacer una especie de alegoría de la feminidad asesinada en Argentina durante los años de la dictadura militar. Esa era mi intención, hacer un relato alegórico donde las palomas serían las mujeres, y el relato se fue armando sobre esa base. Digamos también, por eso que surge el nacimiento del erotismo, que es el inicio de la vida amorosa del protagonista, un chico de diez, 11, 12 años…, huérfano, que vive con un tío en las afueras de un pueblito de la Pampa Argentina. A través de él se ve el entorno, el pueblo, los personajes del pueblo; es un pueblo mitad real mitad imaginario, llamado Algarrobos, porque el algarrobo es una planta muy común en esta región. En las afueras de mi pueblo natal hay un pueblito que se llama así, y no le pude poner el nombre del pueblo donde nací porque es muy poco poético: Carlos Casares. No le puedo poner Carlos Casares a un pueblo mítico.

Hay mucho en la historia de mi propia infancia, de mi vida; alterada, claro, por las necesidades de la historia; es un reflejo transparente de lo que pasó. El lector puede asumir que fue en tiempos de la dictadura por lo que cuenta la historia, pero no la sitúo en un momento muy preciso.

Ahora, de dónde aparecieron las palomas, no sé. Yo tenía dos hijas chiquitas a las que les iba leyendo y, a medida que lo hacía ―escribo manuscrito—, les gustaba. Era casi un cuento infantil, hasta que empezaron a morir las palomas, y se fue adentrando en una trama trágica. Pero yo no sabía de qué iba aquello. No planeo las novelas, ni tengo las historias en la cabeza; van surgiendo a medida que las escribo, y tengo siempre una idea, pero para desarrollar la trama necesito escribir.

La palabra paloma —además de todo lo que simbólicamente, bíblicamente…, representan las palomas, y sobre todo lo que representa en mi propia simbología―, en español se parece mucho a palabra, así que entre criador de palomas y creador de palabras no hay tanto. Todo eso circulaba por mi inconsciente y fue dando respuesta en esta novela, que ha sido —entre todo lo que he escrito― mi obra clásica, la novela que más satisfacciones me ha dado.

Cuba, como Argentina y la mayoría de los pueblos de América Latina, ha padecido los males de la dictadura. Podríamos citar la de Gerardo Machado y la de Fulgencio Batista, antes del triunfo revolucionario. ¿Puede el pueblo cubano, entonces, verse reflejado en este libro?

Espero. Hemos vivido las mismas situaciones. Esta novela la escribí en un momento  en que estaba fuera de Argentina; fue una especie de retorno inconsciente a mi tierra natal, a mi infancia, al lenguaje —porque en La Habana, no se habla como en Santiago; y en mi pueblo de la Pampa no se habla como en Buenos Aires.

También lo que sucede en la obra está visto desde la perspectiva de un niño. Él escucha, y va guardando… Hay un momento en que dice: “Ahora tengo nueve o diez años, todavía no sé si todo esto que escucho será para después”. Uno escucha para después poder recordar, para crear. Y esto ocurre en un pueblo rodeado de campo. La gente del campo tiene otro lenguaje, otro estilo, otras maneras que no son las de la ciudad, y otro modo de ver la vida. Hablan del tiempo, del clima… El clima ocupa un lugar central en la vida de los pobladores. Y en el libro, la primera paloma aparece después de una gran tormenta.

El estado del tiempo es un elemento clave para el vuelo mismo de la paloma. En dependencia del viento dirigirá su vuelo. Esa podría ser una metáfora de guerra y paz, de hacia dónde se dirige la paz cuando la guerra no la deja volar, o posarse… 

La paloma aparece después de una tormenta. El chico sale al patio con su tío y ve el arcoíris, baja la vista y divisa una paloma. Las otras aparecen poco a poco, y las van matando una a una. Hay, incluso, una escena de tortura, que cuento a través de un sueño. A mí no me gusta representar elementos directamente, prefiero hacerlo de forma subliminal. Es una escena kafkiana, diría yo. Lo que ve el pibe en el sueño es que su paloma está cercada por cuatro hombres de negro, se encuentra como en un cerco del cual no puede salir. Entonces, despierta sobresaltado, va al patio, se arrodilla y pide, le reza al cielo.

Es un modo sugerente de analizar lo que ocurre actualmente, o lo que ocurrirá en un futuro, aun cuando el libro se publicó por vez primera en el año 1984. Han pasado casi 30 años hasta su más reciente edición aquí en La Habana, 30 años que son en sí mismos una vida, una historia… A partir de esa realidad, ¿cómo escribiría hoy Criador de palomas?

No la escribiría, no podría. Mis libros, mis poemas, mis novelas, mis textos, salen en su tiempo, su momento, y nunca más, ni antes ni después, porque justamente esa es la idea. Nunca, ni antes de irme de la Argentina, escribí algo así. Es la necesidad de escribir algo lo que te arrastra, y me surgió esta historia cuando no podía volver a mi tierra, cuando estaba lejos, cuando hablaba otra lengua, y vivía en una sociedad completamente distinta. Todo lo que veía era diferente, estaba en el campo ―no residía en París—, fui a una ciudad más bien de provincia, Toulouse, y notaba que los campesinos de allá no eran como los de aquí, y los de aquí, no son como los de allá. Sostienen otros cultivos, llevan otra economía...

Me fui por deseo propio, por un corto periodo de tiempo, pero en ese corto periodo de tiempo, ocurrió en Argentina una gran represión, previa a la dictadura, que no me dejó volver. Me quedé con mi melancolía, y con la poesía… Quería volver, extrañaba mucho. Estuve fuera de Argentina casi 11 años, y el deseo de volver hizo que surgieran en mí pensamientos, y con ellos, creo, esta historia. Ahora estoy viviendo en Argentina, y no tengo ganas de volver a ningún lado.

La paloma encierra un gran simbolismo; en ciertos contextos puede representar a la mujer. Luego de 30 años de escrito el libro, ¿cree que el simbolismo del texto es el mismo para las lecturas actuales?

Igual, de acuerdo con lo que vos decís, igual. Sin embargo, con mi mirada personal del mundo en que vivimos. Mi visión hacia la mujer es diferente, y me he interrogado mucho por qué. Supongo porque tengo una vida, y un pasado, conflictivos. Mi madre falleció a los tres meses de yo nacer, tenía muchas tías; así que siempre protegieron al huérfano. A veces pienso que yo hubiera resultado ser asesino, incluso homosexual; pero claro, tenía la presencia de mis hermanos mayores y mi padre, y eso me favoreció. Mi padre, en cuanto quedó viudo, se enamoró de una muchacha que resultó mi verdadera madre. Y esta mujer, que es hasta hoy mi mamá, me trasmitió la poesía. Desde que era chiquitico, me recitaba versos que después supe que eran del Martin Fierro.

Uno no sabe para quién escribe; escribimos, realmente, para nosotros mismos. Tenemos un lector interno que nos dice qué está bien y qué está mal, que nos dice “corrígelo”. Por eso, hay tanto de mí mismo en la historia, y por eso creo que la mujer es esencial en ella.

Leí en algún sitio que el origen de su apellido significaba “paloma”. ¿Lo posiciona eso en un vínculo directo con todos los significados que la obra le confiere a esta ave? 

Sí, porque leída desde afuera no puede verse. A lo mejor, la paloma también soy yo. Un lector ve todo lo que quiera ver. Este apellido está deformado del ruso Golub, quiere decir paloma en todas las lenguas eslavas.

¿Entonces, el verdadero criador de palomas es Mario Goloboff?

La escritura es el fruto de lo consciente y lo inconsciente. Uno no escribe todo lo que quiere, porque si así fuese seríamos Pablo Neruda. La escritura nace de cuestiones que uno, hasta hoy, desconoce. No hay que trabajar con los símbolos —de los pocos errores que creo tiene el sicoanálisis, uno es ese. No creo en la simbología general; creo en la simbología particular, desentrañar qué significa para cada uno cada una de las cosas. Sin embargo, mientras escribía, yo sentía que tocaba las palabras, que tocaba las palomas.

Ahora que se ha convertido en un creador experimentado, ¿cómo valora — desde este sofá— a Criador de palomas?   

Tengo una buena amiga que vivió muchos años en México y habla medio argentino, medio mexicano, que suele decir que sus libros publicados diez años atrás, están “muertitos” para ella. Para mí no, hay algunos textos que viven que, por supuesto, no podría escribirlos hoy; pero releyéndolos pegan fuerte. Este es uno de ellos. 

Ha realizado investigaciones sobre la vida y obra de grandes escritores de América Latina: Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Rubén Darío, entre otros. Después de estudiar la obra de tantos grandes, ¿qué pueden tomar los jóvenes escritores de estos literatos del ayer?

Toda esta historia permite trabajar, sobre todo, en la historia que uno mismo ha vivido; y escribir sobre lo que uno lleva dentro. La escritura es un arte también, una exposición de lo más íntimo. Si uno quiere escribir ficción, debe hacerlo sobre aquello que conoce bien, que ha vivido; y sobre preguntas y respuestas que se ha planteado en la vida.

Ahora que lo pienso, y conociendo toda la poesía que pone a sus libros, aunque sean escritos en prosa, también encuentro musicalidad en la obra de los escritores latinoamericanos que ha estudiado.

Para escribir, también hay que ser poeta. Para escribir, hay que tener un sentido poético del lenguaje.

Ha participado en certámenes que incluyen obras inéditas de jóvenes escritores cubanos. ¿Qué opinión le merece la producción literaria realizada por las nuevas generaciones? 

Los jóvenes cubanos están escribiendo obras interesantes. Abordan nuevas temáticas: los deseos de conocer el mundo, el disfrute de la música, las relaciones interpersonales. En el Premio Cortázar, por ejemplo, la mayor cantidad de cuentos concursantes eran de jóvenes cubanos; después venían Argentina, Venezuela y Perú.

Basándome en mi experiencia como jurado del Premio Cortázar, puedo afirmar que los cuentos presentados por Cuba tienen un tratamiento muy cuidado —se observa que reciben talleres, se nota la lectura, el manejo inteligente de los textos y de la escritura—. Además, impartí una charla sobre la obra de Julio Cortázar en el Taller Onelio Jorge Cardoso, y descubrí gente que lo había leído mucho, que estaban muy bien preparados.

Cuba también tiene una historia cultural muy rica, con escritores como José Martí, Dulce María Loynaz, José Lezama Lima y Roberto Fernández Retamar. Martí, por ejemplo, no venía de un hogar literario; sin embargo, siempre fue muy curioso, aunque habría que investigar de dónde surgió tanto talento.  

Ahora, en la Argentina, pretendo trabajar en la Antología poética de Lezama Lima. Es un mundo maravilloso e interesante el de Lezama, y me alegro de que lo estén retomando.

Ud. escribe prosa y verso; ¿cuál de estos dos géneros, le parece más eficaz para reflejar lo que siente?

No creo en una división, en fronteras... Un ensayo de Borges, sus frases, su composición, está mejor escrito que un cuento, o que cualquier poesía. Escucha: “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña”. (Las ruinas circulares, 1941, de Jorge Luis Borges)

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