A propósito de La mirada del siervo, de Ediciones Matanzas

Miradas de Lourdes González

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

El querido amigo Alfredo Zaldívar, actual Premio Nacional de Edición, tuvo a bien señalar los guiños intertextuales que se aprecian en este nuevo libro de Lourdes, citando al fabuloso Retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, y a Ella cantaba boleros, de Cabrera Infante, minimizando así la  poco probable oportunidad que me quedaba de ser original al presentar la rutilante muestra de la narrativa de esta autora, quien nos deleita siempre con cada entrega. Fue así que, luego de disfrutar de la lectura de La mirada del siervo —e insisto en el vocablo disfrutar, porque a estos cuentos no es posible leerlos sin sentir gozo—, me dispuse a la búsqueda de los hilos conductores que yacen tras la aparente inconexión de 17 relatos. Como toda buena escritora,  La González no solo ostenta oficio más que probado a lo largo del tiempo (bastaría con recordar su novela Las edades transparentes y su libro de cuentos La sombra del paisaje, por citar obras suyas recientes), sino que observa un constante respeto al público lector, cuestión esta que tiende a descuidarse hoy día. Lourdes cumple los estamentos fundamentales que rigen la calidad de una narración, de forma que parece que Horacio Quiroga le susurra al oído su famoso Decálogo cuando ella se dispone a escribir.  Cada uno de sus cuentos contiene en sí el deleite de una coherencia argumental admirable, desplegada con las justas palabras que requiere cada situación narrativa, cuidando al mismo tiempo que nada quede fuera de lugar, que ningún punto esté de más ni de menos. En La mirada del siervo, tres aspectos sobresalen, además del rigor técnico ya señalado: las locaciones en que se desarrollan las tramas, la sexualidad insinuada o explícita, y el riesgo que significa dedicarse a la literatura. Una cuarta bandera se iza: el humor; herramienta domada por Lourdes desde siempre; y que prefiero dejar como último recurso de este comentario, en aras de resultar realmente objetiva y no conquistada por esa arista, que todos saben que influye en mi ojo crítico, y por tanto, en mis preferencias personales.

Lourdes se preocupa por situar a sus personajes en sitios específicos, reales: en estructuras arquitectónicas fácilmente identificables, sin que ello menoscabe el vuelo de algunas fantasías imaginarias. La capa de agua, segundo cuento de la colección, describe la angustia de una familia etérea sometida a los embates de una furia pluvial que provoca la estampida de unos seres extraños, guiados por una tal Emilia, más rara que sus congéneres. En medio de este ambiente casi fantasmagórico, lo único que el lector puede reconocer es el inmueble: la casa que se inunda poco a poco, segundo a segundo, mantiene la realidad a nivel de nuestro alcance. La descripción del techo, de las paredes, de las habitaciones, del patio, permite visualizar el sufrimiento de los fantasmas que se cobijan ante la lluvia, sin que importe demasiado la posibilidad tangible de dicha ocurrencia. En otras palabras: si no fuera por el detalle de vigas y de concreto, este cuento pasaría a engrosar el listado de la ciencia ficción, modalidad esta que, hasta donde apreciamos, no interesa ahora a nuestra autora. Por contraste, en los cuentos “El regreso a la Casa Amarilla”, “El ejercicio”, “El precio del error”, “Efecto dicotómico” y en el magnífico que da título al libro y al cual volveré más adelante, aparecen elementos de las casas intencionalmente utilizados como instrumentos imprescindibles en la narración: una cama voluptuosa, las persianas de una ventana indiscreta, una reja que se oxida por falta de dinero, el pasillo interior por donde camina un hijo poco comunicativo, un espejo macabramente mágico, todo se convierte en el esqueleto en el cual se apoyan los personajes y sus demonios.

La sexualidad, casi únicamente la que antes llamábamos invertida (¡Ay, qué horror admitirlo!), es otro elemento que Lourdes utiliza en  su quehacer literario. A través de relaciones lésbicas, descritas en “Voto compartido” (les sugiero que no dejen de asomarse al tren donde viajan una monja medio cínica y una joven medio indecisa) y en el ya mencionado “Regreso a la Casa Amarilla”, la autora se adentra en un complicado mundo sexual donde la culpa y la osadía se dan la mano, como ya había ocurrido en su extraordinaria novela María Toda, del año 2005.  Cuando todo parece estar dicho ya en materia de acrobacias orgásmicas, Lourdes nos lanza una cubeta de hielo con “La sombra de los semejantes”, cuento que ocupa el lugar 12 en el índice. Internándose ―y de paso, arrastrándonos con ella— en un bosque francamente misterioso, pone en boca de una mujer el análisis de la conducta de un hombre que ama a otro hombre; de la feminidad de un masculino y la masculinidad de una mujer. Enmarañados los estrógenos con las testosteronas, la mujer que narra se coloca en el lugar del hombre que ama a un semejante, e imagina a otra dama como motivo de la excitada descarga de sus fluidos masculinos, obligándonos a la pregunta de si la mujer original no sentirá deseo sexual por la dama imaginaria, disfrazándola como objeto para el hombre. De este enredo textual, y casi a punto de asfixiarnos, logramos tomar aire y distancia con la siguiente frase: “Las mujeres que acompañan a los hombres sin mujeres quieren robarles el alma, desprovista como está de coraje a manos del amor”. La perspectiva de quien narra es de una mujer, por mucho que parezca una defensa a lo masculino. Mucho más sutil resulta el cuento “No siempre es rosada la rosa”, donde una figura que entendemos que es femenina, desfila, posa, se exhibe en una pasarela, mientras cavila sobre las relaciones que mantiene con su madre castrante y rígida. Solo una frase permite al lector identificar la naturaleza de su preferencia sexual, lésbica otra vez, cuando dice “levanta discreta la blusa y exhibe el sol tatuado alrededor de su ombligo, el mismo que la mujer besaba anoche después de las inhalaciones”. No existe más referencia a la sexualidad. No es el objetivo de la autora enfatizar este aspecto, sino el complejo mundo interior de una modelo mientras finge superficialidades frente al público que observa los distintos vestuarios. Es una síntesis y variación de la soledad del corredor de fondo, que también pudiera ser la de un submarinista o la de un cosmonauta.

Los anhelos siempre insatisfechos de los y las escritores(as), tema frecuente en la literatura, es tratado cuatro veces en esta mirada de Lourdes González, que es, de cierta forma, el modo de ver de todos nosotros aunque no lo sepamos. Nada escapa al prisma de esta autora agudísima, que sabe bordar los caminos por donde transitamos quienes pretendemos dedicar horas, esfuerzos y quebrantamientos de todo tipo al arte de escribir. En el cuento “El plagio” narra ciertos instintos criminales (recordemos aquella novela famosa: Todos somos asesinos) En “El precio del error”, la angustiosa espera ante la aprobación o el rechazo de un texto sometido a valoración, con el atractivo añadido de que quien parió el libro que está siendo analizado es la madre biológica de la persona que lo está evaluando. O sea, es un cuento de doble juego, donde una madre escritora espera que el hijo que nació de sus entrañas emita opiniones de la otra criatura que también se le escapó de dentro: un libro. Excelente recurso donde el oficio se antepone a la maternidad clásica, y la tradicional figura del hijo adquiere características distantes al comportarse como un corrector más, ya que cobra su trabajo, recibe una remuneración monetaria al rectificar las palabras de su madre. Obviamente, Lourdes González transgrede los límites conservadores no solo del tema sexual en la literatura colocándose en cualquier bando, sino también cuantos quiera, como observamos en el delicado asunto de las relaciones madre-hijo. Otro tanto sucede, dentro del acercamiento a los oficiantes escribanos en el cuento “El humo blanco del paisaje”, diálogo entre dos amigos que no solo son escritores sino además, integrantes de esa casta denominada “de provincia”. Recordé el trabajo que Jorge Fornet publicó en una Gaceta hace algunos años, donde abordaba el peliagudo asunto de los no habaneros, y del trato despectivo que reciben por parte de nosotros, los nacidos en esta ciudad. Prefiero incitar al público a leer con atención las conversaciones entre Luis y Rafael, dos narradores inteligentes, resentidos y francos.

Dos cuentos son suficientes para demostrar la increíble facilidad de esta autora para desplegar el buen humor que otros ni siquiera rozan, aunque crean que sí. Siempre que escuchamos la noticia de un nuevo libro de Lourdes González, tenemos la certeza de que entre sus páginas, encontraremos una nueva chispa que nos hará descansar de la solemnidad de lo que se ha dado en llamar literatura seria. Estoy convencida de que ella no pretende ser humorística, no se propone escribir argumentos cómicos, no fuerza la mano para que le broten parrafadas hilarantes. Sencillamente, no puede evitarlo. El humor constituye su recurso más natural; llega a sus textos con una fluidez envidiable, porque Lourdes es, por encima de todo, una cronista, y nuestra realidad es, ¿quién lo duda? una sucesión de eventos graciosísimos que ella sabe captar con gran poder de observación. Esto, por supuesto, no basta para ser un buen humorista: se puede estar al tanto de cuanto sucede, y no reflejarlo con gracia. Pero en el caso que nos ocupa, la autenticidad del humor está dada por la fluidez con la cual brotan las expresiones y las situaciones cómicas, sin que la autora pueda evitarlo. Lourdes, definitivamente, no busca el humor. Llega a él con la misma naturalidad de una brisa, de un bostezo, de la sed. En “Angélica” y en “Rap y boleros contra el tedio”, los dos cuentos humorísticos de La mirada del siervo, sin ánimo de establecer comparaciones exageradas, atisbo rasgos literarios que remedan a algunas narraciones de la maestra Dorothy Parker. Esta vez, dos mujeres simples, sin conflictos existencialistas, sexuales ni de otra índole, explayan sus sentimientos a manera de ráfagas. La primera recrimina a su marido, un cantante empedernido que vive ajeno a las tragedias mundiales, y desmenuza la letra de los boleros acomodándolas, a golpe de rap, a la vida vacía de amor que ella soporta. A la manera de las reflexiones de la verborreica mujer de El legado del caos, esa novela deliciosa de Nicolás Dorr que aún no encuentra el eco que merece entre nosotros, la protagonista de este cuento no cesa de hablar y rapea todo el tiempo, provocando un divertimento difícil de superar. En todo caso, otra mujer, llamada Angélica, satiriza las falsas posturas de esa fauna espantosa tan común en los predios artísticos de cualquier país, conformada por las seudo-escritoras que se ocupan más de sus apariencias personales que de la calidad de sus textos. Ocupando el sitio de un espectador pasivo, aquí el de una lectora, la mujer llamada Angélica sucumbe al deseo de abofetear a una escritora esnob, y lleva a cabo su acto compulsivo. Verdadero alarde humorístico, que todos y todas hemos querido hacer en algún momento de nuestras vidas. Lourdes nos permite, a través de su talento narrativo, el desahogo que las buenas costumbres nos frenan. Bien vistas las cosas, ¿a cuántos de nosotros(as) no les gustaría estampar una sonora bofetada en la cara de alguien que sabemos impostado? Es esta una de las tantas utilidades de la literatura y del arte en general: la acometida de deseos que la sociedad, la cordura y el miedo a la reclusión, mantienen agazapadas. Por último, y con toda intención, quisiera comentar el cuento que da nombre al libro que presentamos. La mirada del siervo, narración sobresaliente por decir lo menos, escapa del encierro que unas tapas de cartulina o 16 otros cuentos pudieran pretender. En pocas páginas, la autora recorre prácticamente toda la geografía universal a través del delirio de un hombre empeñado en rodearse de paisajes foráneos. Sin que importen los motivos de tal obsesión, nuestros ojos, junto con los del protagonista, se posan en las mesetas del Colorado; en la arena de Hawai; en la cordillera de Los Andes; a orillas del río Neva, en La Fontana di Trevi, para luego ascender aun más en la imaginación de lo imposible y llegar al cosmos. Lo más curioso de este delicadísimo relato, es la insaciabilidad por lo enajenante. Cuando el razonamiento aparentemente quebrado de quien obedece a impulsos irracionales parece colmado (nos dice haber encontrado a Dios) el narrador omnisciente supera nuestra expectativa pasmándonos con la siguiente interrogante: “Lo que no puedo entender es por qué todas las mañanas me lo encuentro sentado en la azotea, contemplando la salida del sol, acariciando el cemento con sus manos nerviosas”. Tal vez esa misma ansiedad, ese anhelo por más aventuras aunque sean fugaces e imposibles (o por esa misma razón), describa el estado de gracia con el cual quedamos al concluir la lectura de este libro colmado de tribulaciones que pueden o no parecernos reales pero que, sin duda, estampan deliciosos 17instantes de una primavera que Lourdes González, generosa como es, nos regala en este discreto y seguramente aburrido invierno del año 2013.

 

Palabras en la presentación de La mirada del siervo, de Lourdes González. Sala José Lezama Lima, Fortaleza San Carlos de La Cabaña. La Habana, 20 de febrero de 2013.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre