Reynaldo González ¿y un nuevo libro?: Contradanzas y latigazos

José Antonio Baujín • La Habana, Cuba
Foto: R. A. Hdez

Quienes contamos con el privilegio de la amistad y la cercanía de Reynaldo González hemos asistido por estos días a un hecho que, por muchas razones, podría considerarse insólito: la tensión y el nerviosismo desbordados ante la proximidad del alumbramiento poligráfico de su Contradanzas y latigazos. El carismático, versátil y canonizado autor —sé que este último calificativo le produce repelús, pero su obra es ya clásica, imprescindible en la literatura cubana de los últimos 50 años―; este experimentado hombre de las letras que, por virtuoso y eminente, y por los muchos años entregados al ejercicio de escritura en libros y publicaciones seriadas, debía estar acostumbrado a verse “andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa”, realmente se ha mostrado con las galas de un escritor primerizo. Algunos medianamente enterados pensarán que se trata de un absurdo, porque además, el libro que presentamos hoy no es nuevo, se trata de un título que tuvo su edición primera en 1983 y volvió a salir en 1992. Es asimismo un libro ya ganador del Premio de la Crítica —uno, entre los siete que ha obtenido su autor―. Pero eso es una verdad solo parcial.

Imagen: La Jiribilla

Para ofrecer las debidas explicaciones al enigma enunciado comenzaré por el final. Sobre el engorroso tema de los premios y su consideración de garantes de calidad y éxito, el propio Reynaldo González ofreció su parecer (“La crítica premia; Reynaldo habla”, 2005):

Para algunos esas gratificaciones suenan a coleccionismo, a pasos en un escalafón, consideraciones ajenas a un concepto medular de la cultura. No faltan quienes pierden el seso por atesorarlos, síndrome que comienza por una picazón en la región ventral del ego. Una vez agarrado el primero, como en la guaracha, les entra una cosita que les sube y que les baja y andan como almas en pena por el siguiente. Lo recomendable es entender todo eso como una atrofia pasajera y confiar en el tiempo, el implacable.

Reynaldo González ejerce su oficio de escritor, de hombre de pensamiento, y de difusor de ese pensamiento, con una enorme complacencia, con el disfrute del que da sobradas evidencias al entender el trabajo como diversión —sus estruendosas carcajadas acompañan cada fragua en su horno―. Pero también asume su quehacer profesional con la constancia y sistematicidad del obrero y con la mayor responsabilidad ante la cultura y su poder salvífico para el hombre. Persigue no la lluvia que cae sobre suelo mojado; busca los terrenos menos explorados o vírgenes dentro del universo sociocultural, literario, artístico, o la revisitación crítica, con el ojo despierto, de zonas lastradas por la repetición impensada hasta el cansancio y urgidas de miradas nuevas.

Reynaldo González, un narrador y ensayista con mucho oficio de periodista (a su Premio Nacional de Literatura, une el de Periodismo Cultural), ha dicho: “el periodismo tiene su campo, que es el de la actualidad, y la novela histórica tiene el suyo, la posterioridad. Yo quiero escribir para después”. Ese después es su presente y su futuro, es el magma social que vive fuera de cualquier torre de marfil y el que avizora, cargado de interrogantes y demandas a cuya satisfacción se apresta a contribuir. Su norte es el hombre de hoy y el de mañana, su herramienta es la historia para desde allí tomar las riendas del presente y el futuro. Nada le es ajeno y muchas sus obsesiones, pero Cuba es su prioridad.

Acostumbrado a escudriñar en los vericuetos mal, poco o no frecuentados de nuestra historia, marcado por su empeño de repensar nuestra cultura en su devenir, opta por la búsqueda de los asideros en los entresijos, a veces lejanos, de nuestro continuum insular. Y como siempre le sucede, la investigación paciente y acuciosa lo obliga a rescribir el discurso usualmente tomado por válido, haciendo uso de sus mañas de investigador, periodista-cronista, ensayista y narrador.

Si pensáramos en temas que hoy movilizan notablemente a la intelectualidad cubana, la cuestión racial vendría a nuestro encuentro sin lugar a duda. Si no desde el punto de vista biológico, desde el sociocultural los problemas de racialización, racialidad y racismo detentan papel protagónico en la hora cubana actual. Contradanzas y latigazos es oportuna porque pone dedo en la llaga de la desmemoria. Somos herederos, por supuesto, de un discurso de fundación de la nacionalidad que, fraguado en el siglo XIX, atendió el asunto, en buena medida, a conveniencia del patriciado cubano comprometido con la sacarocracia, y, por tanto, desde una perspectiva masculina y blanca.

Esa capital germinación se apropió del poder socializador del arte y la literatura. Así lo expresa González:

Durante demasiado tiempo, por envolturas y mistificaciones, no se pudo hablar de interpretación artística del pasado y del presente sin referir las circunstancias que la empañaron y moldearon. El siglo XIX presenció la cristalización de la nacionalidad y las convulsiones más radicales en “la siempre fiel isla de Cuba”, pero padeció la plasmación de una imagen bucólica, pintoresca y fácil de su naturaleza y de su gente, elaborada por y para viajeros. Una de sus temáticas, la formación étnica y sicológica colectiva, resultaba adulterada y edulcorada. No podemos culpar a un arte o una filosofía, sino al entorno colonialista que los conformó. El resto fue dilatación inconsecuente.

En la escena o en la literatura, para reconstruir aquellos años se recurre a una comprensión que tiende a sacralizarlos, armada con criterios de la cultura dominante. Esa visión del pasado es deudora de una información que asume como objetivo e histórico lo tamizado por la subjetividad y el ahistoricismo. La “memoria gráfica”, confiada al “grabado antiguo”, desatendible en su presunta fidelidad, reproduce los intereses dominantes en aquella época, los de quienes pagaban y movían la mano del grabador. El auge de la impresión sustentó como “realismo” y “evidencia” la proposición de un país amable, donde lo trascendente moría entre un mediodía demasiado caluroso y húmedo para trabajar o preocuparse y una noche demasiado precipitada y sensual para inquietarse por el mañana. Sus seguidores reiteran desinformaciones.

No es exactamente esta la imagen que se desprende de ese Quijote decimonónico cubano que es Cecilia Valdés de Cirilo Villaverde, pero entre la numerosa fortuna crítica que la novela ha generado, hay mucha lectura rápida, superficial, forzada a partir de criterios preconcebidos. Esa summa novelística de nuestro siglo XIX, tras el empeño nuestro en marmolizar a nuestros grandes creadores y sus obras, cuando no ha sido vista en la clave romántica más a mano, aportada por el triángulo amoroso que sustenta la trama, es presentada como mosaico antiesclavista y hasta antirracista.

Reynaldo González toma como objeto de estudio la novela y sus personajes, todos devenidos mitos de la cultura cubana, y los desmonta críticamente. No persigue restar un ápice de importancia a la obra y a su autor, antes, todo lo contrario; pero los lee desde el presente como documentos excepcionales “por haber captado una época y una concepción de la vida en sus más complejos pormenores”. Y a la vez, Cecilia Valdés se convierte en pretexto en manos de González para revisitar la centuria fundadora de la nación, siglo de contradanzas —visión básicamente proyectada― pero también de latigazos. Consigue magistralmente presentar “los chasquidos del látigo entre los juguetones compases de las contradanzas”. Feliz título para este libro. El replanteo de la historia que se pretende comienza desde la conjunción-fusión de los dos términos. La contradanza suele asociarse a la vida amable del momento, llena de galanuras en medio de una sociedad próspera económicamente. Los latigazos remiten al duro padecer de la existencia del negro esclavo que sustenta la bonanza. Pero para Reynaldo González la imagen tiene también un reverso: la contradanza francesa viajó en el siglo XVIII a la Isla procedente de la metrópoli española y aquí paulatinamente se criollizó, sobre todo por la ejecución de negros y mulatos, aunque se tipifique como baile de salón de la gran aristocracia cubana. Este hecho lo vino a reforzar la llegada de inmigración franco-haitiana tras la revolución en el hermano país. El latigazo, por su parte, lo provee el sujeto blanco sin el cual no se concibe. Así, fusionados, sin maniqueísmos, la historia nos es presentada.

Como es usual en él, la suya es historia que pretende dar voz a los silenciados. Es el universo de la intrahistoria el que le preocupa, el que puede añadir una perspectiva diferente al relato oficial instituido por el pensamiento hegemónico y por el imperio de los grandes nombres protagonistas. Si la reflexión no traspasara este umbral, poco o nada nuevo añadiría. Los grandes personajes históricos transitan por estas páginas —Centón epistolario de Domingo del Monte mediante y un inmensísimo cuerpo de documentos y referencias que denotan lo acucioso de la investigación―, pero las voces silenciadas, anónimas, también. Él sabe que un investigador y ensayista necesita del auxilio de la musa creadora.

Esta es una nueva Contradanzas y latigazos. Reynaldo González tiene la singularidad dentro del panorama de las letras cubanas de no dar por terminados sus textos por exitosos que sean. A los estudiosos de la literatura nos lega un problema no pequeño. Ya lo mostró con Siempre la muerte su paso breve: ¿cuál es su fecha de creación, 1968, 1982 o 2009? Las tres son imprescindibles. Así con Contradanzas y latigazos. Esta es obra notablemente ampliada, corregida a la luz de hoy. Bellamente ilustrada con más de 300 grabados y otras ilustraciones del siglo XIX, que sirven de complemento o contrapunto a las ideas que el discurso escrito desarrolla, tanto como los fragmentos de textos de diversas procedencias y fechas situados en los márgenes de cada página. Funcionan como hipervínculos, compuertas que se nos abren para mayor comprensión. En tal sentido, no pueden pasar inadvertidos los apéndices del libro, particularmente el tercero, “Domingo del Monte. Sobre la religión y la esclavitud en Cuba (1838-1839)”, respuestas delmontinas a los interrogatorios del inglés Richard R. Madden.

No es posible dejar de destacar la elegancia discursiva desplegada por Reynaldo González, el ingenio fresco, incesante y agudo que seduce a todos sus lectores, una prosa limpia, ágil, cuidadosamente trabajada en calidad de escritor orfebre.  

A la altura del 2013, 30 años después de la primera edición de Contradanzas y latigazos, podemos hacer nuestras las palabras con las que cerró su presentación del libro Manuel Moreno Fraginals:

Reynaldo González ha hecho un aporte muy importante y significativo a la cultura cubana con sus Contradanzas y latigazos. Se puede estar de acuerdo, o no, con muchas de sus afirmaciones, algunas de las cuales podríamos sentarnos a discutirlas, a matizarlas, pero siempre responden a la necesidad de decir, de comenzar a decir, de expresar criterios soslayados, manipulados en la historiografía tradicional. Se trata de comenzar a entregar la visión de la cultura cubana que debe tener la Revolución, sin mixtificaciones. Muchas gracias a Reynaldo González por darnos este aporte.

Con su inquieta tensión en las vísperas de esta presentación, Reynaldo González nos ha dado una lección de respeto a la cultura, a sus lectores; nos ha dado muestras una vez más de su altura, de la valía que lo ha situado como una de las cumbres de nuestra literatura.

Palabras en la presentación de Contradanzas y latigazos, de Reynaldo González. Sala Cordeiro da Matta, Fortaleza San Carlos de La Cabaña. La Habana, 20 de febrero de 2013.

 

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato