Entrevista con Hernán Rivera Letelier

Las letras de las entrañas

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba

Autor de El escritor de epitafios y La reina Isabel cantaba rancheras, su primera novela, Hernán Rivera es un chileno de la generación que vivió los horrores reales de una dictadura repudiada por toda Latinoamérica. Como sucede con los hijos de pueblos marcados históricamente por la violencia, buena parte de su obra, de una manera u otra, tiene que ver con esas experiencias que, aunque muy difundidas y no tan reivindicadas, nunca dejarán de ser heridas.

Que nadie piense con pena en este escritor, cuyo entrenamiento para “aprender a escribir” fue de 17 años de censura. Rivera es un hombre optimista y, definitivamente, con mucha paciencia y constancia.

Imagen: La Jiribilla

¿Cuáles fueron sus vivencias durante el proceso de censura al que fueron sometidos muchos escritores chilenos durante la dictadura?

Tendría que contarte que empecé a escribir a los 18 años, cuando me fui a recorrer el mundo “a dedo”, con una mochila al hombro, en el tiempo de Salvador Allende. El 11 de septiembre de 1973 ya no pude andar más, porque llegó el golpe de estado de Pinochet y volví al desierto, a la Pampa —al salitre— a trabajar; allí estuve hasta el año 1995. Empecé a escribir mis poemas en estas andanzas de mochilero, y de vuelta al desierto lo seguí haciendo. Pero mis poemas me salían peligrosos, contestatarios. Entonces, era imposible que me publicaran algo.

Comencé, como todos, con poemas de amor; pero por la circunstancia que atravesaba el país, la poesía fue transmutándose: escribía contra la censura, poemas que hablaban sobre los simulacros de fusilamiento. Varios amigos pensaron que iban a perder la vida en esos momentos, porque los “hijos de la gran…” los sacaban a medianoche, les decían que iban a ser fusilados y luego les disparaban con salvas. Mientras, el preso se entregaba a sus últimos pensamientos. Era horrible. Por eso, no pude publicar nada durante la dictadura, pero pensando esa obra en retrospectiva, creo que estuvo muy bien, porque fueron mis poemas de aprendizaje. Después empecé a tener más oficio. Esos 17 años de dictadura fueron para escribir, borrar, quemar, aprender.

Muchos de mis amigos se exiliaron y yo no. Nunca pertenecí a ningún partido, aunque soy un hombre de izquierda desde mi nacimiento, pero tampoco tengo religión. Quiero mucho mi libertad, y no me gusta nada que tenga estatutos, reglas, normas. Cuando leen mis novelas, las personas se dan cuenta que es imposible que yo no sea un hombre de izquierda, siempre de izquierda. Pero tal vez por esa falta de filiación no me fue peor en otros tiempos.

Los que no nos fuimos al exilio, o al menos yo, vivimos otros acontecimientos. En esa parte del desierto, en los campamentos mineros, se vivió el hecho de que todas las regalías que se ganaron a base de huelgas, de marchas de hambre, de ollas comunes, de matanzas y masacres desde principios del siglo pasado, esas conquistas que se fueron logrando poco a poco, como pagar a los trabajadores con “plata” y no con fichas, la seguridad en el trabajo y las condiciones sanitarias para vivir, el dictador las borró de un plumazo. Entonces, eso fue lo que más sufrimos los que nos quedamos allí, la represión por dentro. También vi muchos de mis amigos que desaparecieron de una noche a otra, y si aparecían ya eran otras personas, espectros sobrevivientes a la tortura.

Cuénteme sobre ese viaje que comenzó a sus 18 años, cuando decidió convertirse en el “mejor escritor del mundo”.

Yo a los 18 años no conocía nada más que la Pampa. Antofagasta era el lugar más lejano al que había llegado. Entonces, empecé a ver en el cine, antes de la llegada de la televisión al desierto, el Noticiero Universal que ponían junto con las películas. Eran noticias como de dos meses atrás; pero uno las veía con la misma ansiedad con la que se ven las de última hora. Y observaba que en el mundo se estaba produciendo una revolución juvenil increíble: el movimiento hippie, la Revolución de las Flores, aquello de “hagamos el amor y no la guerra”, se veían imágenes de jóvenes abandonando hogares, colegios y fábricas, con guitarras y mochilas. Y yo, sencillamente, me lo estaba perdiendo con 18 años. Entré a trabajar a los 15 a la mina, entonces renuncié y me fabriqué una mochila de lona verde y me fui a hacer la revolución hippie.

Fue extraordinario. Ese fue mi viaje iniciático, pues escribí mi primer poema; descubrí que llevaba un poeta dentro y que no lo hacía mal; pero, lo más importante es que me sentí bien haciéndolo. Desde muy corta edad me atrajo el arte. Recuerdo que de niño vendía diarios por la calle para alimentarme, de repente me quedaba extasiado ante una colección de pinturas o esculturas, y olvidaba los periódicos. Hubo un tiempo en que pensé que lo mío era la pintura, pero cuando descubrí que era la palabra, me aferré a esa tabla de salvación.

No quería ser un artista de domingo, de fin de semana; quería ser un artista todas las horas de todos los días, y quería saber todo sobre la poesía, el cuento y la novela. Me gustaba leer como loco. Había una biblioteca muy antigua en mi campamento, y me la leí completa; hasta me robaba libros de las librerías. Porque yo no quería ser el mejor escritor de la Pampa, yo quería ser el mejor del mundo. Y lo importante no era llegar a serlo, sino el hecho de proponérmelo. Nunca nadie es el mejor del mundo, pero esa meta es la que nos lleva más lejos.

¿Qué es lo que más recuerda de su vida en la Pampa?

La soledad y la libertad infinita. Éramos pobres como ratas y andábamos “a patadas” con los piojos, descalzos... Pero teníamos algo sagrado, o por lo menos yo lo sentía así, y era que todo el desierto era nuestro patio para jugar. Teníamos un juego que llamábamos el cazador de remolinos. En el desierto, por las tardes, se forman unos remolinos de arena gigantescos, y los niños les llamábamos colas del diablo. Teníamos la creencia de que si lográbamos colocarnos en el centro del remolino y abríamos los ojos, con la arena metiéndose por todos los poros, veríamos la cara del demonio. Yo lo hice como unas cien veces; pero nunca vi la cara del diablo, tal vez porque era yo mismo.

Ud. habló de su primer viaje a Cuba, y de su sorpresa al ver los precios bajos de los libros. En ese sentido, ¿ha establecido alguna comparación con la industria del libro en Chile?

Obviamente, estoy maravillado con la industria del libro en este país. Sé que de repente les falta el papel, por ejemplo; pero es una maravilla. Me imagino que a ustedes no les salgan tan baratos como a nosotros, pero aun así, en esos precios hay una alta subvención del Estado, porque en otros países cuestan 20 veces más.

En ningún otro lugar del mundo, ni siquiera en otras ferias del libro, había visto a las personas haciendo cola para comprar. Eso es envidiable. En aquel viaje, a veces, hasta me daba vergüenza pagar tan poco. En Chile hay un impuesto al libro que lo puso el dictador —a los dictadores no les interesa que las personas lean—. Todos los gobiernos que llegaron después de la democracia prometieron quitar este impuesto, pero ninguno ha cumplido.

Mencionó que no se escribía para alguien o para lograr algo, pero la literatura siempre tiene un mensaje implícito. ¿Cuál es su opinión?

Es cierto que uno no escribe pensando en un mensaje en específico, o al menos yo no lo hago; pero si la novela es buena, puede tener miles de mensajes. Para cada lector será distinto; cada quien hará una interpretación distinta. Esa es la gran novela. Cuando uno publica una novela y todos los lectores se quedan con la misma opinión, entonces se trata de una novela fallida. Es como poner a 20 personas a ver una puesta de sol, pero cada una la percibirá de una forma distinta, dependiendo de sus sentimientos, de sus experiencias, de los recuerdos que les trae. Una obra bien hecha no envía un solo mensaje, hay tantos mensajes como lectores tenga esa obra.

En mi caso, no me siento a escribir un mensaje ni social, ni político, ni religioso, ni moral. Eso va implícito en la historia. Todas las historias, aunque sean infantiles, tienen un mensaje.

Además de dar una visión propia de su vida, ¿por qué escribir una novela sobre el desierto? ¿Cuál es la razón de que intentaran enterrar esas historias?

Lo hice porque no podía escribir algo distinto, porque llevaba 40 años en el desierto. De hecho, tenía 40 años cuando escribí La reina Isabel cantaba rancheras. Yo quería contar esa historia, para que las vivencias de mis amigos y mis compañeros de trabajo no se perdieran.

La historia del salitre, del desierto, es una historia de injusticias sociales y morales con los obreros; por esto le estorbaba a ciertos sectores políticos de mi país. Mientras la escribía y les comentaba a mis amigos lo que estaba haciendo, me decían que estaba loco. Y yo contestaba que lo hacía desde mi punto de vista, porque eso era lo mío.

Tuve mucha razón, porque después de La reina Isabel… ocurrió todo un redescubrimiento de la Pampa: fueron pintores, cineastas, fueron hasta las modelos a hacerse fotos…

¿Qué debe temer un escritor chileno de las editoriales? ¿A qué negociaciones está sujeto?

No existe ya la censura como antes; sencillamente, las editoriales son máquinas para hacer “plata”, son industrias que no publican por amor al arte, sino por el amor a la ganancia. Y son ellos quienes temen publicar algo que no venda. Por eso, ninguna publica poesía, porque la poesía ya no vende, y no solo en Chile, sino en todas partes. Apenas publican cuentos. Además, se están vendiendo masivamente las novelas. Por eso creo que hace falta un movimiento de poetas que regenere la poesía. Algo como el movimiento estudiantil, que, aunque es muy reciente para que se note su influencia en nuestra literatura, ha sido muy positivo.

Los estudiantes cambiaron la atmósfera de mi país, nos recordaron la época de los 60, cuando Chile era un país alegre, la gente cantaba en las calles y estaba Allende en el poder. Ellos empezaron a reclamar sus derechos, y el hecho de juntar más de 100 mil personas en una plaza de Santiago de Chile, fue algo que no se veía allí desde hacía mucho tiempo. Lo que están haciendo los estudiantes es invaluable. En unos años más se verá reflejado el testimonio de estos hechos en la literatura, y también en la pintura, en el cine, etc. Porque no creo que esto se quede aquí. Antes no se hablaba de que había que reestructurar el sistema educacional, pero el tema ahora está en la mesa de discusión. El gobierno que comience, a partir de las elecciones de este año, tendrá que tener en cuenta a los estudiantes en este tema. Tendrá que escucharlos.

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