Bajo la piel del Che, de Alicia Elizundia

Poco tiempo después del asesinato del Che, el periodista y escritor uruguayo Ernesto González Bermejo recorrió los agrestes escenarios bolivianos  donde operó la guerrilla comandada por el Guerrillero Heroico, y escribió un antológico reportaje cuya introducción  rememoro:

A veces son caseríos insignificantes, a veces un pequeño arroyo que se pierde en la selva, un sendero, un trapiche, un oscuro campesino o un simple árbol, como todos los árboles, pero cuando se le agrega:  “aquí estuvo el Che”; “con él habló el Che”; cuando desde lo alto de una montaña de dos mil metros, alguien señala las quebradas, los valles, los ríos —el Masicuri, el grande— envueltos en nubes, y dice: “la zona guerrillera, esto lo anduvo el Che”; todo, de pronto, se convierte en historia, en algo que se sabe resistirá a los hombres y al tiempo.  Pequeños puntos y seres que no hubieran figurado en ningún mapa, en ninguna memoria, son centro de atención del mundo, por la sola compañía de un nombre, el final enorme de una vida, la fuerza arrasadora de un ejemplo.

Así es. La fuerza arrasadora de ese ejemplo pervive en los relatos  de quienes conocieron, se relacionaron o estuvieron muy de cerca de él en distintos momentos de su corta, pero trascendente  y novelesca trayectoria, entrevistados por la periodista villaclareña Alicia Elizundia entre 1997 y 2004, y que conforman el libro Bajo la piel del Che que me honro en presentar hoy en su tercera edición, revisada y ampliada ahora por la Editorial Pablo de la Torriente.

El libro incluye también otros textos igualmente significativos e imprescindibles como las cartas de despedida del Che a sus hijos y a Fidel; las palabras de Aleida Guevara March en el recibimiento de los restos de su padre; el conmovedor discurso del Comandante en Jefe durante la ceremonia  de inhumación en Santa Clara de los restos mortales del Guerrillero Heroico, y seis de sus compañeros caídos en Bolivia; y esa hermosa y poética pieza “La piedra”, escrita por Ernesto Guevara, una especie de diálogo consigo mismo, luego de  conocer, en plena selva congolesa, la noticia de la muerte de su madre.

Otro testimonio estremecedor aquí incluido se refiere al hallazgo en Bolivia de los restos del Che, relatado por la Dra. María del Carmen Ariet, una de las participantes del grupo encargado de la trascendental misión.

Cada entrevistado, a instancias del inteligente cuestionario que Alicia propone, revela singulares aristas de la personalidad guevariana descubiertas en el conocimiento de su acción y pensamiento o en el trato cercano y  continuado. Todos expresan su admiración ilimitada y le agradecen alguna enseñanza para la vida; sin embargo, desde su hija  Aleida, el  Comandante Ramiro, los guerrilleros que le acompañaron en las gestas de Cuba, África y Bolivia, hasta la esposa amada, también combatiente, rehúsan proyectar  con  sus palabras una imagen de hombre perfecto para el héroe. No quieren santificarlo ni idealizarlo.  Ellos saben, como decía Pablo de la Torriente Brau, que los hombres perfectos solo existen en las películas de Hollywood.

Aunque confiesen su devoción por el jefe guerrillero, resalten sus extraordinarias virtudes, inteligencia y sensibilidad, se advierte en los testimoniantes un afán de  acercarlo  a su dimensión más humana, en lo que esta tiene de paradójica y aún de contradictoria. Que no lo vean solo como  un hombre duro, pide un revolucionario nicaragüense que lo conoció en la Guatemala de Arbenz y supo de su viril ternura, y Ramiro Valdés, su compañero de tantas batallas y amigo entrañable, acepta que el Che era severo, pero nunca extremista, en tanto dos sobrevivientes de Bolivia, sus compañeros desde la Sierra Maestra, el coronel  Leonardo Tamayo y el  General Harry Villegas, coinciden en valorar más que benévolo, justo, al brillante jefe guerrillero que siempre guardaba un poquito de arroz para cocinárselo al combatiente próximo a cumplir años, aunque nadie más comiera ese día.

Si algo faltaba en el libro para completar los rasgos más acusados de la sensibilidad guevariana, la autora recrea en singular entrevista, las Evocaciones, de Aleida March.

Logra Alicia Elizundia, con su larga experiencia periodística en la que se cuentan varios libros de diversos géneros,  que los entrevistados confíen en ella hasta el punto de que algunos le narren anécdotas celosamente guardadas durante años, reveladoras de la raigal comprensión  humana del Che, como la que le contó   Enrique Oltuski,  quien  en cierta  ocasión se escondió tras un árbol en el Escambray por el  ataque de una avioneta  batistiana mientras el Che, cerca, pero a campo traviesa, se enfrentaba, rifle en mano, al agresor aéreo que rápidamente huyó.  Oltuski recordaba emocionado que el Comandante le puso la mano en el hombro y le dijo:   “No te preocupes, que  esto se quedará entre nosotros”.

En las vivencias y opiniones que la periodista cubana escuchó de sus  testimoniantes, emerge la estatura  integral del revolucionario que fue el Che, hombre de vasta cultura, especial sentido del humor, y con la excepcional virtud de sustentar con los hechos las directrices de su  pensamiento creador.

Para cualquier profesional, escribir en torno al Che es tarea difícil.  Para un entrevistador más aún, pues tiene que convertirse, sobre todo en este caso,  en portador fiel de las ideas y sentimientos de quienes estuvieron bajo sus órdenes en la Sierra, lo siguieron al Congo, integraron la guerrilla que él dirigió en tierras bolivianas, además de reconfirmar los datos que la memoria puede extraviar. Solo una rigurosa  preparación, delimitación precisa de los objetivos de información, sentido de la ética, agudeza periodística, y profundo amor y respeto por el Che, pueden hacer posible un texto como este, que comenzó a perfilarse con la llegada a Cuba de los restos del Guerrillero Heroico y de sus compañeros de la campaña  boliviana. Fue  también gracias a esa conmoción que para todos representó el regreso de los héroes, que Alicia Elizundia pudo dedicar lo mejor de su talento a devolvernos, Bajo la piel del Che, la imagen inacabable del compañero que sigue a nuestro lado con la fuerza arrasadora de su ejemplo, de su pensamiento anticipador, porque como ha afirmado Fernando Martínez Heredia,  “su vida y su  legado son aptos  para el futuro de la liberación y el socialismo, en vez de formar parte de su  pasado  histórico” 1.

Notas:
1. Fernando Martínez Heredia.  “Las ideas y la batalla del Che”, Editorial de Ciencias Sociales, Ruth, Casa Editorial, La Habana, 2010, pág. 1, Introducción.
Palabras en la presentación de Bajo la piel del Che, de Alicia Elizundia. Sala José Antonio Portuondo, Fortaleza San Carlos de La Cabaña. La Habana, 22 de febrero de 2013.

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