Entrevista con César García del Pino, Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2012

Cazador de tesoros

Cristina Hernández • La Habana, Cuba

Entre los mares que rodean la Isla de Cuba se encuentran sumergidos caudales inimaginables, relatos antiguos que bien pudieran dar fruto a las más diversas novelas de aventuras. A esos fragmentos poco conocidos de nuestro pasado colonial ha dedicado una buena parte de su obra el más reciente Premio Nacional de Ciencias Sociales y Humanísticas 2012, César García del Pino. Pudiera decirse que, como aquellos marinos que desandaban las aguas en bergantines de los siglos XVI y XVII, también el historiador y antropólogo iba persiguiendo los tesoros de la floreciente América. Sin embargo, le tocó a él adentrarse en los documentos antiguos, en los Archivos de Indias y en la papelería legada por nuestros antecesores para desempolvar la ruta de añejos descubrimientos.

Del Pino es autor de los principales libros que componen la Historia naval de Cuba; pero también ha explorado temas de los pobladores precolombinos de la Isla, las figuras menos conocidas de las guerras de independencia, la toma de La Habana por los ingleses, el corso cubano, entre otros. Más de 30 ensayos, monografías y artículos, concentrados sobre todo en el periodo colonial cubano, componen una obra prolífica que le hizo merecer primero el Premio Nacional de Historia en 1999, y ahora el más alto galardón que reconoce sus aportes a las ciencias sociales. Ha recibido, además, el Premio de la Crítica, la Distinción por la Cultura Nacional, el Premio Nacional Ramiro Guerra, la Réplica del Machete del Generalísimo Máximo Gómez, y la Orden Félix Varela de Primer Grado.

Entre sus libros destacan La campaña de Antonio Maceo en Pinar del Río; Expediciones de la Guerra de Independencia 1895-1898; Vikingos, españoles, genoveses, franceses y holandeses en América; Naufragio en Inés de Soto: un hallazgo de cuatro siglos; El corso en Cuba en el siglo XVII y Piratas, corsarios y Santiago de Cuba, por solo mencionar algunos títulos. Ha sido además asesor del Ministerio de Relaciones Exteriores en tiempos de Raúl Roa, en el Banco Central de Cuba, investigador de la Biblioteca Nacional José Martí (BNJM) y de la empresa cubana especializada en arqueología subacuática CARISUB S.A.

A sus 92 años, Del Pino mantiene la laboriosidad que ha marcado su contribución contundente a la historiografía cubana, no solo como gestor de una obra propia, sino al compartir con generaciones de historiadores sus métodos y archivos. Actualmente, se mantiene como especialista en temas navales e históricos en el Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de la Ciudad (OHC) y tiene en mente varios libros.

En su apartamento de Altahabana me recibió con la sobriedad característica en quien conoce la vida. La conversación fue pasando desde su infancia hasta los movimientos estudiantiles que se gestaron en la década del 50 del siglo XX, de su descubrimiento de la historia naval a la historia de los temibles corsarios cubanos.

Nacido en Pinar del Río, pero residente en La Habana desde edad temprana, desarrolló un interés peculiar por la investigación del pasado. Además de cierto componente hereditario, a partir de algunos familiares cercanos dedicados a la historiografía, la relación primigenia con esta ciencia provino, como casi siempre, por el gusto hacia los libros. La enorme biblioteca del padre funcionaba como un mar de seducciones, donde los textos sobre las guerras de independencia captaban el principal atractivo. Entre los ejemplares de su abuelo encontró también los seis tomos de La Historia de España, de Modesto de la Fuente, escritos en los años 80 del siglo XIX. “Ahí se acentuó el interés, porque me cautivaron todos esos pasajes de la guerra de reconquista española”, me cuenta.

Su participación en el Instituto Cuba, donde cursó el bachillerato, terminó de incentivar su vocación pues era dirigido por los hermanos Adolfo y Gerardo Castellanos, este último un gran historiador que dejó obras fundamentales en nuestra bibliografía. “Aquel colegio era además un seminario de revolucionarios, algunos de ellos se convirtieron en mártires. El Instituto tenía un historial de la lucha contra Machado y después que se reabrió en el 1937, dimos la batalla para reestablecer la Asociación de Estudiantes mediante una terrible huelga. Luego de creada esa Asociación, que reunía a 27 institutos de la Isla, se formó la Federación de Estudiantes de la Segunda Enseñanza, donde además estaban las escuelas normal y de comercio. En todo eso participé, incluso fui miembro del ejecutivo de alguno de ellos”.

Durante el primer periodo de Fulgencio Batista debió refugiarse con sus familiares en Pinar del río por su militancia estudiantil y, a su regreso, comenzó a desarrollar sus primeros estudios arqueológicos. Se unió a la Sociedad Espeleológica de Cuba junto con Antonio Núñez Jiménez. “Tomé cursos en la universidad sobre el tema y, en mis vacaciones y fines de semana, me dedicaba a las excavaciones, de las cuales salieron los hallazgos de la calle Zulueta, en la Habana Vieja.

“Cuando Batista dio el golpe de estado, el 10 de marzo de 1952, me sumé a la oposición, como persona de mi época. El asalto al Moncada nos tomó por sorpresa a todos lo que estábamos en otras organizaciones, y por eso matriculé en la Universidad de La Habana, buscando el ambiente de la nueva muchachada, y comencé a ayudarlos en sus acciones. En la escuela de Filosofía había seis hombres, y nos llamaban ‘los seis presidiarios’; con el tiempo, logramos sacar a las jovencitas de la dirección estudiantil. Cuando apresaron al presidente de la escuela, en 1953, tuve que perderme de la universidad porque no sabíamos lo que había hablado, y pasé de nuevo unas vacaciones en Vueltabajo.

“Después del indulto de Fidel en el 1955, regresé a La Habana; poco después me integré a un grupo de acción que respondía a Enrique Hart, quien era jefe de una parte de la Capital. Participamos en la organización de la huelga de Frank País, y logramos lanzar algunas proclamas. En esa época yo trabajaba como publicitario en una agencia que organizamos a manera de cooperativa. Dentro del Movimiento 26 de Julio, trabajaba en la división de propaganda, responsabilizado con la tirada del periódico Sierra Maestra, y terminé como capitán de las milicias”.

Al regresar del campo, insertó sus artículos en distintas publicaciones. Uno de sus primeros estudios estuvo dedicado al origen de los siboneyes. Pero Del Pino ubica el inicio de su obra a partir del 5to. Congreso de Historia de Cuba, celebrado en noviembre de 1946, con la ponencia “Historia de la arqueología de Vueltabajo”.  

“Cuando me licenciaron de las milicias en 1959 me reintegré a mi trabajo de publicidad, y a fines de 1960, con las nacionalizaciones, los publicitarios nos quedamos sin trabajo. Yo conocía a Roa desde que era Director de cultura en tiempos de Prío, y cuando se enteró de que yo no tenía trabajo me llevó para la Cancillería. Cuando la invasión a Playa Girón, en 1961, fui asesor de historia en la ONU, y resulté útil, porque di el dato de la cantidad de personas que huyó de EE.UU. durante la guerra de secesión y Roa pudo alegar en su discurso que toda revolución produce emigrados”.

En el Ministerio de Relaciones Exteriores fue jefe del departamento de China y se licenció en Derecho diplomático. Después, trabajó en el Consejo Nacional de Cultura y como investigador en la BNJM.

“Cuando se comenzaron a descubrir los grandes naufragios de la época colonial, un amigo mío que trabajaba en el Banco Nacional me llamó a trabajar con ellos porque yo creía que, alrededor de Cuba, habían muchos `tesoros’ perdidos ―por aquí pasaba el tráfico de retorno de Suramérica, y las flotas se reunían en La Habana para regresar a España por la corriente del Golfo―. Por los continuos ataques piratas a las costas cubanas, y debido a los ciclones, muchas de estas flotas tenían que haber naufragado. En total, certificamos más de mil casos cubanos de naufragios.

“Cuando el Banco Nacional decidió crear un Departamento de Recuperación de Valores, para enviar personal a investigar a Europa, me escogieron y junto con mi esposa fui a indagar en los archivos de Inglaterra, Francia y España. Estuvimos enfrascados en esa labor tres años y cuando regresamos, en 1973, a trabajar en el Banco, me pasaron al Departamento de Recuperación de Divisas.

“Encontré más de 1600 naufragios, con pelos y señales de la mayoría de ellos. Se han dragado algunos y en el Castillo de la Real Fuerza hay joyas y monedas encontradas que valen hasta 10 mil dólares por su rareza. También se identificaron colecciones completas de monedas que nunca llegaron a Europa y que si se encuentran valen millones de dólares ―lingotes de oro de cuatro o seis libras, algunos de ellos con cuños y con un número de serie y, por tanto, con valor numismático”.

En Europa, García del Pino encontró información sobre la historia de Cuba que no se manejaba en la Isla. “El caudal de información que hay sobre Cuba en esos archivos es enorme. No hay necesidad de que se copien unos a otros, como es habitual, porque todavía quedan muchos asuntos por esclarecer en nuestro pasado”.

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