Alfredo Zaldívar, Premio Nacional de Edición 2012

Del holguinero río Sojo al matancero río San Juan

Cira Romero • La Habana, Cuba

No porque haya ganado el Premio Nacional de Edición en 2012, Alfredo Zaldívar merece una entrevista. Esta es una razón más para valorar un conjunto de quehaceres que hacen de él una figura relevante de la cultura cubana desde una ciudad que lo acogió cuando apenas era un adolescente: Matanzas. Poeta, editor y promotor cultural se aúnan en esta persona entusiasta, trabajadora, capaz de asumir y encauzar empeños que, a veces, traspasan las posibilidades objetivas y subjetivas. Como he podido conocer y valorar muy de cerca su labor, hecha en el día a día, sin descanso, a veces contra viento y marea, quise entrevistarlo, sobre todo para que aquellos que saben poco o nada sobre él aprecien cómo piensa y actúa este hombre-orquesta, que lo mismo edita un texto, escribe un poema o carga con los bultos de libros desde la Ciudad de los Puentes hasta  la Feria Internacional del Libro  de La Habana y los organiza con amor en su stand. Presento a Alfredo Zaldívar Muñoa.

Imagen: La Jiribilla

Acabas de recibir el Premio Nacional de Edición correspondiente al año 2012, pero, para comenzar, prefiero hablar de algo que te acompaña desde hace muchos años: la poesía. ¿Qué te atrae de ese género, que has frecuentado con bastante insistencia desde tus inicios?

Nací en un caserío donde la palabra “poesía” era desconocida. En aquel entorno la poesía estaba en su estado natural y creo que tuve la percepción de esto desde pequeño. Me gustaba leer poesía, me las aprendía y luego recitaba en actos escolares y públicos. Un maestro de español supo que también las escribía y me pidió un versito para el mural, pero nunca lo colgó —probablemente era muy malo—. Lo cierto es que no enseñé nada más, pero descubrí a Antonio Machado en la secundaria y escribí un cuadernito muy machadiano que se llamó Al pasar, y cargué con él durante muchos años. Lo reescribía y reescribía. Igual me sucedió con un cuento. Llegué a Matanzas a los 17 años y seguía reescribiendo aquellos poemas y el mismo cuento. No temía tanto enseñar mis narraciones, pero me negaba a mostrar mis poemas. El cuento era una historia ajena a mí; los poemas no, eran muy íntimos. Pasó un tiempo y dejé de escribir narrativa voluntariamente; sin embargo, la poesía siguió llegando. Ahí están mis libros. Han salido en su momento, sin precipitación; cuando creo que toman cuerpo los hago públicos. Con la poesía tengo una relación nada tormentosa, incluso con los libros provocados por tempestades y naufragios.     

Siempre afirmo que eres un promotor cultural nato. ¿Qué importancia le concedes a esta labor, a veces preterida o hasta olvidada?

Promotor es aquel que lee un buen libro y quiere que todos lo lean; o descubre a un músico, a un pintor, a un nuevo escritor y busca el espacio para dar a conocerlo. Siempre he dicho que soy, más que todo, un promotor cultural, porque qué es si no un editor verdadero quien, además del trabajo de mesa, de la labor de redacción y corrección, gestiona los mejores inéditos, lucha por la visualidad del libro, intenta divulgar la mejor literatura. Sin desconocer el valor de la oralidad, la literatura no puede vivir sin el impreso. El primer promotor literario es el editor. Al menos en mi concepto.

También es un asunto de vocación. Ahora la promoción cultural existe como una plaza ocupacional y en muchos casos el “promotor” trabaja porque necesita el salario; o simplemente, en el mecanicismo burdo de cumplir un plan o un horario de trabajo unido al desconocimiento de lo que debe promover, hace todo lo contrario, la contrapromoción. Lamentablemente, pululan los mediocres con entusiasmo, que es uno de los peores males. Los grandes animadores de proyectos culturales casi siempre lo han hecho por necesidad espiritual, sin salario de por medio, y muchos lo siguen haciendo.

Imagen: La Jiribilla

¿Qué ha significado para ti vivir en la ciudad de Matanzas desde que eras apenas un adolescente?

Yo salí del río Sojo, por primera vez, en una guagua sin escala hasta el San Juan murmurante. Matanzas es la primera ciudad que conocí. Aquí integré un taller literario, entendí que los escritores son tangibles, personas de carne y hueso como yo. Visité, por primera vez, una imprenta, y supe cómo se hacía un libro. Aquí me enamoré, tuve casa propia, escribí un libro y encontré los amigos que me acompañarán toda la vida, dondequiera que estén ahora mismo. He fundado cosas que me sobrepasan. A Matanzas se lo debo todo. Soy un poeta matancero que nació en Sojo Tres. Creo pertenecer a una estirpe de “amatancerados” —término de una matancera nacida al lado del Almendares, llamada para gloria de la música cubana, Marta Valdés— encabezada por Heredia, Manzano, y Plácido, y entre otros muchos Cintio Vitier, Ñico Rojas, Federico Smith o la propia Marta, sin olvidar a los que hoy hacen obra en Matanzas como Rubén Darío Salazar o el escultor Sergio Roque, por solo citar dos de ellos. Siempre repito que no sé cómo pude nacer tan lejos de esta bahía.   

Tu empeño como editor comienza en Vigía, convertida hoy, gracias a sus peculiaridades, en una editorial deseada por todos los escritores cubanos. Pero ahora diriges una prestigiosa, Ediciones Matanzas, que no solo publica a autores de esa ciudad, sino a otras figuras “nacionales” —aunque no me encuentre cómoda con esa denominación—, e incluso algunas firmas de otras latitudes, o de cubanos radicados en el exterior. ¿Cómo asumes esa alta responsabilidad? ¿Cómo diriges un colectivo de trabajadores pequeño y que parece multiplicarse para hacer tanto?

Con Ediciones Matanzas he tenido una relación muy coherente. Primero como escritor, pues con ella publiqué mi primer libro; luego, como editor de libros y de su revista. Cuando me nombraron director de Ediciones Matanzas tenía la experiencia de más de 15 años en Vigía y más de dos años trabajando con editoriales en España, todas con dinámicas muy distintas. No caí de las nubes. Aunque había gente muy valiosa que hoy continúa trabajando, lo primero que hice fue rodearme de un equipo de verdaderos creadores, profesionales probados, de rigor, amantes del libro como objeto, de su visualidad... Había que rediseñar editorial y gráficamente a Ediciones Matanzas. Nos reunimos formalmente cada semana, pero hay un intercambio permanente que no tiene horario. Trabajamos con la certeza de que somos facilitadores, intermediarios entre autores y lectores. Estamos conscientes de nuestra labor de servicio, de que no buscamos “faja ni premio”, como dijera Martí.

Imagen: La Jiribilla

Si algo distingue a Ediciones Matanzas es la bella factura de sus libros. Coméntame al respecto.

Vivimos tiempos en que cualquier individuo —no necesariamente tiene que ser un informático de profesión— cree ser diseñador porque domina algún software para tratamiento de imágenes o procesamiento de textos. También, valiosos artistas diseñan o ilustran en nuestras editoriales, pero considerando esta labor menor, al margen de su obra propia.

Ediciones Matanzas cuenta con un joven artista como Johann E. Trujillo que, aunque incursiona en la fotografía, la cartelística y otras aristas de las artes visuales, ama el arte del libro y asume el diseño de estos como su obra principal, con un rigor y una entrega poco común. Johann cuida hasta el último detalle la realización de los libros en nuestro taller o rechaza cualquier trabajo deficiente de los poligráficos. Es un workaholic, además de un inconforme total. Alguien que intenta superase a sí mismo cada día y se está haciendo de una poética que lo distingue a él y a nosotros como sello.  

La revista Matanzas, que también diriges, es el órgano del Centro Provincial del Libro y la Literatura. ¿Qué mecanismos empleas para llevar a sus páginas las mejores firmas de la literatura cubana, y también las locales?

Siempre afirmo que, entre todas las labores editoriales, la de las revistas resulta más compleja. El editor trabaja con varios géneros, literarios y también periodísticos, con un sinnúmero de autores, y aun cuando la gráfica esté a cargo de un solo artista, siempre se insertan fotografías, documentos, pinturas, dibujos, collages, etc. Es difícil lograr un balance literario y gráfico donde se palpe una dramaturgia y eso, creo, lo hemos logrado en Matanzas. Yo defiendo el concepto de revista con secciones fijas, que no rígidas, que me permitan no relegar géneros. Además, concebimos una revista desde Matanzas, no solo para Matanzas.

Otro asunto importante es que no hemos descuidado efemérides de autores, hechos y asuntos atendibles, con independencia de su matanceridad o nacionalidad; de ahí que no sea difícil conseguir colaboraciones. Muchas y valiosas nos llegan regularmente y la respuesta a cualquier convocatoria —los monográficos por los centenarios de Cortázar y Piñera son un ejemplo— dan fe de ello. La revista sale con rigurosa puntualidad desde que en 2003 la acción de este grupo que integran Yanira Marimón y su actual jefe de redacción, Leymen Pérez se incorporaron al equipo —los cuatro somos apasionados de las revistas y eso pesa también—. Mucha gente espera cada salida y, cada vez, son más quienes quieren colaborar.

Presides la sección de Literatura de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) de la bien llamada Ciudad de los Puentes. ¿Te ayuda esa responsabilidad en el día a día de trabajo?

La dualidad que implica ser director de la editorial y presidir la filial de escritores de la UNEAC funciona porque, de cierta manera, los intereses son similares; pero también me sobrecarga y no siempre puedo responder ante tantas demandas, sobre todo cuando no accedemos a medios elementales para trabajar de una parte ni de la otra, y eso deja mucha responsabilidad sobre una sola persona, aun cuando todo se colegie. Hay nuevos y valiosos miembros en la membresía de la UNEAC y ya es hora de que asuman esa responsabilidad. Yo estaré ahí como asesor o consultante, más por viejo que por sabio.

La pregunta que no puede faltar: ¿Qué significa para ti haber ganado el Premio Nacional de Edición del año 2012?

La noticia me sorprendió trabajando. Para mí implica más trabajo, más rigor, más peso... No sé si los editores que trabajan desde la provincia se sienten representados por mí y, quizá suene petulante, lo recibo como un reconocimiento a todos los que trabajamos desde la austeridad, con la subestimación de algunos y padeciendo los criterios provincianos de otros; desde la pobreza irradiante que Lezama creía ver en los humildes espejuelos de Varela o el raído trajecito de Martí.

¿Cuándo vive y ama Alfredo Zaldívar?

Hace más de 30 años que vivo haciendo libros. Nunca he dejado de poner amor en ello. Entonces, creo que Alfredo Zaldívar vive y ama cuando hace libros, o sea, siempre. 

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