Marta Caridad Mosquera, Premio Nacional de Diseño del Libro

Una puerta hacia la creación

Paula Companioni • La Habana, Cuba
Fotos: R. A. Hdez

Algunas veces me he acercado a un libro por el atractivo de su carátula,  dejando atrás las enseñanzas que recibí de mi madre desde pequeña para adquirir literatura: “Mira el título, el autor y luego lee la sinopsis”. Confieso, también, que en cierta ocasión compré un ejemplar solamente por lo especial que me parecía su diseño, sin importarme que estuviese escrito en ruso y que no hable en ese idioma —a no ser por el término spasiva.

Imagen: La Jiribilla

Sin tomar en cuenta la famosa máxima: “No juzgues a un libro por la carátula”, lo cierto es que cuando en el diseño de un texto confluyen conocimiento, destreza, arte y compromiso con el tema que aborda, el resultado final es una pieza completa que no solo enriquece con su lectura, sino que da placer al hojearlo.

Marta Caridad Mosquera es una diseñadora que reúne amplios conocimientos del oficio y los adereza con un desarrollado estudio de las artes plásticas y una identificación con las raíces de la cultura cubana. Esta es la razón por la cual fue reconocida con el Premio Nacional de Diseño del Libro 2012. Más de 40 años de carrera y 200 títulos diseñados avalan este reconocimiento; pero tanto trabajo se ampara en un proyecto de estudios no tradicional para una diseñadora desde los conceptos actuales de la profesión. Mosquera estudió Artes Plásticas en la Academia Provincial José Joaquín Tejada, de Santiago de Cuba, y en la Escuela Nacional de Arte (ENA); luego, se licenció en Historia del Arte en la Universidad de Oriente y realizó una Maestría en Estudios Cubanos y del Caribe.

¿Cómo transita de las artes plásticas al diseño de libros?

De cierta manera el diseño me escogió a mí. Cuando regresé a Santiago de Cuba, graduada de la Escuela Nacional de Arte, se estaba organizando la Editorial Oriente. Pedro Arrate, excelente diseñador y profesor, me recomendó con Reinaldo Cuesta, futuro director de Oriente.

Mis habilidades para el dibujo, algunos premios en salones estudiantiles y mi pasión por los libros me abrieron las puertas de la Editorial, un mundo fascinante donde me sentí cómoda desde la primera vez en que tuve la posibilidad de diseñar un libro.

Pude adquirir mis conocimientos con profesores como José Julián Aguilera Vicente y Antonio Ferrer Cabello en la Academia Provincial; y Fernando Luis, Martínez Pedro, Masiquez y Antonia Eiriz en la ENA. En esa época no teníamos la tecnología digital actual, con la cual algunos programas de diseño suplen habilidades manuales y conocimientos sobre color, forma, utilización del espacio, etc.; esos conocimientos los capté a partir de los estudios de pintura, grabado, cerámica y diseño básico.

Luego, cuando ya formaba parte del equipo de la Editorial, me adiestré con Raúl Martínez, de quien fui su realizadora durante un año en Arte y Literatura, donde también trabajaban Cecilia Guerra y Villita. De todos aprendí mucho.

Imagen: La Jiribilla

¿Cómo dialogan las vertientes del diseño gráfico dentro de su creación —incluso la que está vinculada con obras teatrales, carteles y logotipos institucionales?

Ser diseñador es una profesión privilegiada, porque todo es diseñable. Podemos diseñar escenografía y vestuario teatral, carteles, vallas, logotipos, libros… siempre que respetemos las normas básicas de esta profesión: comunicación, legibilidad y armonía.

Los estudios de artes plásticas, la Licenciatura en Historia del Arte y la Maestría en Estudios Cubanos y del Caribe me ayudaron y proporcionaron un bagaje cultural para enfrentar con eficiencia el arte de diseñar.

También es necesario tener una preocupación constante por estar informado sobre lo que se hace en la especialidad alrededor del mundo, y estudiar los proyectos hasta encontrar los elementos adecuados. Es vital, además, no conformarse con la primera idea. Y leer, leer mucho y bueno.

¿Es una máxima de su trabajo evidenciar lo autóctono? ¿Cómo expresa “lo santiaguero”, “lo caribeño” en sus diseños?

Dicen que en Santiago hasta las sombras son luminosas. En esa luminosidad vivimos y creamos. Lo impregna todo, no solo las artes visuales, sino también la música, la danza, la literatura, todo lo que hacemos en esta parte del Oriente cubano.

Vivo en una ciudad singular de calles serpenteantes que suben y bajan, que hacen parecer, a veces, que las casas están pintadas en el aire. Esa topografía condiciona nuestra manera de hablar y caminar. El deslumbrante sol de casi todo el año hace que apreciemos el color mucho más brillante en todo lo que nos rodea.

La cercanía con otras islas del Caribe y la celebración de la Fiesta del Fuego, que cada año inunda las calles con la multiplicidad de manifestaciones del ser caribeño, también influyen en la creación.

No me propongo expresar en mis diseños lo santiaguero o lo caribeño. Mi trabajo es el resultado de todo lo que aprendí y sigo aprendiendo. Refleja lo que soy y me enorgullezco de ser.

En este sentido, ¿cuál sería el sello distintivo de su trabajo dentro de la Editorial Oriente?

Mis diseños no tienen una comunicación directa con el título, sino con el espíritu del texto. Un libro no es el grito del cartel, es un susurro. Cuando lo ves, debes desear tocarlo, abrirlo, hojearlo… si eso sucede, el lector ya es tuyo.

Si algo ha caracterizado mi trabajo en la Editorial Oriente es la sencillez. Hacer libros es algo que hay que amar. Es preciso descubrirle la esencia y, al diseñar la cubierta, sugerir lo que vas a encontrar dentro. Eso es lo que he tratado de hacer durante todos estos años. No siempre fui comprendida; pero si lo logré con la mitad de los libros que diseñé, me doy por satisfecha.

¿En qué medida ser diseñadora de la Editorial y vicepresidenta del Comité Provincial de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), dos responsabilidades aparentemente diferentes, tributan a su quehacer dentro de la cultura?

La vicepresidencia del Comité Provincial de la UNEAC y la creación artística, no son excluyentes. Desde ahí he podido vincularme con proyectos interesantes que tributan a la cultura y al mejoramiento de la imagen de la localidad. Así, trabajé en el Proyecto Arte Ciudad: grandes vallas urbanas con obras de artistas de la plástica local donde no solo se muestra la imagen sino que incluye información sobre el artista y su obra, convirtiendo a Santiago de Cuba en una gran galería a cielo abierto. Además, mi tesis de Maestría fue un estudio sobre la gráfica urbana: los diferentes diseños de escudos por los que había transitado su imagen, la necesidad de un símbolo gráfico y la propuesta del mismo. Desde el aniversario 485 de la fundación de Santiago de Cuba, hasta los ya próximos 500 años, ese símbolo se ha utilizado en los logotipos que presiden la celebración. Estas labores impulsan mi trabajo por Santiago, también por mi país.

¿Qué representa para Ud. este reconocimiento a la sólida obra de sus 40 años de profesión?

Es un incentivo para continuar esa obra sólida y diversa que ha caracterizado mi trabajo todos estos años y por la cual recibo el Premio Nacional de Diseño. Me hace sentir halagada, agradecida y feliz. Un premio como este —la máxima aspiración de muchos artistas— no es un broche final, es como una ventana o una puerta para cruzar a otros espacios de creación con nuevos bríos.

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