La frontera de asfalto

La muchacha de trenzas rubias lo miró, sonrió y le extendió la mano.

— ¿De acuerdo?

— De acuerdo —le dijo él.

Los dos rieron y continuaron caminando, pisando las flores violetas que caían de los árboles.

— Nieve color violeta —dijo él.

— Pero tú nunca has visto la nieve…

— No, pero me parece que cae así…

— Es blanca, muy blanca…

— ¡Como tú!

Y tímidamente asomó una sonrisa triste en sus labios.

— ¡Ricardo! También hay nieve gris… gris oscura.

— Recuerda nuestro acuerdo. No hablar…

— Sí, no hablar más de tu color. Pero fuiste tú quien habló primero.

Al llegar al final del paseo ambos dieron media vuelta y regresaron por el mismo camino. La joven tenía trenzas rubias y lazos rojos.

— Marina,