Arrojar luz sobre lo pasado,
o cómo acercarse a la Historia
del Guiñol Nacional

Marilyn Garbey • La Habana, Cuba

El libro Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril ya está en las librerías. De  la autoría de Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa, llega para arrojar luz sobre una leyenda, la del Teatro Nacional de Guiñol en la década del 60.

Desde el título, los autores revelan su intención: se adentrarán en el laberinto de la historia para averiguar quiénes fueron y qué hicieron los Camejo y Carril. Y ahí mismo comienzan los aportes, ya se hace justicia a Carril, casi siempre dejado a la sombra de los Camejo por quienes desconocen la historia o por aquellos a quienes no les interesa darla a conocer. Se acercarán al mito para descubrir la verdad, con sus luces y sus sombras.

Dedicar un libro a esta parte de nuestra historia teatral es un acto de lucidez y de valentía. Generalmente, la Historia del teatro se estudia a partir de los textos dramáticos, que sobreviven al embate del tiempo. Raras veces se registran los procesos creativos, en ocasiones los hacedores dejan plasmadas sus vivencias. El teatro es un acto efímero, sus huellas solo se imprimen en la mente y en el corazón de los espectadores y de sus hacedores. Por eso, es importante recoger el testimonio de los protagonistas, y cada uno ofrece su visión, a veces contradictoria, pero le corresponde al lector formarse su opinión.

También hay que añadir que pocos estudiosos se han atrevido a adentrarse en los 60 teatrales. Muchos de sus protagonistas están vivos, en Cuba o en otras tierras. Algunos siguen ejerciendo el oficio, pero el abordaje de la época no suele pasar de la anécdota, reveladora del espíritu de esos años, pero insuficiente para comprender los por qué y los cómo se hacía y se vivía el teatro. Ese es otro aporte del libro: ha situado la obra de los Camejo y Carril en su ambiente cultural. Por ejemplo, anotan que en el año en que estrenaron La cucarachita Martina veían  la luz el Paradiso de Lezama, Titón estrenaba La muerte de un burócrata, el Ballet Nacional de Cuba recibía el Grand Prix de la Ville de París, Josephine Baker visitaba La Habana, Cabrera Infante publicaba Tres tristes tigres y Miguel Barnet nos traía la Biografía de un cimarrón, y así sucesivamente.

Es una preocupación de los autores ubicar la obra de los Camejo y Carril en el contexto histórico social en que se gestó; solo así es posible comprender en su justa medida su obra, y las condiciones que la propiciaron, y las que truncaron una trayectoria reconocida como luminosa por quienes tuvieron la suerte de acompañarlos. El escritor Calvert Casey fue atento receptor, al referirse a los montajes de La luna llena de marzo y El rey de la torre del reloj:

“El éxito teatral de estas obras depende de una puesta en escena elaborada, cuidada en sus más mínimos detalles. El Teatro Nacional de Guiñol nos ofrece versiones en extremo sensibles de estas dos pequeñas joyas. Utilizando luz y cámara blanca, renunciando a todo artificio lumínico escenográfico, apoyándose exclusivamente en la figura que actúa y danza, en la palabra, elaborando bellísimas máscaras, el conjunto consigue uno de los más hermosos espectáculos que se han mostrado entre nosotros”.

Desde las aulas del Instituto Superior de Arte, Rubén Darío Salazar comenzó a interesarse por el teatro de títeres, por los secretos del oficio y por la historia en que se insertaba como creador. A Norge Espinosa le inquieta todo lo relacionado con una década donde muchos de sus paradigmas literarios vieron estremecer sus vidas por la intolerancia y la estupidez. El Teatro de las Estaciones ha subido a escena piezas que son el fruto de la colaboración entre ellos. Pongamos por ejemplo la obra En un retablo viejo, inspirada en Libélula y Mascuello, personajes que Carril y los Camejo llevaron a la salita del Focsa, y que  la agrupación matancera tuvo la suerte de representar ante Carucha Camejo, de retorno a la Isla para celebrar su cumpleaños entre su familia, viejos amigos y jóvenes titiriteros deslumbrados por su leyenda.

Otra vez Rubén y Norge juntaron sus talentos y sus esfuerzos para investigar qué había sucedido en los retablos y en los entretelones del Guiñol Nacional. Con justeza, el abordaje tomó como referente a quienes tuvieron la inspiración y el coraje de fundar una familia titiritera en una isla de escasa tradición en ese sentido, a Carucha y Pepe Camejo, a Pepe Carril. Cada uno aportó lecturas realizadas, diálogo con protagonistas de la década, reflexiones derivadas del estudio y del intercambio con otros colegas.  La colaboración entre Rubén y Norge para gestar el libro ha sido ejemplar. En primer lugar, porque cada vez es más raro que la gente de teatro se junte para emprender alguna acción, casi nadie reconoce al otro, raras veces asisten a las presentaciones de sus colegas, andamos dispersados y alejados unos de los otros. En segundo lugar, porque la lectura de las 280 páginas indica que emplearon incontables horas para indagar a profundidad en el objeto de estudio, se rastrearon las fuentes de la época, se realizaron muchísimas entrevistas, se contrastaron las fuentes. En ese sentido, es de gran utilidad la Bibliografía esencial que se adjunta en las páginas finales con trabajos de investigadores como Rine Leal, Rosa Ileana Boudet, Carlos Espinosa, Wilfredo Cancio Isla, Ramón Fajardo, Freddy Artiles, Magaly Muguercia, Ambrosio Fornet, Mario Rodríguez Alemán, Radamés Giro. Otros nombres fueron tomados como referentes: Dora Alonso, Francisco Morín, Pedro Valdés Piña, Sahimell Cordero, Liliana Pérez Recio, Víctor Reyna, o Mirta Beltrán, la hija de Carucha. También se anexa el catálogo de obras realizadas en el Guiñol en la época de oro, al constatar cuánto hicieron en tan breve tiempo se comprenderá por qué René Fernández se atreve a afirmar: “tenían el ritmo de la Revolución”.

Fueron muchas las puertas a las que acudieron para reconstruir la historia. Comenzando por la de Carucha, la de su casa en New York, la de la familia en Fontanar. Los que fueron parte del Guiñol Nacional: Armando Morales, Xiomara Palacio, Ulises García, Carlos Pérez Peña, Mayito González, Santiago Montero, Regina Rossié, Silvia de la Rosa, Luis Brunet,  y Rogelio Franco, el atrezzista del grupo. Cercanos colaboradores como Dora Alonso, Rogelio Martínez Furé, José Luis Posada, Abelardo Estorino, Marta Valdés. Discípulos como René Fernández, Allán Alfonso, Pedro Valdés Piña, Olga Alfonso, Iván Jiménez, Rafael Meléndez, Mario Guerrero, entre otros.

Es decir, que este libro es fruto del esfuerzo y la constancia, del rigor intelectual y de la colaboración fraterna entre colegas, y aquí subrayo el gesto de Yanisbel Martínez, quien generosamente contribuyó con entrevistas que había realizado a quienes estuvieron involucrados en la Historia del TNG.

Entre tanta documentación testimonial, se escucha el punto de vista de los autores: “…los directores del Teatro Nacional de Guiñol comenzarían un laboreo que aportó, en menos de una década, muchos de los espectáculos más recordados de la tradición titiritera de la Isla”. Y más adelante apuntan: “… los Camejo demostraron poseer el raro don de encantar o molestar, indistintamente, con la singularidad de sus sicologías y sus talentos”.

El laboreo del Teatro Nacional de Guiñol marcó las pautas del teatro de títeres en Cuba, basta leer su Manifiesto para corroborarlo: “Creemos que el teatro de títeres no solo sirve, como se cree entre nosotros, para divertir a los niños, sino que también constituye por sí mismo un arte propio de ilustre linaje y de infinitas posibilidades, y con alcance mucho más amplio, ya que abarca todo el público por igual”. Para lograr tales propósitos tenían como divisas: “El razonamiento inteligente y la sensibilidad artística…”

La leyenda de los Camejo ha llegado hasta el presente con tanta fuerza que casi siempre obviamos a quienes eran sus colegas titiriteros, pero en el libro los autores enmiendan tal error y recuentan el trabajo de otros grupos de teatro para niños y de títeres que tuvieron sus aportes al concierto teatral de los 60, como el Teatro de Muñecos  de La Habana o el Teatro Juvenil de La Habana.

Se incluyen  reseñas críticas aparecidas en la prensa sobre las obras del Teatro Nacional de Guiñol. Algunas elogiosas, como la Alejo Beltrán sobre Don Juan Tenorio: “Hay que agradecer este esfuerzo para entregarnos un Tenorio nuevo, remozado sería poco decir, nuevo ―que divierte y vierte en el espectador todos sus dones y donaires tan nuevos por primera vez, después de viejos, para contentamiento general, un Tenorio que se puede escuchar y que ha dejado casi de improviso la cursilería. Todo en fin ha cambiado y todo sigue igual en el fondo, para nuestro deslumbramiento, y esa es la virtud de esta excelente puesta en escena”.

Y otras demoledoras como las de Natividad González Freyre sobre el Ubú rey: “Si bien cataloga el estreno como ‘un intento valioso de encarnar con máscaras y marionetas el reino de la voracidad, la imbecilidad y la inseguridad del mundo burgués’, le critica la profusión de elementos simbólicos, el excesivo decorado, la dicción que se vuelve ininteligible por parte de los actores que intentan ganar ritmo, y el movimiento rápido que confundía al espectador, según su criterio. Consideró que el espectáculo se justificaba por ser una obra ‘instructiva y ejemplar’, aunque rechaza tanto simbolismo.”

Uno de los capítulos más útiles del libro es el titulado “En la lenta turbulencia”, donde se narra la caída de Carril, los Camejo y tantos otros en los 70. Advierto que también puede generar la polémica, por los testimonios que ofrece y por las consideraciones de los autores.

 Aún estremecen las palabras de Rine Leal al comentar lo sucedido: “ La lista de injusticias, ilegalidades laborales, irregularidades legales, y abuso de poder administrativo, crearon una cicatriz que aún marca nuestra escena, y castraron valores que nunca se recuperaron, sin contar los creadores que perdimos por abandono del país”.

De la arremetida contra el Teatro Nacional de Guiñol da cuenta uno de sus más cercanos colaboradores, Rogelio Martínez Furé: “…los muñecos preciosos que hicimos para Ibeyi añá fueron acusados de promover la brujería… Esos muñecos eran patrimonio de nuestro país, debieron ser conservados, tenían todo el estudio de la escultura africana con nuestra armonía, toda la poesía, la imaginación de un arte único…”

Santiago Montero, integrante del Teatro Nacional de Guiñol ofrece su visión: “Aquí hubo culpa de todos. Del organismo que no valoró el trabajo elevado que se hacía aquí. Intransigencia por parte de algunos miembros del colectivo de dirección del Guiñol”.

Lo cierto es que los Camejo nunca volvieron a la salita del Focsa, y Carril regresó por poco tiempo; parecía imposible volver a escuchar sus voces o saber de obra legendaria. Serían las nuevas generaciones de titiriteros quienes tenderían un puente con la historia y con la única sobreviviente del mítico trío, Carucha. Fue en Matanzas, la ciudad más titiritera de la Isla, donde la maestra   se reencontró con viejos amigos y con  los jóvenes que la admiraban. Ese día marcaba el regreso definitivo de Carril y los Camejo al imaginario teatral cubano. La publicación de Mito, verdad y retablo: El Guiñol de los hermanos Camejo y Pepe Carril, de Rubén Darío Salazar y Norge Espinosa, viene a corroborar este acierto.

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