María Toda, una mujer que muere porque no muere

Laidi Fernández de Juan • La Habana, Cuba

El verso final de cada estrofa del poema “Aspiraciones de vida eterna, de Santa Teresa: que muero porque no muero, parece el destino de la mujer María, narrada por otra mujer, quien a su vez llega a nosotros de la mano de una tercera, Lourdes González. Salvo la que no se escucha, quien da título a esta novela alucinada, otras dos gargantas femeninas se alzan, imbuidas una de la siguiente, o mejor aún: habla una única voz en dos tiempos, para reproducir  un retrato hablado cuya mágica consecuencia es el estado femenino asocial, impúdico.

La búsqueda vertiginosa del placer conduce a la María de esta novela a su autodestrucción, porque no se resigna ante la imposibilidad de alcanzar el máximo gozo al que aspira, cansada de  llegar a la luna guiada por sí misma. María contiene el precepto vital Carpe Diem, aquella sentencia de Horacio, entremezclada con sus dotes de poetisa enfebrecida. A sabiendas de que pronto su esqueleto no resistiría por mucho más tiempo los embates de alucinógenos, estimulantes y somníferos a los que ella lo sometía, se entrega con igual intensidad al arte de los versos infinitos, que a los cuerpos de los cuales esperaba amor.

Seguramente conocedora de la traducción latina del primer aforismo de Hipócrates: El arte es largo y la vida breve, María se consagra a la poesía, derramando estrofas en papeles semiocultos, inscribiendo sentencias en paredes mohosas, como quien se regala sin cambio alguno, sin esperar nada más que la simple satisfacción de perpetuarse. Su vida, un duelo permanente entre Eros y Thánatos, termina rendida ante la última de estas divinidades  griegas, creando con su muerte la mística del afecto inmaculado que nunca llegó a encontrar. La competencia entre estas dos figuras mitológicas, dado el frenesí amatorio de María por un lado, y por otro, su pulsión hacia el abandono de la lucha por la vida, sostiene la cuerda por donde ella camina en puntillas, aunque parezca que lo hace a ritmo de galope.

A pesar de la sangre que emana de su cuerpo, segundos antes de la extinción definitiva, no resulta violenta su despedida, sino todo lo contrario. Thánatos, inspirador de las muertes no violentas y hermano gemelo de Hypnos, condujo a María al estado onírico en el que se encontraba cuando tomó la decisión de dejar atrás la batalla campal por la sobrevivencia, que ya le resultaba excesivamente desgastante. En pocas palabras este podría ser el recorrido deslumbrante de una mujer llamada María, pero la novela toda es mucho más. Si logramos apartar la fascinación que esta criatura inusual provocó en cuantos la conocieron y amaron, nos queda otra radiante historia: la que se deriva de la pasión de quien narra, la consagración irremediable de su más íntima admiradora.

Alternando la primera voz con la segunda, esta dama sin nombre da rienda suelta al dolor profundo que la acompaña, desde el día en que tuvo la oportunidad de entregar  su existencia a los desvelos de quien se convirtiera en su guía, en su amor platónico, en su máxima inspiración. Gracias a ella, participamos en la tormenta fugaz y al mismo tiempo imperecedera que fue la vida de María, una mujer pez, una mujer isla, una mujer agua, una mujer que era todo al  mismo tiempo, sin dejar de ser la representación dolorosa de la infelicidad. La culpa, gran movilizadora de confesiones, sostiene las riendas de una larga expresión que encierra la esencia de lo más profundo de su alma de mujer no correspondida: La amé, y hoy armo estas líneas como quien compone su único diálogo con la vida, nos dice.

Y de eso también trata esta novela: del desafuero verbal de alguien que en apariencia ocupa un segundo escalón, la butaca del fondo, una esquina que apenas se deja ver, porque permite que toda la luz, todo el mar, toda la tierra y todo el fuego, le pertenezcan a la Virgen rabiosa objeto de su idolatría. Sin embargo, es a ella, a esta segunda mujer al cabo tan insatisfecha como la original María, a quien debemos reverenciar. Gracias a su vehemencia, descubrimos que la vida de una isla es circular, en la cual se gira   alrededor de un ojo huracanado sin que aparezca nunca el vórtice exacto para  descansar al fin. A esta segunda dama, que al igual que Santa Teresa, vive sin vivir en sí, agradecemos su perenne entrega, y el deslumbramiento por una mujer pecaminosa, mortal y única: María Toda, cuyo mejor verso ya no es posible recordar.

Febrero, 2013.

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