En Guanabacoa, la Villa de Pepe Antonio, se funda La Esperanza

Cira Romero • La Habana, Cuba

Guanabacoa ha dado grandes aportes a la historia política y cultural de la Isla. Si nos remontamos al año 1762, cuando se produjo la toma de La Habana por los ingleses, de esa villa surgieron algunas de las figuras que con más denuedo se opusieron al invasor, como José Antonio Gómez, más conocido por Pepe Antonio, quien fungía como alcalde provincial del lugar, que salvó el prestigio de las milicias criollas del menosprecio en que las tenían los oficiales del ejército regular español durante el sitio de la capital. Saltando en el tiempo, figuras como Rita Montaner, Ignacio Villa (Bola de nieve) y Ernesto Lecuona, para solo quedarnos en el terreno de la música, nacieron en ese pedazo de La Habana.

La prensa también tuvo su representación. Uno de los periódicos más sobresalientes, “Periódico local”, como se subtitulaba, fue La Esperanza, surgido el 15 de septiembre de 1864. Salía tres veces a la semana y en su número inicial expresaban: “Tiempo ha que la Villa de las lomas tenía necesidad de un periódico que se ocupase de sus intereses, sirviendo de intérprete a las necesidades de la población”. Y más adelante añadían: “Nuestra profesión de fe es bien lacónica, por cierto, publicar artículos literarios y científicos de los mejores escritores, poesías, novelas, crónicas de moda y artículos de fondo”. No ha llegado a nuestros días quién lo dirigía, pero contó con la colaboración de muchas de las firmas más notorias de las llamadas bellas letras de aquellos años, como Felipe López de Briñas, Ramón Zambrana, Manuel Costales, Saturnino Martínez, Mercedes Valdés Mendoza, Fernando Urzáis, El hijo del Damují, seudónimo utilizado por Antonio Hurtado del Valle), quien firmaba Shochiklofkfwershpruchisk, que no era otro que el novelista Francisco Calcagno.

En su estable formato publicaba en la primera página comunicados, partes oficiales y avisos, en tanto que las dos centrales estaban dedicadas a reproducir artículos de variado carácter, poesías, pequeñas narraciones, así como una crónica local. En la sección de folletines, firmada generalmente por Julio, aparecían trabajos en prosa dedicados preferentemente a la mujer. Durante varios números dio a conocer las “Noticias históricas y estadísticas de la Villa de Guanabacoa y su jurisdicción”, recopiladas por Francisco Cartas. Su salida cesó el 22 de enero de 1865, pero fue sustituido por otro al que titularon La Reforma, que comenzó el 5 de febrero de ese año.

Una atenta revisión a las páginas de La Esperanza nos aporta mucha información de interés, no solo local, sino de toda la ciudad. En una crónica titulada “Misterios de Guanabacoa”, firmada por Delicia, se da cuenta de muchas historias de aparecidos, de videntes, de adivinos que, al parecer, había en la villa, famosa, además, por haber dado cabida a muchos negros  practicantes de sus religiones traídas de África y a los cuales se les achacaba los más horrendos crímenes para poder satisfacer sus ritos y rendir tributo a sus santos. La superchería popular hizo de estas historias verdaderos cuentos que la etnóloga cubana Lydia Cabrera no hubiera dudado en admitir en sus poéticos Cuentos negros de Cuba.

Una colaboradora activa del periódico fue Virginia Felicia Auber de Moya, más conocida por Felicia, nombre con el que firmaba sus folletines novelísticos. No creo que me aparte de mis propósitos acerca de dar a conocer esta publicación si comento un poco acerca de esta interesante y casi desconocida colaboradora.  

Tan excelente poeta como sagaz y sistemático crítico, Juan Clemente Zenea escribía en la revista El Almendares, del año 1852:

Innecesario sería que yo dijese quién es Felicia: en toda la isla de Cuba se sabe que es la folletinista de la Gaceta de la Habana, y todos le rinden el culto que merece la aristocracia del talento. Sus hermosas novelas, hijas distinguidas de la escuela francesa, están colocadas en los elegantes tocadores de nuestras damas, sobre las mesas de muchos literatos y en todas partes donde suspiran las almas sensibles, ¿Quién ignora cómo se llama esa jardinera que nos presenta todos los domingos un “ramillete” de flores perfumadas y bellas? ¿Quién no conoce a la que preludia una vez cada semana el arpa misteriosa de las pasiones? [...] En la república de las letras cubanas ocupa Felicia un lugar digno de envidia y su nombre vivirá eterno en las páginas de nuestra historia.

¿Quién era Felicia? Se trataba de Virginia Felicia Auber de Noya, nacida en La Coruña en el año 1825, hija del francés Pedro Alejandro Auber y de Walda de Noya, gallega de origen. La figura y la obra de su padre desplegada en Cuba no pueden pasarse por alto. La familia llegó a la Isla en 1833, cuando Virginia Felicia tenía ocho años de edad. Pedro Alejandro traía una larga experiencia como científico especializado en matemáticas y, sobre todo, en botánica. Pronto ganó, por oposición, una plaza en la Universidad de La Habana para dar clases en la primera de las disciplinas citadas, pero, simultáneamente, se solicitó su presencia en el Jardín Botánico, del cual llegó a ser, primero, director, y luego director propietario. Además de dedicar estudios a nuestra flora, publicados en varias revistas, fue de los primeros en abogar por la construcción de un “camino de hierro”, nombre que se le daba por entonces al ferrocarril, inaugurado en 1837 en su primer tramo, comprendido desde la capital hasta Bejucal, y poco después hasta Güines. Falleció en la capital cubana en 1843.

En tanto, Virginia Felicia cursó los estudios de rigor en esa época, pero su padre le enseñó francés, y viendo su disposición para la literatura, la encaminó por buenas lecturas. Entre 1843 y1844 ya Felicia, pues ese fue el nombre literario adoptado por ella, publicaba, en dos tomos, cuatro novelas: Wilhelmina, Un aria de Bellini, Leoncio y Un casamiento original. La segunda de las citadas fue muy bien recibida por el público y gozó del privilegio —inusual para la época— de tener rápidamente una segunda edición. En los siguientes años vieron la luz, de manera consecutiva, sus novelas El castillo de la loca (1844), subtitulada “Tradición siciliana”, seguida de Mauricio (1845), Una falta (1846), en tres tomos la titulada Una venganza (1850), Una habanera; caprichos del corazón (1851), Perseverancia, Algunas páginas de la vida de un gran poeta (1853), una de carácter histórico, Otros tiempos (1856) y Ambarina. Historia doméstica cubana (1858),  con una segunda edición en 1915. A ella se debe también una pieza de teatro, Una deuda de gratitud (1846), comedia en un acto, y Ramillete habanero. Verdades (México, 1875), donde recogió sus folletines novelísticos.

Al repasar algunas de esas novelas, atadas al romanticismo entonces en auge, percibimos cuán distante estaba la coruñesa de los logros estéticos que en esos mismos tiempos alcanzaba la cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda en igual género, en cuya revista Álbum cubano de lo bueno y de lo bello (1860), Auber colaboró en la sección “Revista de modas”. Sin embargo, la lectura de Ambarina nos deja más satisfechos, no por la trama, ingenua, pueril, ni por el manejo de los personajes, la mayoría carentes de fuerza, sino por la recreación de una Habana percibida por ella a través de sus calles, de sus establecimientos, de sus fiestas, bella y armoniosa en las zonas alejadas del tumultuoso centro, como Guanabacoa. Allí leemos descripciones atinadas acerca del “fresco verdor” que produce un paseo por la Alameda de Isabel II, la suntuosidad del Teatro Tacón y los edificios aledaños, el movimiento de los carruajes, el modo de vestir de las cubanas ricas, la forma de construir las viviendas y así, todo un verdadero fresco de esa ciudad colonial que, al parecer, ella conoció y disfrutó a sus anchas. Sin embargo, los esclavos no asoman en estas páginas de tantos prolijos detalles, ni siquiera para dar una nota folclorista.

Posiblemente su facilidad para las descripciones fue decisiva para que José Agustín Miralla, entusiasta animador de la cultura, en especial del teatro, la invitara a colaborar en Los pintados cubanos por sí mismos (1852), la primera antología costumbrista publicada en nuestro país, ilustrada por el espléndido grabador español Víctor Patricio de Landaluze y por José Robles.  En el prólogo a la obra se hace notar que había sido escogida porque “el talento de esta era tenido en alto aprecio”, criterio también enarbolado por revistas como Ofrenda al Bazar (1864) y la coruñesa Revista Quincenal (1860), que periódicamente publicaba sus trabajos.

El esplendor literario de Felicia llegó en 1854, cuando aceptó escribir para el Diario de la Marina, a cambio de un generoso salario para la época,  folletines novelísticos, aparecidos cada domingo en entregas por capítulos. La sección se extendió, ininterrumpidamente, entre ese año y 1873, cuando se estableció, primero en Milán, y después en París y Madrid. Desde esta última continuó sus colaboraciones para el Diario de la Marina, ahora con una sección titulada “Cartas íntimas”. Murió en la capital española el 20 de marzo de 1897.

Entre los cientos de títulos dados a conocer en sus folletines se pueden citar Los dos castillos, Leyenda alemana, Teresa, Una historia bajo los árboles, Un amor misterioso y Episodios de la Revolución Francesa de 1793. El escritor Francisco Calcagno advertía en estos textos “un estilo fluido y correcto su lenguaje, sus argumentos sencillos y llenos de moralidad”.

Marcada por el concepto de que la literatura debía cumplir un fin “utilitario”, sus folletines están pautados por el afán de presentar y, a la vez, corregir, vicios y defectos, aliviar con buenos consejos “la amargura de la humanidad doliente” y ofrecer lecciones de moralidad y buenas maneras.

Un sonámbulo, seudónimo desconocido, escribía en 1865 en la revista habanera Camafeos:

A Felicia se le juzga con frecuencia por sus folletines, pero en nuestra opinión no debe juzgársele por ellos solamente, toda vez que ha dado a luz obras que requieren condiciones diversas y otro mérito que el que se necesita para escribir un artículo de periódico; a la par que algunos defectillos, nótase en ella viveza, talento y perseverancia, descripciones fáciles, bellas pinceladas y atrevidas imágenes, claridad y erudición.

La sociedad habanera recibió siempre con beneplácito los escritos de la coruñesa Virginia Felicia Auber de Noya, que en Cuba, donde residió por espacio de 40 años, realizó una vasta obra literaria, dejada en libros, y también en la prensa, lo cual no dejaba de ser una novedad, pues en esos años eran pocas las mujeres que se dedicaban a mantener espacios fijos en nuestros periódicos.

A diferencia de la Tula, no fue una artista transgresora de los convencionalismos de su época. Comedida, laboriosa, atenta a las buenas maneras y presta a dar el consejo que entendió adecuado, se volcó a la literatura más por placer que por apremios económicos, aunque siempre fue bien remunerada.

Este personaje pobló las páginas de La Esperanza con sus folletines, tan agradables para la mujer de esa época y si este periódico se asienta hoy en nuestra historia de la prensa, es gracias a la coruñesa Felicia, Virginia Felicia de Auber.

                                                                                                                                                 

Comentarios

La historia de Guanabacoa es muy linda pero se nos está cayendo a pedazos, yo vivo en unos de los edificios más antiguos de la Villa y cada dia se deteriora porque a nadie le importa el estado del edificio ni el de las personas vivimos allí.

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