El oficio de editor…
la entrañable belleza del interior

Alfredo Zaldívar • La Habana, Cuba

Imagen: La Jiribilla

Los primeros libros que tuve en mis manos eran de mi padre, un guajiro con una rara necesidad de instrucción que a mí se me devela como gran misterio. Apenas fue a la escuela, sin embargo, en mi lejano Sojo tres, un chucho de caña en el Holguín profundo, donde vivimos hasta mis seis años, puso en mis manos un manual de ortografía, un atlas de Geografía de Cuba y otro de Geografía Universal, la Aritmética de Baldor y su colección de revistas entre las que destacaba la revista Bohemia, de la que era lector impenitente. Esas fueron las primeras provocaciones a mi intelecto. Pero en Sojo tres la cultura era radial. De mi madre tomé el gusto por las novelas y episodios, aunque el mayor legado que me dejó fue su estoicismo. De ella aprendí la constancia, a no dejar nada a medias, a llegar hasta el final. Para mis padres, para la hermosa familia que engendraron va mi primer agradecimiento.

Llegué a Matanzas en septiembre de 1973. Hace ahora 40 años. En esa ciudad conocí por primera vez a un escritor, supe que son tangibles. Allí entré por vez primera a una biblioteca de verdad, con sus fondos raros y valiosos, su hemeroteca, su pinacoteca, su sala de música y exposiciones. Allí me hice asiduo a la entonces grandiosa librería El Pensamiento, ahora felizmente rescatada. Allí me enamoré por vez primera. Allí integré por primera vez un Taller Literario y tuve conciencia de que quería ser escritor, improvisé mis primeras revisticas estudiantiles y aparecieron mis primeras publicaciones y mi primer libro. La poesía me llevó a la edición. Por ello, no porque prevalezca una sobre la otra, no he tenido prejuicio de poner en mis fichas poeta y editor, en ese orden.      

En la plaza de La Vigía, centro fundacional de Matanzas, escribí en una noche de 1985, con la irreverencia de los veintitantos años, en el primer pergamino que publicara en Ediciones Vigía: Alfredo Zaldívar, editor, cuando no tenía conciencia de lo que era editar libros. Sin embargo, aquel desliz estaba signando el camino que me ha traído hasta aquí.  Entonces va aquí mi agradecimiento para Matanzas. No sé cómo pude nacer tan lejos de esa bahía. Lo he dicho muchas veces: soy un poeta matancero que nació en Sojo Tres; y ahora agrego: soy un poeta y editor matancero que nació en Sojo Tres.

Ediciones Vigía ha sido la aventura más azarosa de mis más de 30 años en la edición. Entonces solo sabía que la literatura necesitaba del impreso para sobrevivir y seguí aquella máxima de Labrador Ruiz: Hay que publicar a toda costa.

Debo agradecer a cuantos hicieron posible aquella quimera desde su misma gestación hasta los que alguna o muchas veces colaboraron de formas muy disímiles. Y por supuesto, a los Vigías de hoy. Me prometí que si este reconocimiento llegaba, enmendaría una omisión y seguiría otra máxima, esa que versa sobre la mala memoria como uno de los peores males de la humanidad: Los que hicimos Vigía desde la más total austeridad nunca supimos hacerla visible más allá del San Juan, por modestia o ineptitud. Fue Gisela Baranda quien la hizo llegar desde los tempranos 90 a las grandes exposiciones, a los medios nacionales, a las ferias internacionales, a los premios de la Crítica y del arte del libro. Para ella hoy mi agradecimiento público.

Hace más de diez años que no estoy en Vigía. Algo que nunca estuvo en mis previsiones. Parafraseando a Luis Marimón: Vigía era eterna. Aún así, eternamente sigo poniendo aliento a la pequeña llama de ese humilde quinqué que una vez encendí. Irremediablemente sigo siendo un vigía, porque Vigía es mucho más que un libro artesanal, que un libro bonito, Vigía es una esencia.

Cuando llegué a finales de 2001 a Ediciones Matanzas, ya desde 1988 era mi editorial, la que había publicado mi primer libro. Comenzar en ella como editor, luego asumir la edición de su revista y finalmente su dirección editorial ha sido una relación muy coherente.

A ella llegué con plena conciencia de la vocación de servicio del editor que hoy soy, de mi condición de facilitador, de intermediario entre alguien que quiere comunicar algo y el lector que debe recibirlo, de que nuestra misión es hacer viable tal proyecto. De que somos mucho más que redactores de mesa o correctores de prueba; somos críticos, promotores, gestores. De desdeñar la mirada provinciana, la vanidad municipal, con la conciencia de que no hay editorial menor, ni libro menor, porque no puede haber lector menor. De que no puede haber edición sin creatividad. Al equipo que fui conformando, a los que ya estaban y nos legaron su sabiduría, debo agradecerle por asumir tales preceptos y muy especialmente a Johann E. Trujillo, por la visualidad de Ediciones Matanzas, por concebir el libro como objeto, —como un objeto bello—, por asimilar el arte del libro como pasión. 

Agradezco a los poetas y editores Ricardo Riverón, entonces en Capiro y René Coyra, entonces en Sed de Belleza, que desde Santa Clara, en 2002, insistieron en nominarme para este premio. Agradezco a todas las instituciones que sostenidamente me propusieron y a La Letra del Escriba que con persistencia lo consiguió. Al jurado que finalmente me concedió el premio, a pesar de que otros también lo merecían.

Gracias a los amigos y colegas que, anunciado este premio, atascaron mi correo y agotaron el tiempo de mi contestador. A los que han venido hoy para hacerme más leve este trance. 

No me desvela la obtención o no de un premio. El oficio de editor es uno de los más invisibles y poco valorados que en el mundo han sido. La mejor prueba de ello es que ningún niño dice: cuando sea grande quiero ser editor —Los niños suelen ser muy sabios—.  Pocas veces una reseña literaria, un presentador y hasta el propio autor, refieren el trabajo editorial. Poco se habla de la labor editorial de escritores como Fayad o Lezama, por solo poner un ejemplo culminantes. Pero pobre del editor que no asuma esa labor como lo que es: anónima, intrínseca y estoica.

No creo representar a nadie. Difícilmente un creador —y el editor lo es— puede representar a otro. Pero la reanimación editorial que constituye el Sistema de Ediciones Territoriales y la notoriedad de algunos de sus sellos, es un hecho. Quiero entonces aceptar este premio en nombre de esos editores y obreros del libro que desde la incomprensión o la desidia, desde la austeridad, desde la pobreza irradiante —esa que Lezama vio en los humildes espejuelos de Varela, en el trajecito raido de Martí— hacen visible en cualquier espacio de esta Isla, la entrañable belleza del interior, quiero decir: de lo interior.

Termino parafraseando a ese poeta esencial que sigue siendo Rabindranath Tagore.

Agradezcamos a la llama su luz pero no olvidemos nunca el pie del candil que, paciente y constante, lo sostiene en la sombra.     

Muchas gracias.

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