Alfredo Zaldívar

Un editor muy singular

Jorge Ángel Pérez • La Habana, Cuba

Ayer en la mañana, mientras trataba de hilvanar estas palabras, busqué en la biografía de Zaldívar algún detalle que provocara mi salutación; lo primero que descubrí fue que había nacido en Sojo tres, en la provincia de Holguín, en el año de 1956, un 26 de marzo. Así que, amante de la cartografía, y con el refuerzo de mi obstinación, con una buena lupa, de esas que encandilan a los amantes de la filatelia, hurgué en algunos de esos mapas de la Isla que guardo con cuidado. Infructuosa fue la búsqueda, por mucho que estuve intentando no conseguí saber nada del sitio donde vio la luz el que ahora vive orgullosísimo en Matanzas. Debió ser un lugar agreste para que nadie se hubiera decidido a registrarlo. Si era difícil que apareciera en los mapas más recientes, aunque se asomaran; El Retrete y Dios Ayuda, Cebolla y Guajaca Tres, cómo se me ocurría pensar que encontraría alguna seña en La Carta de Vives o en el diccionario de Pezuela, pero como soy empecinado pasé un buen rato buscando en la edición digital que guardo del tomazo de Jacobo, hasta que el cansancio me hizo desistir. Fue entonces que pensé llamar a Zaldívar y hacer algunas preguntas, de soslayo, para que no supiera por donde vendría el elogio y mucho menos que sería yo el encargado de hacer apología, de dar las razones que hicieron al jurado, de entre muchos candidatos, otorgar este premio a su trabajo. Aunque desistí de seguir revolviendo mapas, no lo llamé, y tampoco buscaría en la cartografía que tenía a mano, su lugar de nacimiento; sucedió que entonces me asaltaron dos vocablos: extraordinario y orden; pensé que me hacían otra sugerencia, que  quizá debía explicarme a través de La Cábala o La Numerología, ponerme a sumar cifras, pero desistí muy pronto, me tildarían de loco y poco serio, sin embargo la palabra orden, y la otra, es decir: extraordinario, seguían repitiéndose, hasta que los dos vocablos me llevaron a una frase: “Todo lo que pasa por extraordinario es con respecto al orden”. Y por supuesto que creí que era mía, que en algún libro, en un cuento o una novela, la había escrito. Y porque me encanta releerme me puse a buscar algún indicio, lo encontré. Ciertamente era mía, pero de todas formas me siguió pareciendo en extremo racional, parecía más lógica en la prosa de algún filósofo, preferiblemente alemán, quizá en Leibniz; el pobrecillo era tan tristemente racional que creía vivir en el mejor de los mundos posibles. Y tal cosa me dio una clave. Eso sucedía con Zaldívar, seguramente creía vivir en el mejor de los mundos posibles, el de los originales y las planas, el de las galeras y las tintas; aunque algunas palabras ya no sean muy eficaces, aunque sigan siendo bellas, en el mundo de los linotipistas.

Estoy seguro que Zaldívar adora las primeras lecturas y las consultas técnicas, los encuentros con un autor, la edición, la corrección. Zaldívar adora el libro que ha salido, calentico, de las prensas. Y no se podrá dudar que lo olfatea si lo tiene cerca, y de lejos contempla el contraste de colores en la cubierta, la tipografía que concuerda, las líneas de corte, y se enfurece con una errata, con una viuda. Zaldivar no desdeña la labor del editor en su mesa de trabajo, pero él es más, muchísimo más. El que nació en Sojo tres, allá en la provincia oriental de Holguín, en un poblado que no encontré en mapas de la Isla, es un editor nato, un fundador, un gestor, lo que no es común entre los editores cubanos de estos días. Si alguien duda de mi certeza, hago recuento, y les cuento, aunque suene cacofónico, que Zaldívar fundó, siendo muy joven, estudiante aún, con solo 20 años, un par de revistas: Al margen de mis libros de estudios, en 1976, y Deletreando, en 1977, y porque se le metió, irremediablemente el bichito de editor muy dentro, y de manera persistente, para crear luego uno de los proyectos editoriales más ambiciosos y revolucionarios de entre todos los que han existido en el ámbito nacional y en cualquier época: Ediciones Vigía, donde se desempeñó como editor principal y director, y publicó textos inéditos de Alejo Carpentier, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Cintio Vitier, y Roberto Fernández Retamar. Y no haré la lista completica porque sería demasiado larga. También habría que señalar que el autor de cuentos y poemas, el ensayista que esta tarde coronamos, llevó a prensa y divulgó entre nosotros el primer libro que apareciera en Cuba, después de 1942, de Gastón Baquero; e inició a los lectores cubanos en la obra de José Kozer en ediciones nacionales. Y no es que se decidiera cada vez por los que ya estaban consagrados: eso lo prueban los montones de muchachos que no habían encontrado espacio en las grandes casas editoriales, los que hoy están entre los más representativos poetas de la Isla, que vieron en Vigía el mejor espacio para la difusión de sus obras. Muchos autores vieron sus poemas en pliegos iluminados a mano, singularísimas piezas de arte; único cada ejemplar, donde no había espacio para la convención. Vigía se levantó sobre la convicción, la que trazaba círculos cada vez más grandes, que es lo más parecido a tener autoridad. Vigía no fue remedio para autores desahuciados, publicar en Vigía significaba tener las ediciones más exquisitas, entrar al canon cubano, si es que existe.  

Ninguna de las llamadas editoriales nacionales publicó antes que esta casa matancera, dirigida por quien ahora es Premio Nacional de edición, la obra de los poetas rusos Anna Ajmátova, Boris Pasternak y Serguei Esenin, traducidos por Luis Hernández Milián. Édouard Glissant también nos llegó a través del sello muy cercano al río San Juan. No es por gusto que su quehacer como editor se muestra en colecciones del Moma, en el Museo Británico de Londres, y La Biblioteca del Congreso de los EE.UU., entre otros museos e instituciones relevantes. Y nada lo haría abandonar esas pasiones, su amor por las tintas, por los pliegos de papel. Para este hombre editar es una pasión amorosa que lo domina y hace desaparecer cualquier estorbo. Ni siquiera el tiempo que estuvo en España consiguió alejarlo de ese amor. Fueron dos años, y tampoco allí abandonaría la edición. En casas del país ibérico trabajó; en Verbum le propusieron ponerse a cargo de La Historia de la Literatura española, de Juan Chabás, y no lo pensó dos veces. En Bartleby, la editorial madrileña, asesoró la creación de una Biblioteca Básica de Literatura Cubana del siglo XX.

En 2001, y ya de regreso, comienza a trabajar en Ediciones Matanzas, donde publicará inéditos de Abelardo Estorino, Antón Arrufat, Luis Lorente, María del Carmen Barcia, Yanira Marimón, Norge Espinosa, entre muchos otros. Durante estos últimos años dirigió también la Revista Matanzas, donde, con inteligencia y talento, ha esquivado las limitaciones de la impresión riso haciendo mezcolanzas con la serigrafía.

Debe ser por todo esto, y sin lugar a duda me quedo corto, que aunque nos centráramos los cinco miembros del jurado del Premio Nacional de edición, en analizar las obras de todos los nominados, la de Zaldívar resultó ser la más singular. Ni siquiera porque estaba entre los nominados más jóvenes aparecieron resistencias. Los cinco apostamos por lo mismo. Y no será hoy que niegue mi entusiasmo, ni después; cada vez será mejor el palmoteo, como cuando llegué de vuelta a mi casa y me puse a hurgar entre los libros y entresaqué los que tenían el sello de la editorial Vigía y de Matanzas bajo la batuta de Zaldívar. Y aparecieron tomos de Milanés y de Guillén, de Leopardi y Mallarmé, de Damaris Calderon, Antonio José Ponte, Lina de Feria y Laura Ruiz. Y estuve feliz al descubrir que un premio que no fuera para mí me alegrara tanto, que me hiciera aplaudir sin recato. Alfredo Zaldívar es un editor muy singular, cosa rara, ya lo dije, en este país y en estos días, donde abundan los editores pasivos que se sientan a corregir las planas del tomo que les entregó antes su director. Un editor es otra cosa, un editor debe andar a la caza de un autor, de sus inéditos, un editor es sobre todo un promotor, el que escribe una reseña, quien la encarga a su colega, y se emociona cuando descubre un ejemplar, que gestó antes, entre las manos del lector. Un editor es devoción, voluntaria práctica, y debe ser, como este; fraterno, y solidario con una comunidad: la del libro y sus creadores, la de los lectores. Un editor es: Alfredo Zaldivar, y también todo su equipo, Johan Trujillo lo es, y Alpízar, el jefe de Zaldivar, que parecía que en su cuello colgarían galardón cuando se enteró de la noticia, y Yanira, y Lincoln, y Norge Céspedes, y Leimen Pérez, y los muchísimos autores que ahora celebramos. Yo también soy un autor del catálogo de ediciones Matanzas, y en la página de créditos aparece él como editor de esa bellísima reedición de Fumando espero. Esa misma edición que tiene una cubierta hermosa y colorida, tan llamativa que despertó intereses más espurios, la de negociantes e imprenteros. Esta es la segunda vez que lo cuento, la primera fue hace tres días, mientras presentaba Fervor de la Argentina, de Roberto Fernández Retamar, pero ahora seré muy breve; a los dos nos había tocado la desgracia de ver embarradas las cubiertas de nuestros libros con una mugrienta masa de harina y queso, que aparecieron tiradas por las calles del Cerro. Entonces dije, de otra forma, que tal cosa tenía que ver con la sapiencia de los pizzeros, con el placer que les produjo la armonía de colores, la tipografía, y quizá la relación que encontraron esos vendedores con los barcos repletos de italianos llegados al cono sur de nuestra América, donde se escribió la letra de aquel y tango, y también su música. Desde esos lares europeos, en esos barcos, vinieron también algunas recetas para hacer pizzas, pero también tengo la seguridad que el espíritu avezado de los vendedores tiene que ver con las bondades de la cubierta de ese libro, el que editó Zaldívar y diseñó Johan. Para eso también puede servir la impresión de un tomo, y su belleza, para envolver un redondel de harina, tomate y queso.

Después de todo tengo la certeza de que nada importa que Sojo Tres no aparezca en las cartografías, si ya Zaldívar está en los mapas de la edición en Cuba. Muchas gracias, querido, y felicidades. Muchas felicidades, y que la vida te permita trabajar mucho.       

                                                              

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