La racialidad cuestionada*

Aurelio Alonso • La Habana, Cuba

En realidad nos encontramos ante el resultado de una de las investigaciones más serias realizadas sobre el tema de la racialidad en el escenario cubano, al cabo de medio siglo de un escabroso proyecto socialista en el cual las discriminaciones por el color de la piel y por la diferencia de sexo (racismo y machismo) fueron consistentemente repudiadas por el discurso oficial dentro de un modelo basado en la igualdad social.  

El ensayo comienza con una sección introductoria desprovista de formalismos, pues se dedica a constatar que, aunque reconozcamos la complejidad de los mecanismos de formación y reproducción social de los prejuicios raciales, así como la existencia de factores que estimulan su persistencia y mutación, tenemos que admitir que “la Revolución aún no ha erradicado el problema racial”, lo cual genera en muchos de los cubanos una sorda frustración (20). Quiero subrayar con ello que la autora va al grano desde las primeras líneas, enunciando sin rodeos lo que sus resultados de investigación dejan comprobado, de manera suficiente y constructiva a la vez.

En consecuencia, lo que sigue a este enunciado es un minucioso esfuerzo de demostración que no escatima reconocimientos a la voluntad política, las acciones puntuales, los logros alcanzados y la diferencia abierta de cara al pasado, pero que identifica con claridad las insuficiencias, los vacíos e incluso los retrocesos a los que han forzado el peso de los lastres y los giros de las coyunturas. Al tiempo que nos ofrece referencias que alertan la posibilidad de complicación aún de la recurrencia del efecto discriminatorio que hoy observamos si no se le encuentra una forma eficaz de erradicación.

Personalmente considero que la discriminación constituye uno de los problemas, o anomalías sociales más difíciles de superar. Diría yo que solo superable, en cualquiera de sus manifestaciones, a partir de un patrón capaz de remontar la mirada sujeta a la estructura de clases antagónicas. En esto consiste, a mi juicio, la mirada específicamente socialista. Y no se refiere exclusivamente al  color de la piel o al origen étnico, a pesar de que la discriminación racial tal vez constituya la expresión más grotesca de “percepción sobre la inferioridad del ‘otro’”. (37)

La discriminación, en el sentido más general se define como expresión de etnocentrismo (dislike the unlike o desagrado hacia lo diferente), para decirlo en los términos aparentemente desideologizados de la sociología positiva. Sin embargo, no conozco hoy búsqueda seria que no parta del reconocimiento de que en la práctica la mayoría de los efectos discriminatorios relevantes se fundamentan en  patrones de dominación y opresión vistos como manifestación de poder y privilegios (dominio político, económico y social).

Para no quedar en el enunciado, comencemos por observar que el rico discrimina al pobre en todos los regímenes de explotación hasta nuestros días,  por su escasa preparación cultural, su atractivo físico supuestamente inferior, sus manos callosas, su dentadura mal cuidada, su atuendo ajado, su mala vivienda, sus costumbres toscas. El pobre carece de todo lo que la riqueza proporciona.

La discriminación racial se revela vinculada a una historia de poder y de riqueza, y en nuestra América ha sido Aníbal Quijano uno de los pensadores que con mayor acierto ha puesto de relieve la relación entre “racialidad y colonialidad”, que Zuleica maneja al referirse a la permanencia de la subordinación mental “aunque las relaciones sociales parezcan afirmar lo contrario” (217).

La discriminación por el sexo (en esencia del hombre hacia la mujer) también atraviesa la historia de las clases sociales, y se cruza con la discriminación racial, en tanto la mujer no blanca queda sujeta a la superposición de dos efectos discriminatorios.  La discriminación religiosa, principalmente de  religiones hegemónicas hacia otras minoritarias, pero también la discriminación religiosa desde la esfera política. Esta ha sido el caso de la realidad social cubana hasta hace apenas dos décadas y también se cruza, de cierta manera con el tema de la racialidad, aunque esto tendría que ser materia de otro trabajo.

Y ni siquiera podría ponderar cuantas formas de discriminación significativas podrían ser enunciadas. Más reciente que nuestra reacción a la discriminación religiosa ha sido el enfrentamiento a la homofobia. Y me pregunto si no habría que codificar algunas expresiones de discriminación al pensamiento allí donde el discurso político se presume portador por antonomasia de la verdad.  Aludo a las primeras porque en la historia cubana se cruzan con sistematicidad, y Zuleica no las pasa por alto, aunque tampoco pretende agotar estas relaciones.

Los tres capítulos que siguen nos ponen en la perspectiva formativa de la racialidad en la sociedad cubana. “Mito, sociedad y racialidad en Cuba” se identifica con la tesis de Adolfo Colombres: “… el tiempo del mito no es un tiempo pasado sino un tiempo metahistórico, que comprende también el presente y el futuro” (54). El ensayo lo aborda precisamente así, buscando en el pasado, explicando el presente, previendo futuros.

Un rápido recorrido por nuestra historia nos muestra como “los ideólogos… [que] clamaban por la abolición de la trata [esclavista]… postergaban la erradicación del sistema productivo que la hacía indispensable” , por lo cual en la polémica de la época se impuso diferenciar entre trata y esclavitud, “caras de la misma moneda que el temor al descalabro económico, por un lado y a las rebeliones de esclavos, por el otro convirtió en problemas diferentes” (40). Desplazar la mirada hacia el pasado obliga a colocarnos allí, para no imponerle nuestros esquemas de presente, aunque sin ellos sea imponsible comprender aquellos tiempos.  

En la lucha contra el poder colonial, que conectó en la aventura revolucionaria cubana, como en pocas de las gestas de nuestra América, independencia y abolición,  nos recuerda Zuleica, a pesar de ello, las actitudes ambivalentes de prominentes figuras blancas (como Salvador Cisneros Betancourt, Serafín Sánchez, Bartolomé Masó, Calixto García) hacia el liderazgo de Antonio Maceo debidas al prejuicio racial. Y con posterioridad los prejuicios raciales de Manuel Sanguily y de otros.

Por eso también sobresale la excepcionalidad martiana al abordar el tema del negro como sujeto y no como objeto y aportar el pronunciamiento definitivo de superación: su rechazo a nada que se sostuviera en el concepto de raza. “El hombre no tiene ningún derecho especial porque pertenezca a una raza u otra: dígase hombre y ya se dicen todos los derechos”[1].

Al diseccionar los mitos, Zuleica señala: “Uno de los más extendidos mitos de Iberoamérica es el del mestizaje” como camino de superación de la discriminación; “la quimera reformista de ‘la gran familia nacional’… que alguien denominó ‘ficciones fundacionales’”. José Martí no fue, definitivamente,  ideólogo del mestizaje ni de la conciliación étnica sino de la unidad humana. Y con su pensamiento y en la lucha misma, “La igualdad racial se robusteció en los campos de batalla y emergió de ellos como derecho conquistado”. En este punto, como en tantos, llegó más lejos que sus contemporáneos.

Sin embargo, “también en el ámbito de las relaciones raciales la colonia siguió viviendo en la República” (198). Se restableció la discriminación al amparo del “mito de la igualdad racial” consagrada formalmente en la Constitución; “el mito absolutizador de la educación y la cultura como vías de ascensión social de negros y mestizos”. El Derecho y la Constitución contribuyeron a ello. Mientras en la dura realidad la primera década republicana, que culminaría con la represión y la matanza  de los independientes de color, dejó bien establecido su patrón discriminatorio.

La Revolución del 59, de inspiración martiana confesa y probada, canceló privilegios y al desmontar las estructuras de desigualdad impuestas por el capital abrió accesos prohibidos, facilitó una recromatización urbana eliminando barrios exclusivos, unió en la escuela a todos los cubanos sin distingo de clase, raza, sexo o religión, y proscribió discriminaciones. Pero todos estos pasos, que tuvieron un significado decisivo,  fueron, por otra parte, asumidos superficialmente como signos  de algo que había quedado resuelto, y no se estructuró un programa a largo plazo para dar continuidad a los análisis y las acciones sobre el problema racial que se habían emprendido. En consecuencia “se rearticuló el mito de la igualdad racial… asentado ahora en una vida colmada de ejemplos de equidad social y confraternidad de razas”  (77). Es, entonces, a la vuelta de medio siglo que “hombres y mujeres de todos los matices… nos vemos convocados a seguir la lucha hasta que el color de lo cubano nos haga indistinguibles, y entonces la realidad desplazará del todo al mito”.

En un capítulo posterior nos recuerda Zuleica como todavía hoy  “la escuela cubana no aborda la racialidad desde una perspectiva histórica, omite su relación causal con relevantes procesos y acontecimientos de nuestro devenir, a la vez que constriñe su análisis a inarticulados sucesos de muy lejana data” (112) Y sin embargo  es necesario reconocer a la vez, como lo hace la autora, que “ningún país ha llegado tan lejos como Cuba en la materialización de los ideales de justicia social. Ninguno ha aportado el sudor y la sangre de cientos de miles de sus hijos para contribuir a la emancipación de África…” Pero en la permanente lucha contra el lastre mental de tiempos idos aun nos queda mucho por andar para dar respuesta al dilema de la discriminación que Fernando Ortiz diagnosticó con acierto (118).

La realidad de cambio que afronta hoy nuestro pueblo no simplifica la ecuación sino que la complica; no hay que ceder a la tentación del triunfalismo. Zuleica hace explícita esta complicación en el capitulo final del ensayo, titulado “Algo más sobre raza y desigualdad en la Cuba de hoy”. Revela la conexión del efecto discriminatorio y el problema de su superación con la restratificación de la sociedad cubana en los últimos 20 años. Se  apoya para ello en los últimos aportes del PNUD sobre la medición del índice de desarrollo humano (IDH) y aborda los estudios más rigurosos realizados sobre la situación nacional, con referencias puntuales de María del Carmen Zavala, de Mayra Espina y de otros especialistas. Estos nos muestran que, “beneficiados en mucha menor medida por remesas familiares, subrepresentados tanto en el sector emergente de la economía como en los espacios de poder del sector no emergente, y con más duras condiciones de vida —inferior ingreso per cápita, viviendas menos confortables, menguada capacidad de inversión en bienes suntuarios y en equipos e insumos de tecnología digital—, muchos negros y mestizos cubanos han visto aumentar en estos años la brecha que los separa, en cuanto a calidad de vida se refiere, del grupo poblacional blanco observado en su conjunto” (249). “En los primeros años de la depresión económica conocida como período especial algunas indagaciones identificaron el ámbito laboral como uno de los espacios donde se percibe discriminación por motivos de color” (256). Por otra parte, “los negros y mestizos que están nutriendo el sector no estatal de la economía cubana se posicionan, de manera general, en la base de la pirámide ocupacional”.

Por supuesto, la corrección de la injusticia histórica no puede lograrse con la inversión de la pirámide… “El proyecto de radical transformación que significa el socialismo no puede articularse en medio de la rutina social y el desmovilizador conformismo de los más… Por ello resulta imprescindible diseñar y ejecutar políticas encaminadas a renovar, intencional y focalizadamente,  el entorno material y el universo de los grupos y estratos sociales más atrasados.” (252)

Tan amplio y diverso resulta el inventario temático que ha abarcado la autora, con una acertada perspectiva interdisciplinaria que incluye la historia la antropología, la sociología, la economía y, digamos que, en una u otra medida, el cuerpo del conocimiento social, que resultaría imposible recorrer aquí todos los aspectos sustantivos manejados en la obra. Se bien que paso por alto más de lo que he manejado en esta presentación, pero espero que lo tratado sea suficiente para dejar una imagen balanceada y justa; lo demás quedará al lector el desafío de descubrirlo. Pienso que debe ser, al fin, el reto de una lectura provechosa.  

Quiero resaltar igualmente el dominio de alrededor de doscientas fuentes bibliográficas, todas relevantes, las cuales maneja con rigor en su discurso analítico. Y no podría dejar de citar otras virtudes del ensayo como su coherencia desde el capitulo inicial hasta sus propuestas finales, la claridad del lenguaje, no solo para el especialista sino para el lector interesado, el profesional o el estudiante.

La tesis central se sostiene sobre una carga probatoria difícil de cuestionar, y quizá donde la vemos expuesta con más precisión es en las proximidades del final, cuando subraya: “Aunque la Revolución Cubana demolió el racismo estructural de la vieja sociedad y el color de la piel perdió el papel ordenador de antaño, aún no terminamos de barrer todos los escombros; la raza —ese tipo de codificación mental de lo que somos y de lo que son los otros— continua influyendo en las premisas, formas y consecuencias de ciertas relaciones sociales así como en las posibilidades de realización efectiva de sujetos individuales y colectivos […] Las tensiones inter-raciales, en nuestro país están asociadas, precisamente, a las dispares posibilidades de acceso y participación de la riqueza, el poder y la cultura” (255-267).

Se me hace evidente que estamos ante un estudio indispensable, polémico sus aserciones y científico en su argumentación, que debe hacerse sentir en los años venideros en el tratamiento teórico de la cuestión de la racialidad, y en la búsqueda de solución a la carga discriminatoria que aun arrastramos. Recuerdo siempre cuando el Che Guevara decía al periodista francés Jean Daniel que no bastaba asegurar el desarrollo económico para el socialismo, sino que lo esencial era eliminar la alienación. La discriminación racial, como otras discriminaciones, no puede tener espacio en la sociedad de justicia a la cual aspiramos.

La Habana, 18 de febrero de 2013



Notas:

* Nota sobre el ensayo Elogio de la altea o las paradojas de la racialidad de Zuleica Romay Guerra, Premio Extraordinario de Estudios sobre la Presencia Negra en la América Latina y el Caribe.
1. José Martí, «Mi raza», en Patria, 1983.

 

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