Las mil caras de Lino

Estrella Díaz • La Habana, Cuba

Muchos hablarán o escribirán de y sobre Esther en alguna parte. De sus aciertos como película, de sus valores al adaptar una novela a un guion cinematográfico, del elenco de lujo que convocó, de la seguradirección de Gerardo Chijona, de la sublime música y, quizá, hasta de errores o fisuras. Yo, simple espectadora, quiero referirme al actor que fue y es Reinaldo Miravalles.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Víctor Junco

 

Como la mayoría de los cubanos de mi generación —que ya sobrepasa la media rueda— crecí intentando entender en todo su esplendor el “cine ruso” (así le decíamos aunque viniera de Hungría, Checoslovaquia, Polonia o la RDA), pero sobre todo interesados en ver cine cubano: ahí es cuando Miravalles entra en nuestras vidas y se convierte en parte de la familia —aunque jamás hayamos cruzado una palabra con él.

Lo recuerdo en Las doce sillas (1962) bajo la dirección de Tomás Gutiérrez Alea (Titón, con quien, por cierto, trabajó en muchos proyectos), encarnando a un pícaro chofer de un ex aristócrata que perdió sus diamantes ocultos en el forro de las sillas confiscadas por el gobierno revolucionario. Me vienen a la mente sus muchas caras: socarronas, burlescas...

En el año 1973 y de la mano de Manuel Pérez, llegó El hombre de Maisinicú y ahí Miravalles asumió el personaje de “Cheíto” León, jefe de una banda contrarrevolucionaria alzada en las montañas del Escambray; en ese largometraje su frase: “pínchalo, coño, pínchalo” ha pasado a la historia como parte de las diez más recordadas del cine cubano. Con El hombre de Maisinicú demostró Miravalles que podíamos odiarlo, su cara, simplemente, daba miedo. Igual sucedió con Rancheador, de Sergio Giral (1976), en la que se pone la piel de Francisco Estévez, un sanguinario cazador de esclavos. Otra vez su rostro asusta.

En Los sobrevivientes (1976), también de Titón, interpreta a uno de los integrantes de una adinerada familia que se atrinchera en un viejo palacete y se niega a entender y asumir los cambios generados después del 59. Los ojos de Miravalles en este filme podían sustituir cualquier diálogo.

Imagen: La Jiribilla

Los pájaros tirándole a la escopeta, de Rolando Díaz, estrenada en 1984, nos entrega a un Miravalles vital, enamorado al filo de la tercera edad, su semblante es toda ductilidad. Al año siguiente trabaja en De tal Pedro tal astilla (1985), de Luis Felipe Bernaza, que le valió un  premio Caracol —reconocimiento que otorga la Unión de Escritores y Artistas de Cuba— a la mejor actuación masculina; su personaje de Pedro Cero por Ciento, nos convenció que nació para ordeñar y partear vacas.

Más de una treintena de películas —entre cubanas y coproducciones— se han prestigiado con la presencia de Miravalles y no por casualidad está considerado el actor más completo del cine cubano, calificativo merecidamente justificado. Con tal aval Miravalles puede, felizmente, sentarse a darse sillón y vivir de los recuerdos. Pero no lo hace.

Regresa al ruedo en La Habana —reside desde 1994 en Miami— y lo hace con la belleza, el encanto, el atractivo y la dignidad de sus noventa años; retorna con su rostro inconfundible y entrañable que llenó durante casi cinco décadas al cine cubano.

Imagen: La Jiribilla
Foto: Víctor Junco

 

La película, de hora y media aproximadamente, es una clase magistral de actuación. Actrices y actores jóvenes deberían estudiar el rostro de Miravalless, detenerse en cada expresión, en cada arruga, analizar la intensidad de su mirada, la levedad de un parpadeo, la media sonrisa... El Lino del comienzo de la cinta nada tiene que ver con el Lino del final: las mil caras de Lino son, definitivamente, las mil caras de nuestro Reinaldo Miravalles. Sin duda, fue y es un ACTOR, así con mayúsculas, frente la cámara.

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