Delantal todo sucio de huevo,
de Marcos Barbosa, por Teatro D’Dos

La dulce vida

Zoila Sablón • La Habana, Cuba

Teatro D’Dos es uno de los grupos más laboriosos de la escena cubana. Como muchos colectivos del país, va renovándose y transformando su núcleo según las circunstancias. Ningún accidente ha imposibilitado que se mantenga en el reportorio escénico más visible del país. Desde sus inicios —aunque ha transitado por etapas de evidentes y radicales cambios— ha apostado por el pequeño formato, el minimalismo en sus propuestas y por las operaciones dramatúrgicas que reinventan y resignifican los textos originales. Podría decirse que han sido pocos los autores que han reconocido las líneas exactas de sus textos en lo que Teatro D’ Dos nos devuelve en sus montajes. La primera operación exitosa de este tipo fue con Estorino y La casa vieja a mediados de los 90. Fue este espectáculo, aunque antes Federico había dado señales de interés, el que colocó a D`Dos, radicado entonces en Caimito del Guayabal, en el horizonte escénico de la Isla.

Nunca le he perdido la pista y confieso que durante un largo pasaje de mi vida fue también “mi grupo”. No olvido mi incursión como técnica de luces con La casa vieja y La noche de los asesinos en los años plácidos en La Salita del Museo de Arte Colonial, uno de los momentos más fecundos del colectivo.

Luego de periplos que acentuaron giros no solamente formales sino hacia la estructura interna del grupo y que obligaron a D’Dos a transitar por distintas sedes hasta anclarse con más perdurabilidad en el Centro Cultural Bertolt Brecht y hacer de una habitación del recinto un verdadero espacio de representación y núcleo propositivo, desde hace algún tiempo, Julio César Ramírez Ojito, líder de la agrupación, está al frente del Complejo Cultural Raquel Revuelta que contiene, igualmente, la sede de la Casa Editorial Tablas-Alarcos.  

A pesar del escenario de la sala, diríamos que suficiente para las funciones habituales de un grupo, Julio César pone la mirada en la reducida sala Osvaldo Dragún, siguiendo la pauta espacial que ha marcado la mayoría de sus montajes en La Salita y la Sala Estudio.

Con una carga visible en la dramaturgia nacional, donde Abelardo Estorino ha sido principal fuente de su repertorio, D’Dos llega ahora con Delantal todo sucio de huevo, del brasileño Marcos Barbosa, adelantada durante la Semana de Lecturas Teatrales del pasado año.

No es inédita la incursión del grupo en el teatro latinoamericano contemporáneo. Basta recordar el éxito de La edad de la ciruela, de Arístides Vargas, por ejemplo. Sin embargo, llama la atención que el texto de Barbosa tenga su “acento” espectacular en el espacio de enunciación: desde dónde y cómo se “presenta” la historia. Aquí, Julio César apela a su habilidad de “montador” y convierte un texto de tono naturalista, muy apegado a una narrativa de lo cotidiano, manida por demás en la escena nacional, en un montaje que despierta el interés y la curiosidad para todo tipo de público. Su estrategia es sorprender, no ya desde la historia misma que gracias algunos parlamentos incisivos entre Alcira (Daisy Sánchez) y su comadre Noelia (Linette Cremata) anticipan el conflicto de la obra, sino desde el continente que porta su sentido mayor. De manera que el espacio y el actor sustentan el Dos denominativo del grupo.

La operación recurrente, entonces, a la que Julio César somete los textos, se evidencia aquí en la radicalización del espacio escénico y, a su vez, en la relación proxémica con los espectadores. Cada uno, según su experiencia, se conectará con el espectáculo no en su condición de público, sino como testigo de ese dilema familiar, como visitante que husmea y participa de ese relato íntimo. En mi caso, retorné a la casita de Caimito que compartían Julio César y Daisy muchos años atrás, donde también te servían un exquisito arroz con leche, sin huevo.

Esa promiscuidad del espacio —parte aquí de la convención teatral, pero escenografía real de millones— también denota otras implicaciones: una supuesta vulnerabilidad ante la vida misma, ante la mirada de los otros, ante el acecho del que juzga y delata. Pleno de detalles que se advierten desde el propio delantal de Alcira, las botas de Noelia, la disposición de los utensilios de cocina o el desplazamiento seguro y preciso por los recovecos de la cotidianidad de una madre y ama de casa.

La historia, casi sacada de una telenovela brasileña, raya en el melodrama y juega con elementos susceptibles a un público amplio y heterogéneo, seguidor de ese tipo de materiales televisivos. De hecho, los espectadores que me acompañaban, eran, en su mayoría, madres sesentonas, matrimonios de la tercera edad, jubilados quienes al terminar la función agradecían la “lección de vida” que habían recibido y comentaban a viva voz —lo ha señalado también Esther Suárez Durán en su crítica— los sucesos que iban aconteciendo durante el espectáculo. Pero, a pesar de que siempre me incomodan este tipo de reflexiones tanto en el cine como en el teatro, esta vez era parte también de esa convención, de lo contrario nos hubiéramos ubicado de otro modo, digamos en una luneta como habitualmente hace el público y no en un sillón cortando el paso de los personajes. La pequeña casa deviene, entonces, plaza pública donde se negocian sentimientos, reconciliaciones y ajustes de cuenta que pasan por una narrativa nacional atravesada por sucesivas dejaciones y abandonos.

Por lo tanto cuando Moacir (Enmanuel Correa), el hijo de Alcira que huyó del hogar casi veinte años atrás sin comunicarse con sus padres —único reclamo que le hace Antero, el padre (Ramírez Ojito), a Moacir— regresa travestido y convertido en Indien, el público se estremece.

Indien es el sueño de Moacir convertido en realidad: una diva que canta, casualmente la misma canción preferida de la madre, y que se ha hecho a fuerza de mucho sacrificio. Llama la atención que Alcira nunca lo dio por perdido ni muerto. De hecho, el Día de las Madres, escogido por azar quizá para volver, Alcira se despierta haciendo el plato preferido de su hijo: arroz con leche pero con huevo, receta que no solo le da un sabor peculiar al sabroso postre tradicional, sino que, simbólicamente, también apunta una diferencia en la identidad y la proyección del propio Moacir. Ha esperado a su hijo durante casi dos décadas y cuando llega y lo reconoce, luego de admitir un evidente cambio en su apariencia, Alcira no se derrumba, no permite que la toque, no hay en ella un atisbo de ternura y de amor de madre, hasta transcurrido mucho tiempo. Pero Moacir ha regresado para quedarse como Indien. Contrariamente a lo que se espera de Alcira —una madre que ha sufrido por años la ausencia de su hijo— el sentido común y su fe ciega en el sacrificio por el otro convencen a Moacir de no permanecer en casa, en un lugar donde sufriría la incomprensión de los otros, y, por ende, ellos también serían arrastrados en ese calvario.

En ese juego de aparente aceptación mutua, Moacir reconoce la pertinencia de no permanecer, el reclamo de su padre quien insiste en que al menos envíe una carta, y la pérdida de su espacio en un lugar que ya no es el suyo, al menos, no le pertenece a Indien. Por donde mismo vino, se marcha. El conflicto queda resuelto en la resignación y el abandono, pero también en la aceptación y el reconocimiento del otro, al menos, en el ámbito privado, nunca a través de la ventana que Alcira mantiene abierta y por donde se cuela “la realidad”.

El staff actoral de D’Dos ofrece nuevamente garantías de buen desempeño. Se contraen, tal y como sucede con el angosto apartamento, y van acumulando energías que luego afloran pero sin estridencias. Daisy en el papel de Alcira nos devuelve la estirpe de la mater, la que sabe esperar calladamente y no recibe nada a cambio. Su resignación es solo aparente: nunca se pliega a la idea de haber perdido a Moacir, aunque acepta ir a la iglesia con Noelia no tolera la propaganda que esta intenta dejarle en la casa, y, por último, le reclama con fuerza a Antero por sus vicios. Pero en el fondo de esta sobreviviente cotidiana, se esconde, tal como lo había hecho Moacir, un alma artística, una mujer que canta y lo disfruta. Enmanuel Correa, en su “doble papel” de Moacir e Indien, transita de una corporalidad a otra con fluidez, no se deja tentar por el manierismo intrínseco a este tipo de rol, se mantiene alerta y firme, aun en su justa demanda de cariño ante su madre. Y Linette en Noelia es veracidad pura, precisión y seguridad, graciosa y de carácter en ese papel casi de contrafigura. Completa la nómina Julio César como Antero. Con escasa aparición, Julio encarna la invalidez, no solo en su fisicalidad, sino también en la imposibilidad de hacer algo más con su vida, trae a la escena la ternura que falta en Alcira y que solo pide un poco de comunicación con voz tenue, apenas perceptible.

En la escena final, cuando Moacir cruza el umbral de la puerta hacia la “realidad”, quedan sentados a la mesa, atornillados en sus sillas, en un acto mecánico y silencioso, Antero, Alcira y Noelia, degustando el arroz con leche, de espaldas al mundo y consumiéndose en una nueva espera.

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