La victoria del presidente Correa

Armando Hart • La Habana, Cuba
Viernes, 1 de Marzo y 2013 (11:23 am)

La victoria electoral del presidente Rafael Correa y su partido Alianza País en los comicios celebrados en el hermano Ecuador han confirmado lo que el propio Correa ha venido subrayando. Estamos, en América Latina y el Caribe, ante un cambio radical signado por la voluntad de las masas populares de avanzar por el camino de la independencia y la integración, con justicia social y un desarrollo que propicie el bienestar de todos los ciudadanos.

Nos enorgullece esa victoria de Correa y del pueblo ecuatoriano y la sentimos como propia. Sus palabras más recientes acerca del socialismo en nuestros países nos traen a la mente algunas reflexiones que quiero compartir con los lectores.

Se impone como una necesidad insoslayable para el accionar político contar con una guía certera para interpretar los complejos fenómenos de los albores del siglo XXI. La filosofía, como dijo Gramsci, parte de las verdades del sentido común y debe ser expuesta en un lenguaje asequible al hombre sencillo. No es, como ha ocurrido históricamente, empleando una terminología para iniciados o enredando en palabras y términos complicados las mejores formas de pensar, como podremos llegar a las esencias del materialismo histórico y convertirlas en medios para la transformación.

Fue Engels quien señaló que el marxismo es un método de investigación y de estudio, y Lenin afirmó que el marxismo es una guía para la acción. Con este método y esta guía podemos abordar los problemas concretos de nuestro tiempo, pero como ellos mismos señalaron —y el presidente Correa lo subrayó— no existe una fórmula de aplicación general para todas las situaciones y países. Nos corresponde a nosotros hallarla, a partir del desarrollo concreto de nuestras sociedades y de la tradición intelectual y política de nuestra región, para encontrar de manera creadora las vías y formas más adecuadas que abran cauce a ese socialismo verdadero del siglo XXI al que aspiran nuestros pueblos.

Cualquier análisis que realicemos debe partir de nuestra historia y de los vínculos que a lo largo de los siglos se han forjado entre los países latinoamericanos y caribeños y que hacen de nuestra región la de mayor vocación hacia la integración, poseedora de un patrimonio espiritual de una riqueza impresionante.

En Nuestra América, como nos identificó Martí, o en nuestro pequeño género humano, como nos caracterizó Bolívar, se asumieron las ideas de la Ilustración y se orientaron desde sus comienzos hacia la transformación del mundo en favor de la justicia. Fue en Nuestra América donde las ideas de Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Revolución Francesa adquirieron un alcance verdaderamente universal. Y es que si el siglo XVIII fue el Siglo de las Luces, en este lado del mundo el siglo XIX fue el de los fuegos, es decir, de los fuegos de Bolívar y las luces de aquellos fuegos son las que necesita la actual centuria para enfrentar el drama de la humanidad.

A partir de estos antecedentes se impone hoy como una necesidad tomar lo mejor de todos nuestros próceres y pensadores, integrándolo sin ismos excluyentes.

Comencemos con la caracterización que hizo Simón Bolívar de nuestros pueblos:  «El suceso coronará nuestros esfuerzos; porque el destino de la América se ha fijado irrevocablemente; el lazo que la unía a España está cortado (…) El velo se ha rasgado; ya hemos visto la luz y se nos quiere volver a las tinieblas; se han roto las cadenas; ya hemos sido libres, y nuestros enemigos pretenden de nuevo esclavizarnos».

Y más adelante precisaba: «Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte, cercado por dilatados mares; nuevos en casi todas las artes y ciencias, aunque en cierto modo viejos en los usos de la sociedad civil».1

En su visionario ensayo Nuestra América, publicado el 30 de enero de 1891, José Martí sentenció:

«Con un decreto de Hamilton no se le para la pechada al potro del llanero. Con una frase de Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india. A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que sabe como se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y como se puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país».2

Por su parte, Julio Antonio Mella, en artículo publicado a la muerte de Lenin afirmó: «No pretendemos implantar en nuestro medio copias serviles de revoluciones hechas en otros climas, en algunos puntos no comprendemos ciertas transformaciones, en otros nuestro pensamiento es más avanzado, pero seríamos ciegos si negásemos el paso de avance dado por el hombre en el camino de la liberación».3

Y el peruano José Carlos Mariátegui, desde su visión indoamericana, postuló: «(…) el socialismo en América no puede ser calco y copia, sino creación heroica».4

Por esas razones, bienvenidas las palabras del presidente Correa, que parten de una tradición espiritual y política común y que tiene como fundamento la rica diversidad de los pueblos que integran los países del Río Bravo a la Tierra del Fuego.

Solo unidos podremos hacer frente a los colosales desafíos que tienen ante sí los pueblos de Nuestra América y hacer una contribución eficaz para evitar el colapso de las civilizaciones en el presente siglo.

No se trata de un mero ejercicio teórico, sino de abrir cauce a la más amplia movilización popular, desde las condiciones específicas de nuestras sociedades, para enfrentar los retos que significan la salvación de la especie humana y promover la lucha contra la pobreza, la marginalidad, la exclusión social, la violencia y la depredación de los recursos naturales y lograr un mundo mejor, caracterizado por la paz, el desarrollo sustentable, la justicia social, la solidaridad y el respeto a la dignidad plena del hombre.

Y concluimos con Martí cuando ordena: «Injértese en nuestras repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas».

1. Simón Bolívar, Carta de Jamaica, Kingston, 6 de septiembre de 1815
2. José Martí. Obras Completas. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1991, t. 6, p. 17
3. Julio Antonio Mella. «Lenine coronado». En Mella. Documentos y artículos, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, pp. 87-88
4. José Carlos Mariátegui. Ideología y Política, en Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana.
 
Publicado en Juventud Rebelde

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