Entrevista con Enrique Molina

El hombre de los personajes vivos

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba

Se busca a sí mismo como lo hacían los hombres del inmisericorde continente antes de su “descubrimiento”. No hablo del poeta argentino (1910-1997), ni del filósofo chileno (1871-1964), ni del atleta español (1968) con el mismo nombre. El hombre ama a su esposa, y a su suegro, y a sus perras: nombre común, vida normal. Para cuando llegó el momento de confesar la actuación como motivo de todo, ya Enrique Molina (cubano, 1943) había trascendido la cotidianidad de un entrenamiento físico y sicológico como artista.

Su historia en el cine cubano es lo que se dice profusa: Una novia para David, de Orlando Rojas; Hello Hemingway, de Fernando Pérez; Video de familia, de Humberto Padrón; Barrio Cuba, de Humberto Solás; Páginas del diario de Mauricio, de Manuel Pérez; El Benny, de Jorge Luis Sánchez. Y no son todas.

“El personaje tiene que tener vida. No me importa que sea el protagónico o no, si es positivo o negativo. Nunca me pongo a analizar esas cuestiones. Cuando lo leo, aunque tenga una sola escena, si es un personaje que tiene algo que hacer o que decir, lo hago con el placer con el que siempre enfrento mi trabajo”, dijo de un tirón el hombre de los mil y un personajes.

Pero con Gerardo Chijona, para ir al grano, hizo Un paraíso bajo las estrellas (1999), y luego un pequeño rol en Boleto al paraíso (2011): “Cuando terminamos de grabar esa escena en el pueblito donde estábamos filmando —agrega—, el director me informó de un nuevo proyecto en el que quería que participara como uno de los dos protagónicos. Tiempo después me dijo que ya tenía la respuesta del otro actor con el que trabajaría. Iba a compartir la película con Reinaldo Miravalles.

“¡Imagínate tú! Es un actor que se fue de Cuba hace muchos años y no trabajó más aquí, una persona a quien le agradezco mucho mi formación cuando vine de Santiago de Cuba a trabajar en la televisión, por todo lo que me aportó y por cuánto me guió. Y ahora somos unos viejos”.

Ambos “viejos” ya habían coincidido en la pantalla: la conocida (al menos por todos los que en 1979 tenían una cierta edad) En silencio ha tenido que ser y luego otra serie filmada en Camagüey llamada Los Hermanos.

En esta ocasión, Molina tuvo la oportunidad de compartir los protagónicos con Miravalles, actor cubano que hacía 18 años no trabajaba en el cine y que tiene ya 90 años, y no dejó de estar preocupado en ningún momento. “No quería que nuestros personajes se vieran perjudicados —confiesa—, sobre todo porque me tocó caracterizar a un hombre raro, complejo, extraño. Es algo que hago por primera vez y que no tiene antecedente alguno en el resto de mi trabajo. Todos los gestos, las maneras, el comportamiento de Larry fueron trabajados específicamente para él”.

Imagen: La Jiribilla

Esta vez no es Silvestre Cañizo (telenovela Tierra Brava), ni Lenin (obra teatral  El carrillón del Kremlim), ni aspira a nombrarse José Martí. Por esta ocasión se llama Arístides Antúnez, alias Apdul Simbell, alias Pièrre Merymé, alias Dr. San Pedro, pero todos los que lo conocen le dicen Larry Pó. No me engaño. Como él hay muchos en La Habana Vieja que no necesitan esforzarse en parecer personajes. Este Larry de Molina es, como mínimo, una recopilación de esos seres “poco comunes” que habitan la Isla; un homenaje a su humanidad.

“Larry utiliza el recurso de disfrazarse desde su juventud para vivir la vida a su manera. Él optó por esa manera de vivir, y Lino encontró la opuesta, de eso se trata. Lo más difícil era lograr que no se convirtiera en un payaso, porque no lo es. Tuve esa preocupación constantemente. El director también estuvo encima de eso siempre, la maquillista fue otra que me ayudó mucho, miraba cada escena filmada y acordábamos cómo debía verse cada personalidad, igual con el director de fotografía, etc. Le fui preguntando a todos para no dejar que Larry se nos fuera de las manos, porque detrás de su extravagancia y los trapos que se pone hay un ser humano como cualquier otro.

“Nunca buscó a Esther, que fue un primer amor como el que todos deben haber tenido. Encontró un modo de vida muy fácil (una mujer tras otra), la idealizó y olvidó buscarla realmente. Solo cuando Larry muere, Lino, que paradójicamente fue un linotipista, siente la necesidad de empezar una nueva vida”. Y comienza por Esther, que ahora también es un título.

Esther en alguna parte nació de la novela homónima de Eliseo Alberto Diego. Cuenta Molina que Chijona se enamoró de la idea de llevarla al cine. Y el escritor, que falleció unos meses después de comenzado el proceso de realización, tuvo la oportunidad de leer el guión tal y como se trabajó. El filme es, además, un cumplido al también guionista de Guantanamera, de Tomás Gutiérrez Alea.

Imagen: La Jiribilla

La película tiene, como añadido, la intensión de “resaltar al ser humano desde la altura de sus años”. Todas las escenas en que se muestran sus cuerpos, sus limitaciones, sus ritmos propios —que no son los mismos de los más jóvenes—, sus necesidades y, por qué no, sus sueños, tienen esa intensión.

“Es muy importante hablar de esas edades, sobre todo ahora que en nuestro país la población ha envejecido mucho. Yo mismo soy un ejemplo, que me ocupo de mi suegro, con 92 años, y todos tenemos que estar pendientes de que camine un rato, de que no se tropiece, de bañarlo, etc.

“Triste. Es muy triste ver a personas con 80 años a las que la vida se les fue de las manos, sin conocerla propiamente. Eso por un lado, por el otro, también es conmovedor conocer a personas que hicieron mucho, que dedicaron su vida a grandes cosas y han quedado olvidados en su vejez, como tirados en un rincón del mundo.

“En ese sentido Chijona fue muy agudo, siempre está muy claro de lo que quiere hacer. Una película como Boleto al paraíso, con aquel grupo de jóvenes, por ejemplo, es muy compleja para cualquier director. Y ahora en esta se planteó otros retos, porque trabajaba con un grupo de viejos. ¡Y qué viejos! Solo hay que observar a las actrices que conforman el elenco y el historial que cada una de ellas tiene. Creo que su dirección fue muy certera y serena por ese motivo”.

Tampoco se puede confiar uno. El propio Miravalles, con todo y sus años, sorprendió a Enrique Molina con un buen golpe en la escena de la pelea. “Le había pedido a Chijona que dejáramos esa escena para el final, para que no me magullara y después tuviera que seguir filmando con una marca en la cara, y mira lo que pasó. Parece que no midió bien la distancia en la que en el cine parece que me da, pero no lo hace realmente, y resulta que me dio un buen trompón [ríe]”. El técnico les dijo que la toma había quedado de maravilla, me cuenta mientras se toca la mandíbula.

Imagen: La Jiribilla

Molina, quien pronto comenzará la filmación la una nueva telenovela La otra esquina, jamás ha abierto un libro de Stanislavski. “Hubo muchas conversaciones con Chijona y Miravalles. Pero técnica ninguna. Mucha gente piensa que esto es una estupidez mía, y sencillamente es mi realidad. Tengo mi propia manera de actuar y me guío mucho por lo que tengo adentro, por lo que me nazca en el momento. Así lo he hecho toda la vida”.

¿Para quiénes está hecha entonces esta obra? “Para todos”. El actor piensa que, como sucede en todas partes, el cine cubano tiene buenas y no tan buenas películas. Pero esta en específico no se hizo en base a cuestionamientos: “se hizo para llegarle al corazón a la gente: al que tiene en su casa un viejito como el mío, al que ya empieza a sentirse los años, a los nietos de esos abuelitos, a los hijos que tienen que ocuparse de sus padres, incluso para los jóvenes. Me encontré con un grupo en un garaje que empezó a hablarme de la película, y me quedé asombrado, porque de cierta forma no pensábamos que ellos iban a formar parte de su público potencial. Creo que Esther… es capaz de llegar a todas las edades, porque es, como dijo Chijona, una comedia triste”.

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