Las malas palabras

Senel Paz • La Habana, Cuba

No sé qué pasó, qué motivó a aquello, pero de pronto las malas palabras, o las hasta entonces tenidas por tales, cayeron sobre la Isla como las plagas de langostas y ranas sobre el viejo Egipto. Mi abuela decía que eran efecto colateral de las vacunas soviéticas que nos ponían contra las enfermedades. Yo lo dudo, pero allí estaban en ellas, como una inundación de mariposas monarca en México. No nos andemos con rodeos, me refiero a cojones, pinga, culo, coño, bollo, carajo, templar y singar, por citar las más delicadas y sin entrar en el terreno de las metáforas. No sé cómo ocurrió aquello, justo en el Año de la Educación. Abuela, que nunca pudo con las palabras incorrectas, como ella las llamaba, afirmaba que se debían a un efecto colateral de las vacunas soviéticas, pues este pueblo nunca habló así y a las personas mayores siempre se las trató de usted y de señor o señora aunque no tuvieran donde caerse muertas. Un niño de antes, afirmaba abuela, para atravesar una sala donde conversaran los mayores, pedía permiso. Quizás te estoy aburriendo con el tema, pero el asunto es que podías hacer un viaje de este a oeste de la ciudad ensartando palabrotas en una cadena interminable. Salían de las bocas de los choferes, los estudiantes, los profesores, los deportistas, las bailarinas, los abuelos, los médicos, las enfermeras, los pacientes, las empleadas de tiendas, los militares, los que caminaban por las calles, los que descansaban en los parques, los ministros, los santeros, las cuidadoras en los círculos infantiles, los funcionarios y, en fin, de todas las bocas con la única excepción de los Testigos de Jehová. ¿Qué es tu mamá?, preguntaba el padre al hijo en el portal de la casa. ¡Puta!, respondía el pequeño, de año y medio. ¿Y tu papá?, intervenía la madre para no quedar fuera de educación del niño. ¡Maricón! ¿Y qué le viste hoy a tu amiguita?, intervenía el tío. ¡El culo! ¿Y qué vas a ser cuando grande?, aportaba la vecina. ¡Pingú! ¿Y qué hace el abuelo con la abuela?, agregaba la hermanita de tres años ¡Templar! Todos aplaudían, qué gracioso es el niño, cómo saben los muchachos de hoy. Ya nada quedaba en lontananza, sino en casa del carajo. En los viejos tiempos, se decía coño y la Isla completa se estremecía. Cojones se reservaba para situaciones extremas, como cuando aquel combatiente dijo, ¡Aquí no se rinde nadie! Ahora, no. Ahora podías decir palabrotas incluso delante de las profesoras de más alcurnia o cualquier señora respetable si tenías el cuidado de agregar, Perdón, doctora, para que ellas no se ofendieran y las pasaran por alto. ¿Qué pensaría del habla de los cubanos de hoy Bonifacio Byrne, que en encendidos versos llegó a decir de nuestro idioma, De la música tiene la armonía, De la irascible tempestad el grito, Del mar el eco y el fulgor del día; La hermosa consistencia del granito, De los claustros la sacra poesía, Y la vasta amplitud del infinito? El fenómeno era, sin embargo, mundial. En aquella hermosa película, el joven a caballo trataba de impresionar a las muchachas cantándoles, Sodomy, Fellatio, Cunnilingus, Pederasty; Padre, ¿por qué suenan tan mal estas palabras?;  la masturbación pueden ser divertida

Fragmento de la novela En el cielo con diamantes, del escritor cubano Senel Paz. Editorial Letras Cubanas, 2010

Comentarios

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