Cuentos del Arañero

Un pedazo del alma

Yo fui padre la primera vez a los veintiún años. Nació Rosa Virginia, mi terrón de azúcar. Fue creciendo Rosa y vino María y después Huguito. Los veía a ellos muy pequeños, pero yo decía:

“Estos no son los únicos niños del mundo”. Yo veía que ellos tenían vivienda, que podían ir a la escuela. Si se enfermaban, los llevaba al Hospital Militar.

Recuerdo que cuando veníamos a Caracas, me paraba en la autopista, en algún borde y les decía: “Miren, ustedes tienen suerte. Tienen un padre que puede, más o menos, proporcionarles un sustento, porque soy militar profesional y tenemos un sistema de seguridad social que los atiende a ustedes. Pero allá arriba, en aquellos cerros, vean cómo andan los niños, muchos sin padre, muchos sin atención de ningún tipo”. Es decir, fui preparando a mis hijos para lo que vino después, que fue muy doloroso.

Nunca olvidaré, como padre, la noche del 3 de febrero de 1992: dejar la casa, dejar los hijos dormidos, echarles la bendición, darles un beso, dejar la mujer y salir con un fusil en la oscuridad. ¡Eso es terrible!, porque uno deja un pedazo del alma.

Anécdota incluida en el libro Cuentos del Arañero, de Hugo Chávez Frías. Compilado por Orlando Oramas y Jorge Legañoa Alonso. Vadell Hermanos Editores, C.A. Venezuela, 2012.

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