Había una vez un niño llamado Hugo

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

“...creo en la amistad como el invento más bello del hombre,
creo en los poderes creadores del pueblo,…”

(Fragmento del poema Credo, del poeta venezolano Aquiles Nazoa)
 

En el mes de octubre del año 2005, Teatro de Las Estaciones fue invitado a Venezuela, para participar en la II edición del Festival Internacional de Teatro de Muñecos (FITEM), más conocido como La invasión de los muñecos. Llegar a Caracas, fue encontrarnos con el verdadero rostro de la capital de un país en plena vibración, a los pies del hotel donde nos hospedábamos, pasaba la marea roja de los simpatizantes de la Revolución Bolivariana liderada por el Comandante Presidente Hugo Rafael Chávez Frías, pues se acababa de vencer una de las batallas de alfabetización convocadas por el gobierno del país, ofensivas a favor de los desposeídos, de las clases sociales más humildes. Siento que el propio evento adonde nos invitaban era una especie de cruzada cultural a favor del teatro, expedición titiritera que nos llevó a trabajar en los estados de Vargas y Portuguesa. Niños y niñas con miradas atentas y semblantes risueños, fueron los mejores espectadores de nuestro Pelusín del Monte.

Imagen: La Jiribilla

Los carteles del festival enunciaban el lema de cultura para el pueblo. Eso me hizo sentir curiosidad por la niñez del gobernante de un país que promueve para su tierra el desarrollo del arte, la educación y las ciencias, amén de otras bondades para los que nunca tuvieron nada o muy poco. Supe entonces, que el niño nacido en Sabaneta de Barinas en 1954, tierra de tabaco, algodón y caña de azúcar, fue siempre un amante de la historia, que se sentaba en la escuela de techo de palma y piso de tierra siempre en primera fila, frente a dos cuadros, el del General Zamora y el del Libertador Simón Bolívar. La abuela paterna Rosa Inés Chávez, debe haber labrado muy duro el carácter arrojado del pequeño mestizo, que según cuentan los de su tierra, para ayudar a Doña Rosa, vendía con sonrisa ancha en el recreo de la clase “arañas de lechosa”, un dulce tradicional hecho con frutabomba.

Hijo de padre mestizo y madre blanca, nieto de una descendiente de los indios del llano, el segundo hijo de Hugo y Elena tenía habilidades para la pintura, la música, la escritura y el teatro, también le apasionaba el beisbol. Entiendo todos esos proyectos sociales a favor de la espiritualidad del pueblo, tan defendidos por el dirigente venezolano. Un hombre que sabía desde niño que el estudio y el conocimiento son sinónimos de sabiduría y fortaleza, que la cultura estimula los mejores sentimientos del ser humano, pues su poderío tiene que ver con la razón y el entendimiento.

Hoy, que no contamos físicamente con la presencia carismática, polémica y popular del Comandante Presidente, conocido por todos como Chávez, mi memoria viaja a la hermosa Venezuela. Pienso en el niño que fue él, lo veo reflejado en los cientos de niños que nos aplaudieron felices en aquella fiesta de títeres del mundo organizada en la tierra de Bolívar. Coincido en lo escrito por el poeta venezolano Aquiles Nazoa: “creo en el amor y en el arte como vías hacia el disfrute de la vida perdurable”. Tengo la seguridad que el niño Hugo anda de vuelta por Sabaneta de Barinas, que sueña otra vez con un futuro lleno de oportunidades para los niños y las niñas de su país y del mundo.

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato