El legado de Hugo Chávez para el siglo XXII

Salvador Salazar • La Habana, Cuba

Los 14 años de gobierno del presidente Hugo Chávez marcan el inicio de un nuevo ciclo histórico en América Latina. El alcance y trascendencia de esta larga década solo se apreciará en toda su magnitud a mediano y largo plazo, pues las prácticas simbólicas y las fuerzas sociales que desencadenó Chávez exceden con creces las dinámicas propias del contexto histórico más cercano. Puede, incluso, en algún momento ocurrir una ofensiva de los poderes tradicionales en la región, pero ya nada volverá a ser igual. Suceda lo que suceda en un plazo próximo, el siglo XXII latinoamericano no podrá entenderse en modo alguno sin tomar en cuenta el legado de Hugo Chávez.

Tres grandes elementos hacen de su gobierno un punto de inflexión en la historia latinoamericana: la recuperación del ejercicio de la política como actividad pública, la legitimación de los pobres como sujetos sociales, y la refundación de la izquierda continental desde las claves de un socialismo válido para el siglo XXI.

En 1999, con la llegada de Hugo Chávez al poder, comenzó en América Latina el final de lo que poéticamente Rafael Correa denominó “la larga noche neoliberal”. El neoliberalismo, en esencia, aboga por la transfusión de los poderes del Estado a los organismos financieros internacionales. Durante años, en nuestra región el liderazgo se desdibujó tras una elite de tecnócratas graduados en universidades del primer mundo, con prácticas culturales (discurso, vestimenta, ademanes, referentes estéticos) marcadamente importados. Estos gobernantes se limitaban a cumplir las directrices económicas de los organismos financieros y reprimir por la fuerza cualquier intento de rebeldía. Recordemos, por ejemplo, las medidas económicas que trajeron por consecuencia el Caracazo, o al presidente argentino Fernando de la Rúa huyendo en helicóptero desde la Casa Rosada, después de aplicar nuevos ajustes a la ya “ajustada” economía del país suramericano.

El hombre que en 1999 ocupa la silla presidencial de Venezuela es un mulato de los llanos de Barinas que canta rancheras y recita de memoria largos fragmentos de los discursos de Simón Bolívar, el prócer fundador de América a quien baja del pedestal hierático y trae al pueblo. Chávez ríe y llora ante las cámaras con una naturalidad latinoamericana que sorprende a todos los que estaban acostumbrados a la grisura del ejercicio político de los tecnócratas.

El presidente bolivariano oxigena los foros mundiales de actividad política. En el podio de las Naciones Unidas se burla públicamente de George W. Bush, deslegitimando así la reverencia sacrosanta con que la mayor parte de los líderes latinoamericanos habían mirado hacia Washington. En la Cumbre Iberoamericana le canta las 40 a José María Aznar, por lo que se gana el repudio del rey Juan Carlos. Pero la actividad política se traslada realmente de la modorra de las cumbres tradicionales, en las que mucho se acuerda y nada se cumple, a otros espacios donde convergen los movimientos sociales. Plazas y estadios populares serán los escenarios por excelencia en los que Chávez expresará internacionalmente su visión del mundo.

La política deja de ser, por tanto, una actividad que se reduce a una casta preparada al efecto, y se convierte en una práctica popular, participativa. No más autos cerrados ni fiestas para embajadores. Largos discursos en el balcón del pueblo del Palacio de Miraflores, recorridos por los barrios populares, abrazos a la gente, contacto físico. Franelas y gorras rojas, la nueva estética revolucionaria. En Chávez converge lo más avanzado de la revolución tecnológica de finales del siglo XX e inicios del XXI, junto con prácticas de comunicación política que se remontan cuanto menos a la Revolución Francesa. A la marcha popular se suma el tuiteo y las redes sociales. Telesur y #chavezcandanga trasmitiendo al mundo, retroalimentando múltiples voces que se expresan desde teléfonos celulares e Internet.

Esta nueva forma de ejercer la política se dirigió a sujetos hasta el momento obviados por el poder. El discurso neoliberal, con su individualismo a ultranza, no reconoce entre ricos y pobres. Todos son “libres” para acumular capital y disfrutar los beneficios de la riqueza (salud, educación, ocio…). Pero el neoliberalismo no se detiene en analizar que en la práctica los pobres llegan a la carrera con los pies vendados. Ser pobre en la América Latina anterior a Chávez era un delito, y la pobreza un daño colateral que acompañaba al crecimiento de los estados de la región. Cada urbe latinoamericana se fue dotando de un inmenso cinturón de marginalidad y desgracia, que en el caso de los cerros de Caracas adquirió una dimensión apocalíptica. Entre estos cerros paupérrimos y las “colinas” donde habita la clase alta se fueron conformando dos culturas antitéticas, dos modos diferentes de ver la vida. En pleno siglo XX, se trazó una brecha similar a la existente entre el castillo feudal y la pequeña aldea de los siervos de la gleba.

Chávez legitimó a los pobres de Venezuela en primer lugar entregándoles una cédula de identidad y, por lo tanto, el derecho a expresar su criterio en las elecciones. La política comenzó poco a poco a dejar de ser una cuestión de “notables”, de “fuerzas vivas” como era característico en Venezuela desde los tiempos de la fundación de la República. Al convertirse el pobre en votante los gobernantes lo tienen, obligatoriamente, que tomar en cuenta. Quizá por eso hoy no sorprenda que la oposición tema criticar las misiones sociales del chavismo en materia de salud pública y educación. Chávez inculcó a los pobres el derecho de ciudadanía, el cual, como demuestra la historia, una vez que se concientiza resulta imposible de suprimir.

En tercer lugar, y no por ello menos importante, Hugo Chávez pasará a la historia por su aporte a la refundación de la izquierda latinoamericana, en una época en la que el pensamiento crítico vivía sus peores momentos tras la vergonzosa caída de la Unión Soviética. El llamado socialismo del siglo XXI se entendió como la “posibilidad” de un estado basado en la equidad social y en el empoderamiento ciudadano desde la base. No fue (ni es) una tarea fácil la construcción de un modelo de sociedad alternativo al canon hegemónico impuesto por una modernidad; canon asentado por cinco siglos en la cosmovisión política, económica y cultural del ser social latinoamericano. El caudillismo, la corrupción, el individualismo, la ignorancia, la apatía, y otros tantos de los males que frenaron (y frenan) la construcción de un mundo mejor no fueron creaciones de la Revolución Bolivariana ni de su líder, sino que son deformaciones con las que cargan nuestros pueblos como consecuencia de siglos de colonialismo y neocolonialismo.

El socialismo que impulsó Chávez se nutrió de las raíces primigenias del pensamiento social latinoamericano, con lo cual trascendió los vicios del eurocentrismo que había caracterizado al marxismo-leninismo soviético. Por otra parte, Chávez logró reconciliar al socialismo con el evangelio de un Cristo que subió a la cruz por los más pobres. Bolívar, Cristo y Carlos Marx, junto al Che Guevara y Mariátegui. Este nuevo proyecto de sociedad mejor y posible acogió también en su seno a sujetos sociales que habían sido marginados por las luchas que lo precedieron. Se tuvo en cuenta la dimensión racial, de género, de orientación sexual, étnica, entre otras. El socialismo dejó de ser el programa de lucha de una clase social monolítica (el proletariado europeo que describió Marx en el siglo XIX) para transformarse en el proyecto de un continente mestizo, complejo en su dimensión económica, cultural, étnica, comunicativa y simbólica.

Los cientistas sociales latinoamericanos que en la próxima centuria pretendan analizar las sociedades en las que toque vivir, tendrán que regresar a estos 14 años de gobierno chavista en los que se intentó a sangre y fuego tomar el cielo por asalto. Porque, insisto, la historia cambió para nunca más volver.

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