El español libre, sin arraigo en la opinión pública de Cuba

Cira Romero • La Habana, Cuba

Durante el breve segundo periodo constitucional en la Isla, entre 1821 y 1823, aprovechando la libertad de imprenta decretada por España, apareció en La Habana el periódico El Español Libre que, al igual que otros surgidos en ese momento, abogaba por defender ideas políticas de mayores beneficios para Cuba y apoyó algunas libertades en cuanto fueran beneficiosas para el país, pero sin romper el nexo con la península ibérica. Fue dirigido por el “avieso”, según lo califica Ambrosio Fornet en El libro en Cuba, Tiburcio Campe, natural del puerto de Cádiz, quien primero fue liberal —tuvo que salir de Cuba en 1824 por sus actividades políticas— y después, agente del gobierno español. Ofrezco un dato curioso sobre este personaje para luego volver a este periódico, porque es de notable interés para la cultura cubana. En el año 1834, Campes estaba asentado en Matanzas, donde tenía una imprenta. En ella editó el folleto de José Antonio Saco que arropaba tintes subversivos a los ojos del gobierno de la Isla y cuyo título acorto: Justa defensa de la Academia Cubana de Literatura contra los violentos ataques que se han dado... Para burlar la férrea censura, este editor gaditano colocó el pie de imprenta en Nueva Orleans, en el taller de un desconocido señor llamado míster Romes, procedimiento muy utilizado posteriormente con el fin de evitar la clausura de los talleres de impresión por promover materiales que de un modo u otro criticaban a la corona española. En dicho folleto, Saco se pronunció de manera violenta ante la decisión del gobierno español, que, instigado desde Cuba por miembros de la Sociedad Patriótica de La Habana, ordenó suprimir la recién fundada Academia Cubana de Literatura. 

Al parecer, Tiburcio Campe tuvo doble cara desde que se dedicó a los asuntos de la prensa, pues autores como Francisco Calcagno se refieren a él como un individuo que figuró en Cuba “entre los más liberales e inquietos de la segunda época constitucional [...], redactó periódicos revolucionarios y folletos infamatorios que fulminaba especialmente contra las autoridades” y después se plegó a la metrópoli española. Pero volvamos a El  Español Libre.

En el acostumbrado y exigido Prospecto que debía anteceder a cada publicación se lee:

Los que toman a su cargo la redacción del presente, se limitan a prometer llenar el plan que se han propuesto, y abrazan los tres artículos de INTRUCCIÓN PÚBLICA, análoga a la inteligencia de la constitución Y CONDUCTA del ciudadano que conoce los derechos de libertad y de sociedad: de RECOLECCIÓN DE ARTÍCULOS que no contradigan esta base y contribuyan a la misma instrucción y a la expresión de los sentimientos patrióticos de sus autores; y por último, de HECHOS HISTÓRICOS que muestren los rasgos heroicos de personas que, consagradas a la libertad y bien de su patria, pueden servir de modelos y de estímulo a los que se sientan tocados de esa virtud, o vacilen aun seguirla.

Guiados por “la imparcialidad, el criterio y la decencia” dieron a conocer el primer número el 15 de septiembre de 1822. Los martes, jueves y sábados fueron los días de la semana en que salía la publicación, impresa en la tipografía “Liberal” que poseía Campe, situada en la calle San Ignacio. Este primer número, al igual que casi todos los que salieron, constaba de 16 páginas y debajo del título se insertaba, cada vez, un verso distinto, figurando en el inicial el que se transcribe a continuación:

No de la ley la infracción impune

En liberal gobierno quedar debe;

Sagrada obligación a todos une

Contra el que a tanto sin honor se atreve...

Del HISPANO FELIZ MANUMITIDO

Será todo anillero perseguido.

En un momento en que en la Isla se debatían diversas opiniones y posiciones políticas, uno de los artículos que publicó, dirigido “Al señor jefe-superior-político interino” titulado “La salud del pueblo es la suprema ley” es de notable interés, pues pone en solfa a  aquellos que provocaban disturbios y reyertas en las calles de la Capital al calor de la libertad proclamada:

¡Dejad, señor, dejad de una vez ese delincuente letargo que va a causar vuestra ruina y la de todos! Acabad de ser insensible a los clamores de un pueblo que os pide su tranquilidad, que le arrebatarán desnaturalizados hijos de una patria afligida, que rabiosos de ver en la constante fidelidad de la ilustre isla cubana el reproche amargo de sus extravíos, ansían por arrastrarla al desgraciado caos en que ellos se sumieron.

Reclaman prudencia al Capitán General, cargo desempeñado en esos momentos por Sebastián Kindelán en carácter de interino por la muerte del titular, don Nicolás Mahy.

Señala asimismo el editorialista:

No espera la afligida isla de Cuba ver destrozadas sus llagas con la blasfemia política que la ineptitud y el servilismo ha colocado, ha hecho de moda, en las sacrílegas bocas de los malos magistrados: la constitucional isla de Cuba sentiría quizás ver estúpidamente ajada la sabia Constitución que adora, más que los males que la oprimen [...] In fraganti todo delincuente puede ser arrestado, dice la sagrada Carta en el principio de su artículo 182. ¿Y no ha estado, señor, en vuestras manos sorprender en fraganti una y mil veces a los traidores que fraguan la pérdida de esta isla? ¿No ha estado a vuestro arbitrio destruir de un solo golpe todas las tramas de esos protervos? ¿No ha sido V. S. dueño de limpiar enteramente esta deliciosa tierra de los feroces monstruos que tratan de asolarla? Sí, ha estado,.... y en un momento.

La mayoría de los trabajos publicados en El Español Libre fueron anónimos y muchos están referidos a noticias de la península española, París, México, Puerto Rico. Incluyó poesías, diálogos literarios, temas relacionados con la masonería, comedias, variedades, bandos oficiales y política. Dedicó amplio espacio a criticar las malas costumbres de los habitantes de la Capital en materia de salud pública y ponderó los buenos hábitos de vida y la urbanidad. Sostuvo agrias polémicas con la Gaceta de La Habana, publicación surgida también al calor de la libertad de imprenta.

Entre los ejemplares revisados —el último es de fecha 27 de febrero de 1823—, figura un texto, mitad en prosa y mitad en verso, titulado “De La Habana, capital de Cuba”, que comienza con un refrán donde se lee: “La vista no siempre hace fe”. El desconocido autor se recrea en ponderar la belleza del entorno de la ciudad, su suave clima, la riqueza de las tierras, pero tras esos elogios, escribe, en tono casi costumbrista:

Ante tanta belleza cualquier viajero pensaría en establecerse en esta amada isla, pero cuando se adentra en sus calles, sucias, mal olientes, llenas de ruidos de pregones, del chirriar de las carretas y los quitrines, entonces lo pensaría. Se inquietaría además al ver tantas personas que caminan sin rumbo, o conversan animadamente como si el mundo estuviera a sus pies. Los negros abundan por todas partes, y las esclavas se aderezan cual sus amas, con ricos mantones de Sevilla y pañuelos de colores en la cabeza.

Y añade:

La Habana huele a fritanga, a mondongo de cerdo, a morcillas y a cebolla. En cualquier lugar puede verse una llamarada donde en un perol se hierven carnes y viandas aderezadas con abundantes sazones.  He degustado en un tazón  de burdo material ese caldo y es agradable. Los clientes que se acercan a degustar el caldo lo toman de pie, sin prejuicios, y se apresuran al tomarlo pensando si alguien los ve. He visto escribanos y jueces en ese placer y juro que ponen cara de felicidad cuando lo ingieren.

Y concluye su artículo: “La Habana parece de cristal, pero la veo azul, azul por el mar y azul porque es el color del cielo”.

Otro escritor anónimo, poeta en este caso, escribe, o mal escribe:

Las querencias en La Habana

no son dignas de imitar,

pues a veces amilanan

hasta a hombres de mirar.

Dicen que La Habana es bella

y yo creo que lo es,

pero valdría tal vez

la pena de bien limpiarla

y no ensuciarla

con las penas y el envés.

Autores como Antonio Bachiller y Morales y Joaquín Llaverías, estudiosos de nuestra prensa, no apreciaron El Español Libre. El primero lo calificó de “chusco” y el segundo de “infiltrado en asuntos de importancia escasa”; pero, analizado desde otra perspectiva muestra que su editor y sus anónimos colaboradores tenían su mirada puesta sobre una ciudad a la que querían ver progresar y colocarse a la altura de otras del continente. Ese afán hace de este periódico una muestra más de que, aun desde una mirada española, los intereses se imponían para tener una posesión allende los mares que brillara como la mejor de Ultramar, en un momento en que ya España había perdido la casi totalidad de sus colonias en América. Cuba, y sobre todo La Habana, eran el centro de mira de la corona española y así lo expresan estos hombres que mediante estas páginas trataron, desde sus personales perspectivas, de provocar el avance de un país que creyeron suyo para siempre. 

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