A cien años de Arabescos mentales

Guillermo Rodríguez Rivera • La Habana, Cuba

El año que recién comienza se está conmemorando el siglo de la aparición de un libro que revitalizó decisivamente la poesía de Cuba, y abrió el camino a una promoción que sería esencial en ese proceso de reafirmación de nuestra cultura.

En Barcelona, en el año de 1913, aparece el primer libro de Regino Eladio Boti —abogado nacido en la ciudad de Guantánamo en 1878, y que allí ejerció como notario hasta su muerte, ocurrida en 1958—: Arabescos mentales.

Tras las sucesivas y tempranas muertes de Julián del Casal (1893), José Martí (1895), e incluso de la jovencísima Juana Borrero (1896), se produce un innegable vacío en la poesía cubana, cuyo siglo XIX la había hecho una de las más fuertes de Hispanoamérica.

Mientras en México y Suramérica se dan a conocer las obras de poetas como Ramón López Velarde, José María Eguren, Luis Carlos López y Evaristo Carriego, no puede hablarse de nada semejante en Cuba hasta la edición del primer libro de Regino Boti.1

Del mismo modo en que lo hará su colega José Manuel Poveda —  santiaguero y también notario, pero en la ciudad de Manzanillo— Boti parte del mundo casaliano, no solo para recuperarlo sino también para trascenderlo. El panorama se completaría con la aparición de la obra de Agustín Acosta, el tercer poeta del llamado “renacimiento”, también abogado y notario, radicado en el matancero pueblo de Jagüey Grande.

Arabescos mentales es el despliegue de un esteticismo que ya se anuncia plenamente conciente desde el prólogo que el poeta titula “Yoísmo”. Acaso el erotismo de toda una sección del poemario (la titulada “Himnario erótico”), plena de un exceso barroco que no es extraño a los posmodernistas, se halle más cerca de la exuberancia sensorial del mismo Rubén Darío que de la austera tristeza de Casal.

Uno de los más comentados poemas de Arabescos…, “Los funerales de Hernando de Soto”, me hace advertir que, siguiendo el rastro de la abundancia modernista, Boti adelanta algunas actitudes que deberían consagrarse años después en la obra de José Lezama Lima, uno de sus visibles hijos cubanos —aunque Lezama es hijo de muchos genes.

La lujosa noche de “Los funerales…”, es la persecución de una recurrencia cubana que Lezama habría de sacralizar años después en su “Noche insular”, despojándola de su entidad naturalista, y transformándola en una celebración mítica.

Fernández Retamar ha señalado que en la obra de Boti es preferible, a veces, hacer una antología de versos antes que de poemas. Es cierto que ese reclamo de la síntesis se va acentuando en la obra del poeta, sobre todo a partir de su segundo libro, porque esa recuperación del modernismo, que la poesía de Cuba necesitaba, ya habría hecho de Regino Boti un poeta importante en nuestro devenir literario; pero, al valorar la incidencia de la poesía del guantanamero en la marcha poética de nuestro siglo XX, es imprescindible considerar, quizá incluso más que la de Arabescos mentales, la aparición en 1921 de ese segundo libro, que él titula El mar y la montaña.

El posmodernismo de Regino Boti es una entidad compleja que, como sus coetáneos Evaristo Carriego y Luis Carlos López se vuelve, desde el mundo encantado del esteticismo hacia la inmediatez de los ambientes más cercanos. Darío mismo ya había abierto ese camino, que recorrerán plenamente poetas más jóvenes.  Un poema como “Allá lejos”, de Cantos de vida y esperanza es una nostálgica aproximación a la cotidianidad del campo de su infancia “bajo el nicaragüense sol de encendidos oros”.

En su libro de 1919, Boti (poeta razonador y ordenado como pocos), establece un diálogo —que es, a la vez, antítesis— entre los elementos naturales de su región: allí, en las cercanías de Guantánamo, que dispone de la más amplia bahía de la costa sur cubana, se están iniciando las montañas de la Sierra Maestra, que habrán de cubrir todo el sur de la antigua provincia de Oriente.

Pero para no abandonar a sus coetáneos de toda América, los poetas del suburbio y el poblacho, de la aburrida quietud de la provincia, en el tránsito del mar a la montaña, aparece el Intermedio que Boti subtitula “En la aldea”.

Hay poetas que sienten, hay poetas que oyen, hay incluso poetas que gustan, que tocan y que huelen. En ese reparto de los sentidos, Regino Boti ha preservado el de la vista. Ya en Arabescos mentales hay una remontada de exquisitez lexical al viejo modernismo, que el libro trasciende.  Estos son los primeros versos de su “Aguaza”:

 

                           Hiende el berilo una gaviota

                           con reverberación de plata,

                           y sobre el mar vibra la nota

                          de un foque gris que se desata.

 

Pleno paisaje marino, pura visión del mar que anuncia su libro siguiente, pero entregada con un vocabulario que quiere ser tan exquisito como la imagen que ofrece.

No se pierda de vista que la exquisitez verbal que pareciera modernista, es acaso parte de los empujones, de la violencia  que está usando Boti con el  español, a la que lo está sometiendo para que acabe al fin de cruzar una frontera que acaso el poeta intuye sin conocerla del todo.

La incorporación de un vocabulario de apoyatura científica es uno de los rasgos que se atribuye al vanguardismo que está aflorando en la década del 20. He escuchado muchas veces la referencia al mexicano Ramón López Velarde, cuando llama a unos ojos azules, “ojos de sulfato de cobre”. Pero si uno indaga qué es ese berilo que atraviesa la gaviota de Boti, encontrará que es “silicato de alúmina y glucina, de color verde mar”.

Se ha hablado del pobre y  tardío vanguardismo cubano. Los historiadores de la literatura cubana señalan —con razón— que Surco, que Manuel Navarro Luna publica en 1928, es el primero de los libros vanguardistas cubanos y, prácticamente, el único de un momento experimental que en Hispanoamérica tiene tempranos ejemplos en Ecuatorial y Poemas árticos, que Vicente Huidobro da a conocer en 1918; Andamios voladores, que el mexicano Manuel Maples Arce edita en 1922 y, sobre todo, Trilce, que César Vallejo publica ese mismo año.

Pero, si hay un poeta en Cuba que, antes de la irrupción del vanguardismo, está transformando el lenguaje en el sentido de lo que será la vanguardia poética, y transformando incluso la morfología del poema, ese poeta es Regino Boti.

Con su impresionante poder visualizador y sintetizador, Boti escribe poemas que son completas lecciones de pintura de vanguardia, cubista y en el mismo borde de la abstracción. Estos son los versos iniciales del poema que se llama “Angelus”:

                    

                     Rayas sombrías y luminosas.

                     Verticales: los postes. Horizontales: la playa,

                     los raíles y los regatos. El día

                     preagoniza. El crepúsculo palia

                     con sus rosas los grises. En la salina

                     el molino de viento que en el negror, es dalia

                     gigante y giratoria.

 

Estamos ante la típica metáfora ultraísta, la que cultivan Vicente Huidobro en muchos momentos de Altazor (en especial, el segundo canto, acaso el más antiguo del largo poema) y el Federico García Lorca de Romancero gitano. Es una metáfora todavía de apoyatura sensorial, pero que produce aproximaciones inesperadas, como advirtiendo que ello es imprescindible porque esa aproximación se está agotando, y lo que viene es la casi inmediata aparición de una metáfora que prescindirá de la comparación sensorial, la que el estudioso suizo Hans Adank llamó metáfora afectiva.

Huidobro inserta este tropo en una poesía que ya prescinde de rima y metro, pero Federico todavía la coloca en la estructura del romance.

Boti asume una suerte de estado imtermedio: no prescinde realmente de rima y metro, pero esta “Aguaza”, de su primer poemario, es un extraño soneto eneasílabo.

Hay un poema de Boti, el “Epitafio”, que en El mar y la montaña dedica a Santiago McKinley, un highlander escocés enterrado en un inhóspito sitio de la costa guantanamera. Boti rompe con el seco tono descriptivo que caracteriza a muchos de los poemas de este libro:

 

                    Don Santiago McKinley, highlander:  tu tumba

                    misántropa está en el acantil de sotavento.

                    Cruz ancha de negro granito

                    te memora. Bajo tu tumba retumba

                    la orquesta del mar, el caracol del viento;

                    pero tú no estás en lo infinito.

 

Adviértase la metáfora que adquiere la forma de una prosopopeya, que es la modalidad metafórica que masivamente usa la vanguardia y, en especial, el ultraísmo: tumba misántropa, que resulta una original fusión de metáfora y metonimia, porque la misantropía del personaje se desliza hacia su huidizo sepulcro pero, como suele ocurrir con las descripciones de Boti, la pintura espiritual se apoya por una correspondencia física. La tumba está en un acantil, una costa cortada al tajo que repele a los hombres y situada del lado en que ni siquiera bate el viento. Pero allá abajo retumba  “la orquesta del mar, el caracol del viento”. Nótese que el poeta prefirió hacer la concordancia entre el verbo y sus complementos colocando el verbo en singular, para que la palabra (dos veces tumba) “doble” en su sonido y hasta en su sentido al sepulcro.

Este poema —confieso que lo leí después de leer “La tierra baldía”, de T.S. Eliot— siempre me ha recordado el cuarto fragmento del famoso poema del norteamericano devenido inglés, pero hay que tener muy presente que El mar y la montaña se publica un año antes que “The waste land”, que aparece en 1922.

El texto del poeta inglés es un llamado de atención a la brevedad de la vida del ser humano. Termina con una clara apelación:

 

                          Gentil o judío,

                          tú, que mueves el timón mirando a barlovento,

                          piensa en Phlebas, que fue una vez apuesto y alto,

                          como tú.

 

Y aquí está ya la enorme dificultad de trasladar de una lengua a otra, las connotaciones que el poeta despliega en una palabra. La que usa Eliot para significar pensar no es think, sino la que alude mucho más al sentimiento, consider, en la que de un modo sutil, está también la pena por la persona desaparecida.

En el texto de Boti está la implacable amenaza de la muerte que nos obsesiona a los mortales, pero no es ese su sentido principal. El poema se desliza hacia la convicción panteísta que se explicitaba en Arabescos mentales.

Phlebas, el fenicio de Tierra baldía entra en lo que Eliot denomina whirlpool, una suerte de remolino, de espiral acuática del acabamiento y la dispersión.

Santiago McKinley, con el duro granito de su cruz, vuelve a ser ola del mar que lo regresa a Escocia.

La razonadora, descriptiva, explicativa poesía de Regino Boti, puede parecer fría a ciertos lectores. De alguna manera, en los mismos umbrales de la vanguardia, ella participa de aquello que Ortega y Gasset llamó —desde el título de un libro famoso en la época, editado en 1925— la deshumanización del arte.

Pero el autor de las Meditaciones del Quijote exageraba. Una zona de la vanguardia procuró escapar del sentimentalismo fácil. Por ello, Alfonso Reyes corrigió la expresión del ensayista español y usó la impronunciable palabra que es desentimentización: la vanguardia —dice Reyes— rehuye el sentimiento pero compensa ese abandono con un reforzamiento de la percepción intelectual, que es tan humana como el sentimiento.

Aunque no es su tono dominante, hay algunos desgarradores poemas de Boti, envueltos en esa aparente frialdad intelectual que muchas veces le caracterizó. “La noria” es el drama del poeta relegado al ámbito burocrático de la notaría:

                      

                          Y mañana, como un asno de noria,

                          el retorno canalla y sombrío,

                          doblar la cabeza y escribir:

                          Al juzgado,

                          con los ojos aún llenos de lumbres,

                          sobre un mar de amatista encantados.            

 

Los últimos poemarios de Boti ya asumen plenamente el lenguaje y las intenciones de la vanguardia: Kodak—Ensueño, que edita en 1929 la Revista de Avance, la más caracterizada publicación del vanguardismo cubano; y Kindergarten, que aparece en 1930.   

Fernández Retamar destaca, entre estos textos vanguardistas, un pequeño poema de este último libro que —nos dice— resulta “digno de un bestiario sabio y sonriente, como el de Guillaume Apollinaire”.2

El pequeño poema se titula, como evocando un circo, “En la pista”:

                           Hay más arcano que en el beso,

                           que en el dolor y que en la muerte,

                           en el ojo humano del elefante.

 

                           Y mientras danza torpemente

                           y sincroniza sus orejas,

                           dice de los misterios de la India,

                           de la ciencia de Egipto

                           y del arte de Grecia

                           el ojo humano del elefante.

 

¿Cómo cabría explicarse el largo silencio de Boti, desde estos poemas hasta su muerte, ocurrida casi 30 años después?                      

Veo en Regino Eladio Boti a un poeta hondamente crispado ante un país que ha sido incapaz de reconocer como debe a sus más legítimos valores, y muchísimo más si se trata de artistas cuyo laboreo se ha centrado en las esferas más renovadoras y exigentes del arte.

Desde los días de El mar y la montaña, Boti había entendido y asumido el destino de esos artistas. Este poema se llama “Luz”:

 

                                 Yo tallo mi diamante,

                                  yo soy mi diamante.

                                  Mientras otros gritan

                                  yo enmudezco, yo corto, yo tallo;

                                  hago arte en silencio.

 

                                  Y en tanto otros se agitan,

                                  con los ritmos batallo

                                  y mi nombre no agencio.

                                  Yo soy mi diamante,

                                  yo tallo mi diamante,

                                  yo hago arte en silencio.

 

Esa era la “solución” del artista, del poeta. Detrás, estaba la comprensión de la época que se vivía, tal como la entendió José Manuel Poveda, gran amigo y hermano poético de Boti:

 

              Estamos aherrojados por dobles cadenas. No somos

              Independientes. No somos sino una factoría colonial,

              obligada a trabajar, y a dar su cosecha y su fruto.

              compelida por el látigo. Estamos desorganizados y

              envilecidos, como una mala mesnada: [ …] Somos

               la sombra de un pueblo, el sueño de una democracia,

               el ansia de una libertad.3

 

Era el envilecimiento de una república frustrada en la que el verdadero poeta tiene que ser un espíritu anticonformista. Cuando escribe sobre Boti, Poveda lo ve aislándose del gusto mediocre del ambiente y combatiendo contra “el pesado fardo de los principios caducos”. No resulta entonces inesperada la soledad de este poeta. Por esa búsqueda de lo nuevo, la huella de Boti es esencial en la vanguardia.

Alla por los años 60 del siglo pasado, Octavio Paz, en el prólogo de una difundida antología de la poesía mexicana que se llamó Poesía en movimiento, rescataba y exaltaba la figura de José Juan Tablada para caracterizar a un artista que sobrepasó las exigencias mismas de su momento poético. Se ha comentado siempre, con razón, la poca fuerza de la vanguardia en Cuba.

En un reciente trabajo, yo lanzaba la idea de que Lezama, participante de la aventura histórica de nuestros vanguardistas y en un sentido contradictor de la vanguardia es, a la vez y sobre todo, un poeta que la prolonga entre nosotros y que desarrolla conceptos como lo que llama “la vivencia oblicua” que conforman una imagen desembarazada de toda apoyatura lógica, que consecuentemente despliega una audacia en la construcción tropológica que se aproxima a la del surrealismo.

Habría que decir que, del mismo modo que tiene la espléndida coda que es la poesía de José Lezama Lima, la vanguardia cubana tiene la gran prefiguración que es la obra de Regino Boti.

Me parece que la comprensión de nuestra poesía del siglo XX, está demandando un estudio sobre la evidente proximidad de estos dos poetas, esenciales en el devenir de nuestro siglo XX.          

 

Notas:
 
1- En el que es acaso el más importante ensayo sobre la poesía de Boti que se haya escrito en Cuba, “En los ochenta años de Regino Boti”, en Papelería,  Universidad Central de las Villas, 1962, Roberto Fernández Retamar ha señalado cómo, en su primer libro (Ensayos críticos, de 1905) Pedro Henríquez Ureña apuntaba la debilidad poética de Cuba en los primeros años del siglo XX.
2- Fernández Retamar, loc. cit., p. 47
3- Poveda, José Manuel: “Elegía del retorno”, en Órbita de José Manuel Poveda, Ediciones Unión, La Habana, 1975, p. 344.

 

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