Cine del Tercer Mundo

Prácticamente excluido en célebre encuesta

Joel del Río • La Habana, Cuba

A pesar de que las publicaciones especializadas, los cursos universitarios relativos al mundo audiovisual, y los más selectivos festivales de cine tienden a eludir los modelos eurocéntricos y prooccidentales de valoración y jerarquización, la más reciente encuesta de Sight & Sound, que intenta determinar cada diez años desde 1952 las mejores películas del mundo, reconfirma algunos de los antiguos y nunca superados prejuicios. Si se atiende la lista de cien títulos elegidos —entre los cuales predominan las películas norteamericanas y europeas, y la mayor cantidad de votos fueron para Vértigo, Citizen Kane, Historia de Tokio  y La regla del juego— quedaron finalmente incluidos solo seis obras tercermundistas: tres chinas, una de Irán, una de India y una sola en representación de todo el cine africano. Latinoamérica fue excluida por completo.

En la relación de los cien títulos preferidos por los encuestados (cuyas nacionalidades oscilaban mayormente entre Europa y Norteamérica) figuran dos filmes de Edward Yang (El día más brillante del verano, Un uno y un dos), y otro de Wong Kar-wai (por supuesto In the Mood for Love, que resultó, además, la película más votada en el periodo posterior al año 2000). Ocurre que por mucha admiración que nos inspiren Edward Yang y Wong Kar-wai, apenas merece alguna atención una encuesta que seleccione lo mejor de la historia del cine, y solo repare en tres títulos de China. Entre los excluidos, y tradicionalmente consideradas entre las más significativas producciones chinas se cuentan Tigre y dragón, de Ang Lee; Adiós a mi concubina o Tierra amarilla, de Chen Kaige, y varias películas de Zhang Yimou, Esposas y concubinas, Vivir o Héroe, por solo mencionar tres candidatas ineludibles.

Tampoco fueron recordados en la selección ninguno de los poetas de la alienación urbana y el estatismo pictórico procedentes de Taiwán y Hong Kong, es decir, Tsai Ming Liang o Hou Hsiao-Hsien; ni puede asegurarse con tanta certeza que In the Mood for Love ostente la superioridad total por encima de Days of Being Wild, o Chungking Express, películas mucho más frescas de Kar-wai, en la época en que todavía el cineasta no se había entregado del todo a la delectación del melodrama artificioso. Y si se trataba de privilegiar el género del patetismo y las lágrimas, pudieron incluir Primavera en la aldea (1948, Fei Mu) suerte de versión china de Casablanca con triángulo amoroso y demás elementos románticos.

Imagen: La Jiribilla

Edward Yang se ubica, según la revista digital Senses of Cinema, en la intrigante posición de ser el más talentoso y menos conocido de los grandes cineastas chinos. Desde sus primeras películas se estableció su tema preferido respecto a la confusión y ansiedad que genera la creciente modernidad urbanística de Taiwán. En contraste con su colega Hou Hsiao-Hsien, quien prefiere hablar del pasado y de la evanescente cultura tradicional en películas supremas del cine asiático como Tiempo de vivir y tiempo de morir o La ciudad de la tristeza, Yang se interesa no solo por la modernización como tema, sino que se concentra en mostrar la diversidad sicológica de los taiwaneses a través de estructuras narrativas complejas, imposible de resumir en unas cuantas palabras. 

Otros gigantes asiáticos que se quedaron fuera

Los votantes de Sight & Sound también fueron remisos a considerar el relativamente reciente apogeo del cine koreano a través de películas y directores como Mandala y Cantante de pansori, de Im Kwon-Taek, o Imperio eterno, de Park Chong-wan. Ni tampoco se detuvieron a considerar los hitos realizados por cineastas muy respetables en Tailandia (revisar la obra, por ejemplo, de Wisit Sasanatieng), Filipinas (Lino Brocka), Vietnam (Tran Anh Hung) o Indonesia (Rituparno Ghosh, Garin Nugrobo). A pesar de los numerosos olvidos, fue salvado al menos el tailandés Apichatpong Weerasethakul, cuyas películas (Enfermedad tropical y El tío Boonmee que recuerda sus vidas pasadas) si bien nunca alcanzaron escaños entre las cien preferidas, permitieron que el nombre del cineasta figurara entre los directores más votados en el periodo posterior al año 2000, junto con Terrence Malick (El árbol de la vida), Michael Haneke (Caché) y Bela Tarr (El caballo de Turín o Armonías de Werckmeister).

En el número 42 de los filmes seleccionados aparecen, con igual número de votos: Pather Panchali (1955) de Satyajit Ray, y Close Up, de Abbas Kiarostami, únicas obras en representación de toda el área geográfica conocida como cercano y medio Oriente. Porque los críticos anglosajones y europeos suelen elegir en estas encuestas un modelo demasiado normativo y canónigo sobre lo que ha sido la historia del cine en sus respectivos países, y por ese camino suelen desdeñar todo lo que suene a demasiado “marginal” o excepcional, o lo incluyen en una ínfima porción, para conferirle algo de exotismo y color local a la lista.

Imagen: La Jiribilla

Abbas Kiarostami clasifica también como uno de los realizadores más premiados de los años 80 y 90 a través de ¿Dónde está la casa de mi amigo?, que triunfó clamorosamente en el festival de Locarno; A través de los olivos que ganó en Valladolid, Chicago, Sao Paulo y Singapur; la Palma de Oro en Cannes para El sabor de la cereza, y el Premio Especial del Jurado en Venecia para El viento nos llevará. Ninguna de las antes mencionadas fue seleccionada para esta lista y se prefirió dejar en soledad a Close Up, de 1990, que significó el “descubrimiento” de Kiarostami en Occidente, junto con la posterior La vida y nada más… (1992) laureada con el premio Un Certain Regard en Cannes.

El más célebre cineasta iraní maneja recursos afines no solo en Close up sino en varias de sus mejores películas: formas propias del cinema verité, elusión de complicaciones técnicas, preferencia por los exteriores, actores no profesionales y aire documental, pero sobre todo destaca por la autoconciencia del medio y del relato, y desde la autorreferencia (como sucede en la denominada trilogía Koker, integrada por ¿Dónde está la casa de mi amigo?, A través de los olivos y La vida y nada más…), intenta  atrapar la verdad de las circunstancias iraníes a través de la reinterpretación, la repetición, lo anecdótico o lo cotidiano.

Para hablar del resto del cine iraní, debemos referir el olvido total hacia películas que nadie puede demostrar sean inferiores a Close Up, como varias otras antológicas de Kiarostami ya mencionadas (¿Dónde está la casa de mi amigo?, A través de los olivos, Y la vida continúa…) y otras de Mohsen Makhmalbaf (Gabbeh), Majid Majidi (El color del paraíso), Jafar Panahi (El círculo) o Bahman Ghobadi (Las tortugas pueden volar) que cimentaron la trascendencia universal del cine iraní. Pero supongo que los encuestados habrán decidido que “del lobo un pelo”. Aunque a veces se olvidaron hasta de seleccionar un pelo, porque por ejemplo los cercanos Turquía e Israel, dos países con notables y clásicas tradiciones cinematográficas (vienen a la mente obras de Yilmaz Guney, Amos Gitai, Eli Cohen, o Uri Barbash, pero sobre todo del reverenciado Nuri Bilge Ceylan con Distante) no tuvieron tanta “suerte” como el vecino Irán.

Respecto a Pather Panchali, su director Satyajit Ray, en su ópera prima, decide retar todas las convenciones anteriores del cine tradicional en su país, concebido como instrumento de evasión y entretenimiento, y emprende la historia de esta paupérrima familia bengalí, y también de la alegría de vivir, a lo largo de tres generaciones. Pero la anécdota y el estilo de Pather Panchali solo encuentran complementación en los siguientes filmes, Aparajito (1956) y El mundo de Apu (1959) de la llamada Trilogía de Apu, en la cual el autor no solo dirigió y escribió el guion, sino que también controló personalmente la fotografía, diseñó la escenografía y compuso la música. De modo que no solo en Pather Panchali se muestra un retrato fidedigno, neorrealista, de la sociedad india contemporánea, y de la emigración de los campesinos a las grandes ciudades. La trilogía de Apu impuso el regusto de Ray por la sencillez, por las descripciones particularmente detalladas de la vida simple, el lirismo humanista y la naturalidad panteísta. Las dos películas siguientes también hablan de vida y muerte, pequeñas alegrías y grandes pesares, fracasos y esperanzas, que se suceden en la memoria colectiva y marcan la conciencia de la nación.

Ocurre que restringir el cine indio a la persona de Ray, y solo a su primera película, implica despreciar obras mucho menos ingenuas que el cineasta emprendió después, como La sala de música (1958), Una mujer sola (1964), Trueno distante (1973) y Jugadores de ajedrez (1977), películas mucho más profundas que las que integran La Trilogía de Apu. La selección también ignora la llamada nueva ola del cine indio, con un grupo de creadores que debutaron luego de 1968 como Mrinal Sen, Shyam Benegal, y Girish Karnad, entre otros, y por solo hablar de los cineastas llamados serios, y nunca de la tremenda explosión de cine comercial y de entretenimiento surgida en Bollywood.

Tampoco puede decirse que todas las encuestas verificadas en Europa o EE.UU. ostenten un sesgo tan excluyente para el Tercer Mundo. Por ejemplo, en la lista de Susan Sontag sobre la mejores películas de todos los tiempos La trilogía de Apu ocupa el primer lugar, y aparecen varios otros filmes de Asia y Latinoamérica como El ángel exterminador, de Luis Buñuel (número 14); Adiós sur, adiós, de Hou Hsiao-Hsien (28); In the Mood for Love, de Wong Kar-Wai (39) y Close Up, de Abbas Kiarostami que la célebre escritora, crítica y cineasta ubicó en el número 40. Lo curioso es que, incluso por encima de Kiarostami, aparecen en la lista de Sontag películas europeas casi siempre marginalizadas en estas selecciones: 25) Kontrakt, de Krzysztof Zanussi; 26) Mon oncle d'Amerique, de Alain Resnais; 27) El viaje de los comediantes, de Theo Angelopoulos; 30) Viaje a la felicidad de mamá Kusters, de R.W. Fassbinder; 31) Hitler, un film de Alemania, de Hans-Jurgen Syberberg; 32) Los paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy; 34) Amor de perdición, de Manoel de Oliveira o 36) Molière, de Arianne Mnouchkine.

A nombre de África y Latinoamérica ausente

Touki Bouki, también conocida como El viaje de la hiena, es la única película africana seleccionada por los encuestados de la revista británica Sight & Sound. Cuenta una historia conocida y universal, la de una pareja de novios decididos a escapar, de cualquier manera, de los barrios marginales de Dakar. Djibril Diop Mambety escribió el guion original y utilizó intérpretes no profesionales. En lugar de la narrativa lineal y cronológica, el filme introduce escenas disgresivas que resultan perturbadoras y confusas, mientras que el estilo de edición relaciona eventos sin ningún nexo anecdótico, o se emplea la banda sonora para mermar toda ilusión de realismo.

Imagen: La Jiribilla

Pierre Haffner escribió en Cinemaction-Tricontinental (1982) que “Touki Bouki es un filme sobre la juventud, los sueños, el amor, la alienación, la justicia y el miedo. Es una película extremadamente compleja, desconcertante y provocativa, y parece, hasta hoy, la más profunda inmersión en la siquis de la juventud senegalesa traumatizada por el colonialismo y las agresiones de la supuesta civilización. Ocurre que algunos de esos conflictos están presentes también en el cine de Sembene Ousmane (El giro, Dios del trueno), Youssef Chahine (Estación central, Alejandría ¿por qué?), Mohammad Lakhdar-Hamina (Crónica de los años de fuego), Darrell Roodt (Place of Weeping), y los imprescindibles Souleymane Cissé (El trabajo, La luz, El viento), Idrissa Quedraogo (Elección, La ley) y Gastón Kaboré (El don de Dios) por solo citar unos cuantos realizadores africanos tanto o más relevantes que Mambety.

Tal vez carezca de sentido seguir impugnando la selección de Sight & Sound porque, al final, igual que todas las encuestas de ese corte, de la misma manera que los premios máximos en Cannes, Venecia y Berlín, en la misma vena que el Oscar y demás premios que en el mundo han sido, simplemente manifiestan el limitado criterio de una comunidad de conocedores, casi siempre ansiosos por confirmar los límites de su conocimiento, interés y preferencias personales.

Pero es imposible concluir sin mencionar que olvidaron también por completo varios clásicos indiscutidos del cine latinoamericano y mundial como La casa del ángel, de Leopoldo Torre Nilsson; o La hora de los hornos, de Fernando Solanas; Los olvidados y Viridiana, de Luis Buñuel; Dios o Diablo en la tierra del sol, de Glauber Rocha y Vidas secas, de Nelson Pereira dos Santos; Memorias del subdesarrollo, de Tomás Gutiérrez Alea y Lucía, de Humberto Solás… en una larga relación de títulos ligados al patrimonio cultural de la humanidad. El problema consiste no tanto en que los europeos y norteamericanos se pongan de acuerdo para elegir lo mejor de su cine, el desafuero aparece cuandos se les quiere conferir a estas listas  redactadas desde Londres, París o Nueva York, un valor de axioma universal, y muchos cinéfilos las acatan como criterio de prestigio y comienzan a pensar que Vértigo es, de verdad, mejor que Citizen Kane, por solo hablar de una entre mil inconsecuencias notorias.

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