Teatro para niños y de títeres
en la antesala de los años 80

Rubén Darío Salazar • Matanzas, Cuba

Camino del VI Festival de Teatro para Niños de 1979

Nuestro querido Freddy Artiles, investigador, crítico y dramaturgo, calificó como tiempo de recuperación en el teatro para niños y de títeres en la Isla, a la década de los 80 del siglo XX. Si tenemos en cuenta que los años 70 fueron —volvemos a decirlo con Artiles— un periodo de desajuste para la escena dedicada a los más pequeños, por todo lo que representó el quinquenio gris (decenio para algunos), en materia de arte y cultura teatral, es significativa la forma en que emergen en este lapso nuevos grupos, personalidades y tendencias escénicas. El empuje que le dio el triunfo revolucionario a esta manifestación, y que no pocas luces aportó a un movimiento de creadores que progresaba de manera orgánica, no debió tener ese retroceso que casi hace abortar tanto logro y ascenso. ¿Cómo olvidar, negar o silenciar todo lo alcanzado por maestros como Pepe Camejo, Carucha Camejo y Pepe Carril, entre otros pioneros del género en los 50? Fueron ellos los que en años anteriores a la Revolución, trabajaron con denuedo, en difíciles condiciones económicas y sociales. Lo que dejó ver el I Festival Nacional de Teatro Infantil y Juvenil, celebrado en La Habana, fue un variopinto paisaje de los pocos elencos existentes en nuestro verde caimán. Perspectiva que en la antesala de los 80, exhibe para quienes investigamos en nuestro pasado, un panorama bien diferente.

Una de las más importantes acciones del llamado reajuste, es la creación en el Parque Lenin, en 1978, por el Ministerio de Cultura, de un Centro de Desarrollo de la Actividad Teatral para Niños y Jóvenes. Casi todos los líderes de los grupos que aún coexisten con los guiñoles provinciales iniciáticos y las nuevas y novísimas agrupaciones de hoy, pasaron por aquella sede que los dotó con una calificación de nivel medio. Las 14 provincias del país fueron cubiertas por 27 conjuntos, células artísticas que ahora mismo han sido acompañadas por otras de forma desmedida, sobre todo en cuanto a sus calidades, resultados y verdadera función. Títeres y actores compartían las tablas en dichos conjuntos, con una preponderancia de los primeros, más una proliferación de los espectáculos de variedades, compuestos por canciones, cuentos y poemas. No olvidar lo que se conocía en los 70 como Teatro de Brigada, montajes que servían para llevar tanto a escuelas como hospitales, círculos infantiles, plazas abiertas y zonas rurales, algo que también hicieron las agrupaciones de los años 60, conscientes de las necesidades sociales, estéticas y educativas de los niños y niñas, sin dejar por eso de realizar un teatro de arte en las salas y en esas mismas producciones pensadas para espacios flexibles.

En 1979, se realiza nuevamente en La Habana, entre el 14 y el 24 de abril, el VI Festival de Teatro para Niños. Su celebración en las áreas abiertas de la Ciudad de Pioneros José Martí, inaugurada en 1975, en la Playa Tarará, anuncian que el evento iba a potenciar principalmente el llamado Teatro de Brigada, ya que 30, de las 35 puestas en escena seleccionadas, pertenecían a esta variante escénica. El encuentro ofertó, además de las funciones previstas, cuatro seminarios sobre las características de este tipo de representación, en cuanto a dramaturgia, música, diseño y  animación de títeres. Los organizadores pensaron en grande e invitaron para pronunciar las palabras de apertura al prestigioso poeta cubano Eliseo Diego, y como espectáculo inicial, uno de los protagonizados por el nuevo juglar Pedro Valdés Piña, alumno de butaca de los Camejo y Carril, enviado por la Revolución  a estudiar al Teatro Académico Central de Muñecos de Moscú, en la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, bajo la dirección general del gran maestro Serguei Obratszov.

Imagen: La Jiribilla

El Parque Lenin, el Parque Almendares, el Anfiteatro de la Avenida del Puerto, el Teatro Nacional de Guiñol, más los hospitales pediátricos de la urbe capitalina, fueron los espacios de actuación en los horarios matinales. La sesión vespertina se desarrolló íntegramente en las áreas de la Ciudad de Pioneros. La nocturna, en el teatro construido en la propia ciudad pioneril y en el Teatro Las Avenidas, de la cercana Playa de Guanabo. Interesantes fueron la discusiones suscitadas en ese horario, acerca de las puestas pertenecientes al Teatro de Brigada, vistas en esos espacios, el cual dejó ver tanto espectáculos sencillos en su ordenamiento teatral, como complejos, los cuales  utilizaron trastos escenográficos de grandes dimensiones, vestuarios y figuras muy elaboradas.

El programa del VI Festival, ayer de hoy

Del Teatro para Niños de Pinar del Río, aparece en la programación de la fiesta habanera El día que se robaron la bandera, texto de Jorge García, que da pie a un muy valorado espectáculo a cargo de Omar Yeras. El núcleo de este grupo se dividió posteriormente en varios proyectos creativos.

El Teatro Nacional de Guiñol, en su segunda etapa, participa con un personaje rescatado del repertorio de los años 60, Alelé, unipersonal para espacios flexibles del desaparecido actor titiritero Ulises García;  ese estilo seguirá marcando en lo adelante su reconocida trayectoria de intérprete total. Del mismo conjunto es La lechuza ambiciosa, exquisito trabajo de brigada para tres titiriteros, que presenta al diseñador y actor titiritero Armando Morales, como uno de los nuevos directores del movimiento con inquietudes artísticas, actitud que lo mantiene en activo hasta nuestros días. Como ejemplo de buen teatro de sala en esa década, el Guiñol Nacional bajo la firme guía de Pepe Carril, uno de sus fundadores en breve regreso, presentó Ekú y Edí, versión del propio Carril, sobre el cuento Liborio, la jutía y el majá, de Emilio Bacardí.

Imagen: La Jiribilla

El Teatro para Niños y Jóvenes de Plaza, actualmente desaparecido, presentó Poemas y canciones, en la cuerda más ligera de este tipo de teatro. Para sala, escogieron la elogiada puesta Meñique, adaptación y dirección de Héctor Pérez, con bellísimos muñecos del gran pintor Tomás Sánchez y música de Calixto Álvarez. Para Teatro de Brigada, pero un poco más elaborado, fue el montaje de otro grupo extinto hoy día, El Galpón, con la obra Pedrín y Miguelín, del marionetista y realizador de muñecos Alberto Palmero, antecedida por canciones, danzas, cuentos y las históricas marionetas de María Antonia Fariñas y Eurípides La Mata, grandes artistas en esa técnica de animación desde los años 50.

El Grupo Anaquillé, presentó Recital de canciones infantiles con Anaquillé, montaje comentado positivamente por la crítica, al igual que su propuesta para sala: Okan Deniyé, la dama del ave real, texto y puesta en escena de Yulki Cary, con una recreación poética del mundo afrocubano. Este colectivo tendría un alza creativa en la década de los 80 hasta desaparecer en los 90. El Grupo de Teatro Estable del Proyecto Parque Lenin, presentó el entremés de Cervantes, Los habladores, y la muy celebrada Los tres pichones, basado en el conocido cuento del escritor cubano Onelio Jorge Cardoso, adaptado por Arminda de Armas y Martha Díaz Farré (Rirri). Está última aún ejerce el oficio titiritero desde el Teatro de Muñecos Okantomí. Ambos montajes fueron dirigidos por el maestro Raúl Eguren.

Otro grupo inexistente hoy es el Arlequín, de Bejucal, presente en la cita con la versión de Félix Dardo, otro maestro ya fallecido, sobre el cuento La caperucita roja, la dirección artística fue de René Gil. El Guiñol Los cuenteros, de San Antonio de Los Baños, todavía dando pelea en el panorama titiritero de Cuba, participó con un trabajo de máscaras y música en vivo, sobre el cuento La cucarachita Martina. El desaparecido Conjunto Teatral Alegría, de Santiago de Las Vegas, participó con un montaje del texto Aletintín y Aletantán, de la dramaturga, diseñadora y directora Yulki Cary, donde sobresale hasta nuestros días el personaje de la cotorra Alegría, animada por el carismático Adalet Pérez Pupo, quien tiene hoy su propia agrupación.

Autores como el argentino Javier Villafañe, un clásico de los retablos en Latinoamérica y el mundo, fue llevado a las tablas por el novel Grupo de Mayabeque, Güines, hoy desaparecido. Ellos encantaron a todos con la versión de El casamiento de Doña Rana, montaje de Valdés Piña aclamado por el uso inteligente de los elementos escenográficos. El grupo Polichinela, de Ciego de Ávila, aún en activo, también acude a este director para su puesta de la obra Saltarín, de Dora Alonso. De la Isla de la Juventud, el grupo La toronjita dorada, de quien sabemos de vez en vez, presentó bajo el mando y autoría del recordado Bebo Ruíz, la pequeña pieza Las fábulas del monte.

El Guiñol de Cienfuegos, todavía trabajando en el siglo XXI, participó con la obra Un día, un día, compuesta por dos piezas breves para títeres y dirigida por Raúl Guerra, otro artista ausente a nivel físico, bajo cuya dirección también estuvo El pilco de oro, de Jorge García Porrúa, en una producción para sala teatral. El aún en acción Guiñol de Remedios Rabindranath Tagore, presentó con dirección y autoría del maestro Fidel Galbán la obra Ayer, unas pícaras. El mítico Guiñol de Santa Clara, activo también, presentó con dirección de Teresa Magan, una versión para títeres del cuento “La muñeca negra”, de José Martí y la producción grande Gulliver de los muñecos, una puesta del maestro Allán Alfonso sobre la obra checa del mismo nombre, de los autores J. Pehr y L.Spacil, alabada en el rubro de la actuación en vivo y la animación de títeres. Los integrantes del antiguo Guiñol de Sancti Spíritus, presentaron credenciales con la versión y dirección de Los tres cerditos, a cargo del maestro Juan Acosta.

El Guiñol de Camagüey, otro de los grupos que viviendo, celebró sus primeros 50 años, presentó Lararí-Lararé, premiada pieza de Fidel Galbán, dirigida por la actriz titiritera Nancy Obrador. La otra presencia de los agramontinos fue a través de Pequeños habitantes del monte, versión de El canto de la cigarra, otro cuento de Cardoso, a cargo de Miguel Escalona y dirección de Mario Guerrero. Criticada duramente en el certamen fue la representación del texto de Dora Alonso, El espantajo y los pájaros, por el entonces Guiñol de Florida. ¿Dónde quedaron tantos colectivos de los años 70 que no lograron consolidar poética alguna? Es una pregunta que me hago una y otra vez al revisar la vida teatral de esa época y la de ahora,  pues es algo que no pasa con la andanada de colectivos existentes en nuestros días, que siguen viviendo aún sin vivir escénicamente.

El Guiñol Los Zahoríes, de Las Tunas, todavía de pie, presentó Caballerito a la luna, con autoría y dirección de Juan José Rodríguez Morell, cuya ingenuidad artística de ese tiempo fue comentada agradablemente por algunos especialistas. El Guiñol de Santiago, también celebrando ahora más de medio siglo, presentó Cantando en mil voces, recreación musical y titiritera  de breve duración. Papobo, es una espectacular revisitación titiritera para sala, del cuento de David García, dirigida para los santiagueros por Roberto Sánchez. Cierra la presentación de los grupos orientales en el VI festival, la presencia del todavía activo Guiñol de Guantánamo, con la obra El conejo que perdió su guitarrita, dirigida por Carlos Quintana que, según reseñan los comentarios aparecidos en periódicos y revistas de ese tiempo, fue recibida favorablemente por el público del festival.

El Joven Teatro de Muñecos de Mariano, fuera ya de nuestro movimiento, presentó dos títulos sin muñecos, El caballito blanco, bajo la dirección de Bebo Ruíz, basada en el cuento de Onelio Jorge Cardoso, autor muy solicitado por los teatristas para niños y de títeres, y La hortelana y la jardinera, versión y dirección de Julio Cordero, actual director del proyecto Barco Antillano. Sin títeres igualmente fueron los montajes de El espantajo y los pájaros, de Dora Alonso, dirigido por Eddy Socorro para el entonces Teatro para Niños y Jóvenes de Matanzas, antes Guiñol Provincial y actual Teatro Papalote. El Grupo La Edad de Oro, de Camagüey, dijo presente en la cita habanera con otra versión de La cucarachita Martina en el festival, firmada por el inolvidable Albio Pérez, en un festivo montaje para actores de Inés Morejón. Entre las ausencias que lamentar en los días que corren está el Grupo de Teatro Experimental de Santa Clara. Su trabajo interpretativo, dirigido por Fernando Saéz, mostró en la programación del evento el espectáculo La chiva Panchita, sobre un cuento de Miguel Martín Farto, con diseños de Jesús Ruíz, creador siempre integrado al equipo artístico de Sáez.

Hacia el futuro

Revisado el programa del festival, más las publicaciones periódicas de 1979, pienso en lo que se avecinaba  para el Centro de Desarrollo de la Actividad Teatral para Niños y Jóvenes, conocido también como Plan de Desarrollo del Teatro Infantil y Juvenil (PLADTIJ), en el  que profesores de la talla de Pedro Valdés Piña, Julio Cordero, Dora Carvajal, Raúl Eguren, María Álvarez Ríos, Derubín Jácome, Leopoldina Núñez, Rubén Uría y Freddy Artiles, entre otros, intentaban formar artistas totales, con todas las herramientas necesarias para realizar óptimamente su trabajo. Con el cierre del centro en 1982, tras cuatro años de incansable labor y resultados todo parece terminar. Al pasar el Parque  Lenin a ser dirigido por otras instancias no culturales, desaparecieron las actividades recreativas e instructivas de este corte, y el grupo de Teatro Estable del Proyecto Parque Lenin, surgido de la PLADTIJ, pierde su sede. Esta ojeada general a lo producido en la antesala de los 80, me deja claro que claudicar no ha sido nunca la máxima de los artistas del retablo en la Isla. Nuevos proyectos de superación arrancan en esas mismas fechas, a veces organizados por las instituciones culturales rectoras y otras por el espíritu de avance de los propios artistas. La gran tarea será siempre  volver a comenzar, una y otra vez, otra vez, otra vez…

Comentarios

¿Y el Teatro Guiñol de Remedios? Ganador del Festival de Topes de Collantes con su puesta EL GATO SIMPLE escrita y deirigida por Fidel Galbán ese ¿No cuenta?

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