Trovar las cuarenta

Augusto Blanca: Celebrando la canción

Antonio López Sánchez • La Habana, Cuba

El 18 de febrero de 1968 tuvo lugar el primer concierto de Pablo Milanés, Noel Nicola y Silvio Rodríguez en la Casa de las Américas. Unos años más tarde, el 2 de diciembre de 1972 se celebró la reunión de trovadores en Manzanillo que diera lugar al posterior surgimiento del Movimiento de la Nueva Trova, un importante aniversario para nuestra cultura. A propósito de esas fechas, La Jiribilla ofrece esta serie de entrevistas a varias figuras que, desde entonces y hasta ahora siguen trovando las cuarenta, desde sus guitarras y sus vidas.
 

Uno de los creadores de ley, con un trabajo sostenido por años en calidad y valía si de trovadores se habla, es Augusto Blanca. Fundador del Movimiento de la Nueva Trova, asistió a aquella reunión fundacional en Manzanillo.

Sin embargo, el pasado resulta no ser solo memoria, más bien una vital cantera para el hoy, cuando el fuego del hacer se mantiene vivo. Augusto Blanca resultó ser ganador del Premio Especial en el certamen de creación que convocaran las oficinas de Ojalá, de Silvio Rodríguez, en el año 2010. El fruto fue un excelente disco de poemas de Rubén Martínez Villena, musicalizados por Augusto. Por eso, a pesar del leiv motiv de los aniversarios y bajo el rubro de que no hay mejor modo de festejar un nuevo aniversario de lo sembrado ayer, que saboreando nuevos frutos de hoy, quisimos también dialogar un poco sobre los proyectos recientes del trovador.

Así que el álbum La fuga de la tarde, los ya venideros proyectos de infantiles tarareos y la muy positiva idea de compilar sus cantadas poblinas, fueron algunos de los terrenos explorados en esta entrevista. Repasando las ganas y la historia artística de este trovador, podemos preguntarnos, como el verso, qué oro que no es oro de sueños pesa así, qué puede valer más, que seguir dándole a la vida sueños. Más, si estos vienen, como los que brinda y canta Augusto Blanca, bien despiertos, con el corazón sobre la guitarra. Y prestos a ofrecerse.

¿De dónde viene la idea de musicalizar a un poeta como Rubén Martínez Villena?

De toda la vida me ha gustado mucho musicalizar poemas. Desde que empecé a hacer mis primeras canciones, a la par, me gustaba mucho musicalizar poemas. En aquel momento, en mis inicios en Santiago de Cuba, hacíamos encuentros de trovadores y poetas, con Waldo Leyva, con Jesús Coss Cause, con Luis Díaz… Como estábamos “tallereando” siempre, muy cercanos, además de hacer mis canciones, también musicalizaba textos. A mí me servía un poco como ejercicio, complicármela con frases y temas que no tenían que ver conmigo, sino con vivencias del poeta. Pero era un ejercicio, una provocación para buscar maneras de resolver dramatúrgica, poéticamente, ciertas cuestiones. Un fogueo con la poesía.

En el caso de Villena, pues lo traigo casi desde la niñez. En la adolescencia, a principios de los 60, en mi escuela secundaria, teníamos un profesor de Matemática muy enloquecido que no sé por qué era de Matemática, porque prefería la poesía. Pues este profesor, siempre muy de izquierda además, era un fanático de Villena. Y en las pruebas nos ponía en la parte delantera de la hoja el examen, y en la otra cara un poema de Villena. Yo me aprendí de memoria el “Capricho en tono menor” y con él enamoré a cierta novia que tenía, que hoy es mi esposa. Hasta le dije a Rosy que se lo había escrito para ella.
Me sabía también “La pupila insomne”, “El sainete póstumo”… Cuando empecé a componer, como trovador, también comencé a musicalizar diferentes poetas. Sin embargo, con Villena siempre tuve cierto resquemor. En aquel momento me resultaba muy difícil musicalizar sonetos; y una parte de la creación poética de Villena es basada en sonetos —además, sonetos que son perfectos—. Pues tenía cierto temor. Llegué a hacer algunos bocetos, que se fueron quedando ahí, y mientras tanto me pasé la vida musicalizando a montones de poetas.

¿Cómo llegaste al Premio de Creación Ojalá?

Me enteré de la convocatoria de los Estudios Ojalá, de Silvio Rodríguez, al Premio de Creación del 2010. Era, como casi todo lo que hace Silvio, una manera de imponer justicia; porque Villena tiene una trayectoria política muy fuerte y su poesía es casi desconocida, excepto esos dos poemas, que justamente musicalizó Silvio. De modo que, ese gesto de un Premio de Creación que convocaba a musicalizar poemas de Villena era genial y era la carga que me hacía falta, no para matar bribones, sino para el anhelo útil. Aunque estaba fuera de concurso, un poco fuera de edad, me decidí. No soy muy dado a participar en concursos, pero la idea me apasionó no tanto por el hecho de ganar o no, sino para lograr musicalizar a Villena.

Tranquilito me senté, muy calladito, muy misterioso, sin decirle nada a nadie. Cuando logré terminar aquello, casi al cierre de la convocatoria, mandé mi trabajo. Recuerdo que por esos días, Silvio estuvo aquí en la casa y Rosy me dijo: “¿No le contaste que vas a mandar a...? Y yo le dije: “Mira, si se lo dices te corto la lengua”. No me interesaba que lo supiera, quería caer como uno más. Y de verdad, me sorprendió mucho cuando me dieron el Premio Especial del Jurado. Silvio me envió un correo diciendo que él se había sorprendido mucho con esto, porque no se lo esperaba.

¿Cómo fue el trabajo previo para el disco?

Ya el hecho de hacer la maqueta fue una felicidad para mí. Fui redescubriendo a Villena, me introduje en su mundo. Soñaba con Villena. Un compañero, jubilado de las FAR que, además de ser poeta, conoce la poesía de Rubén Martínez Villena a profundidad, me daba unas conferencias. Me apasioné. Y me salió todo aquello de un tirón. Fue una fiesta creativa.

Cuando lo grabamos fue otra fiesta más. Llevar a la realidad toda aquella maqueta, todas las ideas que yo planteaba, fue increíble. Estuvimos un par de meses, más o menos, grabando en los estudios Ojalá. Eso fue una escuela: clases magistrales con Emilio Vega, que hizo los arreglos; con Ana Lourdes; con Dayron Ortega, que me puso las guitarras, porque yo estaba con una epicondilitis. Me sentí feliz porque el disco sonaba a lo que yo quería.

Y la otra fiesta fue el lanzamiento que se hizo en Bellas Artes; sonó muy parecido a la grabación el piquete que tocó allí. Me sentí feliz por el hecho de estar contribuyendo a una idea general muy importante: realzar la figura de Villena, hacer justicia a su figura, a su poesía. Hay que decir que no existe solo mi disco, hay cinco más, de gente joven, que hacen sus propias lecturas y, muchas veces, coincidimos en los textos escogidos para musicalizar.

Te aplaudí mucho interiormente, cuando escuché el álbum, el modo en que incluiste “El anhelo inútil” y “La pupila insomne”. No las volviste a musicalizar, no hiciste versiones diferentes a las que dejó Silvio Rodríguez, pero tampoco las excluiste, porque son textos muy importantes en este ámbito.

Quería usarlos porque son un homenaje, abren y cierran el disco. Es decir, al que no recuerde, que recuerde. Al principio, hay una especie de recitativo. Ese toque al inicio es como un llamado, y luego, al final, la despedida es a capella. No era necesario hacer otra música a partir de algo que ya está más que establecido. Es como cambiarle la música al Himno Nacional. Ya esos dos poemas tienen su música. Esa es la bandera que Silvio tuvo para Villena, desde que lo hizo hasta ahora, que se plantea hacer esta belleza de proyecto  —dicho sea de paso, además del valor histórico de lo que ahora queda registrado, también costó mucho dinero hacer esos discos—. Silvio abanderó y defendió la poesía de Villena, inició ese camino musicalizando los dos poemas de Rubén y ahora esto es el colofón magnífico. Modesto y callado, pero lo está haciendo.

Me comentó Rosy que a la hija de Villena le gustó mucho tu disco...

Ese es otro gran regalo de este trabajo. Rusela tiene alrededor de 80 años y es pianista. Ella recibió el disco y me ha mandado a decir maravillas. Hemos tenido una correspondencia muy linda. Claro, ahora hablamos como colegas: “cómo resolviste tal parte de la “Sinfonía urbana”, la cita musical de Chopin que hiciste...” Me dice que lo oye todo el tiempo, que lo lleva en el carro. Ella se da cuenta de que es un acto de justicia, con un poeta que además es su padre, desde esa maravilla preciosa que ha hecho Silvio.

 Hay que decir, además, que ya tienes otros dos discos en proyecto.

Pronto empiezo a grabar los tarareos. Todo nació de un juego. Tenemos una nieta y empezamos, mi esposa y yo, a planear un regalo para la niña, mientras estaba en la barriga de su mamá: “Vamos a hacer algo para que conozca los animalitos, cada sonido que hacen, y las diferentes rítmicas”. Hice unas cuartetas y nos pusimos a jugar. Luego, se lo mandamos a mi nuera para que se los pusiera en la medida en que Isabella se formaba en el vientre.

Al final, quedó algo serio, le fui agregando elementos y a Colibrí le interesó hacer el disco, pensando menos en mi nieta —aunque todos los abuelitos creen que su nieta es la más linda— y pensando más en la niñez en general. Me parece un trabajo muy bonito. Muy pronto empezaremos a grabar.

¿Después vienen las poblinas?

 Inmediatamente que salgamos de los tarareos vamos a las poblinas. Me ha costado trabajo, porque son 25.

¿Ya tienes pensado formato sonoro, aires de cómo va a sonar…?

En este caso es más complicado. Las poblinas son esas estampas, esas viñetas de recuerdo de mi infancia y adolescencia en Banes, mi pueblo. Cada poblina tiene un color diferente porque son pequeñas historias. Algunas son muy familiares, pero partiendo del pueblo como eje, universalizando un poco esa historia. Sin que sea tampoco localista, ni costumbrista. Es algo medio lírico, melancólico, con la frescura de lo doloroso, pero dolores que se guardan con cariño. Nada que ver con hacer un zapateo o algo así, nada folclorista, aunque sean canciones a un pueblo, aunque a veces asuma algún sonido típico; pero nada forzado.

Las poblinas son canciones que no terminan de cerrar; porque cada recuerdo me sirve para una canción nueva. Lo paradójico es que en mi pueblo solo viví 16 años. Y ahí, solo desde los diez o 12, es cuando hay recuerdos que te marcan. Ese es el otro escalón que tengo planeado.

Creo que conozco con seguridad esta respuesta. ¿Dónde estabas el dos de diciembre de 1972?

Exactamente estaba en Las Coloradas. Nosotros hicimos el trayecto desde Las Coloradas hasta Alegría de Pío. Nos planteamos hacer esa caminata, no tanto por el hecho histórico, sino para poner una primera piedra sobre lo que, posiblemente, iba a formarse allí. Eso que todavía no tenía nombre, desde ese grupo de trovadores. Partíamos de ahí, para recordar en lo adelante que en esa fecha habíamos salido de ahí, de Las Coloradas.

En aquel momento éramos un grupito nada más; no llegábamos ni a 40.

¿Qué recuerdos tienes de esos días?

De Santiago fuimos Rafael Quevedo, Freddy Laborí (Chispa). También estaban Manolito Mulet y René Urquijo, que no cupo en la plantilla, pero fue por la libre y estuvo allí en ese primer encuentro.
Allí conocí a Sara —la tiramos a la piscina como una broma y nadie sabía que era asmática y por poco la matamos antes de tiempo—.

Todos llegamos por diferentes vías. De Camagüey estaba Miguelito Escalona y otro compañero que no recuerdo; Ramiro Gutiérrez, de Holguín, con Julito Lastre, con Coré… Estaba parte del Grupo de Experimentación Sonora, Pablo Milanés, Eduardo Ramos, Pablo Menéndez. Por supuesto Silvio, Noel… Del grupo Moncada estuvo Jorge Gómez con Alberto Faya. Recuerdo que en la caminata, delante íbamos Chispa, Frank Fernández, con su aparatico de asma, y yo. Nos quedamos en casa de Augusto, quien había sido guía de Fidel, esa noche del 2 de diciembre.

¿Y sobre los debates?

Teníamos que presentar nuestra Declaración final. Estuvimos casi una semana dando vueltas, pero el único que tenía de verdad ideas claras en ese momento era Noel Nicola —tenía pensada la estructura—. A toda aquella teoría había que darle forma. Y la frase genial, entre otras que se dijeron, fue la de Silvio: “El nuevo trovador es una actitud ante la vida”.

Se determinaron, además, los presidentes de lo que sería el Movimiento de la Nueva Trova en cada provincia. Eran los “cabeza de provincia”, y a mí me tocaron todas las provincias de lo que era entonces Oriente. Por cierto, Tony Pinelli me decía el “oreja de provincia”, por lo flaco que yo estaba. Allí se chapoteó mucho sobre temas de la cultura, del país, no solo sobre la música y la trova.

Unos meses después, nos reunimos y surgió el nombre de Movimiento de la Nueva Trova. Hay un artículo precioso de Noel Nicola, de aquellos años, titulado “¿Por qué Nueva Trova?”, donde todo se explica muy bien. Cuando fuimos a ver a Haydée Santamaría y se le dijo el nombre, a ella no le gustó. Afirmó muy tranquilamente: “Craso error; si le ponen Nueva Trova, mañana estará vieja y vendrá la novísima, o la novitisísima”. Aquel comentario fue lapidario, porque la historia le dio la razón; pero, por otro lado, necesitábamos un nombre y nuestro trabajo era un rompimiento. Había un seguimiento, una prolongación, pero había una ruptura grande. Era el cambio, el nacimiento de una estética.

La discusión de los nombres es larga, y ya es vieja también. Es como un mar sin fondo. En mi opinión, mientras vivan y sigan componiendo sus principales figuras, incluso más allá de quienes ya no están, y mientras estén vigentes las canciones que hicieron y que hacen, asumo que hay Nueva Trova todavía. Además de que es una marca comercial reconocida en todas partes.

La obra de los trovadores de mi generación sigue teniendo aristas que rompieron esquemas y que perduran. Las terminologías no siempre envejecen, envejecemos las personas. Las canciones se mantienen. Tú escuchas ahora mismo una canción como “Te perdono”, como “Te doy una canción”, y descubres que tienen la frescura de un adolescente, como si estuvieran acabadas de hacer.

Es lastimoso que, a veces, se hagan ciertas cosas que uno se pregunta: “De qué han servido tantas buenas canciones que hicimos”. Sin embargo, hay algo que es infalible, y no lo digo yo, ya se ha dicho, muchas veces. El tiempo, que es un tamiz que siempre funciona. Cuando Sindo y Matamoros estaban haciendo sus temas, alrededor de ellos había quinientos más. ¿Quiénes nos llegaron? Sindo y Matamoros. Y todos los que de verdad tenían una obra que podía pasar el tamiz. Eso mismo sucede con la Nueva Trova.

Después del grupito que estuvo en Manzanillo, cómo creció el Movimiento de la Nueva Trova —llegó a incluir 1500 trovadores en los 80—; ahora observa cuántos quedamos, casi los mismos que estuvimos allí en los inicios —con sus bajas, pero más o menos los mismos—. Mucha gente se prendió al collar por snobismo, pero después se desprenden y se van a otro lado porque eso no es lo que les interesa. Ahora pasa lo mismo. Cuando sacudas el tamiz, quedarán los que sean de verdad.

¿Qué aportes dejó el Movimiento de la Nueva Trova como institución, y la Nueva Trova como corriente estética y creativa? ¿Para qué sirvió?

Para destupir un poco las entendederas. La Nueva Trova sirvió y nos sirvió a muchos, porque cuando empezamos ni sabíamos lo que estábamos haciendo. Queríamos hacer una canción que no existía, que no escuchábamos en ese momento. Nos pusimos a elaborar nuestras canciones para decir lo que pensábamos, los criterios que teníamos en ese entonces. Por eso te digo que la Nueva Trova nos sirvió, tanto a quienes la hicimos, como a quienes la escuchaban. La generación que estuvo alrededor de nosotros, creció mucho, en su escala de valores, estéticamente. Se creó todo un universo nuevo. Y sí, creo que la Nueva Trova contribuyó, en gran medida, a que los compositores serios de este país —aunque ahora hagan otro tipo de canción— supieran que había quien ya conocía lo que era una buena canción. En el público y entre los creadores.

¿Y ahora, años después, qué vigencia tiene esta corriente estética?

Particularmente, le concedo la misma importancia. Con sus variantes, es lo mismo que he hecho desde los inicios, por allá por el año 1965.  Antes uno era más vital, hacía más irreverencias y más locuras con la canción, pero sigo creyendo. Ahora, con las correspondientes maduraciones de la creatividad, seguiré haciendo lo mismo. No se me ha acabado el entusiasmo. Quizá sea culpa de mi personalidad. No puedo dejar de hacer, no puedo dejar de componer. Cuando no estoy haciendo canciones hago música para teatro, me invento armar la música de una misa, pero no se me terminan las ideas. Ojalá la vida me dé para poder desarrollar todas las ideas que tengo. Ese “testamento” mío, todavía tiene un montón de rayas por tachar.

Sigo dándole una importancia grande a esta manera de hacer la canción. Ahora la ola está un poco baja, en el sentido de la difusión, en comparación con otros tiempos. Sin embargo, paradójicamente, este es un momento donde es increíble cuánto se está componiendo. Sobre todo entre los jóvenes, aunque algunos viejitos seguimos haciendo algo. En Santa Clara, en Santiago, aquí mismo, te encuentras muchachitos que hacen canciones preciosas. Eso te da alegría. Sabes que no fue inútil todo lo pasado.
Habrá un tamizaje de todo esto, claro está, pero se siguen haciendo canciones buenas. Las personas las conocerán o no, ya tendrán su turno. Nosotros nunca nos planteamos ser famosos. Lo primero es sentir esa necesidad de hacer, de decir algo con esa canción, que es el arma que tienes para comunicarte. Si, además, logras que todo eso coincida con que esa canción se divulgue, sirva, funcione, ya no sea tuya, y las personas se la apropien, se cumplirá otra vez el ciclo.

Como dijo Neruda, la poesía no es de quien la hace, es de quien la usa. A mí no me interesa que recuerden o no que “El tercer deseo” es de Augusto Blanca. Lo importante es para qué te sirvió la canción. Ese es el objetivo. Para nosotros el objetivo no era andar con un vestuario, ni destacarnos nosotros; el objetivo, el protagonismo, es de la canción. Así que mientras se sigan haciendo canciones por ahí, aunque queden en una caseterita por ahí, llegará el tiempo en que todo eso se oiga y se conozca. Esa semilla ha germinado. El árbol que plantamos sigue dando frutos. Todo lleva su tiempo, su maduración.

Casi me has contestado la última, pero te la voy a hacer. ¿Qué celebraremos dentro de otros cuarenta años?

Seguiremos celebrando la canción, los aniversarios de la canción trovadoresca. Ha habido de todo, de todo ritmo y de todo sonido, sube esto y baja lo otro, pasan las modas, pero la canción sigue. Porque en el escenario más grande del mundo, usted se planta y a capella canta “Perla marina” y todos se van a quedar con la boca abierta. Una canción del siglo pasado, hecha por un tipo que nació en el siglo anterior. Pero está bien hecha y por eso queda. Así va a pasar con el “Unicornio”, de Silvio Rodríguez; con “Te perdono”, de Noel Nicola… Son piedras en el camino que van  a servir para que surjan canciones superiores. O por lo menos, para mientras tanto hacer mejores a los seres humanos, para lograr el mejoramiento humano a través de la canción, que es lo que se quiere, ¿verdad?

¿Algo que quieras añadir? 

Nada. Solo quiero decir que estaré cantando hasta que me den un palo y me callen…

Comentarios

Enviar un comentario nuevo

El contenido de este campo se mantiene privado y no se mostrará públicamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.

Más información sobre opciones de formato