VI Bienal Internacional de la Escritura de la/s Diferencia/s

De lo femenino, lo contemporáneo y lo teatral

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba
Martes, 12 de Marzo y 2013 (1:59 pm)

Las acciones realizadas en el mundo para legitimar y reivindicar la presencia del sujeto femenino en el ámbito de las tablas no han sido, desde la perspectiva del género, de las más numerosas. Entre ellas, muy pocas son iniciativas propias de la cultura de la Isla. Sin embargo, uno de los proyectos que hoy pueden nombrarse con tal objetivo es Escena con aroma de mujer, coordinado por la dramaturga y crítica teatral Esther Suárez-Durán con el apoyo del Consejo Nacional de las Artes Escénicas. Su esfuerzo se dirige, entre otras líneas de trabajo, a “incentivar la dramaturgia femenina y a la creación de una Red Internacional de Dramaturgas —aunque sin exclusión genérica— para facilitar la circulación, el conocimiento de los textos y el intercambio profesional”, según palabras de su propia fundadora.

Escenas… es, a su vez, la entidad que, conjuntamente con la compañía teatral italiana Metec-Alegre como institución rectora, organiza la Bienal Internacional de la Escritura de La/s Diferencia/s en Cuba, cuya VI edición se realizó, por primera vez, en La Habana entre el 1ro. y el 10 de marzo del presente año. Durante el encuentro del 2011, fue también nuestra Isla la anfitriona pero, en esa ocasión, los invitados se reunieron en Santiago de Cuba.

Durante la preparación del (todavía fresco) encuentro de este año fueron seis las autoras premiadas. La primera, escogida por unanimidad, fue la salvadoreña Jorgelina Cerritos, con la obra La audiencia de los confines. Primer ensayo sobre la memoria. También fueron elegidas por mayoría Gabriela Ponce (Ecuador), con Entrada en pérdida; Eva Gillamón (España), con De la guerra; María Claudia Vasconcelos (Brasil), con Feliz aniversario; Gilda Bona (Argentina), con 24 horas viraje y la cubana Liliam Susel Zaldívar, con Apatías.

Por el poco tiempo de que se dispuso para el montaje y atendiendo a la voluntad de resaltar las obras ganadoras como textos teatrales más que como puestas en escena, estas seis historias fueron presentadas al público cubano en dos variantes: mediante su representación, como es el caso de las tres primeras ganadoras, y a través de estudios de montaje, denominación que responde a la lectura de las obras y a la discusión con el público sobre sus posibles recursos de presentación en un escenario.

De modo que las tres primeras obras mencionadas fueron montadas a partir de las visiones de la directora italiana Alina Narciso, en una coproducción entre los grupos Metec Alegre, de Italia, y Teatro D’Dos, de Cuba; y de las cubanas Antonia Fernández, con el Estudio Teatral Vivarta, y María Elena Tomás, con Teatro de la Villa. Estas puestas, en general, lograron enriquecer los textos y (de)mostrar otras opciones de interpretación en un contexto distinto a las circunstancias en las que fueron concebidas las obras. Por otro lado, la discusión de Feliz aniversario estuvo realizada por Daisy Sánchez con el apoyo de un elenco mixto de artistas; la de 24 horas viraje por Sahily Moreda con Teatro El Cuartel; y la de Apatías llegó de la mano de Marcela García con la Compañía Hubert D´ Blanck. En tanto obras teatrales, estas directoras tuvieron la responsabilidad de probar los textos por vez primera frente al público cubano, algunas incluso de llevarlos hasta la representación, el destino último que muchos le atribuyen a la dramaturgia escrita.

La Escritura de la/s Diferencia/s tuvo su primer alumbramiento en 1999, cuando la teatrista italiana Alina Narciso involucró a sus homólogas argentinas, españolas e italianas en un encuentro que tuvo por sede la ciudad de Barcelona e incluyó un concurso de dramaturgia, un foro de intercambio reflexivo (no necesariamente con participantes del mismo medio ni del mismo sexo) y la organización de una red de mujeres del teatro. Uno de los objetivos del evento es que las obras premiadas por un jurado internacional sean socializadas en la escena, leídas y construidas abiertamente con la participación de las personas interesadas, y publicadas en un volumen cada dos años.

Luego de una tradición de asistencia tripartita (la representación teatral de solo tres países) durante las primeras cinco ediciones de la Bienal, en esta ocasión sumaron nueve las naciones participantes: Ecuador, Brasil, Italia, Argentina, El Salvador, Honduras, Guatemala, España y Cuba, lo cual convirtió a esta sexta jornada en la de mayor convocatoria por países entre todas las celebradas.

“Todo el trayecto recorrido hasta aquí ha contado con el laboreo incesante de un pequeño equipo gestor que lidera la propia Alina Narciso y que conformamos, en Cuba, Mercedes Rodríguez Amaya, como productora general —a quien se acaba de sumar como segundo productor el colega Heriberto García: guionista, productor y asistente de dirección—, la actriz y dramaturga Liliam Ojeda, y quien suscribe estas líneas”, afirma Esther Suárez-Durán.

Podría pensarse, atendiendo a las referencias, que estamos frente a un evento pensado exclusivamente para mujeres, pero ellas son solo su motivo epicéntrico. La inclusividad, analizada desde un futuro más eficaz, se esboza en estos intercambios como la más urgente clave, la más fuerte y a un tiempo flexible. Pero todavía sucede que, aunque fueron numerosos los hombres que participaron en los procesos de montaje y concepción del programa artístico, la sección teórica adoleció de una mayoritaria ausencia masculina.

Quizá por ello la coordinadora principal insistió en destacar la ayuda de algunos cómplices que “ya han tomado riesgos con nosotras”, como son el director general de la Compañía Rita Montaner y dramaturgo Gerardo Fulleda León, el escritor y traductor Rodolfo Alpízar, el director teatral y actor Julio César Ramírez, el actor y asistente de dirección Harold Vergara, el guionista y asistente de dirección Heriberto García y el administrador del Complejo Cultural Raquel Revuelta, Reynaldo Reyes.

Ser o no ser: esa es, por siempre, la cuestión

¿Existe una dramaturgia femenina? ¿Cómo se define? ¿Qué aporta al mundo del teatro? No es fácil responder alguna de estas preguntas cuando para ello, necesariamente, hay que ponerse siempre en la piel del Otro. Feminismo sin fronteras fue el espacio que propuso la Bienal este año para pensar en estas y otras interrogantes, y para intercambiar concepciones y experiencias al respecto. Estas sesiones transcurrieron en la Sala Villena de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), con la presencia de dramaturgas, directoras y especialistas en el abordaje de diversos fenómenos artísticos y sociológicos desde una perspectiva feminista. Fueron, además, la excusa para, en palabras de Esther Suárez- Durán, conversar sobre “el teatro que cada una de nosotras hacemos, de las circunstancias en las cuales lo realizamos, de las intersecciones que tienen nuestros proyectos de trabajo”.

La profesora de la Facultad de Filosofía e Historia, Dra. Teresa Díaz Canals, y Zaida Capote, especialista en Estudios de la Mujer y Doctora en Ciencias Filológicas fueron invitadas a este espacio que sesionó durante cuatro días. Zaida, profesional coherente con sus propuestas teóricas, afirmó que, en efecto, la dramaturgia femenina existe en tanto hay mujeres dramaturgas. Habla de “un espacio de libertad infinito” y del valor de la expresión femenina por su aporte de visiones diversas del mundo; aunque todavía no se tenga total claridad sobre lo que esto implica.

Para la autora española Eva Guillamón estas son las preguntas que se temía desde el principio de los tiempos. Porque, a fin de cuentas, “¿qué significa la escritura femenina? ¿Significa que está escrita por mujeres? ¿Toda la dramaturgia escrita por mujeres se considera femenina, o tiene que tocar determinados temas?”, se cuestiona. La duda es también compartida por la directora del grupo teatral El Cuartel, Sahily Moreda, quien confiesa no tener claridad sobre si “existe una dramaturgia femenina como algo independiente. Para mí es una sola: es buena o es mala, y es buena independientemente de estar escrita por hombres o mujeres”.

El escritor y traductor Rodolfo Alpízar, uno de los pocos hombres que participó en estos debates, quien además asistió a las puestas de las obras ganadoras, afirma que no encontró nada en los textos que no hubiera podido escribir un hombre. “No hay una escritura femenina ni masculina, lo que hay es una cultura machista, y deja a la mujer (en especial a la que escribe) en una situación de silencio e invisibilidad”.

Por otro lado, a Gilda Bona, dramaturga argentina y ganadora de esta VI edición de la Bienal, le parece que no existe una dramaturgia femenina, sino personal. Su razonamiento se asienta en una visión general, y no por ello desacertada, mediante la cual “cada ser escribe desde lo que es, piensa y siente; desde su contexto cultural, social, familiar, etc. Pero sí creo que podemos agruparnos y ponerle el adjetivo femenino, porque las mujeres en este mundo compartimos muchas cosas, no solamente nuestra condición física, sino también las injusticias que en el mundo se cometen contra nosotras”.

Pero cuando la actriz Miriam Muñoz recuerda su éxito con Las penas que a mí me matan, señala que es una obra escrita por un hombre, Albio Paz, “y que toca un tema muy femenino, porque cuenta mi historia siendo mujer en la ciudad de Matanzas, y todo lo que me costó ser actriz. Aunque los tiempos han cambiado, creo que en aquellos momentos me hubieran quemado en la hoguera si hubieran podido”. Para ella la dramaturgia femenina es también la contemporaneidad, las cuestiones importantes que pasan en el mundo y que las mujeres pueden llevar al teatro.

Hasta el momento, y teniendo en cuenta estas opiniones, podría afirmarse que no se trata de una cuestión meramente temática. “No es necesario escribir sobre mujeres para definirse como una autora o una dramaturga”, piensa Zaida. Aunque para Maribel López, directora del Guiñol de Guantánamo, la dramaturgia femenina tiene de ambos vértices: “la mujer que escribe y los textos que tratan sus temas”.

Hay, dentro de todas estas reflexiones, una razón fundamental para escribir sobre lo femenino, según los criterios de Fátima Patterson, directora del santiaguero Estudio Teatral Macubá. Ella piensa que “la figura de la mujer no ha estado lo suficientemente abordada en la dramaturgia. Hubo una época en que sí. Pero son casos muy puntuales, como Casa de muñecas, Geda Gabler, y piezas como esas, pero siempre respondieron a crisis sociales que se desataban en esos momentos, no a una tendencia”.

En particular, su teatro intenta visibilizar a las mujeres que se “ven” menos que otras, no solo por tener conflictos y sensibilidades específicas, sino por poseer otras características que las alejan de las agendas temáticas en el arte: “la mujer de pueblo, sumisa, desposeída, negra, con una elección sexual diferente, etc.”, ejemplifica.

De ahí la necesidad de “estimular la creación de redes colaborativas de discusión, y de divulgar creaciones que no siempre circulan en los grandes circuitos críticos y de difusión” a las que se refiere Zaida Capote. En ese sentido, hay otras a quienes les interesa la escritura femenina como una forma de defensa ante la desventaja que implica el hecho de ser mujeres escritoras. Es el caso de Liliam Susel Zaldívar, la dramaturga cubana que comparte con otras cinco los premios en esta VI Bienal, y que también señala la importancia de constituir una red internacional “que permita cerrar filas en torno a los temas que nos interesan y a las estrategias para hacerlos visibles. Desde ese punto de vista sí creo en la utilidad de unirnos en una estrategia común para defender una expresión de género”.

Para Vivian Martínez, especialista de teatro de Casa de las Américas, la Bienal de la Escritura de la/s Diferencia/s es un globo de oxígeno que contribuye a enriquecer el panorama de la escena cubana contemporánea. “Lamentablemente, no tiene todavía la repercusión que a mí, como simple participante, me gustaría que tuviera, porque a veces muchas de las directoras mujeres o las actrices no están, algunas dramaturgas no se han acercado, y no por falta de información, sino porque no se sienten involucradas en un concepto como el que el evento convoca. Pero creo que la persistencia dirá que esta Bienal tiene muchos argumentos y logrará acercar a muchas más personas”, explicó.

También existe el criterio, asentado en la voz de Fátima Patterson, de que a algunas dramaturgas y directoras “no les interesa tratar los problemas de la mujer, porque piensan que eso minimiza o parcializa su escritura, que el hecho de enfocarse en problemáticas locales o estrechas atenta contra su importancia como profesional”. Pero eso, como todo lo que hasta el momento se ha presentado, no es más que un criterio.

Es urgente en el escenario teatral cubano afirmar la capacidad de cada cual para reflexionar y escuchar, y brindar elementos que puedan contribuir a un posterior y profundo análisis. Además, resulta significativo que la Bienal ha traído la presencia de mujeres escritoras latinoamericanas; ha traído sus obras, la posibilidad de verlas a través de diversas miradas. “Eso —afirmó Vivian Martínez— no hace más que ensanchar los horizontes de una manifestación como el teatro en una época en que cada vez menos podemos estar cerrados al mundo y en la que, a veces, miramos por un campo demasiado estrecho, que el evento sin duda está amplificando”.

Proyecto cubano: los aromas diversos de la escena

Cuando en 2010 el Centro Nacional de Investigaciones de las Artes Escénicas llevó a cabo una nueva edición del Taller de Investigaciones Rine Leal, comenzó a pensarse en la posibilidad de fundar un proyecto de trabajo que privilegiara el análisis sobre la trayectoria de las mujeres por el teatro cubano. Aquella edición del taller estuvo dedicada a las grandes actrices de nuestra escena en el periodo de los años 40 hasta la década del 70, y tenía el objetivo de adicionar sus experiencias al patrimonio del teatro nacional. Fue así como surgió Escenas con aroma de mujer, liderado por Esther Suárez-Durán.

Su misión fundamental es promover y apoyar el trabajo de las mujeres que hacen teatro en las diversas especialidades y roles que en ese mundo ellas desempeñan. Para ello, se proyecta no solo hacia la situación de actrices y directoras, sino también hacia la de diseñadoras, realizadoras de producción, críticas, promotoras, técnicas, investigadoras, acomodadoras, taquilleras, etc.

El proyecto tiene varias líneas de trabajo, las cuales responden a las necesidades de la mujer en el teatro y han sido identificadas en conjunto mediante el diálogo interdisciplinario. Una de ellas es la implementación de acciones que propicien la superación y calificación de las implicadas. También se prioriza el desarrollo de alianzas profesionales que amplíen la repercusión de los resultados del proyecto con el fin de lograr la disponibilidad de recursos propios. Otro de los propósitos es lograr una mayor vinculación de personas con esta idea (independientemente de su sexo), que, si bien persigue visibilizar la labor y los resultados de las mujeres, no se concibe, en palabras de su fundadora, “con una dinámica excluyente”.

Una de las preocupaciones en cuanto al alcance y visibilidad del trabajo de Escenas… quedó disminuida en esta VI Bienal durante la presentación de su página web (http://aromademujer.codigosur.net/) en el espacio teórico del evento que sesionó en la UNEAC. Entre sus peculiaridades, puede mencionarse la posibilidad de acceder a ella también mediante correo electrónico, lo cual contribuye a aumentar sus accesos desde Cuba, que es su principal intención. La página acopia noticias sobre otros proyectos de este tipo, artículos de fondo sobre temas relacionados y constituye, ante todo, un espacio más de intercambio y solidaridad. Explota también la estructura reticular de la navegación en Internet, y pretende conformar un núcleo temático fuerte mediante la presentación de enlaces a sitios como la Red Iberoamericana y Africana de Masculinidades (http://www.redmasculinidades.com/) y La Escritura de La/s Diferencia/s (http://www.laescrituradeladiferencia.org/). Ese núcleo semántico a partir de enlaces puede resultar otro soporte para la ampliación de la Red de Mujeres Teatristas, para la colaboración entre los proyectos y para la socialización de los resultados de cada proyecto.

La Red de Mujeres Teatristas era, hasta la pasada semana, una entidad simbólica, en tanto se basó solamente en el apoyo inmaterial y las relaciones pactadas dialógicamente entre unas cuantas mujeres de diferentes países. Su fortalecimiento tiene ahora un soporte digital, que es, por ahora, la misma página del proyecto. Esta Red no excluye “la integración a ella de otros sujetos interesados en estos temas, garantiza la comunicación y la circulación de ideas de manera permanente, a la par que facilita el surgimiento y desarrollo de proyectos de trabajo y de creación artística en conjunto”, explicó Esther.

En general, el propósito fundamental de Escena con aroma de mujer es la recuperación activa de la memoria, el reconocimiento de lo que somos como nación y nuestros orígenes. El olvido de importantes figuras femeninas que triunfaron en la crítica teatral, en la dirección escénica, y otras áreas profesionales significa la pérdida de parte de la experiencia teatral cubana y del empobrecimiento de sus tradiciones.

Comienzo para un final: algunas razones

El feminismo no es el cuerpo teórico homólogo al machismo; no es su opuesto. De lo contrario, el tema del enfoque de género sería una serpiente que se muerde la cola, la lucha de una posición extremista contra otra. El feminismo es la evidencia de las largas batallas sostenidas por las mujeres que, desde su posición de subordinadas, intentan demostrar la estructura discriminatoria que ha persistido en las sociedades a lo largo de la historia sobre la base de las diferencias biológicas entre los sexos.

La cultura se ha visto influida por todas y cada una de las prácticas de sus protagonistas, incluso cuando ella misma es cada una de esas experiencias. Allí, en todo mínimo proceso relacionado con la creación, artística o no, se ven reflejadas las esencias del pensamiento y la praxis de hombres y mujeres.

En el teatro, la ausencia de equidad genérica que durante años persistió de modo consciente estuvo acompañada por la visión patriarcal de la sociedad de muchos autores y obras que hoy son referentes históricos, además de la incomprensión de la cultura del género y de los verdaderos fundamentos del movimiento feminista.

Todavía, aunque ya se pueden encontrar mujeres en posiciones dentro de la industria teatral —antes exclusivas de los hombres—, parece haber cierta discrepancia o indiferencia en torno a las reflexiones sobre si existe o no una dramaturgia femenina, cómo se define y porqué sería importante comprenderla y defenderla.

Más allá de las clasificaciones, el teatro es un espacio de transformación, una plataforma de debate social e intercambio de ideas que en Cuba, sobre todo a partir del triunfo de la Revolución, impulsó el crecimiento de la mujer hacia su dimensión subjetiva de ser social con derechos y sueños. En esa historia de lucha se incluyen la actriz Myriam Acevedo, la directora e intérprete Carucha Camejo, la diseñadora María Elena Molinet, la Dora Alonso dramaturga, y Mirta Aguirre y Graziella Pogolotti, quienes dialogaron con el teatro desde la crítica comprometida solo con el arte.

Pero antes, también, lo intentaron la Avellaneda, Rita Montaner, Adela Robreño, Candita Quintana, María de los Ángeles Santana, Rosa Fornés, Raquel Revuelta, Cuqui Ponce de León y otras, que de alguna u otra manera marcaron la diferencia. Y por eso, también forman parte de la historia de mujeres que comprendieron que el género es una construcción cultural y no una resultante de las especificidades biológicas como muchos piensan.

Ellas fueron de las primeras que interpretaron sus atributos femeninos y sus diferencias, no desde los adjetivos que la sociedad patriarcal les hizo creer correctos a través de la historia y el lenguaje, sino sobre la base de conformar su propia identidad por encima de conveniencias sociales y tabúes, de no identificarse con los roles de víctimas conformes, y sobre la base, principalmente, de la valentía que requiere enfrentar el rechazo, agresión, asombro y, a veces, posterior halago social —indistintamente— al asumir esas actitudes feministas.

Es este punto lo que no debe ponerse en duda, ni siquiera mediante la excusa absurda de que es una mujer quien escribe, y lo hace, claramente, desde sus vivencias y lógicas de mujer porque no puede hacerlo de otra manera. Es perentorio prestarle atención al hecho de que para comprender la diferencia hay que intentar ponerse en la piel del otro, que no es poco o fácil.

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