Jorgelina Cerritos

“Hacer memoria es legar historia”

Rachel Domínguez • La Habana, Cuba

Ella viene de un país que ha sido bombardeado por la consigna de que el pasado debe dejarse atrás. Escribe. Es Premio Nacional de Teatro Infantil, Premio Nacional de Dramaturgia, Premio Casa de las Américas (Al otro lado del mar, 2011), Premio George Woodyard (Vértigo 824, 2011), y acaba de ganar el Primer Premio de la Bienal Internacional de la Escritura de la/s diferencia/s con La audiencia de los confines. Primer ensayo sobre la memoria. Es también autora de En el desván de Antonia, Los milagros del amate y Una ronda para José. Ella nació, vive y crea en El Salvador. Su nombre es Jorgelina Cerritos.

Sobre su más reciente premio, el jurado aseguró que “la pieza está bien construida sobre la metáfora de la noche permanente y del día que está a punto de llegar, pero nunca llega”, y que “a través de un lenguaje poético crea un universo singular que expresa una interesante mirada política y social sobre Latinoamérica”. Pero la obra se erige, además, como una elegía a la memoria; es una metáfora de los tribunales de apelaciones a los que la Corona española llamó la Audiencia de los Confines, hace más de 500 años, y que funcionaron sobre los territorios centroamericanos.

Ha dicho que llegó al teatro casi como un hobby para su tiempo libre, hasta que un día se encontró con Filander Funes, pedagogo y director de teatro, y su escuela Arte del Actor. Luego, por el 2007, había empezado a alquilar un local junto con su compañero Víctor Candray y otros que hoy se conocen como Los del Quinto Piso. Pero allí, con el profesor salvadoreño, conoció sobre la profesionalización del arte y sintió que, después de todo, quería hacer teatro con todo el esfuerzo que esto conlleva. Desde aquel momento ese fue su trabajo a tiempo completo.

¿Qué lugar le otorga en sus obras al rescate de la memoria colectiva desde el plano artístico?

Para mí un pueblo sin memoria es un pueblo sin futuro: tenemos que reconocer nuestras raíces, nuestro origen, conocer los aciertos y desaciertos que como cultura hemos tenido. Eso nos permite forjar un presente y un futuro, evitar que se repitan errores que no son parte de nuestro orgullo como país. Hacer memoria es legar historia a las nuevas generaciones. La memoria en el plano artístico es una forma de decir que no nacimos hoy, que detrás de nosotros hay un legado de palabras, imágenes, sensaciones y personas que han dicho algo a través de las artes. Ese cúmulo es lo que nos hace en el presente. En ese sentido, el teatro no puede estar alejado de la construcción de la nación.

Ud. ha hablado en otras ocasiones sobre la visibilización de la creación salvadoreña en diversos contextos y ha afirmado que su teatro tiene ese propósito. ¿Existe alguna tendencia teatral que refleje esa voluntad en su país?

Para empezar, en mi país, y me atrevería a decir que en la región norte de Centroamérica (Guatemala, Honduras y El Salvador), no hay eventos de esta naturaleza. De hecho, los que se realizan están concebidos como festivales teatrales, en los que no existe la intensión de privilegiar o empoderar el texto teatral. La voluntad es, fundamentalmente, compartir desde la escena la cual, muchas veces, ha estado dominada por textos que no son nuestros, no son centroamericanos.

Específicamente, la escena salvadoreña está llena de textos universales, muy extemporáneos o clásicos, y tiene muy poca propuesta de dramaturgia nacional. Sucede algo parecido en Guatemala y en Honduras. Apenas ahora es que los dramaturgos, dramaturgas y grupos —que parten de una creación colectiva—, están llevando a la escena nuestros propios dolores, nuestras propias formas de dialogar con el mundo contemporáneo; pero sucede muy poco.

Sí, tenemos festivales. En El Salvador, por ejemplo, hay una Muestra Nacional de Teatro que se desarrolla, justamente, durante las celebraciones por el día mundial de esta manifestación artística; en Guatemala hay una Muestra Nacional de Teatro, y en Honduras hay un festival importante que se llama Bambú y se realiza desde hace más de 20 años. Entonces, sí se hacen estos eventos, pero hay muy pocos espacios para hablar y reflexionar sobre dramaturgia o escritura teatral.

Y si nos vamos al papel de la mujer la cifra es mucho menor, sobre todo —y ahí sí entra el tema numérico— porque dentro de los escasos profesionales que nos dedicamos al teatro, la mayoría de las mujeres ejercemos normalmente como actrices, luego en menor escala como directoras y en mucha menor cuantía como escritoras.

Es también una cuestión de desarrollo histórico. Hay más premios nobeles hombres que mujeres, pero claro, el acceso de la mujer a la educación, a la investigación, a la ciencia, ocurrió mucho más tarde que el del hombre. En el teatro pasa lo mismo. Las féminas han sentido históricamente (y desde antes) la necesidad de expresar la palabra dramática, que es más combativa, más explosiva y retadora, pero ese desarrollo social que hemos tenido, donde el hombre ya llegó al final de la cuadra y yo apenas estoy abriendo la puerta de mi casa, ha hecho que la mujer empiece más tarde. La causa es el desarrollo social, no el natural.

En una entrevista realizada con anterioridad para La Jiribilla Ud. habló sobre la ausencia de un teatro estatal salvadoreño y las dificultades para la superación profesional en el ámbito artístico. ¿Ha cambiado esa realidad en El Salvador durante los últimos años?

Eso no ha cambiado mucho. Todo nuestro teatro es independiente. En El Salvador utilizamos la palabra independiente como una reivindicación de nuestro quehacer, porque no hay un grupo estatal, no hay auspicios, y no tenemos ningún espacio que nos permita o nos asegure el quehacer teatral. Es independiente porque no hay una escuela nacional de teatro. Hay un diplomado, es cierto, pero ni siquiera está acreditado por el Ministerio de Educación. El teatro sigue existiendo porque necesitamos hacerlo; porque, de alguna manera que no puedo explicar, lo necesitamos para decir cosas, aun cuando no haya una larga tradición que nos haya llevado hasta ahí.

La disciplina y la constancia son nuestras opciones de superación. Somos personas, y es mi caso, que estamos cumpliendo 20 años de estar en las tablas. Esa superación y ese crecimiento se han dado, básicamente, por talleres —muchas personas de mi generación provenimos de talleres universitarios que sostienen el semillero. Una vez que salimos de ahí, nos vamos a los grupos, quizá con papeles pequeños, y nos formamos también viendo a nuestra generación anterior trabajar.

A estas alturas ya casi todos hicimos nuestros propios grupos. Algunos hemos tenido la posibilidad de pasar cursos fuera del país, o de involucrarnos en talleres cuando nos visitan maestros de referencia. Una parte viene de ahí. La otra parte, que ha sido fundamental, fue el Festival Centroamericano de Teatro —a partir de sus primeras ediciones cambió a ser internacional—. Por ese espacio han desfilado grupos como Timbre 4, de Argentina; La Zaranda y Micomicón, de España; La Candelaria, de Colombia; de Ecuador, Teatro Malayerba, de Arístides Vargas, quien ha sido un referente y al que le hemos visto aproximadamente cinco montajes de obras diferentes, y, por supuesto, nos han visitado varios grupos cubanos. Este Festival ha sido la ventana por la que pudimos asomarnos al teatro contemporáneo, y eso ha resultado primordial para la escena salvadoreña actual. Al no ser nosotros un país ni una generación, con la posibilidad de viajar o intercambiar, ni de estar en las agendas culturales de otros festivales (sus organizadores nunca piensan: “invitemos a grupos de El Salvador”), al no estar en ese foco cultural, el hecho de que el Festival haya sido un centro de atención en el cual se avocaron diferentes grupos y propuestas ha sido formidable.

Lo afirmo en pasado porque el Festival duró 15 años. Recientemente, los recortes presupuestarios fueron los responsables de que El Salvador perdiera uno de sus eventos más importantes. La actual Secretaría de Cultura nos ha dicho que es algo que se piensa recuperar y eso esperamos todos. Sabemos que el cambio de gobierno acontecerá en el 2014, así que resulta algo urgente, porque ese evento también ha sido una escuela para nosotros.

Luego queda el componente autodidacta, lo que vas sumando y lo que vas leyendo. Hemos sido una generación muy atrevida en el sentido de la experimentación. Esto se ha probado. Existen grupos —y voy a mencionar el mío— como Los del Quinto Piso, Acento Escénica, Escena X Teatro, MobyDick Teatro, y otros que omito aquí, que tenemos una permanencia. Y muchos de estos conjuntos, a veces, son iniciativas de dos o tres personas; pero son ellos quienes sostienen actualmente la escena en El Salvador.

¿Cree que, como decía Eva Guillamón durante los debates de la Bienal, es importante que desaparezca la diferenciación entre profesionales y amateurs?

Es una diferencia que cada país sabrá cómo definir. Por ejemplo, en España es profesional quien económicamente vive de eso, si no, se es amateur. En El Salvador, se te considera profesional si estás académicamente formado, y eres amateur si no lo estás; pero allí no tenemos espacios de formación. En Cuba esa diferenciación es válida porque hay un Instituto Superior de Arte. Entonces, se puede hablar de los graduados y de los que no lo están. En El Salvador los graduados son quizá 10 personas —y creo que me sobran dedos— quienes han tenido la oportunidad de formarse en el extranjero: algunos en Cuba, otros en Argentina y otros en la antigua Unión Soviética.

A nosotros el límite entre lo profesional y lo amateur no nos funciona por el elemento económico, porque la mayoría hace otros trabajos, no vive específicamente del teatro. Lo académico tampoco nos funciona porque no tenemos formación. Para nosotros esa cuestión está más relacionada con el tiempo de trayectoria sobre las tablas, con el compromiso con el teatro, con el desarrollo de las propuestas estéticas. Eso es lo que va marcando la diferencia, porque conviven grupos que han dado un salto hacia nuevos lenguajes, otros que todavía no lo han podido dar, y otros que emergen de la nada. El teatro como arte, como todo lo vivo, ha ido cambiando. De una u otra forma, ya sea porque has visto, porque has viajado, porque has leído o porque algún maestro de referencia ha llegado a El Salvador, hay ciertos directores y directoras, escritores y escritoras, y grupos en su totalidad que estamos investigando otros lenguajes, que estamos diciendo que el teatro ya no es como se hacía hace 20, 40 o 100 años.

Intentamos ver el teatro desde otra perspectiva. Específicamente, la dramaturgia, en El Salvador, todavía se piensa linealmente, para que cuente una historia desde el principio, con un desarrollo y un final. Actualmente, hay un debate sobre si la dramaturgia es aristotélica o no, cuando eso está superado en otros lugares desde hace tiempo. El hecho de escribir no tiene que ver con el dramaturgo, sino con la propuesta. Mi propuesta dramática, ya sea la que se ha gestado en la escena, o la que se ha gestado en mi estudio de trabajo, aborda un teatro contemporáneo, un teatro que logra dialogar con el texto teatral fuera de El Salvador. Así, puedo percibir estos saltos que hemos dado en el tiempo mediante nuevos lenguajes, propuestas, estéticas, dinámicas teatrales. Vos vas al teatro salvadoreño y sentís que hay una nueva investigación, o por el contrario, que es algo todavía anquilosado en estructuras, en un pensamiento teatral que va hacia el pasado.

¿Son los premios internacionales una vía de visibilización del teatro salvadoreño?

Sí, para mí lo son. Yo no estaría aquí sentada, en La Habana, como dramaturga, de no haber sido por el premio Casa de las Américas de 2010. Al texto o a la dramaturgia salvadoreña le cuesta hallar resonancia dentro del propio país. Si nuestro texto teatral no se monta en el teatro de la región, ¿cómo, entonces, se dará a conocer afuera, si en el mismo país es un texto excluido, rechazado, no es una opción? El texto de autor o autora nacional no es una opción para el teatrista salvadoreño. De manera que el hecho de empezar a insertarte en premios internacionales te coloca en una palestra distinta. A mí me dio la oportunidad de dialogar con escritoras de Ecuador, Argentina y España con las que, seguramente, no hubiera podido hacerlo. Esa es una ventaja.

Entrar a esta serie de certámenes, y en mi caso recibir primeramente el Casa de las Américas, en Cuba; luego el George Woodyard, en EE.UU., y ahora el premio de Escritura/s de la/s Diferencias, ha propiciado que en El Salvador se sacudan y se pregunten si no ha sido demasiada casualidad. Esa es otra ventaja.

Es muy importante dialogar con otros creadores del texto y de la escena teatral. Además, todas esas personas con quienes desde hace dos o tres años me vengo encontrando, escuchan que existe nuestro teatro, escuchan lo que se hace en El Salvador y cómo pensamos los artistas salvadoreños. No digo que no hubiera pasado de otra forma, pero sería más difícil. Tampoco digo que es la única vía, pero sí ha sido una forma importante de visibilizar, y no solo a Jorgelina Cerritos, porque cada vez que tomo la palabra hablo de nosotros como nación, y me extiendo hasta Centroamérica en ese sentido. La vida me ha dado las oportunidades de ponerme en estos espacios y tengo que hablar, no para mí, sino para el teatro de mi región.

La obra Al otro lado del mar fue merecedora del premio Casa de las Américas en 2011. Ahora, La audiencia de los confines… gana el concurso de la VI Bienal Internacional de la Escritura de la/s diferencia/s. Sin embargo, ambas piezas concursaron en los Juegos Nacionales Florales de San Miguel y no fueron reconocidas. ¿Qué implica esto para Ud.?

En su momento significó una frustración. Hace poco, alguien en mi país me decía que ya yo no escribía para El Salvador. Y por supuesto que quiero escribir para El Salvador, si no quisiera hacerlo me hubiera ido de mi país. En principio quiero hacerlo. Ahora, ¿cómo se explica que estos fenómenos ocurran? Creo que el azar prevalece en los certámenes. Uno participa, y se puede ganar o perder. Sin embargo, cuando se repite un poco la historia  — Al otro lado del mar pierde en 2010, y La audiencia de los confines… pierde en 2012—, uno se hace preguntas. Por el estímulo y apoyo que me brindaron mis amigos, que me decían que la obra es buena, la mandé afuera y ganó. A mí eso me genera cuestionamientos: ¿Qué está pasando? ¿Qué criterios están prevaleciendo en El Salvador? Y, ¿cómo está dialogando mi texto con el lector de textos teatrales en el país? ¿Es que en las lecturas que hacemos todavía estamos buscando un teatro un poco “más atrás”, y lo contrario es lo que en otros países logra dialogar con la dramaturgia contemporánea actual? Son solo preguntas. No tengo las respuestas.

Si Al otro lado del mar era muy universal, La audiencia de los confines… es muy, pero muy salvadoreña. Esta sí da el salto a la universalidad, pero está hablando de un conflicto que vivimos en El Salvador. Eso me hace preguntarme, ¿cómo es que El Salvador no la leyó como lo hizo un jurado de otros países, con historias parecidas o completamente disímiles? Para mí es ante todo un compromiso —reitero siempre esto—, es el compromiso de decir que necesitamos abrir nuevos espacios de diálogos con otras personas, con una nueva generación.

Cada vez que llego a El Salvador después de un encuentro como este me invento un conversatorio para contar: esto está pasando allá, así se están haciendo las cosas, de esto se habló. Desafortunadamente los conversatorios nuestros se llenan de mis amistades, que son público, mas no son gente de teatro. A veces, en un foro de 25 personas encuentras alguien que hace teatro; entonces, te sientes un poco sola, en el sentido de que aquí estoy hablando del teatro que todos y todas hacemos allá, pero llego con el deseo de compartir esto, y pareciera que a mis colegas no les interesa.

En El Salvador me han preguntado más de una vez: “¿Crees que tu dramaturgia va a cambiar algo en el país? Y yo siempre respondo que ni la mía ni la de nadie por sí solas van a cambiar una realidad. Tendríamos que unirnos muchos actores, actrices, directores, directoras y entidades de cultura para poder dinamitar algo, para poder dinamizar una dramaturgia nacional.

¿Entonces qué espera lograr con su trabajo?

Lo primero es que necesito hacerlo, porque de lo contrario estaría renunciando a una parte fundamental de mí, de lo que soy. Y lo segundo es que lo hago por fe, por esperanza, por creer que quizá, aunque no se cambie todo, tal vez alguien se una y se embulle en esto; por compromiso, porque si no pasa nada, voy a poder decir que hice todo lo que pude, lo que me tocaba hacer. Si no pasa nada, bueno, al menos yo habré puesto hasta el último empeño de mi parte.

Comentarios

"Si se calla el cantor calla la vida porque la vida misma es todo un canto, si se calla el cantor muere de espanto la esperanza, la luz y la alegría" ...no nos cansemos de cantar Jorgelina, estamos hechos de la terquedad del Izote, de esa gran herida que no deja de sangrar, de la espina de acero, del asco pero sobre todo del limpio cielo azul que nos cobija y el volcán que nos observa...

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